Me explicaré. Hace un año nos cambiamos de piso. Fue idea mía. Ocurrió cuando ascendieron a mi marido y empezó a ganar más dinero. Él pocas veces me ha dicho que no y está no fue una de ellas. Me dejó que eligiera yo el piso y me apoyó en todo momento. No necesité ver muchos para saber cual me gustaba. Era un poco caro pero para mí era perfecto. Valía todo el dinero que costaba. Como siempre mi marido dijo que sí y lo compramos.
El problema llegó con la subida de los tipos de interés. Lo que antes era una hipoteca normal se ha convertido en una hipoteca casi imposible de pagar. Y digo casi porque la pagamos religiosamente todos los meses gracias a qué mi marido que se está matando a trabajar. Sale bien temprano por las mañanas y vuelve destrozado ya entrada la noche. Come la cena que le tengo preparada y se duerme sin poder evitarlo. Ya sea en una silla, el sofá o la cama. Lleva este ritmo de lunes a sábado. El domingo aprovecha para dormir y descansar.
Y ahí es donde entra mi sentimiento de culpabilidad. No tengo corazón para quejarme sobre la falta de sexo cuando si no fuera por mí, no tendríamos ni piso ni hipoteca. Intenté hacer horas extras en mi trabajo para que él pudiera darse un respiro pero me ha sido imposible. Las cosas no están muy bien así que con conservar el empleo me tuve que dar por satisfecha.
Él no comenta nada sobre la falta de sexo y se queja poco para lo mucho que trabaja. Pero yo no puedo evitarlo. Cuando estoy estirada en la cama a su lado mirando como duerme, me pongo a recordar los grandes momentos que hemos tenido y que parece se han acabado. Es una lástima porque éramos una pareja muy buena en la cama. No es que fuéramos nada espectacular en cuanto a posturas o duración. Todo era muy normal y dentro de la media. Pero si teníamos mucha química y complicidad. Yo sentía una conexión especial que no he tenido con otros hombres.
Pero como decía la madre de alguien en una película: la vida es como una caja de bombones y nunca sabes lo que te va a tocar. Mirando la televisión me ha tocado un bombón que va a cambiar la situación por la que tanto me estoy quejando pero yo todavía no lo sé. Hoy es jueves y el rey ha muerto. No soy muy monárquica, así que no ha sido una pena. Sí una sorpresa pues, aunque era muy viejo, parecía que iba a estar siempre ahí.
Miro el reloj sorprendida. Las cinco de la tarde. No entiendo y mi cara lo refleja cuando él me mira.
Estoy sentada en el sofá y lo que he hecho es abrazarme a sus piernas. Mi cabeza ha golpeado su cinturón. Él me ha respondido rodeándomela con los brazos. Mientras estamos así pienso que es la primera vez en mucho tiempo que tengo a mi marido en casa sin rastros de cansancio. Rápidamente soy consciente que esta situación puede tardar mucho tiempo en repetirse así que no mareo la perdiz y le desabrocho el pantalón. El peso del móvil y la cartera tiran de él hacia abajo hasta los tobillos. Agarró los calzoncillos por ambos lados y los bajo. Ante mis ojos tengo ese pene que tan buenos ratos nos ha dado. Lo huelo. Su aroma me excita tanto que siento humedecerse las bragas. Cuál debe ser la expresión de mi cara que dice:
Poco a poco mis besos le van dando vida al pene. Lentamente crece hasta quedar erguido. Así es como más me gusta. Lo agarró por el tronco y estiro con cuidado hacia abajo para descubrir el glande. Me lo meto en la boca y mi marido suspira. Muevo la mano arriba y abajo mientras se lo chupeteo con los labios. Suelta un poco de líquido pre seminal y lo recojo con la lengua. Me encanta su sabor. Bajo la manos hasta los testículos al mismo tiempo que me voy introduciendo el pene en la boca. Solo me detengo cuando siento la punta cerca de la campanilla. Se trata de un pene de tamaño normal así que me queda gran parte de él dentro. Siento como acaricia mi pelo. Siempre le ha gustado que se la chupe y yo lo hago con ganas. Muevo la cabeza adelante y atrás arañándole suavemente el pene con los dientes. Eso le hace jadear y suspirar de puro placer. Se lo está pasando en grande y se lo merece. Pronto oigo como su respiración se convierte en gemidos. Conozco de sobras ese ruido, su eyaculación está cerca. Me quedo con solo la punta en la boca y muevo muy rápido la mano. En pocos segundos suelta un pequeño grito, su pene se hincha y empieza a eyacular en mi boca. Hacía mucho que no vaciaba los testículos y suelta chorros muy abundantes de esperma. Al cuarto se me llena la boca y tengo que tragar para no ahogarme. No lo hago muy a menudo pero la ocasión lo merece y, aunque él nunca me lo haya confesado, sé que le gusta. Debo tragar una segunda vez pues suelta un par de chorros más.
Nos besamos como hacía meses no sucedía.
Deja los pantalones en el salón y nos vamos al dormitorio. Por el pasillo me desvisto y llego desnuda a la habitación. Él se quita la ropa que le queda mientras me tumbo en la cama boca arriba y abro las piernas. Ya sabe lo que quiero. Coloca la cabeza delante de mis ingles y me practica sexo oral como a mí me gusta. Empieza besándome el pubis. Llevo las ingles depiladas y el bello a raso. Baja hasta mis labios y los abre con la lengua. Mi clítoris aparece brillando de humedad para saludar a su vieja amiga. Lo frota con fuerza y me arranca un grito de placer. ¡Dios! Como echaba de menos que jugaran con él. Noto como mis pezones se endurecen y la piel se sensibiliza. Pongo una mano en su cabeza para acariciarle el pelo y con la otra me aprieto un pecho.
Sigue usando la lengua pero esta vez para meter la punta en la entrada de mi vagina. Esta se abre para que meta un par de dedos. Se me encorva la espalda al sentirlos dentro. Levanta la cabeza y me mira satisfecho. Yo le respondo con una sonrisa y le pido que siga.
Mueve los dedos deprisa, entrando y salido de mi vagina. Mientras sigue chupándome toda la zona. Con el pulgar presiona el clítoris del que no se había olvidado. Estas caricias solían durar más pero llevo mucho tiempo sin ellas y mi cuerpo está sobreexcitado. En pocos minutos mi cuerpo se retuerce de placer mientras un profundo orgasmo me invade.
Saca los dedos y sigue moviendo la lengua a la espera que pase mi orgasmo.
Nos abrazamos estirados uno al lado del otro. Me gusta que me rodee con los brazos mientras nuestras piernas se entrelazan.
Poco a poco el sueño empieza a invadirlo y lo dejo dormir tranquilo. Se lo ha ganado. Me doy la vuelta y le doy la espalda. Entre sueños él me abraza desde atrás. Le cojo la mano y la apoyo en uno de mis pechos. El sueño acaba por invadirme a mí también y me duermo unos minutos después.
Despierto una hora después. Giro levemente la cabeza. Él sigue durmiendo y no lo despierto. Disfruto de su respiración en mi espalda.
Mirando por la ventana me fijo en el bloque de pisos que tenemos delante. No está lejos. Cada piso tiene grandes ventanas. La mayoría con la persiana o la cortina echada. Todos excepto uno. El ventanón está abierto y se ve todo el interior. Se trata de un dormitorio. En la cama hay una pareja desnuda en la misma posición que nosotros. Aunque el hombre está despierto y no me miran como hago yo con ellos. Él le acaricia los pechos desde atrás. Ella le toca la pierna disfrutando de sus caricias.
No le contesto. Estoy absorta en la escena que tengo delante.
Voy a decirle que nunca me había fijado en los vecinos cuando Alejandro me empieza a acariciar los pechos como hace el vecino. Yo le sigo la corriente y le acaricio la pierna como hace ella. A medida que me estruja los pechos, mis pezones vuelven a endurecerse. Suspiro cuando me los aprieta. Al rato notó la presión de su pene en mis nalgas. La vecina debe de sentir lo mismo porque su mano se mete entre los dos cuerpos y le agarra el pene a su pareja. Yo hago lo mismo. Aprieto con fuerza su miembro que está duro como una roca. Alejando me chupa el lóbulo de la oreja como respuesta.
Ahora el vecino le hace doblar una pierna a la chica para poder acceder a su vagina. Mi marido hace lo mismo. Me pellizca el clítoris entre el índice y el corazón. Mi cuerpo reacciona y flujos vaginales se los mojan. Cierro los ojos disfrutando de las yemas de sus dedos. Noto como introduce un par de ellos y un gemido sale por mi boca. El vecino está haciendo lo mismo pero pasa a usar tres dedos. Alejando añade el anular a mi agujero. Me siento llena con los tres dentro aunque no dura mucho pues pronto son sustituidos por el pene.
Nunca lo hemos hecho así pero por sugerencia del vecino mi marido me penetra desde atrás. Esta nueva postura es una delicia. No es una penetración profunda como otras pero me acaricia una zona que durante muchos años he tenido desatendida: el perineo. Su pene llegando desde atrás me acaricia tanto el ano como la piel entre éste y la vagina. Es un punto sensible de mi cuerpo que acabo de conocer y me encanta. Alejandro por su parte parece estar disfrutando también mucho con este descubrimiento y me dar mordisquitos en el cuello mientras empuja despacio delante y atrás.
Los dos nos hemos desligado de nuestra excitación inicial con el sexo oral de antes y ahora no tenemos ningún tipo de prisa.
La vecina se saca momentáneamente el pene de su interior para darse la vuelta y tener de cara a su pareja. Todavía de lado vuelve a meterse el miembro dentro. Imitándola me giro y sigo con la penetración mirando a Alejandro a la cara. Me parece más guapo que nunca.
Me sujeta por la cadera para poder empujar hacia mí. Siento como entra y sale de mi cuerpo. Ahora el pene acaricia el clítoris al entrar. Cuando llega hasta el fondo los pelos de su pubis me hacen cosquillas y los huevos reposan en esa zona nueva que he descubierto hace poco. En esta postura ya no veo a los vecinos. Alejandro se encarga de irlos mirando de reojo.
De pronto, su cara se sorprende un poco. En seguida la recompone y sonríe. Saca el pene de mi interior y vuelve a meter un dedo. Yo no comprendo. Prefiero que siga con el pene pero no me da tiempo a pedírselo pues otra vez me lo vuelve a meter. Pasa la mano que acaba de usar por mi cadera hasta mis nalgas y me acaricia el ano. Aunque no es algo nuevo para mí, nunca ha pasado de ahí. Pero hoy es diferente, hoy no es como ningún otro día de nuestras vidas, hoy es especial. Siguiendo, supongo pues yo ya no los veo, a los vecinos, hace presión con el dedo corazón y me introduce la punta en el ano. Ahora comprendo y me dejo hacer excitada. La situación de no saber que va a pasar, qué se les puede ocurrir a los vecinos, es tremendamente emocionante.
Poco a poco el dedo se va abriendo camino por mi culo. Para mi propia sorpresa no me ha dolido, es más, es una sensación agradable. No siento un gran placer pero no me duele y me gusta. Mi cara debe reflejarlo pues Alejandro asiente. Mientras el pene entra y sale de mi vagina, el dedo hace lo mismo en mi ano.
Estrecho en un principio, mi agujero trasero se va abriendo. Pronto noto como se ha dilatado y él se atreve con dos dedos. No me hace sentir lo mismo que el coito pero me gusta cada vez más. Me encuentro evaluando todas estas sensaciones nuevas cuando mi marido se detiene. Mira con mucha atención a los vecinos durante un par de minutos y dice:
Saca sus miembros de mi cuerpo y se va a la cocina. Estoy tumbada de lado sin entender nada. Mi vagina se queda entreabierta por efecto de su pene. Me palpo el ano y noto como no se ha cerrado del todo. Antes de volver a la habitación se mete en el lavabo y lo oigo rebuscar en el armario. Por fin aparece por la puerta y sorprendiéndome con lo que lleva en las manos: un plátano y un tubo de vaselina.
Recuerdo que hoy es un día excepcional y no digo nada. Confío en mi marido. Se sienta a mi lado en la cama.
Obedezco. Ahora puedo volver a mirar a los vecinos y lo entiendo todo. Ella está como yo, a cuatro patas mientras él me mete un vibrador rosa por el culo. Nosotros no tenemos vibrador y Alejandro ha optado por lo más parecido que ha encontrado. Me empuja el interior de una pierna hacia fuera para que las abra. Noto como apoya el tubo de vaselina en mi ano y, en pocos segundos, una crema fría empieza a resbalar hacia el interior. Un dedo intruso la empuja hacia dentro con mucha facilidad. Siento los mismo que antes pero con más suavidad. La dilatación y la vaselina le permiten meterme dos dedos sin ninguna dificultad. Los mueve rápidamente unas cuantas veces como probando el estado de mi orificio. El resultado no puede ser más satisfactorio. Los dedos entran y salen con gran facilidad acariciando el interior de mi culo.
Los saca y un minuto después siento algo más grande penetrándome entre las nalgas. El plátano. Doy gracias mentalmente al frutero por traerlos pequeños y no de canarias. Está todavía verde y por lo tanto muy duro. Poco a poco la fruta se va abriendo camino en mi cuerpo. No me duelo pero si me siento llena. No creo que hubiera soportado el vibrador rosa que usan los vecinos.
Cuando tengo la mitad del plátano dentro se detiene. Alejandro se estira a mi lado.
Miro a los vecinos pero ellos no se han movido. A partir de ahora todo es idea de mi marido. Con cuidado de que no se salga el plátano, me siento encima de él a horcajadas. Agarra su pene y lo sitúa en la entrada de mi coño. Poco a poco me lo introduzco. Nunca me ha costado meterme entera la herramienta de mi marido pero esta vez es diferente. El plátano ocupa un espacio que normalmente está vacío y hace presión en mi otro agujero. Con esfuerzo consigo sentarme del todo encima de mi marido. Me siento totalmente completa con los dos agujeros ocupados.
Despacio muevo la pelvis delante y atrás. Él agarra el plátano y también lo mueve. Siento como los dos cilindros entran y salen de mi cuerpo. Es la primera vez que hago una doble penetración y no me lo creo. Siempre creí que sería una situación muy dolorosa e incluso lo consideraba denigrante para la mujer. Pero ahora no siento nada de eso. El coito vaginal está siendo muy diferente a lo que estoy acostumbrada. Siento más el pene de mi marido en mi interior. Hay mayor rozamiento al haber menor espacio, eso nos provoca más placer.
Él controla la penetración del plátano y yo la del pene. Lo mueve más deprisa que yo. Siento como el plátano entra y sale de mi culo con mayor velocidad que su pene de mi vagina. La sensación es indescriptible. Es un placer totalmente nuevo para ambos.
Me propongo seguirle el ritmo y me muevo más deprisa. El placer se dispara. Estoy gozando como nunca y a mi marido le pasa lo mismo. Me aprieta un pecho con la mano que tiene libre. Un pequeño grito se me escapa al sentir su dedos alrededor de mi pezón. Esto es demasiado. Siento la llegada de mi orgasmo. Él se da cuenta y mueve el plátano todavía más rápido.
Ya no puedo más y el clímax me invade. El orgasmo atraviesa mi cuerpo de atrás a delante como lo hacen su pene y el plátano. Luego se extiendo por todo el cuerpo arrancándome gritos de placer nunca soltados a este volumen. Me quedo quieta sintiendo como el placer me recorre entera pero Alejandro no se ha detenido y el plátano sigue moviéndose en mi culo. Eso alarga mi orgasmo más de lo que podría haber imaginado.
Cuando la culminación del placer cesa, es él quien se detiene y eyacula. Siento su esperma invadirme al ritmo de sus espasmos. Todo su cuerpo tiembla de manera incontrolada sacudido por el orgasmo. Se tensa mientras suelta el último chorro y se relaja cuando se ha vaciado por completo. Me estiro encima de él y nos abrazamos. Poco a poco su pene se reblandece abandonado mi interior y yo aprieto las nalgas para expulsar el plátano.
Nos pasaremos todos los días del luto nacional en la cama. Redescubriendo nuestros cuerpos y superando los límites del placer que habíamos establecido hasta ahora. Apenas saldremos entre polvo y polvo para ducharnos y comer algo. Y el domingo por la noche, recuperando el aliento del último orgasmo de la semana, le diré a mi marido: