Íbamos preparados. Había unos cuantos con mochilas isotérmicas llenas de cerveza y de agua, y la mayoría iba con, mínimo, una banderita. En el grupo, otra chica y yo… y diez chicos, todos amigos, con nervios y esperanzas para el partido. Hacía un calor espantoso, me alegré de llevar el bikini bajo la ropa.
Teníamos que coger el bus urbano para llegar donde estaba la pantalla gigante, así que eso fue lo que hicimos. Durante el trayecto, me dediqué a embadurnar todas las caras de rojo y amarillo… a mí nunca se me ha visto con una bandera, y creo que, después de esto, no se me volverá a ver. Era un día histórico.
Llegamos al destino. Quedaba más o menos media hora para que comenzase el partido, pero la aglomeración de gente era ya espectacular… y más para una ciudad mediana tirando a pequeña, como esta. Un camión de bomberos se dedicaba a mojar al personal, y, a la vez, refrescar el tórrido ambiente de la plaza. Yo estaba ya como un flan… no soy muy futbolera, pero un mundial es un mundial, y quieras que no, hace ilusión.
Cogimos sitio, en todo el medio de la plaza, en un alto, para ver mejor el panorama (sobre todo porque, con mi tamaño, si no estoy en alto poco iba a poder ver). Me quité la camiseta, quedándome con la parte de arriba del bikini, los pantalones, y los tirantes, y me puse debajo del chorro de agua, porque aquello era un horno.
Las primeras cervezas empezaron a caldear, aún más, el ambiente y los ánimos. Yo, chica sana (ya he dicho que me estoy reformando), me pasé absolutamente toda la primera parte bebiendo agüita. No quería perderme ni un solo pase, ni un solo movimiento del balón… y dicho sea de paso, tampoco de Piqué, que aunque solo le haya visto en televisión, me parece que está tremendo. Gritos, pitidos, zumbido de las vuvuzelas, trompetillas y derivados, y ni un gol. Y yo sudando como un pollo. Y Gema sudando como un pollo. Y Armando, y Alejandro, y Raúl, y todos, sudando como pollos.
Fin de la primera parte. Asaltamos en manada el bar más próximo, sobre todo por los codiciados baños. Tortas, empujones, todo se valía con tal de entrar a mear.
Gema y yo volvimos rápido a nuestro sitio privilegiado. Desde allí se abarcaba toda la extensión de la plaza con la vista, nos servía como atalaya de revisión a la tropa que había por ahí. Mucho chico bajito, mucho cachas encanijado… qué daño han hecho los gimnasios en España, por dios.
A los pocos minutos, teníamos de nuevo congregado al grupo de chicos a nuestro alrededor. Uno de mis "novatos-fichaje", Armando, se puso a mi lado, pretextando que si España marcaba un gol, me iba a caer de todas las maneras.
Nunca me había fijado demasiado en él, como chico, se entiende. Para mí era un novatillo, gracioso y punto, legal, ingeniero también (de hecho, le tenía en alguna asignatura en mi clase) y poco más. Pero entre el calor, y que llevaba desde que me fui a ver a Marcos sin echar un casquete digno, no pude evitar pasarle el escáner, como a todos los desconocidos que nos rodeaban. No estaba mal el niñito… rubio, ojos azules, piel blanquita; cuerpo de atleta (el chico compite y todo), con unas espaldas anchísimas (y, por qué no decirlo, perfectas)… pero sin culo.
"A nadie le amarga un dulce…" pasó por mi mente. Decidí que podía pincharle un poco, a ver si caía. Nunca se me ha dado muy bien eso, ahora que lo miro desde la distancia, pero sigo disfrutando haciéndolo.
Total, que ahí estaba yo, casi discreta en mis intenciones. Le estuve usando de soporte, pretextando que me dolían los pies. Se puso delante de mí, pero un nivel más bajo, y aproveché para achucharle un rato, ya que el bikini aún estaba húmedo y se estaba quejando de calor. Que si un masaje, que si "qué bien te queda la perilla", que si "Joder, Armando, desde que has vuelto a competir te has puesto tremendo"… parecía que la cosa se iba animando, cuando vi aparecer a Sergio, mi otro novato fichaje, con Sheila, que, encima de novatilla, es la chica más tonta (pero tonta tonta, tonta de estas que tardan dos horas en pillar el chiste más obvio e inocente) que he conocido en la vida, y encima con un cuerpazo. La vida es injusta, y la vida quiso que se acercase a Armando poniendo carita de zorra, y que tanto Sergio como yo nos quedásemos con un palmo de narices.
Total, que me puse a hablar con Sergio. Me había fijado en él en septiembre, es algo mayor que yo, pero es novatillo igual, y yo su veterana. Moreno, morenazo, con la piel clara, los ojos oscurísimos, con las piernas depiladas (por lo que veía), fuerte, y con una cara de niño travieso que me ponía a mil. Por desgracia, desde el principio le catalogué como muñequito de porcelana: se mira pero no se toca. No se sabe muy bien ni cómo ni por qué, estaba siempre rodeado de chicas, y todas con bastante mejor cuerpo del que pueda tener yo, así que, por muy veterana suya que fuera, me iba a dar igual.
La tonta del bote seguía dando la vara a Armando, y el partido seguía agónico e interminable. Muchos "uys", cuando fallaba España, y algún "ay", cuando fallaba Holanda.
Sergio me ofreció un poco de calimocho, a lo que me negué. Al día siguiente tendríamos un examen, y no me apetecía ir resacosa… por mucho que insistiese, conseguí mantenerme firme.
Se acabó la segunda parte… y la primera de la prórroga… y seguían cero a cero. Yo estaba atacadita, sufriendo como la que más, y, por supuesto, reventada; la tensión me machacaba…
De pronto, noté una corriente nerviosa que recorrió a toda la plaza. Fijé mi atención en la pantalla en el momento exacto en el que el balón se colaba en la portería.
Fue de órdago a la grande la explosión de alegría en la plaza. En menos de un segundo, miles de gargantas rugieron al unísono, la plaza se llenó de humo rojo de las bengalas, y yo me puse a saltar como una niña chica, con lo que me resbalé… y caí sobre Sergio, porque Armando estaba muy ocupado comiéndole la boca a Sheila. Mientras me sostenía, me sonrió, me dio un beso en la mejilla, y yo me eché a reír, mientras me incorporaba. Seguí desgañitándome celebrando el gol los escasos minutos que faltaban para el final del partido, saltando agarrada a Sergio por un lado y a Gema por el otro. Tenía la adrenalina por las nubes, y mi cara de felicidad, por las fotos en las que salgo, también era un espectáculo.
Cuando el ambiente decayó un poco, nos dirigimos a la zona de bares por donde salimos siempre. Entramos en un local amplio, que estaba casi vacío (pero con la terraza llena, por supuesto), y nos encontramos allí a mi compañera de piso, que a Sergio y a mí nos invitó a un cachi a cada uno. Estuvimos un rato hablando con ella, y luego, casi sin darme cuenta, volví a quedarme sola con Sergio. Bebíamos, nos reíamos de las caras de Armando y de Sheila, comentábamos la jugada.
Tras un rato, volvió mi compañera, y, junto con Armando (Sheila le había dejado solo, yéndose al baño), se sentaron con nosotros. Para no variar, la conversación se desvió al eterno tema: sexo. Armando publicó, a los cuatro vientos, que llevaba tres meses sin mojar, y que la zorrita rubia le estaba poniendo cardíaco. El resto nos reímos.
Patricia me miró, se descojonaba. Pero ella no dijo nada.
Patri se rió mientras los chicos nos miraban con cara rara.
Pude ver cómo a Sergio se le quedaba cara de asombro. En esto, llegó Sheila, que se llevó a Armando, y Patri se fue a tomarse un chupito con el resto del grupo. Volvimos a quedarnos aislados del resto.
Me quedé callada, sonriendo, y pensando en qué decir. Y me salió solo.
Se me quedó cara de idiota, pero contesté.
Se le pusieron los ojos como platos. Ya nos habíamos acabado el cachi, y salíamos del bar.
A mí se me caía la baba. Si eso no era una invitación…
Fuimos a otro bar. Sergio se quedó con Sheila y Armando, y yo me fui con el resto a tomarme un par de cachis. Se estaba haciendo tarde, y el examen era a las nueve, así que fui recogiendo a todos los que queríamos irnos a dormir. Resultamos ser siete, que nos fuimos andando a casa.
Llegué, abrí la puerta, la cerré, y, tras ir al baño, me puse a mirar el Tuenti y a leer un par de relatos, estaba bastante cachonda a cuenta de la nochecita que había pasado.
Se me abrió la ventanita del chat. Era Sergio.
Sergio:
Wenaaaaaas
Yo:
Hola…!
Sergio:
Oye, no tendrás algo de alcohol?
Sq no tengo sueño y m aptce beber…
Yo:
Pues… tengo un cartón de vino, pero no tengo cocacola…
¿Te vale con eso?
Sergio:
M vale, ahora mism vy pa allá, ok?
Yo:
Ok, te espero.
Acto seguido, se desconectó. Armando me habló para pedirme un cigarro, pero yo, previsora, le dije que no tenía, para que no se presentase en casa.
Sonó la puerta. Abrí, y Sergio se coló en mi apartamento. Le ofrecí el vino, y rechazó el vaso, bebiéndolo a morro del cartón. Le enseñé mi cuarto, me llamó friki (tengo un par de pósters de series de anime en la pared), y me senté frente al ordenador. Le pregunté si quería ver algo, y no respondió.
Me senté en la cama, mirándole beber. Estaba un poco borracho, pero seguía mono. Se sentó a mi lado, e intentamos hablar de algo, sin resultado. Nos quedamos en silencio.
Le miré y se lanzó sobre mí. Me besó con ganas, casi con ansia… clavé mis uñas en su camiseta, me estaba desatando, y me puse sobre él, notando su polla hinchada apretada contra mí, sus manos apretando mis nalgas… con el calor que hacía, pronto rompimos a sudar. Me tenía cachondísima… me daba morbo el chaval, tan… tremendo, tan inalcanzable, y debajo de mí…
Le quité la camiseta, descubriendo su torso. Depilado completamente, dios… qué tío…
Sin tardar ni una milésima de segundo, me desabrochó el bikini y comenzó a tocarme las tetas bajo la camiseta. Mis manos se fueron solas al botón de su pantalón, que solté rápidamente; y le quité los pantalones. La herramienta que el calzoncillo dejaba adivinar, tenía muy buena pinta.
Se incorporó y me tiró sobre la cama en un solo movimiento. Me arrancó los pantalones y comenzó a pasar su mano sobre mi clítoris, en rápidos círculos, bajo las braguitas. Comenzó a meterme dos dedos en mi coñito, rápido, con fuerza, a lo salvaje… Como pude, le quité los calzoncillos, descubriendo que estaba tan depilado como me suponía, y comencé a acariciar su miembro, que se veía hinchado, terso, enormemente grueso… no era capaz de cerrar mi mano alrededor de aquel mástil, por dios, ¡aquello era inmenso! Entre la excitación de tener aquel tremendo rabo en mi mano, y que él metió el tercer dedo en mi coño, agitando su mano con una rapidez pasmosa… un orgasmo devastador me dejó absolutamente sin fuerzas, tirada sobre la cama. Sacó sus dedos de mi interior y les lamió, con una cara de vicioso que dejaba atrás la opinión que tenía sobre su expresión natural de niñato capullo: esa cara sí que me ponía bruta, y lo demás, tonterías.
Aún estaba recuperándome de aquello, cuando se puso sobre mí, besándome. Podía notar el sabor a vino de su boca, como él seguramente notase el sabor a tabaco de mi lengua.
Me quitó la camiseta y las braguitas. Me las enseñó un momento, riéndose: estaban totalmente empapadas, creo que si las hubiera tirado contra el techo se hubieran quedado pegadas.
Me besó la oreja, el cuello… su lengua iba haciendo un caminito húmedo sobre mi piel, haciendo que cada vello se me pusiera de punta. A pesar de acabar de terminar, estaba aún excitada, y, con sus caricias, mi calentura iba en aumento. Me mordisqueó un pezón, tirando de él con los dientes, mientras apretaba suavemente el otro entre sus dedos. Les lamía, les chupaba, volvía a morderlos… su lengua siguió recorriendo mi cuerpo, mi ombligo, mis ingles… noté cómo la pasaba entera por mi rajita… dios… se detuvo en mi clítoris y lo lamió, moviendo la lengua de lado a lado, con rapidez, mientras volvía a meterme tres dedos, mordía mis labios… iba a estallar de nuevo no tardando mucho.
Se retiró de su placentera (al menos para mí) labor, y se puso un condón. Poco a poco comenzó a entrar en mí, era una auténtica gozada sentir ese pedazo de carne caliente dilatando al máximo mi coño… automáticamente moví mis caderas, buscando que el roce con su polla fuera mayor.
Yo no podía ni hablar. En aquel momento, era un coño, no podía pensar en nada más que en su polla enterrada en mí.
Se salió prácticamente por completo, y, en un solo movimiento brusco, me la volvió a meter hasta donde me cupo. Sentí una punzada de dolor, pero el placer que me estaba dando era insuperable. Volvió a sacarla casi del todo. Esperó dos o tres segundos, y repitió su movimiento.
Cada vez esperaba menos. La sacaba casi completamente, y me la clavaba de nuevo, arrancándome gemidos que intentaba ahogar. Me sujetó por las caderas y cogió velocidad, follándome salvajemente. Para mí ya era imposible callarme, el cuarto era una sinfonía de mis gemidos y sus jadeos, cada roce, cada movimiento, me acercaba un poco más al éxtasis, hasta que sucedió.
Pude notar las contracciones que lo siguieron, apretando el enorme falo que se alojaba en mi interior. Me le quité de encima como pude, echándole hacia un lado, y me incorporé.
Le besé antes de que me respondiera, poniéndome sobre él. Lamí su sudor, lamí su pecho, su cuello, su tripa. Con la cara de niño que tenía, nunca me hubiera imaginado que fuera así en la cama. Aquello superaba todas mis expectativas.
Rodeé su polla con mi mano. Me moría de ganas de meterme aquello en la boca.
Saqué mi lengua y la paseé desde sus huevos hasta el capullo. Joder, joder, joder. Sergio cogió aire, y yo me dediqué a lamer su capullo, con la lengua entera, con la punta… metí el glande en mi boca, acariciándolo con la lengua, y pude ver su cara: los ojos cerrados, la respiración agitada, y la cabeza echada hacia atrás. Intenté meterla entera en mi boca: aquello era imposible. Con aquel grosor, no podía caberme en la garganta ni de coña, muchas me quedaban por mamar para conseguirlo.
Sergio, al notar cómo su capullo chocaba contra mi garganta, suspiró.
Saqué su polla de mi boca y pasé la lengua de nuevo por toda su longitud, mientras la agarraba con la mano. Lamí sus huevos, y pude ver cómo se retorcía. Volví a recorrer su polla, y a metérmela en la boca mientras le pajeaba.
Me encantaba oírle suspirar por lo que le hacía. Volví a lamer sus testículos, su perineo, su ano, mientras le pajeaba, y se le escapó una especie de gemido.
La metí de nuevo en mi boca mientras le acariciaba con la mano. Procuré acelerar mis movimientos, aunque se me hacía difícil; la saliva se me resbalaba de la boca mientras lo hacía.
Sergio puso su mano sobre mi cabeza, acariciándome el pelo, e intentando llevar el ritmo de mi mamada. Por un rato le dejé hacer, hasta que se pasó empujando.
Me retiré como pude, tosiendo.
Le tranquilicé con un beso. Seguía pensando en lo extraño que se me hacía todo aquello, joder, que era Sergio, era mi novato… más morbo.
No me di cuenta ni de cuándo ni de cómo se colocó el segundo condón. Me cogió en brazos y se puso directamente a follarme contra la pared… bueno, más bien contra la puerta del armario, aún tengo el pomo marcado en la espalda. Me besaba, me mordía, mientras seguía follándome rápidamente, y yo trataba de sujetarme con los brazos para no dar con mis huesos en el suelo.
En un instante, me tiró en el sofá del salón, colocándose mis piernas en sus hombros. Volvió a un ritmo pausado, después de la paliza que se estaba metiendo el chaval, no me extraña.
Creí que me desencajaba los huesos, lo juro. Se puso a embestirme de una manera brutal, sin pausa; no me dejaba moverme y aún así estaba agotándome.
Cuando ya no fui capaz ni de distinguir si su polla estaba entrando o saliendo de mí, cerró los ojos, se puso tenso, me la clavó hasta los huevos y se corrió, soltando un bufido de satisfacción.
Nos quedamos tumbados. Quedaban tres cuartos de hora para el examen, teníamos que ducharnos, desayunar y vestirnos, así que me levanté y preparé dos vasos de leche.
Desayunamos y se encaminó hacia la puerta.
Me besó de nuevo, y salió de casa. Tenía que decir algo, pero estaba reventada…
Se alejó riéndose por el pasillo.
Creo que en mi vida he hecho un examen tan desastroso.