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2009-12-17 03:54:17
Además del gran antro Table Dance en donde se presentaba un show nocturno, también se daba servicio de restaurant. El edificio albergaba una buena cantidad de habitaciones que lo convertían en hotel. Miriam se había convertido en la gran estrella porno de ese lugar y junto con poc@s compañer@s de trabajo, tenía el derecho a sentirse propietari@ de una habitación.

En la cama de esa habitación me encontraba desnudo esperándola, pero sólo para hacerle compañía sin intenciones de tener sexo, porque estaba exhausto después de varios días de desenfreno sexual que habíamos pasado juntos, gracias a que la conocí en calidad de edecán durante un congreso que había concluido un día antes. Pero…¿realmente yo estaba ahí en esos momentos sólo para hacerle compañía simplemente como amigos?

Yo debía regresar a mi ciudad para continuar con mis obligaciones, pero me tomé un día más para estar con aquella beldad, que junto con mi secretaría me habían hecho enloquecer de placer. Todo se los platiqué en mis relatos "¡Mmmhhh…Miriam…Miriam!" y "!Mmmhhh…Miriam…Miriam! (2)"

Entró a la habitación donde yo la esperaba y cerró la puerta que por cierto no podía asegurarse por dentro. Por fin llegaba a su refugio luego de un azaroso día de trabajo. Sonriendo aventó sus mini prendas de vestir a mi rostro y yo las atrapé entre mis manos para llevarlas a mis fosas nasales y olerlas con avidez. Su olor a sudor y perfume se mezclaban deliciosamente.

De espaldas a mí y de pié, comenzó su tarea de quitarse el grueso maquillaje de su rostro. Lo hacía frente a un gran espejo muy bien iluminado de su tocador, lo que me permitía ver a plenitud la exuberante belleza de su anatomía tanto por detrás como su parte frontal que se reflejaba.

Su belleza me tenía absorto. Coquetamente se agachaba para acercar su rostro al espejo, pero era clara su intención de que su trasero quedara respingado lo más posible frente a mis incrédulos ojos. En incontables ocasiones ya la había visto y tenido desnuda junto a mi enardecido cuerpo viviendo bellos momentos de lindo romanticismo y extrema lujuria y sin embargo, era imposible que dejara de embelesarme con su impactante belleza y desearla con todo el fervor de que mi cuerpo y mente son capaces.

Lo anterior me hace recordar las palabras de una amiga mía que me ha dicho: "Tus deliciosas cátedras de sexo me han enseñado que el coger no es solo dar y recibir una verga, sino todo un ritual excitante que va desde una caricia, un beso, hasta un frenético y loco orgasmo que cansa al cuerpo pero no acaba con el deseo". Cuánta razón hay en las palabras de mi amiga.

Pero les decía que Miriam era dueña de una hermosa cara en donde destacaba unos carnosos y sensuales labios que invitaban a besar y con esa boca sabía dar un placer sexual de manera exquisita, pero lo más destacado era su cuerpo de ensueño de piel firme, suave y depilada como producto de costosos tratamientos y a tortuosos ejercicios en el gimnasio.

Su profesión requería que de manera indispensable se mantuviera atractiva ante los ojos de los parroquianos y bien valía el sacrificio que hacía con tal de mantenerse como la estrella número uno del lugar. Se destacaba su bien formado trasero que despertaba tantos y lujuriosos deseos.

Sus nalgas eran abultadas, redondeadas, muy firmes y de tersa piel y en su interior se encontraba el anillo que se encargaba de hacer gozar los penes cuyos propietarios podían pagar por sus servicios profesionales. Sus pechos de silicona parecían haberse desarrollado de manera natural por su gran tamaño, belleza y perfección. En su entrepierna lucía su bien desarrollado pene que había decidido conservar pues no deseaba cambiar totalmente su sexo, que por cierto lo veía muy erecto reflejado en el espejo.

Mientras yo seguía oliendo los aromas de sus prendas, Miriam se metió a la regadera del amplio baño de aquella habitación que no tenía ni muros ni puertas de por medio, lo que permitía que todos los muebles y espacios se vieran sin dificultad desde la cama donde yo me encontraba.

Bajo mi descarada y morbosa mirada, dejó que el agua tibia cayera en todo su bien formado cuerpo que se lo acariciaba, en especial sus pechos y su grueso pene erecto que lo masturbaba con lentitud sin llegar al orgasmo, para luego acercarse a su mullida cama para descansar. Al acostarse junto a mí, sólo me dio un beso en la boca y yo no hice nada para ir más allá.

Apagó el televisor que quedaba frente a su cama y se acostó boca abajo, cerró los ojos para que su mente volviera al pasado y relatarme la historia de su vida que había decidido contarme y que supuestamente era el pretexto para que yo estuviera en ese lugar en ese momento.

-¿Te aburriste mientras me esperabas?, me preguntó.

-Para nada, le respondí. ¿Quién se aburre viendo las películas porno que tienes?. Sobre todo esas porno gay que la verdad están muy calientes. Tienes una gran colección y si hubieras tardado un poco más, de seguro me hubiera masturbado.

-jajajajajaja. Si…¿verdad?. Me encantan esas películas.

-Pero…oye…¿Por qué traes la verga parada?, le pregunté.

-¡Ay, amor!. Es que no has estado en el antro donde les bailo a los clientes. Son unos cachondos de lo peor y así me ponen todas las noches. Sólo quieren estarme sobando el culo, pero son muchos a los que les encanta mamarme la verga, me respondió. La verdad es que vengo muy caliente como todas las noches.

-Ahora entiendo, le dije.

Era las dos de la mañana y yo quería dormir, pero tenía que escucharla porque así me había comprometido con ella. Mientras esperaba a que iniciara su plática, mi ávida mano acariciaba suavemente su portentoso trasero, sólo para sentir (según yo) esa maravillosa amplitud, redondez y firmeza, lo que fue suficiente para que mi virilidad respondiera, aunque mi virilidad respondía con tan solo verla.

Miriam colocó bajo su vientre una almohada para que se trasero para que quedara más respingado de lo que lo tenía en forma natural y de esa manera poder abrir sus nalgas para que mis caricias fueran más adentro, pues le encantaba que las yemas de mis dedos le frotaran los pliegues del ano.

-Eres una coqueta sinvergüenza, le dije bromeando mientras le daba una fuerte nalgada. Te acuestas boca abajo ofreciéndome la grandeza de tu trasero. Mira como se me puso la verga otra vez.

-jajajajaja, amor… haz con mi culo lo que quieras. Aprovéchame ahora porque a partir de mañana quizá no nos volvamos a ver. (su comentario lo escuché como una sentencia). ¡¡¡Mmmhhhhh!!!!..., suspiró. ¿Sabes que se me antoja?, me preguntó mientras coquetamente se acomodaba muy junto a mí.

-Pues por lo caliente que vienes y por la manera como respingas el culo...está claro que quieres verga.

-jajajaja, no seas mal pensado. Quiero que me des un masaje untándome un aceite de almendras que tengo en el baño. Me siento muy cansada. Anda…dame un masajito, ¿no?.

La petición era imposible de rechazar y mi cuerpo sintió un escalofrío que me hizo temblar de emoción. Mis manos acariciarían de nuevo esa escultural anatomía que si alguien la viera en su parte posterior por vez primera, jamás podría pensar que se trataba del cuerpo de un hombre convertido en mujer, porque su belleza era tan grande como la más grande de las bellezas femeninas.

Rápidamente me incorporé de la cama y fui al baño para tomar el aceite que Miriam me había indicado y presuroso y excitado regresé para subirme a Miriam a horcajadas. Mi virilidad completa la deposité en el valle ardiente, oscuro pero palpitante que formaban sus primorosas nalgas que estaban tan respingas que no me permitieron que mis rodillas tocaran la cama.

El peso total de mi cuerpo lo soportaba aquella anatomía de diosa creada por la naturaleza eterna y modificada maravillosamente por los hombres de la actualidad, al hacer beldades mitad hombre, mitad mujer. Deposité una buena cantidad de aceite en mis manos y las froté una contra otra.

Miriam había cerrado sus ojos y relajado su cuerpo. Era indiscutible que me invitaba no sólo a que le diera masaje. Mis manos ardientes comenzaron su trabajo iniciando en la parte alta de su espalda. Su piel era tan suave que sentí de nuevo una descarga que recorrió todo mi cuerpo con tan sólo tocarla, como si lo hubiera hecho por primera vez.

El masaje era suave pero a la vez firme. Lo suspendí para tomar el frasco de aceite y desde lo alto dejé caer sobre su espalda delgados chorros que también cayeron en mi vientre y genitales así como en sus prodigiosas nalgas, notando que el líquido perfumado se escurría entre ellas como buscando un rincón donde esconderse.

Me hice hacia atrás y quedé sentado en sus pantorrillas. De nuevo mis palmas sobaban con lentitud su cuerpo esparciendo el aceite en toda su superficie. De su espalda, mis manos vencieron la pendiente tan pronunciada que se formaba para llegar a sus apetitosas, anchurosas y duras nalgas, que habían sido la causa de que me encontrara con ella en ese momento, porque su atractivo fue impactante cuando la conocí.

Mis manos tocaron aquellas suaves y redondas montañas de suculenta carne para sobarlas bajo el pretexto de que le diera un masaje. Mi pecho se sintió oprimido al sentir ese exquisito placer que me causa acariciar un par de nalgas tan hermosas. Mis pulgares penetraron la hondonada que formaban las montañas para acariciar con mis yemas sus rugosos pliegues anales e ir un poco más adentro para lubricar tan exquisita cueva, pero los retiré para continuar con mi trabajo y bajar mis caricias hacia sus piernas.

Acaricié sus firmes y gruesos muslos libres de estorbosos vellos que tiempo atrás los había depilado de manera permanente. Miriam suspiraba y un ligero estremecimiento se reflejaba en mis manos, lo que me indicaba que el masaje que "gentilmente" le daba, le estaba más que gustando.

Metí una mano entre sus piernas y me topé con su genitales masculinos que por su dureza, supe que estaba a mil. Pensé que ella también desearía que su masculinidad fuera sobada y quizá por ser los momentos de despedida me atreví a arropar su gruesa verga con mi mano derecha llenándosela del aromático aceite corporal y le di unos suaves jalones hacia arriba y abajo a manera de masturbación, con algo de dificultad porque la tenía junto a su almohada.

Confieso que se siente muy extraño tener en propia mano un pene diferente al propio, así como unos testículos que pertenecen a otra persona, pero en este caso era indiscutible que esos genitales hacían la gran diferencia que me llevaba a sentir el más alto grado de morbo que jamás he sentido.

-Mámame la verga, amor, me pidió suplicante Miriam. Ya me la dejaste lubricada para que te la meta en ese culo tan rico que tienes. Nada más falta que me la mames.

Hice como que no la escuché porque yo nunca he mamado una verga. Veía sus pechos aplastados contra la cama y parecía que se "asomaban" en los costados se su espalda, pero también sus genitales eran las causa de que un morbo intenso y diferente me tuviera atrapado de manera tan lujuriosa. Por supuesto que todo era diferente porque jamás será lo mismo estar y tener en esa posición el cuerpo de una mujer natural, que el cuerpo de un hombre convertido en mujer.

Pero yo tenía que darle el masaje en su parte más atractiva que era su culo y mis manos extendidas casi temblorosas fueron subiendo con lentitud hasta apoderarse de ambas nalgas que las sentí ardiendo. Las acaricié de arriba abajo y de lado a lado en toda su superficie mientras Miriam emitía gemidos afeminados de satisfacción. Mis pulgares nuevamente entraban a su valle ardiente para sobar su ano, el cual sentía que se aflojaba y se apretaba, tratando de que esos movimientos de experta en el uso de tan exquisita caverna, los absorbieran hacia su interior.

Así sucedió. Primero uno de mis pulgares entró hasta su recto y después el otro. Yo los hacía circular en su interior y mi sangre se agolpaba más en mis sienes al contemplar el deslumbrante trasero penetrado por mis dedos y que indudablemente en pocos minutos (o segundos) más, lo penetraría con mi verga ansiosa, porque ambos lo estábamos deseando. No podía esperar más.

Para continuar en su espalda no tuve más remedio que montarme en su fogoso trasero. Mi verga cubierta de aceite y su ano dilatado y lubricado tenían que acoplarse pues la espera era insoportable. Sentí que mi falo entraba poco a poco separando sus pliegues anales y no me detuve hasta que estuvo totalmente adentro en esa gruta que amenazaba con quemarme el pene por la temperatura hirviente que había en su interior.

Miriam cerró sus nalgas para enclaustrar mi virilidad incrustada y apretó su esfínter para aprisionarla como a un reo al que hay que mantener en cautiverio. Me quedé quieto montado en ese par de montículos carnosos con la garganta apretada por la pasión que me consumía, mientras mis manos acariciaban su espalda, pues tenía que terminar con mi trabajo de masajista.

-¿Te gusta mi masaje?, le pregunté.

-Claro que si¡¡¡¡¡¡, respondió con voz entrecortada. Sobre todo el que me estás dando con la verga, amor.

-Pues a mí me encanta, le dije. ¡Mmmhhh…Miriam…Miriam!, estoy gozando tu culo como pocos culos he gozado en mi vida.

Era cierto lo que le decía.

Miriam respingaba aún más su trasero como deseando que mi verga se le fuera más adentro de sus intestinos pero ya no había manera de que eso sucediera porque se la tenía toda metida. Yo hacía el esfuerzo contrario a ella, tratando de mantenerla junto a la almohada que tenía bajo el vientre, de modo que nuestros cuerpos se unían tratando de fundirse en uno solo.

Se la sacaba por completo de sus entrañas retirándome hacia atrás pero tallando fuertemente mis nalgas y mis huevos contra sus nalgas y parte posterior de sus muslos mientras me sostenía de los costados de su espalda insinuándole que deseaba aprisionarle sus estupendas tetas. Me echaba de nuevo hacia delante para que mi verga le atravesara el culo otra vez, repitiendo esta acción en varias ocasiones hasta que me detuve para decirle:

-Ahora muévete tú como tú sabes hacerlo.

-¡Claro que si, papito!.

Colocando las palmas de sus manos en la cama incorporó su dorso para permitir que sus tetas quedaran separadas del tálamo sexual, lo que aproveché para aprisionarlas entre mis manos que parecían pequeñas al ser insuficientes para abarcar su volumen, que parte de sus dimensiones se salían de mis dedos. Miriam respingó aún más su trasero y me levantó completamente sobre ella por lo que tuve que poner las plantas de mis pies a sus costados.

Miriam me levantaba una y otra vez. Prácticamente hacía que su trasero brincara como potro salvaje mientras yo acoplado me aferraba a su montura, cabalgándola como experto jinete. Al hacerlo abría sus nalgas para que mi pene se le mantuviera lo más profundo posible, pero además, para que mis testículos se metieran entre sus glúteos para luego cerrarlos y apretármelos en su interior.

Fue imposible mantenerla enculada por más tiempo sin acabar.

-¡YAAAAAAAA!, le grité cuando empecé a eyacular en su recto.

-¡AAGGGGHHHHHH!!!!!!, fue el grito ahogado que Miriam emitió desde lo más profundo de su garganta cuando empezó a eyacular también.

En el glande de mi pene enterrado en el ano de Miriam sentí los espasmos de su eyaculación al contraerse y dilatarse su próstata que estaba descargando su furia acumulada en la almohada que tenía bajo el vientre, al mismo tiempo que mi furia le llenaba sus intestinos.

Se dejó caer boca abajo en la cama aún con mis manos apretujándole los pechos y mis caderas se revolvían de un lado a otro encima de las nalgas de tan cachonda "hembra" y mis labios succionaban desesperados y ansiosos su cuello cubierto por su largo y aún húmedo pelo.

Me tendí a todo lo largo de su cuerpo y rodamos juntos hacia un costado. Fue el momento que ella permitió que mi verga se le saliera de su cavidad anal y me abrazó de frente para que nuestras bocas se trenzaran en un fuerte y apasionado beso.

Nos revolcábamos de un lado a otro sobre la amplia cama, trenzados en un ardiente abrazo como si quisiéramos que nuestros cuerpos sudorosos y para entonces cubiertos de aromático aceite de almendras se fundieran en uno solo, lo que hacía que por momentos yo quedara encima de ella o ella quedara encima de mí.

Yo sentía su respiración caliente y agitada en mi boca, así como su lengua que se tramaba con la mía. Resoplábamos con furia. Nuestros penes ardientes de los que seguía saliendo nuestro semen, chocaban uno contra otro pues nuestras caderas se balanceaban con gran rapidez, como los barcos que se encuentran en las aguas agitadas de altamar.

Era un frenético vaivén de nuestras caderas que hacía que nuestros penes se restregaran uno contra otro, además de que ambos hacíamos los movimientos propios de un acto sexual como si yo quisiera penetrarla por una vagina inexistente y lo mismo hacía ella como tratando de taladrar mi empeine cubierto por mis cortos vellos púbicos.

Muy pronto nuestro genitales, vientres y nalgas quedaron embarrados de la mezcla de nuestro semen que en cantidades abundantes salía de ambos penes. Como si nos hubieras puesto de acuerdo, nuestras manos entraron a las entrepiernas para masturbarnos mutuamente, lo que propició que quedaran llenas de semen, que al retirarlas para abrazarnos y acariciarnos lo desparramábamos en toda nuestra anatomía provocando con ello un fuerte olor a sexo que invadió toda la habitación.

Esto acontecía en breve segundos, pero al mismo tiempo parecía una eternidad o como si el tiempo se hubiera detenido. Esta sensación de que el tiempo se detiene en momentos de tanta lujuria es algo común en mí.

Me tocó a mí hacer de coqueto y en uno de esos instantes en que Miriam se encontraba encima de mí, abrí las piernas y las elevé al cielo ofreciéndole el culo, comprendiendo que en ese momento mis hormonas femeninas pedían a gritos ser satisfechas. Seguíamos abrazados y Miriam metió su grueso pene entre mis nalgas hasta que su glande encontró mi culito falto de dilatación.

Me metió tan solo la gruesa punta y sentí los últimos espasmos que estaba dando por su eyaculación y evidentemente su esperma me llenaba el ano. Lancé un quejido por el dolor y Miriam no continuó con la penetración, sino que, de pronto, ella hizo un ágil y amañado movimiento para abrazarme por atrás, y no sólo eso, pues con algo de brusquedad hizo que yo quedara acostado boca abajo con la misma almohada bajo mi vientre que instantes antes ella había inundado con su esperma.

Me tumbó boca abajo de manera dominante, lo que me extrañó y me hizo sentir como seguramente se sienten las personas que son víctimas de una violación. Pero yo estaba muy lejos de ser víctima de una violación porque me encontraba en ese lugar por propia voluntad y aunque un poco desconcertado por la actitud inesperada de Miriam, no opuse ninguna resistencia y me dejé llevar por el momento que después de extrañarme me pareció excitante, y en silencio y como manso cordero aflojé el cuerpo pero en especial las nalgas para que Miriam hiciera con ellas lo que quisiera.

Me tomó de las manos y me colocó cruzados mis brazos tras mi espalda, empujándome fuertemente contra la cama, haciendo que mi pecho y cara casi se introdujeran en el mullido colchón. El violento acto me produjo una excitación nunca antes sentida y tan sólo en un instante, de dominante pasé a ser dominado.

Yo estaba consciente de que me encontraba sosteniendo una relación homosexual, por lo que de homosexual activo, en tan sólo un segundo pasé a ser un homosexual pasivo y aunque mi mente atribulada se resistía a aceptar tal situación, en mi cuerpo y muy en mi interior deseaba fervientemente continuar sintiendo la pasión que me consumía y me presté al juego sexual inédito para mí.

Con una mano me sostuvo fuertemente por mis muñecas enlazadas en mi espalda y con la otra me dio una fuerte nalgada cuyo chasquido sonó estruendoso debido a que sus manos y mi cuerpo estaban cubiertas de tres fluidos, que eran sudor, aceite aromático y semen, mucho semen.

Además de sorprenderme la fuerza que de pronto apareció en Miriam y que no tenía nada que ver con su lado femenino, me sorprendía su virilidad, pues a pesar de haber terminado de eyacular, su verga se mantenía tiesa como el acero lo que corroboraba que en verdad estaba caliente, mientras que en la mía empezaba a aparecer la indeseable flacidez.

Parecía que a Miriam le había sentado muy bien mi masaje además de lo caliente que estaba y por eso continuaba deseosa, mientras yo también seguía con unas ganas locas y desenfrenadas de continuar deleitándome, pero ante la falta de respuesta de mi pene, sólo me quedaba el recurso de que mi culo fuera perforado.

Mi cuerpo exigía más y sólo por el culo podría darle la satisfacción codiciada y afortunadamente estaba acostado con alguien que podía proporcionarme el ansiado placer y, vaya la manera tan inesperada pero a la vez deliciosa como lo estaba haciendo. Mi cuerpo estaba cansado por el ritmo frenético y mi loco orgasmo, pero mi deseo no acababa. Era como si al mismo tiempo estuviera poseído por Eros y Afrodita.

-Ahora va la mía, me dijo. Ese culo tan rico que tienes volverá a probar las mieles de mi verga, amor.

-jajajajaja, reí de buena gana y sentí de nuevo otra fuerte nalgada que hizo que me excitara más. ¿De veras te gusta mi culo?, le pregunté respirando con dificultad.

-Claro que me gusta. La verdad es que para ser hombre, tienes unas nalgas muy antojables. Deberías usar tu culo como yo lo hago, me dijo.

-¡NOOOOOO!, eso no es lo mío, le respondí jadeante.

-Pues por el momento veo que si es lo tuyo, jajajaja. Lo estás deseando y no lo puedes negar.

Miriam me soltó las muñecas ordenándome que mantuviera mis brazos tras de mí y yo la obedecí. Pasó sus manos por sus genitales y por los míos para tomar la mayor cantidad posible de la leche que abundaba en nuestras pieles y en la almohada que tenía bajo mi vientre, para untármela toda entre mis deseosas y ansiosas nalgas, desesperadas por sentir encima el peso del cuerpo de aquel hombre convertido en mujer.

Fue entonces que recordé que todo se estaba consumando sin el uso de condones, pero comprendí que era demasiado tarde. Borré de mi mente ese pensamiento fugaz para continuar con el gozo sexual indescriptible.

Sus ágiles y pegajosas manos masajeaban mis nalgas y con gran habilidad uno de sus dedos atravesó mis pliegues anales y luego dos y luego tres, los que hacía girar en el interior de mi recto que me lubricaba con la mezcla de nuestra propia leche, hasta que llegó el momento que esta se empezó a secar y tuvo que recurrir al aceite de almendras que dejo caer en mi atribulado ano para terminar de lubricarlo y dilatarlo.

De nuevo Miriam se acomodó encima de mí, pero esta vez para meterme de un solo golpe su gruesa verga. Ya no sentí ningún dolor gracias a la lubricación y dilatación de mi culo. Al contrario, el placer fue enorme al sentir que mi intestino se llenaba de aquella gruesa, dura y ardiente carne, en tanto mi ano se regocijaba al sentirlo abierto al máximo, pero al mismo tiempo sirviendo de apretada funda del miembro que lo atravesaba.

Miriam había pasado su manos por debajo de mi cuerpo para asirme por los hombros, de manera que me jalaba contar su cuerpo al mismo tiempo que me embestía tratando de meterme más la verga, pero era imposible que eso sucediera porque ya la tenía toda adentro, lo cual sabía porque contra mis nalgas sentía el fuerte golpeteo de su pelvis y sus testículos entre mis nalgas. El grosor y longitud de aquel leño de carne me llenaba mi intestino en donde sentí un agudo dolor, pero comprendí que de debía a que la punta de su pene estaba buscando acomodo en el más profundo de mis rincones.

El mete y saca al principio fue lento. Me la metía toda y toda me la sacaba para volvérmela a enterrar produciéndome un enorme placer. En mi ano sentía la delicia de ser masajeado por su grueso falo que se abría paso entre mis pliegues corrugados para llegar hasta lo más profundo de mis entrañas, pero obviamente de paso, el masaje prostático que me propinaba era sencillamente delicioso. Mi punto "G" estaba siendo tocado en su máxima expresión y me hacía vibrar de pasión.

El placer era inmenso y lo estaba gozando como si fuera la última vez que lo hiciera en mi vida, pues estaba entregado por completo a la voluntad de aquel hombre-mujer que me estaba haciendo apreciar a plenitud pasiones jamás concebidas ni siquiera en mi imaginación. Son tan diferentes pero a la vez tan intensos los placeres que se gozan actuando como activo y como pasivo que hay que disfrutarlos para poder platicarlos.

Me estaba entregando cual si fuera una putita redimida y ese sentimiento de sumisión me hizo sentir bien, quizás por ser la primera vez que lo experimentaba de esa manera. El lugar, el antro gay, el ambiente de la habitación, los fuertes olores a sexo, pero sobre todo la pareja que en esos momentos tenía, eran los causantes de que me sintiera sexualmente pleno.

Quise hacer lo mismo que minutos antes Miriam había hecho al tenerme montado sobre su trasero, tratando de actuar como potro salvaje para respingar mi trasero, pero mis movimientos no salieron como lo deseaba, por lo que Miriam se dio cuenta de ello y optó por soltarme de los hombros y ordenarme que me pusiera en cuatro patas y nuevamente como fiel cordero yo la obedecí.

La obedecí pero sin permitir que su verga se saliera de mi cueva. La tenía aprisionada y prisionera y de ninguna manera iba a permitir que se me escapara. Miriam me daba una cuchillada profunda hasta la empuñadura de su aguda espada y como una puta deseosa comencé a mover mis caderas de un lado a otro sintiendo sus pelvis en mis nalgas y con la estocada clavada hasta lo más recóndito de mi anatomía.

La lujuria desenfrenada me hacía respirar con dificultad. Mi mente imaginaba que el candente miembro viril de Miriam era una gruesa y larga Anaconda, que se movía en mi interior cual reptil depredador buscando abrigo en una madriguera. Era mi madriguera intestinal la que extasiada por el placer le daba refugio temporal, deseando que anidara de por vida en la guarida que gustoso le ofrecía mi cuerpo.

Mi esfínter apenas abarcaba el grosor de la anaconda que se zarandeaba con furia inaudita dentro de mí como si estuviera herida de muerte, cuando en realidad estaba llena de vida, golpeando con rabia implacable las paredes internas de mis entrañas en donde sentí que todo se batía.

Jamás imaginé que llegaría a sentir tal pasión al ser penetrado, aunque ya lo había experimentado. Arrodillada detrás de mí, Miriam me tomó por las caderas dejándome hacer las cosas como tantas veces lo había visto hacer a las mujeres que yo había enculado. Creí que era momento de imitar los movimientos de los homosexuales pasivos que había visto en tantas películas porno. De mi flácido pene empezó a salir el resto de semen que me quedaba pues estaba teniendo lo que muchos han dado en llamar un orgasmo anal.

Mientras acababa me quedé quieto y pegado al cuerpo de Miriam que le imprimió un ritmo frenético al mete y saca, para que su gruesa espada recorriera a placer una y otra vez toda la longitud interna de mis intestinos. Yo sentía que su verga me laceraba ricamente desde mi ano hasta el punto donde su cabeza golpeaba en mis entresijos. Su verga hacía el trabajo sexual que me llevaba al éxtasis.

De pronto ella también se quedó quieta con su verga clavada en mi culo y empezó a eyacular llenándome mi caverna con su tibio líquido. Yo sentía sus espasmos y advertí que todo estaba consumado de acuerdo a la fantasía que había bullido en mi mente durante tanto tiempo. Me la sacó y todavía se dio el lujo de darme unos fuertes golpes en mis nalgas con su falo, como si lo hiciera con un grueso látigo.

Era urgente que pasáramos a la regadera para quitarnos de nuestros cuerpos todos los residuos sexuales que teníamos encima para regresar al tálamo sexual al que Miriam le cambió las almohadas y las sábanas. Antes de acostarnos de nuevo, nos servimos unas copas de vino tinto y las chocamos antes de beberlas con ansiedad como un sediento en el desierto.

Al acostarnos le pregunté:

-¿Ahora si me contarás la historia de tu vida íntima?. Tu sabes que esa es la razón por la que estoy aquí.

-jajajaja. ¡Claro que sí!, me respondió.

Esta es la historia de mi vida, me dijo.

Nací y crecí en una ciudad conurbada con la capital de uno de los estados más grandes de la República. Tengo cuatro hermanos, dos son mujeres y dos hombres. Mi madre dedicada al hogar y mi padre se dedicaba a comprar y vender ropa usada y diferentes utensilios del hogar que comercializaba principalmente entre la gente de los pueblos vecinos. Iba y venía en un viejo camión que con frecuencia sufría averías, por lo que era frecuente que no regresara a casa en ocasiones durante días enteros.

Mi caso puede sonar muy clásico, pues soy el niño que sufre las consecuencias de haber nacido con sexo de macho, pero que la naturaleza se encapricha en que piense y sienta como hembra. Recuerdo que desde los cinco años mi cuerpo se estaba desarrollando de manera diferente a los demás niños de mi edad, pues mis caderas y nalgas eran más anchas y voluminosas y era motivo para que los pequeños con los que jugaba en la calle se burlaran de mí y era frecuente que me metieran mano acariciándome el trasero, lo cual noté que me gustaba. Ya me sentía mujercita.

CONTINUARÁ…

E-Mail: adonis.elprimero@gmail.com

E-Mail y MSN: adonis.primero@hotmail.com

Autor: ADONISPRIMERO


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