
Como la putita pasaba la cerca todas las tardes el guacho se quedaba sin leche a la hora del oscurecer y al llegar a su rancho no se la podía garchar a su mujer que sufría de fiebre de concha y que aunque durante el día se hacía culiar con violencia por el mejor amigo de su marido no le perdonaba cada noche al padre de sus hijos la encamada de rigor que él empezó a no poder satisfacer.
La guachita lograba sacarle como cuatro lechazos por tarde al padrillo que no tenía resto para la concha vieja de su mujer bien atendida por la leche de su íntimo amigo.
La cosa fue empeorando porque el amigo del cornudo se fue enterando entre cogida y cogida que la mujer no era cogida por su amigo con la regularidad de antaño y se puso a pesquisar que pasaba con el hombracho, obrero macho mucho más macho que el tirifilo de su amigo que aunque se la culiaba a su jermu no dejaba de ser un flaco peludo y pijón pero muy mequetrefe.
La putita al anochecer se emperifollaba para desnudarse enseguida una vez cruzada la cerca de alambres y cartón medio tapada por los yuyos mientras el albañil luego de terminada la tarea bien sudado y con olor a huevos cuando no se bañaba con el tacho que había al lado de la bomba y hedía como un caballo la calentaba más a la pendeja que cuando tenía olor a jaboncito de mina lo que hacía que se pusiera más puta y dominante.
A veces se la garchaba él a ella poniéndole la verga en la concha desde atrás mientras le metía el dedo en el orto, pero las más de las veces era ella la que se lo garchaba a él como lo describí en la primera parte de este relato, subida a los muslos del caballo sentado o acostado mientras ella se iba bajando hasta ensartarse la verga de tal manera que los huevos del él parecía que salían de la concha de ella si se miraba desde atrás el espectáculo, como yo lo miraba escondido entre los árboles y con la anuencia del hijo de puta del albañil, empleado de mi padre, capataz además acostumbrado a mandar a los obreros como si fueran esclavos. Pero la minita puta lo dominaba mientras subía y bajaba a lo largo de la verga hasta que la leche empezaba a correr por los huevos del macho mientras ella gritaba a voz en cuello su feroz acabada.
El íntimo amigo se apareció silencioso una tarde y escondido entre los matorrales vio con cara estupefacta como la leche que pertenecía a la concha que él se garchaba iba a parar a la minita de piel canela y tetas de vedette que se movían como gomas en el desenfreno de la encamada.
La verga se le fue poniendo dura al cabrón destructor de matrimonios y se fue acercando casi sin darse cuenta hasta que fue visto por la pendeja que lo conocía de vista pero sabía que era el íntimo amigo de la pija que se la estaba garchando.
Lolita se inclinó sobre su macho y ofreció el culo a su amigo que con los pantalones por los tobillos en el apuro de la desesperación de la calentura casi se cae de jeta sobre los escombros que quedaban de la construcción distribuídos por el pasto como monumentos obscenos y apuntó la verga hacia el orto de la minita que lo miraba con ojos de guacha que está gozando una verga y quiere otra.
A medida que la otra verga le abría el orto Lolita sentía cada vez más y más un tremendo placer que no esperaba y acabó de golpe una segunda acabada que fue seguida por la segunda carga de leche del albañil y la primera del amigo de éste, una en la concha y la otra en el culo mientras la saliva le caía en hilo por la boca entreabierta y llenaba la cara del macho desmayado de placer que aguantaba a su hembrita abierta de gambas en cuclillas sobre sus muslos peludos multiplicado su peso por el del cuerpo de su amigo que la bombeaba con furia en medio de la acabada.
Yo también acabé mirando semejante amasijo dorado por el sol del ocaso rojo como una bola que pintaba de negro más negro a los perros que me lamían la leche de la verga y de los huevos, mientras los otros, más allá, lamían las tetas de la putita y los huevos de los machos desmayados pero con las vergas adentro todavía como esperando más sangre para renovar el bombeo de otro polvo.