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2010-03-10 02:08:36
Siempre me ha gustado el cine. Vivo en una gran ciudad en la que hay uno muy pequeño y antiguo que proyecta películas viejas. Los fines de semana hay poca gente pero entre semana suele estar vacío.

Un jueves por la noche daban una película muda de los años veinte de cuyo título no me acuerdo. Fui a verla solo. Cuando entré en la sala (el cine solo tiene una) me encontré con una sorpresa, había otra persona dispuesta a ver la película. Si ya era extraño que la sala no estuviera vacía, más lo era que esa persona fuera tan joven. Yo tenía veintidós años y aquella chica era claramente más joven que yo.

Me senté un par de filas delante de ella y empezó la película. Mientras esta transcurría no paraba de preguntarme qué haría una chica tan joven viendo una película como esa. Apenas la había podido ver con la oscuridad de la sala, así que no tenía muy claro su aspecto.

Hacia la mitad llegó la típica escena de baile de esas películas y aproveché para ir al baño. El lavabo de hombres era muy pequeño. Apenas había espacio para un váter y un grifo donde lavarse las manos. Mee. Me estaba abrochando los botones del pantalón cuando de pronto la puerta se abrió y entró la desconocida.

Yo me quedé petrificado. Ella cerró la puerta con el cerrojo.

- ¿Qué pasa? ¿No te gusta esa parte de la película? –dijo con un acento que no supe identificar.

- Ya la he visto. Es un poco aburrida y necesitaba venir aquí –dije desconcertado con los pantalones todavía abiertos.

- ¿Aburrida dices? Nos divertimos mucho cuando la rodamos.

- ¿La rodamos? –repetí yo totalmente perdido.

- Claro. ¿Es que no me reconoces? Yo bailo en esa escena.

Loca. Como una cabra. Estaba más claro que el agua. La pobre debía de haber perdido el juicio a base de ver películas. Una Don Quijote de la era moderna.

- Bueno, si me disculpas, voy a ver el final –dije intentando esquivarla.

- ¿A qué viene tanta prisa? –dijo acercándose con sus ojos clavados en los míos.

Y ahí fue cuando me perdí. Tenía unos ojos negros muy profundos. Resaltaban en su cara blanca como la nieve y te atrapaban sin que pudieras hacer nada. Se acercó un poco más y apoyó sus manos en mi pecho. Dejé de respirar. Se puso de puntillas y me besó en los labios. La poca resistencia que me quedaba que quedó reducida a cenizas y le devolví el beso. Tenía los labios fríos pero muy tiernos. La rodeé con los abrazos y la apreté contra mi cuerpo. Mientras me besaba abrió la boca y sacó la punta de la lengua. Yo hice lo mismo y se entrelazaron.

Quitó una mano de mi pecho y la metió dentro de mi pantalón entreabierto. Me acarició el miembro por encima del calzoncillo. Rápidamente se puso duro y me sonrió por primera vez.

- Qué fácil que resulta siempre –dijo satisfecha.

Aunque hubiera podido, no habría sabido que decirle. Me tenía totalmente hechizado y solo podía pensar dos cosas: sus labios y su mano. Ella sacó la mano de dentro del pantalón y la metió dentro de mis calzoncillos. Sentí sus fríos dedos rodear mi pene con suavidad. Bajé mis labios hasta su cuello y se lo besé mientras le pasaba una mano por el culo. Lo tenía pequeño y firme. Seguí explorando su cuerpo y metí mi otra mano debajo de su camiseta. No llevaba sujetador, así que me encontré directamente con su pecho. Lo tenía pequeño y muy suave, como lo suelen tener las chicas jóvenes, aunque extrañamente frío. Ella suspiró al sentir mi mano y apretó con fuerza mi pene.

Después de llevar un rato así, me soltó el pene y guió mi mano de su culo a su entrepierna. Levanté la falda y acaricié su vagina por encima de la tela de las braguitas. Nos besábamos mientras notaba como se me iban humedeciendo los dedos. Ella me movía la mano frotándola contra su coño.

La levantó un poco y me la metió dentro de sus braguitas. Noté muy poco pelo y mucho líquido en sus labios. Metí un dedo entre ellos y pulsé el clítoris. También esa parte de su cuerpo estaba fría. Ella gimió en voz muy baja. Con su otra mano me estaba haciendo una paja que me estaba calentando mucho. Yo con mi otra mano le estrujaba con fuerza el fecho y le pellizcaba el pezón endurecido.

- Para un momento –me dijo apartándome las manos de su cuerpo y bajándome los pantalones y los calzoncillos hasta las rodillas.

Después se quitó las bragas y se levantó la falda para enseñarme su coño medio abierto invitándome a entrar.

- ¿Tienes un condón? –pregunté acercándome a ella.

- No lo necesitamos. Ni embarazo ni enfermedades.

De tratarse de otra chica habría dicho algo, pero con ella era imposible. Me miraba con aquellos ojos y sentía perder mi voluntad. Le pasé las manos por detrás de la falda y le agarré las nalgas. Sin mucho esfuerzo, pues apenas pesaba, la levanté y la apreté contra la pared. Mi polla quedó aprisionada contra su pubis. Ella la agarró y la dirigió hacia su coño. En cuanto sentís sus labios rodearme el capullo, apreté despacio y me introduje en su interior.

Ambos gemimos de placer mientras mi polla se abría camino dentro de su cuerpo. Tenía el coño estrecho y me apretaba la polla con fuerza. Su interior también estaba frío. Nunca me había encontrado a una persona que estuviera tan fría, sobretodo en una situación como esa. No me importó en absoluto.

Empecé a mover la pelvis delante y atrás con la desconocida rodeándome el cuello con los brazos. Aparté su negro pelo con la lengua y le mordisqueé el lóbulo de la oreja. Ella me jadeaba en el cuello y me lo besaba con mucho cariño.

- Siéntate en el váter, quiero llevar yo el ritmo –me susurró al oído.

Sin sacar mi pene del interior de su vagina, nos separé de la pared y me senté en el váter. Quedó ella sentada a horcajadas encima de mí con las puntas de sus pies apoyadas en el suelo. Empezó a moverse arriba y abajo, sintiendo como polla entraba y salía de su coño. Aproveché esa posición para agarrarle los pechos. Seguían fríos y muy rígidos.

Se movía cada vez más rápido acercando mi final. Yo jadeaba cada vez más fuerte y ella me echaba la cabeza hacia atrás. Cuando sentí que me iba a correr la agarré por la cintura y la apreté con fuerza hacia mí. Mientras eyaculaba en su interior sentí como todo su cuerpo temblaba y se corría conmigo.

Estaba disfrutando de mi orgasmo cuando de repente se lanzó a mi cuello y me mordió. Sentí como sus colmillos atravesaban mi piel y se incrustaban en mi carne. Yo estaba totalmente indefenso soltando semen en su interior mientras ella me sujetaba con una fuerza sobrehumana. Noté como succionaba la sangre aflojando mi cuerpo poco a poco. Mientras la sangre salía de mi cuerpo, me invadía la debilidad.

Cuando se hubo saciado, dejó mi espalda reposar en la pared del lavabo y me besó. Pude sentir el sabor de mi propia sangre en los labios.

- Qué fácil que resulta siempre –dijo satisfecha.

Se levantó sacándose mi flácido pene de su interior. Se relamía la sangre que le había quedado en la comisura de los labios mientras buscaba sus braguitas. Las encontró en una esquina del lavabo y las usó para limpiarse mi semen que le goteaba del coño. Se guardó las bragas sucias y desapareció.

No sé cuánto tiempo pasé en aquel lavabo sentado con los pantalones por las rodillas. Cuando sentí que recuperaba parte de mis fuerzas me levanté con cuidado. Me recompuse la ropa y me fui a casa incapaz de creer lo que había pasado. Tan agotado estaba que dormí trece horas del tirón. Cuando me desperté dudé de si mis recuerdos eran reales o sólo formaban parte de un sueño. Un par de pequeños orificios en mi cuello me sacaron de dudas.

Autor: Pere


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