
En cuanto el tal Alejandro se marchó dejándome con ganas de más me levanté del suelo y fui a asearme al lavabo. No podía llegar a casa de esa guisa, me dolían las rodillas, la espalda, todo el cuerpo, el niñato me había destrozado y encima me había dejado a medias. Decidí completar el asunto en el baño. Me desnudé por completo y me masturbé de pie frente al espejo, mirándome la cara. No me costó mucho tener un orgasmo que me hizo temblar de pies a cabeza y me tuve que sentar en el inodoro para recuperarme. Me acordaba de las palabras que me había dicho Alejandro, me había llamado perra y zorra. ¡Se iba a enterar!
Al día siguiente en la clínica dental no pude dejar de pensar en lo que me había sucedido el día anterior y claro no estaba para trabajar, delegué el trabajo en mis empleados y me dediqué a planificar lo que iba a hacer. Me había traído de casa una de esas esposas de broma que venden en los sex-shops y que me regalaron en una despedida de soltera. No sabía muy bien si las iba a usar o no pero las llevaba en el bolso. Ese día me había puesto ropa interior negra, un pequeño sujetador que enseñaba más que sujetaba y un tanguita negro semitransparente que se clavaba en mi piel y cuyo roce al caminar me provocaba sensaciones muy agradables.
Alejandro debía venir a las ocho, sólo quedaba un empleado en la clínica al que mandé a casa diciéndole que yo me encargaría de la extracción de la muela del siguiente paciente. Me quedé sola esperando a Alejandrito.
Llegó muy puntual, venía con el pelo mojado, parecía que acabara de ducharse, olía a gel de ducha, a limpio, siempre me han gustado los hombres que huelen bien. Un hombre que huele bien, conmigo tiene ya muchos puntos a su favor. Su olor me sugirió imaginármelo duchándose con el agua cayendo sobre su piel, sobre su cuerpo modelado por el deporte, bajando por su pecho hasta llegar a su sexo para finalmente bajar por sus piernas bronceadas y rectas.
Recuéstate en la camilla. Voy a ponerte la anestesia.
De acuerdo estoy en tus manos, no seas mala.
Lo intentaré
Empecé con el trabajo y Alejandro se portó como un campeón, no se quejó en ningún momento. Cuando acabé mi trabajo se enjuagó la boca.
-Levántate, ya hemos acabado, pasa a mi despacho y te digo cuánto me debes.
Pasamos los dos a mi despacho que era muy sencillo constaba de una mesa y tres sillas giratorias, una para mi y las otras dos para los pacientes. Alejandro tomó asiento.
-La extracción son 100 euros pero además me debes otra cosa.
Dicho esto me coloqué detrás de él y le esposé las manos a la espalda. Alejandro me miró con cara de extrañeza y empezó a mover las manos para desasirse.
-Tranquilo, Alejandro no te haré nada, sólo voy a cobrarme lo que me debes.
Dicho esto me acomodé encima de la mesa frente a él, que estaba sentado en su silla, abrí las piernas y coloqué los pies sobre sus muslos, de manera que su cara quedó a la altura de mi sexo.
-Venga guapo chúpame el coñito.
No se decidía de manera que le agarré suavemente por la nuca y lo acerqué a mí. Alejandro sacó la lengua tímidamente, como si fuera la primera vez que lamía el sexo de una mujer. Daba lengüetazos largos y suaves, con toda la lengua, desde la entrada de mi vagina hasta el clítoris. Me estaba gustando sobremanera y a cada momento estaba más mojada y caliente. La verdad es que lo hacía muy bien aunque a veces lo tenía que dirigir con mi mano. A veces, me daba pequeños mordiscos que me hacían gemir de dolor y placer y cada vez que lo hacía me volvía loca, se me nublaba la vista y me mareaba. Cogía con sus labios mi clítoris y lo rozaba con su lengua, me encantaba verlo ahí indefenso y atado por las muñecas como si fuera un objeto creado sólo para mí, para hacerme disfrutar.
Suéltame por favor, me duelen las muñecas.
No Alejandro aún no, ya llegará el momento.
Decidí bajar de la mesa y empecé a desabrocharle la cremallera del pantalón y saqué su polla. En ese momento tuve unas ganas locas de comerla hasta saciarme, hasta que se corriera en mi boca, en mi lengua, en mis labios…pero me contuve y colocándome encima de él, aparté un poco mi tanga e inserté su polla dentro de mí, hasta el fondo. No pude evitar gemir, fue un gemido que salió de lo más hondo de mi garganta. Empecé a moverme siguiendo el ritmo que me marcaba el placer. Alejandro me miraba serio, con la boca entreabierta y dejándose llevar. Hubo un momento que inclinó su cabeza hacia atrás y dejo ir un gemido muy suave. En ese momento me acerqué a su boca y empecé a lamer sus labios con mi lengua, se los impregné totalmente de saliva.
Decidí desatarlo.
-¡¡Fóllame Alejandro!! lo estoy deseando.
Se levantó y con brusquedad me tiró encima de la mesa y me abrió completamente de piernas agarrándome por los muslos. Me la metió toda de una y empezó a moverse como un salvaje. Me tenía prácticamente inmovilizada, no podía cerrar las piernas, ni siquiera moverlas un poco, las tenía completamente abiertas, parecía que me iba a romper en dos. Finalmente me soltó, pero una de sus manos fue a parar a mi garganta, casi me estaba asfixiando mientras no paraba de moverse.
-Por favor, déjame, no puedo más!
-Todo esto es lo que te mereces, te voy a estar follando hasta que no te puedas mover y cuanto más me supliques que pare más fuerte te voy a follar.
Alejandro cogía mis pechos y los apretaba, a veces los mordía con saña, yo no podía más, parecía como si de un momento a otro me fuese a desmayar.
De repente Alejandro paró, me dijo que me acostara en el suelo. Él se quedó de pie y empezó a masturbarse.
-Me voy a correr encima de tí, te lo mereces.
Empezó a correrse y me llenó toda de semen, estaba muy caliente y me gustó sentirme impregnada.
Alejandro se vistió y me dijo:
Te recomendaré a mis amigos.
Y se fue.
Fin
Para el insomne