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2007-12-22 21:36:35
Si antes no lo dije ahora lo hago: lo que más me gusta de una mujer son sus piernas. No importa si son blanquitas o negritas; delgadas o llenitas; largas o cortas; si están bien torneaditas y la chica en cuestión las sabe lucir con coquetería... ¡Me gustan!. Esto desde que era un crío y me sentaba en el quicio de mi casa que da a la calle para ver desfilar a las chicas con sus cortas minifaldas o en shorts, en un espectáculo digno de un Rey. Esa afición me acompaña hasta hoy y aunque ya no puedo sentarme a la puerta de mi casa no pierdo la oportunidad de entretener mi vista con el grácil caminar de un bonito par de piernas a la sombra de una volátil minifalda.

Las Hermosas Piernitas de Norma

Si antes no lo dije ahora lo hago: lo que más me gusta de una mujer son sus piernas. No importa si son blanquitas o negritas; delgadas o llenitas; largas o cortas; si están bien torneaditas y la chica en cuestión las sabe lucir con coquetería... ¡Me gustan!. Esto desde que era un crío y me sentaba en el quicio de mi casa que da a la calle para ver desfilar a las chicas con sus cortas minifaldas o en shorts, en un espectáculo digno de un Rey.

Esa afición me acompaña hasta hoy y aunque ya no puedo sentarme a la puerta de mi casa no pierdo la oportunidad de entretener mi vista con el grácil caminar de un bonito par de piernas a la sombra de una volátil minifalda.

Fue esto lo que me animó a aprovechar la mañana del sábado 08 de octubre de 2005 e ir al parquecito cercano a mi casa para ver si acaso alguna jovencita se había animado a mostrar generosa sus piernitas en ese día de primavera. Mis sospechas fueron ciertas y efectivamente mas de una chiclayanita (gentilicio femenino de Chiclayo), se había animado a pasear por allí en minifaldas y en shorts; sin embargo, sólo una de ellas captó mi atención por encima del resto. Se trataba de una muchachita de quizás 17 añitos que patinaba alegre junto a una cuadrilla de chicas y de muchachos.

Su silueta era exquisita. Espigada, blanca y de cabello castaño oscuro que cubría la mitad de su espalda. Ojos rasgados y vivaces, sonrisa amplia que lucía dientes bien cuidados. Un par de pechos preciosos, levantados hacia delante con la firmeza propia de su edad. La cintura bien marcada aunque con algo de pancita. Su culito ...¡Wow!... exquisito, abultado, erguido, durito, tan tierno como un durazno y tan apetecible como el mejor manjar. Iba vestida con un blusita rosada y una diminuta minifalda jean que traviesamente permitía apreciar sus piernas en todo su esplendor.

Sus piernitas largas merecen un comentario especial. Labradas por el ejercicio y la frescura de su adolescencia. No contemplarlas con dedicación habría sido un crimen; y, como yo no soy un criminal, las devoré descaradamente con mi mirada, a tal punto que ella lo notó. En un comienzo pareció agradarle, pues, me sonrió y siguió con sus piruetas sobre ruedas sin importarle que en cada voltereta su falda –cómplice de mis libidinosos pensamientos- se levantaba permitiéndome comprobar que sus nalguitas y su coñito vestían un coqueto y sensual calzoncito celeste que me hacía recordar al de las niñas que van a la escuela.

De un momento a otro se me acercó y con todo desparpajo me abordó molesta:

- Oiga ¿Qué tanto me mira, ah?

Su actitud decidida y desafiante me desubicaron por un momento; pero, pronto me repuse, pues, no convenía que me viese como un voyerista descarado sin capacidad de conquista; así que, poniéndome de pié le extendí mi mano y estreché la suya transmitiéndole seguridad y respeto. Luego me disculpé por si mi presencia la había perturbado y le dije si me permitía invitarle un refresco en "Mi Tía" –una Fuente de Soda que está al lado del Parque de Chiclayo-. Ella aceptó titubeante; ya que mi actitud no la desmentía ni me disculpaba; pero, establecía un vínculo entre los dos.

De inmediato mis dotes de conversador innato me permitieron romper el hielo y mientras le iba explicando quien era y a lo que me dedicaba pasamos frente a sus camaradas y ni siquiera los notó, pues; mientras le hablaba la miraba a los ojos como si con mi mirada quisiera decirle que era el centro de toda mi atención y es eso lo que enloquece a las chicas de su edad.

Así nos ubicamos en una mesa reservada para no ser molestados e hice gala de todos mis modales y atenciones y al parecer conseguí caerle bien. Aquella mañana se fue convirtiendo en tarde y pasamos conversando de nosotros. Le conté sobre mi divorcio y ella me refirió que había perdido su virginidad tres años atrás, con un amigo cuando tenía apenas 14 años y que desde entonces no creía en el amor. No era nadie para negar su "autobiografía"; pero, en el fondo había algo que me hacía dudar.

Al despedirnos no quiso que la acompañase y sólo me quedaron grabadas cuatro cosas: Que se llamaba Norma, que cursaba el último grado de secundaria en el Colegio Nuestra Señora de Fátima, el número de su móvil y que ya no creía en el amor desde que la engañó su novio. Mientras se alejaba volví a admirar sus piernas, esta vez de espaldas y descubrí que aparte de tenerlas hermosas, Norma, tenía un culo que no iba a dejar pasar sin dejar mi inconfundible huella en él.

A los pocos días telefoneé a su móvil y me respondió de buena gana; así que sin escatimar gastos en la cuenta de teléfono entablamos largas conversaciones que dieron su fruto y pronto estuve disfrutando de la frescura y humedad de sus labios y de la tibieza juvenil de su piel, pues, no perdí tiempo en guiar a mis manos por sus brazos, piernas y espalda; haciéndola sentir cuanto la deseaba y transmitiéndole la calentura que su cuerpo me provocaba; sin embargo, cuando quería que mis dedos hurgaran bajo su calzoncito me lo impedía y la verdad no lo entendía ya que ella me había confesado que lo único que tenía "cerradita" era su "colita". A esto he de añadir que le encantaba sonreírle a cuanto varón se la quedaba mirando y que en más de una ocasión la pillé colocándose en poses provocativas que permitiesen a los transeúntes fijarse en sus atributos. Como por ejemplo; girar de golpe estando con haldas cortas y acampanadas para que le mirasen los muslitos y el calzón; entonces –como dirían mis amigos españoles- deduje que era una "calienta-pollas". Por ello, me tracé la meta de llevármela a la cama lo antes posible y quitarme la calentura que ella me producía; al fin de cuentas virgen ya no lo era y sólo se trataba de pasarla bien.

Comencé por esperarla a la salida del colegio en el que estudiaba, de la biblioteca y de las reuniones parroquiales a las que asistía sin fallar, pues, era de aquellas chicas que llevan doble vida; por un lado muy religiosa y por el otro dispuesta a abrirle las piernas al primero que se lo pidiese. Esas hipocresías siempre me han molestado de la gente y por ello me había propuesto cogérmela y luego alejarme de ella.

Yo la tenía bien acostumbrada a mis besos y caricias; así que, la mañana del domingo 21 de noviembre del 2005, lo señalé para la culminación de mis planes. Esa mañana estaba nublada y la esperé a la salida de su parroquia mientras encargaba a sus niños de la catequesis a Juan Luis, un compañero catequista, para irse conmigo.

Superado el impase y alejados del mítico ambiente de su parroquia; la invité a comer un cebiche de conchitas negras que además de ser su plato favorito tiene fama de ser un excelente afrodisíaco. Eso me dio pié para tocar el tema del sexo de una manera casi abierta. En un principio ella supuso que sólo era una conversación como tantas otras veces; pero, cuando noto que mi "invitación" para llevármela a la cama era en serio sacó a relucir sus creencias religiosas y todo ese rollo de la fornicación; sin embargo, yo estaba decidido y la acorralé recordándole que ella ya lo había hecho años atrás y que aquellas ideas arcaicas eran pura habladuría y que ni su abuelita las habría respetado. Poco a poco fui haciéndola notar que sus argumentos eran endebles y acabo cediendo mas que como resultado de haber perdido el "debate" que por el deseo.

Durante el trayecto caminaba silenciosa y un tanto incómoda; por un momento pensé decirle que todo era una broma y que si no quería no teníamos que hacerlo; pero, mi deseo lujurioso por poseer a aquel cuerpo 20 años menor que yo era más poderoso; además se lo tenía ganado por andarme provocando y porque sabía que a la larga le iba a gustar mi compañía en la cama.

Llegamos a mi casa que aquella mañana lucía silenciosa y vacía, pues, por ser domingo no estaba el personal de servicio y de inmediato la conduje hasta mi recámara.

Mientras subía por las escaleras contemplé su silueta de espaldas; cubierta por una chompa de lana rosada, un pantalón negro y calzada con un par de zapatos de punta también rozados; un atuendo muy a tono para ir a la iglesia y poco sexy para hacer el amor; pero, me consolé pensando "Que mas da la ropa; en unos minutos la tendría desnudita jadeando entre mis brazos y entonces su piel tibia, temblorosa y sudada sería el ajuar más sexy que hombre alguno pudiese imaginar". Me regocijé con el bamboleo de sus nalguitas mientras ascendía hasta el segundo piso y me imaginé acariciando sus maravillosas piernas, dueñas de mis ensoñaciones nocturnas en las últimas semanas.

Al llegar su nerviosismo era evidente; no me dejó ni besarla y se metió rápidamente al baño de donde no salió; sino hasta después de mucho insistir. Mi deseo por poseerla me había cegado tanto que no veía más allá de lo que mi ansiedad me permitía.

Una vez frente a mí mis besos y caricias no se hicieron esperar y puestos de pié en medio de mi dormitorio mis manos recorrieron su cuerpo por encima de sus ropas y mis labios intentaron robarle los besos que nunca antes me había negado; pero, ella perecía no estar muy a gusto; como si algo le preocupara. Finalmente reaccionó y empezó a besarme con cierta timidez hasta que me decidí a meter mi mano bajo su chompa y -adivinando mis intenciones- me apartó de si y me pidió que la dejase hacerlo a ella misma y como una autómata se quitó el suéter y –ante mi mirada estupefacta- se desabrochó la blusa, se subió el sostén y dejó hasta sus rodillas su pantalón y su calzón al tiempo que con voz temblorosa me decía "ya"; mientras se acomodaba boca arriba sobre mi cama. Por un momento pensé dejar todo como estaba; pero, esto rebasaba mi cínica indiferencia hasta llevarme a los umbrales de la canallada y de la cobardía. Poseer a una mujer en esas condiciones de humillación iba contra el protocolo de la decencia, la caballerosidad y el romanticismo que siempre me han caracterizado; así que cogiendo una manta de seda la coloque sobre su indefenso y tembloroso cuerpo femenino y cubriendo su desnudez para devolverle su dignidad robada me hinque ante ella y besándole su mano como a una tierna doncella medieval la interrogué y ella rompiendo el llanto contenido desde que llegamos a mi casa me confesó lo que hasta entonces –con toda mi experiencia- no había querido mirar: Normita era virgen y tenía miedo a lo que iba a hacer.

En ese momento me sentí como una alimaña y besando su frente la acuné en mi pecho como a una cría y empezamos a conversar. Allí supe que todo se había tratado de un juego de la mentira traviesa de una chica atolondrada y mal orientada y que entonces estaba muy confundida. Nuestra conversación se extendió por varios minutos y en ellos me dediqué a resolver sus dudas. Finalmente descubrí que yo si le gustaba y que si quería que hiciésemos el amor; pero, que sentía vergüenza de desnudarse; así que opté por respetar su pudor y metiéndome bajo la cobija empecé a juguetear con ella haciéndole cosquillas y ese contacto físico fue relajándola hasta ir dando paso a la excitación.

Pronto mis labios callaron sus risas y su confianza en mí se vio reflejada en besos profundos, tiernos y apasionados que encendieron contundentemente nuestra pasión. No tardó mucho en sentir que sus ropas le estorbaban y poco a poco fue desprendiéndose de ellas hasta quedar completamente desnuda bajo la manta; que de tanto en tanto se desacomodaba permitiéndome verle una tetita, un muslito o una nalguita erectando más mi ya inquieta polla que a esas alturas aún permanecía presa bajo mi pantalón deportivo.

A esas alturas sus manitas y piernitas ya habían tropezado en mas de una ocasión con la dureza de mi falo y sospecho que ella ya advertía a lo que le iba a tocar enfrentarse; así que como queriendo agilizar las cosas, con voz melosa, Normita, me interrogó: "¿Tienes condón?" y aunque traté de persuadirla de no usarlo por ser su primera vez; no accedió ni a obviar el preservativo ni a dejarse fotografiar. Fue así que sin poderla convencer me incorporé y fui por el preservativo con el que vestí a mi verga delante suyo.

"¡Asssu!, ¿Qué tal rataza!" fue la expresión admirativa que dijo Normita al ver mi verga dura e hinchada por la excitación. Su gesto de curiosidad paso por el de intriga hasta convertirse en preocupación y sin poder aguantarse me interrogó "¿Y todo eso me vas a meter?". Mi gesto de afirmación adornado por mi mejor sonrisa pereció no surtir el efecto esperado y pronto la tuve nerviosa nuevamente.

Mis argumentos y justificaciones surtieron una vez más el efecto requerido y mis besos y caricias la volvieron a excitar. Así descendí con mis labios hasta sus tetas e hice fiesta con ellas y mientras mis manos las masajeaban, mis labios y mi lengua trabajaron sobre sus pezones arrancándole sonoros gemidos y provocándole a su cuerpo descargas eléctricas que la obligaban a refregar su espalda sobre mis sábanas al tiempo que elevaba sus caderas en una evidente reacción pre orgásmica que yo no iba a desaprovechar; así que sin darle respiro me ubique repentinamente frente a su chuchita y colocándome sus hermosas piernas sobre mis hombros se la lengüetee sin reparos hasta que sentí como de su cuevita virginal brotaba copiosamente su néctar de mujer mientras que ella presa de la lujuria y del placer estrujaba sus cabellos en una explosión de sensaciones que ella experimentaba por primera vez.

Su desenfreno pudo haberme contagiado; pero, mi experiencia con coñitos vírgenes me permitió no perder el norte de la situación y sin esperar a que se repusiese y aún con los estrago de su primer gran orgasmo; la cogí de las pantorrillas y pegándoselas a mis caderas enfilé mi miembro hacia su conchita y fui calzándoselo con ternura para evitarle cualquier dolor; sin embargo, su reacción fue inmediata y al sentir a mi falo invadiendo su intimidad me recomendó su coñito con estas palabras "Despacito, despacito, que no me duela ¿ya?"; pero, de inmediato advertí –al toparme con su membrana virginal- que se trataba de un himen grueso, elástico y resistente de esos que no se rompen con facilidad. Estuve tentado a retirarme para lubricárselo más; pero, desistí porque aquello sólo habría retardado la agonía de su virginidad y tratando de ser lo menos cruel posible le acomodé sus piernitas bajo de las mías sin retirar la cabeza de mi falo de su coñito y rodeándola con mis brazos mientras abrazaba su espalda le apliqué de un solo golpe toda la rigidez de mi miembro hasta que mis pelotas tocaron la bifurcación de sus piernas y un grito ensordecedor salido de lo más profundo de su ser entallo en mi cuello al tiempo que sus diez afiladas uñas abrían surcos en mi espalda. A su "Aaaaaaaaauuuuuuuuuu........." de dolor por haberle destrozado su himen le siguió un lastimero llanto en el que sólo repetía "Ya no, ya no, por favorcito; ya no.... no te muevas, no te muevas,...me duele, me arde, aaaayyy... que feo"; mientras sus piernas y brazos hacían esfuerzos inútiles por arrojar a mi intrusa polla del interior de su coñito que en aquel momento ella debía estar sintiendo destrozado.. Yo acaricié su cabello y besé su rostro al tiempo de calmarle diciéndole que ya iba a pasar. Mis palabras parecieron tener efectos mágicos, pues, casi de inmediato me confesó que ya se iba el dolor; entonces con absoluta resolución le sugerí abrir sus piernitas lentamente y cuando lo hubo hecho retiré mi miembro de su interior y allí observe atónito como el preservativo estaba completamente teñido de su sangre y decidí guardarlo para ustedes como prueba de la virginidad de Normita; mientras que de su estrechísima cuevita adolescente caía un hilito de sangre hasta estamparse sobre mis sábanas con muestra de su perdida doncellez.

Ya más calmada y con sus piernitas bien abiertas volví a meter mi verga en su coñito, ahora ya sin preservativo y con menos dolor empezamos a follar. Primero fue algo suave hasta que ambos tomamos ritmo y acabamos dando a nuestro sexo gran velocidad, llegando a estar así por casi una hora y permitiéndonos acabar a ambos en más de una vez.

Normita le encontró gusto a mi "RATA" –como ella llama a mi polla- y desde esa mañana hemos follado con cierta regularidad.... Entre los dos no existe ningún otro compromiso que no sea el placer. Ella esta con un muchachito al que adoran sus padres y con el quizás algún día se case y a quien probablemente le dirá que es virgen y el muy ingenuo se lo creerá.

Después de algunos días accedió a posar para mí y yo escaneé el condón que usamos esa mañana por si alguien lo quiere ver.

Un abrazo a ustedes y un beso a vosotras.

El Caballero Azul

Autor: caballeroazul


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