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2009-12-17 03:52:38
Julia Cordelia Claudia acababa de cometer una gran travesura: se había escapado de casa. La joven Julia Cordelia estaba harta de vivir encerrada en el lujoso palacio de sus acaudalados padres y evitando la vigilancia de los esclavos del jardín se había escabullido por una pequeña abertura que en uno de sus aburridos paseos por la inmensa finca había descubierto.

Julia sólo salía de la inmensa finca en litera, y en compañía de su madre o alguna de sus hermanas mayores y un séquito de más de diez esclavos. Siempre se había sentido atraída por el bullicio de las callejuelas de Roma que podía atisbar a través de los cortinajes de su litera que la protegían de las torvas miradas de la plebe.

En compañía de su fiel esclava Nuba, una muchacha nubia de su misma edad que permanecía junto a ella a todas horas del día como si fuera un perro guardián, había franqueado la puertezuela de hierro después del gran esfuerzo realizado para hacerla girar sobre sus oxidados goznes. Con la ayuda de Nuba, entre ambas, había conseguido abrirla lo suficiente como para poder pasar sus delgados cuerpos por la abertura conseguida.

―¡No lo hagas ama, por favor... no salgas...! – le había suplicado Nuba aterrorizada ante la magnitud de la travesura de su joven ama.

―¡Calla, tonta... y sígueme... no nos va a pasar nada!

―¡Podrían raptarte, ama... oh, cielos, eso sería horrible... tu madre mandaría que me crucificaran si te llega a pasar algo malo...!

―¡Deja de gimotear. Si me pasa algo malo a mí también te pasará a ti, por tanto no te preocupes! Podría ser que nos raptaran y nos violaran unos ladrones – fabuló Julia incrementando el pavor que se había apoderado de su esclava.

Nuba estaba temblando de miedo. Sabía que su joven ama era muy testaruda y cuando se le metía algo en su linda cabecita acababa por hacerlo, fuesen las que fuesen las consecuencias.

Lo malo, pensaba Nuba, era que las consecuencias no iban a ser para la noble Julia si no que las sufrirían ella y los pobres esclavos que debían vigilar que nada le sucediera a la joven patricia.

Saltaron ama y esclava la piedra que parcialmente impedía el paso por la abertura y desaparecieron por una callejuela que se hallaba frente al muro de la finca. La finca, de varios estadios de extensión, estaba rodeada de murallas y la salida que había encontrado Julia daba a un cruce de callejas que sinuosamente se dirigían al foro Vinarium conocido como foro Aventino por hallarse entre el monte de su mismo nombre y el río.

La hermosa Julia se encontraba especialmente excitada ante la aventura que acababa de empezar. Torció por varias bocacalles desiertas. El miedo a toparse con algún desalmado se apoderó de su corazón haciéndolo latir desbocado pero sus ansias de aventura eran más fuertes que su miedo y tras obligar a la aterrorizada a Nuba a apretar el paso llegaron a una amplia plaza. Julia se detuvo en seco al ver gente. Volvió atrás la vista y sintió una angustia terrible al no ver a su fiel esclava tras ella. Se pegó a la pared y retrocedió ligeramente. En ese momento llegaba Nuba, que se había tenido que detener porque se había clavado un clavo en la planta descalza de uno de sus pies.

―¡Por Juno, qué susto me has dado, Nuba...! ¿dónde te habías metido? ¡Pensaba que estaba perdida...!

―¡Ay mi ama... mira cómo sangra mi pie... me he clavado un hierro! – sollozó la esclava.

―¡No es nada... allí hay un estanque. Podrás limpiarte la herida en sus aguas! ¡Ahora vamos... no te separes de mí! – le ordenó Julia con firmeza aunque en su fuero interno sentía que el miedo a lo desconocido le arrebataba su acostumbrado aplomo.

Ahora no estaba en su ambiente, protegida por la guardia personal de su padre, rodeada de multiples esclavos que tenían por misión colmar sus menores caprichos. Aquí estaba con la única compañía de su fiel Nuba, escolta que se le antojó escasa en caso de necesitar ayuda.

Ama y esclava caminaron con paso vacilante. Realmente no estaban lejos de la gran mansión familiar de la rica familia Claudia pero Julia, tras adentrarse en aquel laberinto de callejas estrechas se había desorientado absolutamente y a Nuba le ocurría exactamente lo mismo. Por otra parte, los nervios de la aventura no las permitía discurrir con calma y claridad. Nuba estaba angustiada y lo que menos le importaba era el terrible dolor que sentía en la planta de su pie. La pobre esclava nubia temía por las consecuencias que seguro iba a reportarle la alocada fuga de su ama.

Julia caminaba lentamente y se acercaba hacia una especie de mercado ambulante, en el que muchachas arapientas voceaban los productos que vendían. Poco a poco, al comprobar que la gente que por allí deambulaba no se fijaba en ella más de lo que lo hacían con otros nobles que recorrían a pie o en litera la amplia avenida, fue cobrando valor. A Julia le desaparecieron todos los miedos cuando finalmente se sumergió en la corriente de gente que deambulaba por el foro, unos paseaban, otros compraban, los más curioseaban entre los tenderetes. Gente que se ganaba la vida y gente que disfrutaba de ella, todos juntos. Unos discutían de política, en otro grupo se loaban las victorias de César, las literas de los más acaudalados se abrían paso entre la multitud, los olores de los puestos de comida inundaban el ambiente, el colorido y el tumulto de toda aquella gente variopinta confería al Foro un hechizo que atrapó a la joven Julia.

―No te retrases, Nuba... te quiero detrás de mí... pegada a mí... ¿entendido? – reprendió a la joven nubia cuando se dio la vuelta y vio que su esclava volvía a quedarse rezagada.

Nuba avanzó lo más deprisa que pudo para situarse a la altura de su joven y atrevida ama. Julia ni se percató de que la pobre muchacha cojeaba ostensiblemente. Ella se hallaba hechizada por el ambiente callejero y no reparaba en que Nuba iba dejando tras de sí un rastro de sangre fruto de la reciente herida en la planta del pie.

Julia avanzó, cada vez menos temerosa, cada vez más excitada, y se acercó con gran curiosidad a los diferentes tenderetes. Se detuvo ante una mujer que vendía lo que parecían ser abalorios y exóticos objetos que nunca antes había visto. Sus orejas, su cuello, sus manos y sus pies estaban acostumbrados al oro y a las piedras preciosas. Lo que allí vendían no tenía la calidad a la que estaba acostumbrada pero los diseños y colorido de gargantillas, pendientes, collares, tiaras y demás alhajas que ofertaban las vociferantes tenderas la cautivaron por completo. Estuvo mirando y curioseando, acariciando collares y ajórcas. Incluso se probó un collar de conchas y se contempló entusiasmada en un espejo de bronce pulimentado que le devolvió su imagen turbia. Julia estaba excitadísima. Se volvió para ver a Nuba.

―¿Has visto, Nuba? ¡Es precioso...! ¡Fíjate en el collar!

La esclava pareció perder de vista por un momento la angustia que la atenazaba y se dejó llevar por el inocente entusiasmo de su joven ama.

Dejaron el tenderete y siguieron avanzando. Se detuvieron en otro y en otro más. La avenida que desembocaba en el Foro estaba poblada de gente y de comerciantes que vociferaban sus productos. Julia cogió de la mano a su esclava para que no se rezagara y apretó el paso. Se hallaba en la gloria.

Curioseó entre los vendedores de vino, el producto estrella del foro y a cuyo comercio debía su nombre principal, Vinarium, aunque por una cuestión geográfica se le conociera vulgarmente como Aventino.

Se quedó mirando cómo los hábiles comerciantes ofrecían su dionisíaco producto. Le encantó la manera de hacerse propaganda y disfrutó con el regateo entre vendedores y compradores.

Al cabo de una hora llegaron al final de los puestos de venta y ante sus ojos apareció el extremo del estanque artificial que adornaba el foro Aventino. El aroma de pan recién hecho provocó en Julia una punzada de hambre. A esa hora de la tarde por lo general Nuba le servía la merienda.

―¡Nuba!

―¿Sí ama?

―¡Tengo hambre!

Nuba se la quedó mirando. Ella también tenía hambre, pero ¿qué podía hacer? No estaban en casa. Julia pareció darse cuenta de ese detalle. Se giró y buscó con la mirada de donde procedía aquel agradable aroma. Vio una muchacha que estaba sentada en el suelo ante un paño sobre el que se hallaban dispuestas varias hogazas humeantes de pan recién hecho.

―Ve a comprarle una hogaza de pan a aquella joven – le ordenó.

―¡Pero ama... si no llevamos dinero...! – se exclamó Nuba.

Julia no había pensado en ese pequeño detalle. Ella estaba acostumbrada a pedir algo y al instante era complacida. Pero ahora no estaba en su casa, rodeada de esclavas listas para servirla. Aquel contratiempo enojó a Julia que golpeó el suelo con el taconcito de su linda sandalia.

―¿Estás pretendiendo decirme que no voy a poder comer? – le dijo enojada.

Nuba no se atrevió a confirmarle las sospechas. Se limitó a bajar la vista al suelo.

―Dile a la muchacha que te dé una hogaza. Dile que es para mí, que soy tu ama, que haré que le paguen su precio cuando regrese a casa.

Julia había dado sus órdenes con su habitual determinación, la propia de quien está acostumbrada a mandar y a ser obedecida sin rechistar. Nuba asintió y se dirigió a la muchacha del pan. Esperó a que los últimos clientes que hacían cola realizaran sus compras. Cuando se hubieron marchado le explicó a la joven y guapa vendedora lo que su ama quería.

―¿Y quien dices que es tu ama? – le preguntó Candela, que ese era el nombre de la joven vendedora de pan, entre atónita y divertida.

―Aquella noble joven que está esperando allí – le dijo señalando a Julia con un gesto disimulado de su cabeza.

―Dile que si quiere pan que venga ella misma a pedírmelo.

―¿Estás loca? Se trata de Julia Cordelia Claudia. La hija menor de la familia Claudia, los dueños de más de la mitad del monte Aventino. ¡Si le digo eso me hará azotar...! – le contestó horrorizada Nuba.

―Lo siento por ti, pero si quiere pan que me lo pida ella – se ratificó la muchacha.

Nuba regresó nerviosa junto a su ama. Julia, que vio que Nuba venía de vacío, se enfureció.

―¿Eso te ha dicho esa estúpida? ¿Estás segura que le has contado quien soy yo? ¿Le has dicho que tengo hambre? – interrogó incrédula a su esclava.

―Sí ama, le he dicho todo esto y más. Pero no puedo hacer nada, ama... ella no es tu esclava, es una ciudadana libre... pobre, pero libre.

Julia golpeó con su sandalia en el suelo varias veces, señal de que estaba muy enfadada. Nuba lo sabía. Reconocía los gestos que denotaban enfado en su ama. A diferencia de sus hermanas mayores, Julia no solía portarse cruelmente con las esclavas y menos aún con ella. Así y todo no sería la primera vez que la espalda de Nuba pagaba las rabietas de su ama.

La joven patricia caminó alrededor de la atemorizada Nuba, debatiéndose en ir ella misma a mendigar que aquella insolente le fiara un poco de pan para matar el hambre. Nuba tenía razón, aquello era la calle, no era su casa donde tenía todo el poder del mundo, donde sus deseos y necesidades eran órdenes para las esclavas. Finalmente avanzó decidida hacia la joven vendedora de pan que ya estaba recogiendo porque presumía que no iba a vender las dos últimas hogazas. No le importaba. Ya tenía cena y unas cuantas monedas de bronce en los bolsillos.

―¡Escucha muchacha! – le dijo Julia a Candela – puedo saber po...

Candela la interrumpió con descaro.

―Para empezar tengo un nombre, seguro que no tan rimbombante y noble como el tuyo pero que a mí me encanta, y es Candela. Y para terminar ya le he dicho a tu esclava que yo no fío, y menos a los nobles. En cualquier caso soy una ciudadana libre y fío a quien yo quiero.

―¿Sabes quien soy?

―Me lo ha dicho tu esclava. ¿Tienes dinero?

―No... no llevo nunca dinero encima... pero te aseguro que después mandaré un esclavo para que te pague con creces tu pan – le dijo con absoluto desdén, mostrando la altivez propia de los de su clase.

Aquella manera despreciativa de tratarla molestó a Candela que decidió divertirse un poco a costa de la ofendida patricia.

―¿Y porqué debería fiarme de ti? Cómo sé que no eres una farsante? Podrías perfectamente intentar engañarme... no te conozco de nada... ahora apártate, voy a retirarme.

Julia se sentía ofuscada. Aquella insolente ponía en tela de juicio que ella fuese hija de la noble familia Claudia. En realidad no lo ponía en duda. Candela sabía distinguir a una verdadera noble de una farsante, se había fijado, porque saltaba a la vista, en la calidad del tejido de su túnica, en los artísticos labrados que adornaban sus elegantes sandalias, en la finura de sus manos y de sus pies… pero le divertía hacer enfurecer a aquella muchacha engreída que había enviado a su esclava para mendigar una hogaza de pan.

―¿A cuanto vendes tus hogazas? – le preguntó Julia cambiando de repente a un registro de voz y actitud que emanaba autoridad y confianza pero exento de la inicial arrogancia, lo cual descolocó a Candela.

―Por una moneda de bronce.

―Dame una de las dos hogazas y haré que uno de mis esclavos te entregue cinco monedas de oro.

A Candela se le hicieron agua los ojos y los oídos. ¡Cinco monedas de oro! Esa cantidad de dinero no la ganaba ella ni en diez años vendiendo diariamente todo el pan.

Lo cierto era que ya no iba a vender más. Lo sabía por experiencia. En poco tiempo había acabado las existencias quedándole dos hogazas, el sol empezaba a morir por el ocaso y la gente se estaba ya retirando hacia sus hogares. No perdía nada. Si no le pagaba a lo sumo dejaría de ganar una simple moneda de bronce.

―Vamos a hacer una cosa. No me creo que vayas a darme cinco monedas de oro por algo que no vale más que una moneda de bronce, pero me da igual. Yo ya me retiraba. Casi nunca vendo todo el pan, con el que me sobra hago mi cena. Iba a sentarme a la orilla del estanque a comerme una de las hogazas con un poco de queso. Te daré la otra hogaza si comemos juntas – le propuso Candela quien también había cambiado de tono. Ahora se mostraba simpática.

Julia se quedó mirando a la joven vendedora. Vestía pobremente, era cierto, pero tenía un cuerpo bonito y un rostro más bonito aún. Un rostro moreno, con cabello negro, largo y lacio, ojos verdes y labios rojos y carnosos. Vio la hilera de blancos dientes cuando le sonrió. Julia aceptó.

―De acuerdo... pero haré que te paguen lo que he dicho.

―Por mí bien... aunque te advierto que no te creo. Además, ya te he dicho que te invito.

Julia se molestó por el hecho de que aquella insolente dudara de su palabra pero tenía hambre y no era cuestión de discutir. Caminaron hasta las escaleras que se sumergían en el pequeño lago artificial y se sentaron en una grada, junto a la orilla. Las piernas les colgaban y los pies casi tocaban el agua.

Candela se miró sus sandalias y las comparó con las de su invitada. Julia también se fijó. Las de Candela eran viejas y gastadas, las suyas eran nuevas y estaban bien cuidadas aunque caminar por las callejuelas de alrededor del foro las había ensuciado un poco así como sus pies.

Candela colocó entre ambas las hogazas y de la bolsa que llevaba colgando sacó un pedazo de queso y un cuchillo, y finalmente colocó un pequeño odre con vino que había trocado por un par de hogazas. Partió uno de los crujientes panes con las manos y le dio la mitad a Julia que lo tomó con expectación. Tenía mucha hambre y olía riquísimo. Era la primera vez en su vida que se enfrentaba al mundo que existía fuera de los muros de su lujosa mansión. Julia mordió el pan que aún estaba relativamente caliente. Candela le ofreció un trozo de queso y la noble patricia experimentó una sensación de felicidad desconocida hasta ese momento.

—Bebe cuanto quieras, seguramente nada tendrá que ver este vino con los caldos que deben llenar las barricas de la bodega de tu padre, pero te aseguro que si te metes un cuartillo de este peleón duermes como un tronco aunque sea sobre un jergón infestado de chinches y pulgas – se rió Candela acercándole el pellejo.

Viendo que Julia dudaba ella misma echó un trago. Se secó los labios con el dorso de la mano y volvió a ofrecerle el odre.

—Lo siento, me he dejado las copas de oro en casa y la esclava que me lo sirve la he arrojado a las morenas por inepta – le dijo Candela con expresión seria.

Julia abrió los ojos desmesuradamente hasta que se dio cuenta de que la plebeya se estaba quedando con ella. Candela le enseñó los dientes mediante una hermosa sonrisa y Julia aceptó la broma y el pellejo de vino. Con bastante torpeza echó un trago de cuyo resultado aparecieron varios oscuros lamparones en su impoluta túnica.

—No pasa nada – dijo Julia pasándose la mano por la manchada túnica – mi esclava la lavará – añadió al ver que Candela se reía sutilmente a causa de su impericia.

Candela reconoció que la joven patricia acababa de devolverle el golpe sin asomo de mordacidad, sencillamente contándole lo que en verdad iba a ocurrir, sin vanagloriarse pero sin avergonzarse.

―¿Puede saberse que hace una chica rica como tú en el foro sin su litera y su ejército de esclavos? – le preguntó Candela con la boca llena.

―Me he escapado – le contó orgullosa Julia.

―¿Te has escapado?

―Sí... siempre que he salido de casa ha sido escondida tras las cortinas de la litera. Siempre he tenido que atisbar sobre las cabezas de mis esclavos que me protegen a ambos lados y quería saber cómo era el mundo visto a pie. El otro día encontré una salida oculta en uno de los muros que rodea y protege nuestra casa y hoy me he decidido a probar fortuna. Ha sido maravilloso ver el mundo sin ataduras.

―No sé... no sé... yo lo veo a diario y te aseguro que tiene poco de maravilloso. En fin... lo que para ti es una aventura para mí es pura rutina de supervivencia. Salgo cada día a vender. Si vendo como, si no vendo tengo que venderme para comer. Seguro que a ti te sirven las comidas cuando chasqueas los dedos.

―Más o menos – contestó Julia con la boca llena de crujiente corteza de pan.

―¿Y tu esclava? ¿No tiene hambre?

―Seguro que sí... cuando me harte de comer le dejaré las sobras...

―¿Siempre come tus sobras?

―Claro, es mi esclava... ¿tu no tienes esclavas?

―¡Qué voy a tener yo esclavas...! ¡Claro que no, soy pobre!

―¿Y cómo te lo haces? ¿Quién te viste, quien te calza, quien te peina, quien te sirve?

―Nadie... tengo que espabilar yo solita...

―No me lo puedo creer. Yo no sé qué haría sin Nuba... y sin el resto de esclavas, claro...

Las dos jóvenes siguieron comiendo su pan. Acabaron una hogaza y Candela partió la otra. Entonces la buena de Candela, hizo algo que sorprendió a Julia: llamó a la esclava de ésta.

―¡Tú, chica... ven aquí!

La nubia, que se había quedado apartada de las dos muchachas, observándolas comer con envidia y rezando para que su ama se acordara de ella para dejarle algunas sobras, levantó la cabeza y miró a Candela. Inmediatamente miró a su ama. Julia se quedó tan sorprendida como su propia esclava de la reacción de Candela. Miró a ésta con extrañeza.

―Ya veo que si no se lo dices tú no va a venir – le comentó Candela – ¡venga... dile que se acerque! – le insistió.

Julia accedió e hizo una seña displicente a su esclava para que se acercara. La fiel esclava nubia caminó renqueante. La herida de su pie se había infectado y le producía un gran dolor. Llegó junto al pequeño malecón del lago en el que se hallaban sentadas.

―¡Toma muchacha... come...! – le dijo Candela rompiendo un trozo de la segunda hogaza y ofreciéndoselo a la esclava.

―¡No! ¡Te he dicho que comerá mis sobras... si quiero! – reaccionó con arrogancia Julia al ver la intromisión de su nueva amiga sobre su esclava.

Nuba miró la mano extendida de Candela sosteniendo el apetitoso trozo de pan que le ofrecía. Luego negó con la cabeza tras mirar un segundo a su molesta ama.

―¡Venga mujer... ahora no estás en tu lujosa mansión! ¡Nadie va a pensar que te muestras compasiva con tu esclava! ¡Ya sé que entre las de tu clase social está mal visto mostrarse clemente con las clases inferiores, pero aquí todas somos iguales, nadie se va a fijar!

―No somos iguales, Nuba sigue siendo mi esclava... ¡Nuba... sácame las sandalias y límpiame los pies! ¡Rápido, obedece o cuando regresemos te haré azotar! – dijo Julia muy estirada y puesta de repente en su papel que parecía haber abandonado tras dejarse llevar por aquella relación que estaba manteniendo con la plebeya casi en pie de igualdad.

La esclava se arrodilló a los pies de su joven ama y le sacó las bonitas sandalias. Mojó sus manos en el agua de la orilla y se puso a limpiar los bien cuidados pies de su dueña.

Candela retiró la mano que aún tenía extendida y dejó el trozo de pan sobre la piedra, entre ella y su joven y rica nueva amiga.

―Te estoy muy agradecida por haber compartido tu comida conmigo, y como te he dicho antes haré que te recompensen debidamente, pero eso no te da derecho a humillarme con mi esclava – le dijo en tono de reproche a Candela.

―¿Humillarte...? ¡Pero qué dices! Aquí la única humillada es la pobre Nuba – repuso Candela – ¿no te parece humillante que no pueda aceptar un trozo de pan porque tú se lo impides? ¿Porque tú decides si come o no come? ¿No te parece humillante que estemos hablando de ella sin que pueda hacer otra cosa que limpiarte los pies?

Julia no le respondió. No merecía la pena. Nuba era su esclava y una esclava no era un ser humano como los demás. Una esclava debía obedecer a su ama y nunca ponerse a su altura. Comer juntas, ama y esclava, era más de lo que Julia estaba dispuesta a tolerar. Candela no lo entendía, ella era una plebeya.

Nuba limpió con sumo cuidado los pies de su ama mientras ésta y la plebeya terminaban de comer. Julia, cuando sintió saciada su hambre, decidió que el poco pan que quedaba podía cómerselo su esclava.

―¡Es suficiente, Nuba... toma...! – le dijo y le arrojó al suelo el poco de pan y queso que había sobrado.

A la pobre esclava se le iluminó el rostro al ver la comida que había caído junto a las sandalias de su ama. Por suerte no había ido a parar al agua. La esclava agradeció a su ama que la alimentara besando sus pies.

Candela soltó un bufido. No entendía a aquellas muchachas nobles, tan altivas, tan arrogantes, tan crueles. Ella las conocía bien. Había visto muchas veces cómo las trataban. Pero había algo en Julia que creía que la hacía diferente.

―¿Mandarás que la azoten cuando llegues a tu casa? – le preguntó con ironía que Julia captó de inmediato.

―No lo sé... me lo pensaré... – le contestó Julia poniéndose seria y adoptando una actitud trascendente para impresionar a la plebeya pero no pudo contenerse y se echó a reír.

Candela se sorprendió pero después se contagió de la risa de su noble y nueva amiga y la secundó. A Candela le gustaba Julia. El hecho de que estuviera con ella, sentada, compartiendo su exigua cena decía mucho en su favor. Ninguna de las muchachas nobles que conocía se hubieran rebajado a charlar con ella como si de dos viejas amigas se tratara.

―No me gusta azotarla. Nuba es mi esclava desde los cinco años. Me la regaló mi mamá el día que los cumplía. Hace once años que no se separa de mí ni para dormir.

―¿Dormís juntas? – preguntó con malicia Candela, poniendo cara de lasciva.

―Pues claro... es mi esclava personal... ella duerme a mis pies, en el suelo – contestó Julia que no había captado el sentido sexual de la pregunta.

―Me refería a si... bueno... supongo que ya me entiendes... – prosiguió Candela que no sabía cómo hablarle de aquellas cosas a una muchacha de alcurnia como Julia.

Candela despreciaba a ese tipo de gente pero no podía evitar sentirse empequeñecida si trataba con ellos. Le imponían. Julia puso cara de no entender nada y Candela habló claramente.

―Quiero decir si haces que tu esclava te dé placer. Con la lengua... ya sabes...

Julia enrojeció. Nuba, que ya había terminado el pan pero seguía arrodillada en el suelo, levantó la mirada hacia su ama. ¡Cómo se atrevía aquella plebeya a hablarle a la noble Julia de aquellas cosas! – se dijo Nuba que en aquellos momentos se sentía orgullosa de ser la esclava de Julia, despreciando a Candela por plebeya.

―¡Nuba! ¡La mirada al suelo! – le ordenó secamente Julia al percatarse de que la esclava las miraba.

―¿No puede mirarte?

―Ningún esclavo puede mirarme a la cara. A Nuba se lo permito cuando estamos solas pero ahora no lo estamos. Debe mostrarse respetuosa...

―Y si no la harás azotar – completó Candela la frase.

Julia se rió. Aquella plebeya le caía bien. Era la primera vez en su vida que se mezclaba con gente de clase inferior. Siempre le habían dicho su madre y sus hermanas que debía evitar hablar con la plebe. Pero a Julia le estaba gustando aquel encuentro.

―¡Eso... la haré azotar!

―¿Puedo verle la espalda a tu esclava?

―¿Para qué...? ¿quieres ver si tiene muchas cicatrices? Pues tiene muy pocas, ya te he dicho que no me gusta azotarla ¡Nuba, quítate la saya!

La esclava obedeció. Se descubrió la espalda y se la mostró a Candela. La plebeya lanzó un silbido. La espalda de Nuba presentaba bastantes cicatrices pero salvo media docena las demás parecían antiguas. Se fijó en las recientes.

―Éstas son las últimas... de hace dos días... – le señaló con el pie Julia acercándolo a las tiernas marcas enrojecidas de la espalda de Nuba.

Candela se la quedó mirando a la cara en actitud inquisitiva, esperando una respuesta.

―Ahora querrás saber porqué la azoté, no es eso? – Candela asintió sin dejar de mirar a la joven patricia – no soporto que tarde en obedecerme... le había ordenado que me sirviera una limonada y tardó demasiado... hacía mucho calor y estaba molesta… eso es todo...

Candela se sonrió pero no quiso discutir con su nueva amiga. En derecho podía hacer con ella lo que le diera la gana, era su propiedad. Otras muchachas eran mucho más crueles pues Nuba, salvo esas marcas en la espalda, no presentaba estragos de mutilaciones ni de otras espantosas torturas como era habitual de ver en muchas esclavas de las caprichosas nobles romanas.

Julia, al oírse contar el motivo por el que había hecho azotar a Nuba pareció sentir cierta vergüenza. Movió ligeramente las piernas y balanceó sus pies descalzos acercándolos a las calmas aguas del estanque. Finalmente metió los pies en el agua y el frescor que experimentó la alivió y la hizo sentirse bien, a gusto.

Candela la imitó. Las dos se quedaron sentadas con los pies en el agua. La tarde caía lentamente. Se estaba bien. Candela se sintió feliz de su libertad al ver a la pobre Nuba que seguía de rodillas, silenciosa, quieta, temerosa.

―Se está poniendo el sol – dijo Julia con un deje de preocupación en la voz – creo que en casa deben estar buscándome. Debo regresar, pero no tengo ni idea de cómo hacerlo.

―Yo te acompañaré. Conozco estas callejuelas al dedillo. Además, si vas conmigo no te ocurrirá nada.

Julia estuvo a punto de darle las gracias a la plebeya, pero se contuvo, no estaba bien que una patricia agradeciera nada a una plebeya.

Nuba, después de secarle los pies con su faldón, calzó las sandalias a su ama y después marcharon las tres, Julia y Candela delante, hablando, y Nuba detrás, en silencio, renqueante. No había podido limpiarse la herida y el dolor seguía atormentándola.

No tardaron mucho. De echo la distancia real no era mucha, sólo que los vericuetos de aquellas callejuelas habían despistado a ama y esclava. Cuando Julia divisó los altos muros que protegían la finca sintió una gran alegría y mayor alivio, pues por un momento había temido hallarse perdida. Le dirigió una mirada de agradecimiento a Candela cuando llegaron a la gran puerta principal custodiada por dos guardias armados.

―Gracias Candela... haré para que te paguen. Ahora debes marcharte... estoy oyendo alaridos y me temo que mi madre haya hecho torturar a los esclavos que debían cuidar de la puerta. No es el mejor momento para pedirle que te pague...

―Olvídalo Julia, si un día me ves cuando vayas en tu litera me conformaré con que me saludes con la mano.

Ambas se quedaron mirando, la una frente a la otra. Era como si ninguna de las dos quisiera ser la primera en darse la vuelta y desaparecer. Fue Candela la que tomó la decisión, la que hacía rato le pedía el cuerpo y el alma. Se acercó a su nueva amiga y la besó con gran delicadeza en los labios. Un beso tierno, suave, limpio… hermoso. Julia se ruborizó hasta llegar al color escarlata. Se sintió mareada, tanto que tuvo que cogerse del brazo de la fiel Nuba.

De repente sintió que en su interior se desataban ancestrales sentimientos que no había tenido ocasión de conocer hasta experimentar la dulzura de aquel beso. Miró a la plebeya con los ojos vidriosos y le devolvió el beso. Esta vez se apretaron, se abrazaron, sus lenguas se buscaron y finalmente, cuando se separaron se sonrieron con una sonrisa nacida en lo más hondo de sus entrañas.

—Hasta la vista Candela… te buscaré… lo prometo…

—Te esperaré… lo juro.

Julia franqueó la entrada de la lujosa mansión seguida por su fiel Nuba. Sabía que ahora su madre la reñiría y para castigarla le haría presenciar los espantosos suplicios que seguramente estaban sufriendo los dos pobres infelices que estaban pagando por su travesura.

 

 

FIN

 

Lukasses

Autor: lukasses

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