Aún no podía creerme lo que iba a hacer. No podía dejar de pensar en ello, en cómo había llegado a aquella situación. Sólo sería día y medio,… pero seguía siendo una locura, irme sin avisar en casa, sin permiso, y con menos de 40 euros en la cartera… menos mal que el viaje ya le había pagado, porque si me pasase algo…
Me había pasado toda la santa tarde depilándome, pensando qué meter en la maleta, escribiéndola un post-it a mi compañera de piso con el "protocolo de actuación" (que, por cierto, creo que va a acabar plastificado, para casos así) a seguir en el caso improbable de que mis padres me llamasen al fijo del apartamento, y tratando de aprenderme los detalles del viaje, para calcular qué ratos podría pasar durmiendo. Vamos, hecha un manojo de nervios.
Mes tras mes hablando horas por el msn con Marcos, sólo porque había sido el único que no me había dicho ninguna marranada desde que me agregó; charlas sobre todos los temas habidos y por haber… era un intercambio constante de información. Él sabía muchas cosas sobre mí cuando comenzamos a hablar (había leído todos mis relatos), y yo hice lo posible por conocerle a él. Chico sano, deportista, y con relativamente poca experiencia con las chicas (sólo se había acostado con una, su ex, con la que estuvo muchísimo tiempo), cosa que yo no entendía, ¡pero si era un sol!
Llegué a la estación de autobuses, y me bajé. Nunca había estado allí a esas horas, el lugar parecía un poco… tétrico, vacío, a excepción de los pasajeros del autobús 56, y de un par de mendigos que rebuscaban comida y colillas en las papeleras; me impresionó verlos, de día no suelen estar por allí y no estoy acostumbrada a esas cosas.
Aún faltaba media hora para la salida, así que enchufé los auriculares a la psp y me dispuse a comenzar a pasarme el videojuego que me ha tenido enganchada toda la semana: Final Fantasy VII Crisis Core. Qué vicio.
Según estaba en una batalla en la consola, recordé lo que se me había olvidado: meter el pijama en la maleta. Soy un desastre, nunca me acuerdo de meterlo cuando voy de visita por unos días a cualquier parte. "Bueno, a lo mejor viene bien y todo…" pensé. Acto seguido, me di de tortas mentales, no iba a hacerme 600 kilómetros por echar un polvo, simplemente, quería conocerle en persona; aunque ya llevaba un tiempo sin sexo, desde que lo había dejado con Quique… Me sonreí a mí misma, y comencé a escribirle un mensaje:
"Noticias d ultima ora: ya toy de kmino y mkabo d dar cuenta dq m e djao l pijama ncima dla kma!xq siempre me pasa lo mism?... duerm bn sta nx, q l vs a ncsitar!"
(Noticias de última hora: ya estoy de camino y ¡me acabo de dar cuenta de que me he dejado el pijama encima de la cama! ¿porqué siempre me pasa lo mismo?... duerme bien esta noche, ¡que lo vas a necesitar!)
Su respuesta no tardó ni 3 minutos:
"Tu crees q necsitas pijama pa dormir cnmigo? :P yo tngo pijams y cosas pa djart, trankila. No t duermas n l transbordo!No se si dormiré muxo d ls ganas! 1 bsz, bn viaj"
(¿Tú crees que necesitas pijama para dormir conmigo? :P yo tengo pijamas y cosas para dejarte, tranquila. ¡No te duermas en el transbordo! No sé si dormiré mucho de las ganas! Un besazo, buen viaje)
Sonreí, y apagué la consola. La gente ya estaba empezando a dejar sus equipajes en el maletero, e hice lo mismo (hay que ver cómo ayudan las horas de tetris en estos casos).
Subí al autobús, nerviosa. No podía dejar de pensar en cómo sería cuando llegase, si realmente su cara sería igual que la imagen que tenía grabada en la retina gracias a la web cam. Intenté acomodarme en el asiento, duro como una piedra, mientras ponía Sabina, Slipknot y Eskorbuto en el móvil, para intentar dormir las 9 horas que duraba el viaje.
Ya estaba en marcha… mis pensamientos giraban a mil revoluciones por segundo. ¿y si mis padres me llamaban? Era improbable, les había llamado antes de salir, y no creía que lo hicieran hasta que volviese. Apagaría el teléfono en cuanto llegase, y luego les daría una excusa si llamaban. ¿Y si no le caía bien, y el día y medio conmigo se le hacía un suplicio? ¿Y si no me caía bien él a mi? ¿Y si…?
Dejé de pensar: ya no había marcha atrás, estaba a 100 km de mi ciudad. Lo que hubiera de pasar, pasaría.
Paramos a descansar media hora, en una ciudad dormida, y reanudamos el viaje.
Vi pasar todas las horas en el reloj. Los kilómetros se me estaban haciendo interminables, la chica de al lado roncaba con Bisbal puesto a todo trapo en los auriculares (puaj!), y yo no encontraba ni la postura ni el sosiego necesario para dormir un par de horas… el dolor de cabeza por el sueño estaba asomándose ya.
…
Las 7 y media de la mañana. Ya estábamos llegando, quedaban diez minutos escasos. Cogí el móvil y le llamé.
Volví a ponerme nerviosa. Tenía la misma sensación de irrealidad que cuando estás de resaca, y, encima, no tenía ni idea de lo que iba a pasar con Marcos, lo único que tenía claro es que no iba a ser yo quien diera el primer paso, no sabía qué ideas tenía él, temía molestarle, ser rechazada.
El autobús entró a la estación, y paró.
Antes de bajar ya le vi. Un chaval moreno, delgado, con la piel clarita. Pensé que no iba a poder reconocerle, pero no me costó ni un segundo, no había duda, era él.
Bajé corriendo, y directamente me fui a darle un abrazo. No pude evitar fijarme en que estaba realmente bueno, bastante mejor que en las fotos que había visto.
Cuando consiguió librarse de mí, cogimos mi maleta y nos montamos en su coche. Yo estaba cansada, no había dormido nada esa noche, y la anterior la pasé casi en vela por la anticipación del viaje, así que debía llevar unas ojeras bastante pronunciadas. Entre eso, y que aunque no fueran aún las 8 de la mañana, hacía bastante más calor que en mi ciudad, debía de tener una pinta bastante lamentable.
Llegamos, y me preparó un café vienés (de estos con pepitas de chocolate) para desayunar. Me lo bebí, agradeciéndoselo, estaba reventada y si no iba a dormir en todo el día, lo iba a necesitar de fijo. Me enseñó su cuarto, donde íbamos a dormir, y dejé la maletilla. Su compañero de piso apareció en la puerta, más muerto que vivo.
Se fue, y Marcos cerró la puerta. Se acercó a mí y me abrazó, y no sé muy bien cómo, nos besamos. A mí se me debió de quedar cara de gilipollas, con una sonrisa de oreja a oreja.
Me soltó, me dio una toalla y me indicó dónde estaba el baño. Me duché rápidamente, y me puse unos vaqueros, una camiseta de tirantes gruesos marrón oscura, y un conjunto negro de braguita y sujetador, mi preferido, mientras trataba de controlar el temblor que tenía en las manos. ¿Cómo era posible? Me estaba comportando como una chiquilla, ¡si sólo le había visto una vez! Es más, había echado polvos de una noche con gente casi desconocida y nunca me había puesto tan nerviosa… ¡y esto sólo por un beso!
Me examiné en el espejo, y me vi bastante bien. No estaba espectacular: como estoy delgada, los vaqueros me bailaban un poco y tenía ojeras por el cansancio, pero el relleno del sujetador hacía milagros (no tengo mucho pecho) y la camiseta se me ajustaba lo justo para que me quedase bien y no llegar a parecer una morcilla. Con lo que tenía, no podía estar mejor.
Me recogí el pelo en una coleta y fui al cuarto de Marcos.
Nos metimos en la cama, era aún demasiado temprano para hacer otra cosa, y me abrazó de nuevo. Le besé en los labios, me besó a mí, y, poniendo su mano en mi culo, me apretó contra él. Me acarició sobre la ropa, y después, tiró hacia debajo de mi camiseta y mi sostén, y acarició mis pezones con su lengua. Me quitó la camiseta, se deshizo de mi sujetador y comenzó a besarme la oreja, el cuello, los pechos, la tripa… yo estaba caliente como pocas veces, la situación tenía un morbazo increíble: me había hecho 600 km para conocer a un chico que me leía, que me caía mejor que cualquier chico con el que hubiera tenido algo, sólo para conocerle, y ahí estábamos, en la cama.
Se metió bajo el nórdico y me miró mientras me quitaba los vaqueros. No me dio tiempo ni a coger aire, cuando sentí su lengua lamiendo mi clítoris y haciéndome jadear. ¡Jo - der cómo movía la lengua el ingeniero! Metió un dedo en mi coñito y le curvó, moviéndolo rápidamente, a la vez que seguía estimulándome con la lengua, haciendo que me mojase más si cabía.
Se retiró, y me besó de nuevo en los labios. Yo estaba a las puertas del orgasmo, así que le desvestí como pude y comencé a masturbarle lentamente, acelerando poquito a poco. Me paró y cogió un condón.
Pude haberme corrido en ese mismo momento. Creo que en ninguna ocasión me lo habían dicho así, estaba claro que el chaval sabía lo que yo necesitaba después de mi tormentosa relación fallida con Quique.
Se puso el condón, se colocó entre mis piernas y empujó. Su polla no era demasiado larga, pero era gordita, y pude sentir cómo cada milímetro de ella se abría paso dentro de mí. Cuando entró toda, solté un suspiro de satisfacción.
Comenzó a moverse lentamente, mientras me besaba. Mis piernas se movieron por voluntad propia, tratando de acercarle más a mí, de que me la clavase más dentro. Fue acelerándose por momentos, haciendo que con cada embestida soltase un gemido apagado (por aquello de que su compañero estaba desayunando y no era plan que nos oyera).
Fue decirlo y desplomarse encima de mí. Yo no había terminado, pero aún así me estaba sintiendo tan a gusto, que ni me importó.
Le besé en los labios y nos quedamos tumbados en su cama, abrazados.
Al rato (ya serían como las diez y media de la mañana) decidimos ir a dar una vuelta por la ciudad. Yo había estado allí anteriormente, dos veces, una hacía tres años y otra cuando tenía doce, y quería comprobar si me seguía gustando tanto.
Bueno, nos recorrimos media cuidad andando. Quizá exagere un poco, pero con la paliza que tenía encima de no dormir, aquello me pareció agotador; encima hacía un calor (veintipico grados, para mí, y en abril, es MUCHO calor) espantoso, pero lo pasé bien. Me gustó recorrer lo que ya había recorrido, recordar las otras veces que había estado allí, y Marcos era buen guía para estar viviendo allí (a mí me pones de guía en la cuidad donde vivo, y fijo que me pierdo), se sabía curiosidades de algunos sitios y lo hizo ameno.
Tras el paseazo, volvimos a su piso para comer. Allí estaba el compañero, ya más despierto, que, ahora sí, se presentó. Comimos con él, me cayó bien, estuvimos un rato hablando de cosas sin importancia, y luego Marcos y yo nos retiramos a su cuarto, con intención de dormir la siesta.
Volvimos a tumbarnos en la cama, los dos de medio lado. Yo no hacía otra cosa que mirar a Marcos, ¿cómo podía llamarme tantísimo la atención? Vale, sí, estaba bien, no le sobraba ni un gramo, era moreno y de piel blanquita (por estudiante, moreno flexo), con los ojos verdes… pero no era espectacular, había visto chicos más atractivos. Sin embargo, no podía despegar los ojos de él. Coño, no todos los días se encuentra una un tío que físicamente esté bueno, y que además sea listo, se pueda hablar con él, sea amable y te haga sentir bien contigo misma.
Puso una mano en mi cintura.
A mí me entró la risa. Quique alguna vez me dijo todo lo contrario. Sí que es cierto que ahora estoy bastante delgada, aunque mis medidas no son nada del otro mundo (89 - 68 – 85), pero tampoco es excesivo, fijo que a él le faltaba más peso que a mí.
Me quité los vaqueros, porque tanto si íbamos a dormir como si no, me iban a resultar incómodos. Volvimos a besarnos, y comencé a acariciarle sobre la ropa. Con este chico estaba permanentemente excitada, no sé porqué.
Le quité la camiseta y me quedé observándole. Tenía bastante vello en el pecho, pero recortadito, con un remolino en el lado… izquierdo, creo recordar, que me hizo gracia. Se le notaban bastante las clavículas, claro, estaba delgado, pero estaba claro que era por el ejercicio. Algún lunar… alguna peca… de verle tan blanquito, me estaban dando ganas de darle un mordisco, así que le mordí la tripa, y me reí de su quejido, no había sido para tanto.
Le dije que se desabrochara el cinturón, que no hay cosa que más odie, y lo hizo. Le quité los pantalones y los calcetines, quedándose así en calzoncillos. Él se quejó en tono de coña, diciéndome que me sobraba ropa, así que me desnudó de cintura para arriba, y me situó encima de él.
Seguimos besándonos, mientras yo notaba cómo su polla iba creciendo debajo de mí. Al sentirlo, esbocé una sonrisilla, y le mordisqueé la oreja, mientras mi mano se paseaba por su cuerpo buscando lo obvio. Le acaricié un poco, y paré, quería hacerle sufrir… pero poco, porque si no, la que iba a sufrir iba a ser yo.
Me apeteció comérsela, así que después de besarle en los labios, fui mordisqueándole hasta llegar a su ombligo. Allí me entretuve un rato, queriendo alargar el tema, pero me harté pronto, así que le bajé los calzoncillos, dejando al descubierto su herramienta, y, a la vez que la cogía con la mano, le di un lametón. Me encantó oír cómo cogía aire.
Comencé a lamerla de arriba abajo, de abajo arriba, poniéndome más cachonda con cada pasada. Metí la punta en mi boca, acariciándola con la lengua, y le oí jadear flojito, así que, después de sacarla, me metí todo lo que pude en la boca, a la vez que le masturbaba con una mano. Noté humedad en mis braguitas. Seguí metiéndola y sacándola de mi boca, a ratos rápido, a ratos lento, sacándola y dando lametones a su glande; volvía a meterla hasta la sensación de náusea, y entonces la sacaba y la masturbaba con la mano, hasta que, en una de esas, dijo
Obedecí, y volví a besarle. Se metió un dedo en la boca, mientras me miraba, y acto seguido comenzó a acariciarme bajo las braguitas. Madre mía… creo que ni siquiera Eva me había tocado tan bien, tan parecido a cómo me lo hago yo. De hecho, he tardado tanto en escribir este relato porque cada vez que lo recuerdo, me pongo cardiaca, y así no hay dios que escriba.
Siguió moviendo su dedo solitario, tocándome el clítoris, suave pero rápidamente, mientras yo le masturbaba. Me faltaba realmente poco para terminar, pero quería que eso ocurriera con su polla adentro.
Cogió un condón y se lo puso. Volvió a ponerse sobre mí, y, antes de que me la metiese, le pregunté
Uf, aquello me encantó. Me la metió sin prisa, pero sin pausa, y comenzó a moverse a buen ritmo. Sentía cada roce de su polla contra las pareces de mi coñito, me estaba haciendo subir al cielo.
Negué con la cabeza, mientras seguía embistiéndome.
Me resistí un poco. Estaba cansada de no dormir, y nunca se me ha dado especialmente bien moverme; vamos, que no me apetecía lo más mínimo andar brincando. Pero al final, accedí.
Se salió de dentro de mí y se tumbó en la cama. Me puse a horcajadas sobre él, metiéndome su miembro de un envite. Suspiré al tenerla dentro.
Comencé a moverme, poco a poco, con mi torpeza característica. No sé porqué, pero a veces me pasa, creo que es más por el corte que me da el hacerlo mal que por otra cosa, porque si hay alcohol de por medio no tengo ningún problema. Él empezó a masturbarme mientras yo intentaba moverme; cada movimiento mío era una descarga eléctrica que me acercaba un poco más al orgasmo. Me acerqué a él y volví a besarle.
Aceleré mis movimientos, me estaba volviendo loca, necesitaba terminar. Se incorporó y me mordisqueó un pezón, y eso fue el detonante para que yo estallase en un grito ahogado y me desplomase sobre él, que, al sentir las contracciones de mi coñito, también terminó.
Nos quedamos dormidos. Bueno, yo más que dormida, inconsciente, ni soñé, ni me di cuenta de que me había dormido.
…
Me despertó la alarma del reloj. Marcos pegó un salto, del susto, y lo apagó. Nos quedamos un tiempo tendidos, mientras él me abrazaba, hablando, recordando las conversaciones por msn que habíamos tenido.
Nos levantamos y decidimos dar una vuelta. Fuimos en su coche, recorriendo los sitios que no había visto por la mañana. De vez en cuando, cuando parábamos en algún semáforo, me cogía de la mano. Yo alucinaba, ¿cómo podía ser tan… cariñoso? Me estaba dando un poco de rabia haber ido, después de haberle conocido, estaba segura de que me iba a apetecer ir a verle muchas veces más… y se iban acercando los exámenes, a partir de entonces sería poco menos que imposible encontrar una semana que nos viniera bien a los dos. Qué narices, lo que tenía claro es que lo poco que conocía de aquel chico me encantaba.
Estas cosas iba pensando, callada, mientras dábamos vueltas y más vueltas con el coche. Marcos tampoco hablaba mucho, supongo que porque me veía pensativa.
Llegamos a unos jardines y aparcamos. Estuvimos paseándonos por allí, había una humedad tremenda en el ambiente, yo soy de secano y me agobiaba un poco, pero el sitio era muy bonito. Además, eso no lo conocía, por lo que me gustó más, si cabe, el verlo.
Como a las nueve o así nos fuimos de nuevo a su casa, a cenar.
Cenamos, aunque no recuerdo el qué, y decidimos salir otro rato.
Me puse el vestido negro, con unas medias grises a rayas, los botines y una chaqueta gris; con el pelo totalmente liso y las gafas, estaba muy seria, pero guapa. Marcos se puso un traje, camisa blanca y corbata.
Conseguimos convencer a su compañero de que saliera con nosotros, y él llamó a una amiga, para no sentirse sujetavelas, supongo.
Nos montamos en el coche, Marcos conduciendo, su compañero detrás y yo en el asiento del copiloto; y pasamos a recoger a la chica esta. No recuerdo cómo se llamaba, era bajita, con el pelo teñido de rojo, llevaba un vestido, también rojo, y se reía de una manera muy cómica. Por mi acento delator, rápido se dio cuenta de que yo no era de allí.
Estuvimos de paseo por la cuidad, tomamos algo, y volvimos para casa de éstos. La mitad de la noche la pasé aguantándome las quejas, porque los tacones me estaban matando: ¿por qué no harán aceras lisas? Entre eso, y que no estoy acostumbrada a usar zapatos (con las botas planas normalmente voy sobrada), tenía los pies hechos un cristo.
Cuando por fin llegamos, lo primero que hice fue descalzarme. De buena gana lo hubiera hecho yendo por la calle, de hecho en mi ciudad me ha tocado hacerlo un par de veces, pero me pareció poco apropiado. El compañero de Marcos se despidió de nosotros, y se metió en su cuarto, a dormir, porque eran casi las 3 de la mañana de un lunes, y como que al día siguiente había cosas que hacer.
Una vez cerrados a cal y canto en la habitación de Marcos, él se quitó el traje, dejándolo pulcramente colgado en una percha, me dio una camiseta suya para dormir y se metió en la cama. Yo, con lo desastre que soy y las ganas que tenía de pillar la cama, tiré el vestido a un punto indefinido y me acosté junto a él.
Más besos, más abrazos, más caricias. Marcos era una ricura de chico, y me estaba haciendo sentir más valorada en día y medio de lo que me hizo Quique en más de un año. Pero estábamos cansados, para mí había sido un día bastante tenso (y condenadamente largo, al no haber dormido)... Así que, muy a mi pesar (veía a Marcos bastante dispuesto), detuve aquello, diciéndole que mejor se reservase para el día siguiente.
Volví a hundirme en una negrura profunda, sin sueños. Hacía meses que no me pasaba aquello, suelo despertarme unas 5 o 6 veces por noche, y siempre recuerdo lo que sueño, a no ser que haya bebido mucho, o haya fumado algo.
Abrí los ojos cuando mi cuerpo se sintió recuperado. Hasta que no identifiqué dónde estaba, estaba pensando que el día anterior no había sucedido, que era una de mis divagaciones oníricas. Pero la respiración calmada de Marcos a mi lado terminó de convencerme de que no lo había soñado.
Me vestí, con los vaqueros y una camiseta, y desayunamos, de nuevo un café (normalmente no lo tomo porque me pongo como una moto, pero lo necesitaba)
Tras esto, estuve mirando el tuenti un rato, mientras Marcos se duchaba, comentando a mi compañera de piso qué tal me estaba yendo, y preguntándola si alguien me había llamado. También estuve hablando con mi amigo Gonzalo, porque iba a llegar cuando los autobuses urbanos no circulaban, no me quedaba dinero suficiente para el taxi, y pasaba de pedírselo a Marcos, convenciéndole de que se acercara a por mí en el coche.
Después de aquello, Marcos llegó en calzoncillos. Podría haberme quedado horas mirándole, era tan blanquito, tan… tan de todo, que me encantaba; y sólo de pensar en lo que había ocurrido, sentía cómo volvía a mojarme.
Volvimos a la cama, por última vez. Cada beso, cada caricia, me sabía a despedida, pero traté de ignorarlo y de entregarme al placer que el chaval me estaba proporcionando, que no era pequeño. Guardo recuerdos un tanto borrosos de esos momentos, así que poco más lo puedo detallar, sé que volví a sentirme a las puertas del cielo, y que me encantó ver su cara al correrse, y luego quedarnos casi inertes en la cama.
Tras aquello, me preparó la comida para el viaje, que 9 horitas son muy largas, y me llevó a la estación.
Cuando estábamos allí, no me sentí con fuerzas para despedirme. Fue día y medio intenso, muy intenso; y sabía que, aunque los detalles exactos se me acabasen olvidando, aquellas horas no las iba a olvidar en mucho tiempo.
Subí al autobús. El tiempo que pasó hasta que arrancó se me hizo eterno, sobre todo porque él se había quedado abajo, esperando a que me fuese. Se me escapó una lagrimilla (más bien más de una), haciéndome sentir ridícula e infantil, porque, qué coño ¡sólo había sido día y medio!, y Marcos, que lo vio, hizo gesto como de regañarme. No pude menos que reírme, o intentarlo.
El autobús arrancó, y tras el interminable viaje (de nuevo sin dormir), llegué. Desde entonces, no puedo menos que estar agradecida por aquello que pasó, y, ahora, esperar que el tiempo y los quehaceres acompañen, para ver si él viene a verme.
Comentario: sé que me ha quedado terriblemente pasteloso, pero llevo una temporadita que no me salen cosas mejores. Esto pasó en abril, estamos en julio, y llevo intentando escribirlo desde entonces, pero siempre me quedaba demasiado cursi. Ya he desistido de intentar arreglarlo.