
Eran casi las cuatro y media cuando entró por la puerta, él había
llegado hacía unos minutos, fue hacia la habitación y comenzó
a guardar su ropa en la maleta. Era hora irse.
Sintió que se acercaba por detrás, la agarraba por la cintura
y se pegaba fuertemente contra ella con sensualidad, con deseo, con excitación.
Derramó su cálido aliento sobre su cuello y comenzó a lamerlo
desde la nuca hasta el lóbulo de su oreja, ella se abandonó a
la humedad de su lengua recorriéndola. De nuevo bajó hacia la
nuca, pero ahora mordisqueando su cuello, suave, más fuerte, de nuevo
suave, y así una y otra vez
De espaldas a él, desabrochó su pantalón, le bajó el slip y apretó fuertemente sus nalgas contra su caliente y erecto miembro, estaba ebria de excitación y deseo y no tardaría en correrse, sus jadeos eran cada vez más acelerados y profundos; se dobló sobre sí misma y él aceptó su invitación al paraíso del placer, introdujo su excitado miembro dentro del sexo de ella. Comenzó a contonear sus caderas lentamente. Luego más rápido, mientras él con una mano se agarraba a su cintura y con la otra seguía masturbándola; un potente orgasmo estalló dentro de ellos.
Laxos por el intenso placer permanecieron en esa posición durante un rato, se resistía a separarse de ella, le costaba hacerse a la idea de que no podría verla en un tiempo, y aunque sabía que estaba en sus manos el poder hacerlo con más o menos prontitud no debía precipitarse, no deseaba volver a hacerle daño, ella no se merecía sufrir otra canallada suya.
Antes de despegarse la apretó con fuerza contra su pecho, era su despedida. Se volvió hacia él y correspondió a su abrazo, no se arrepentía de lo que había sucedido, los dos lo deseaban. Se abandonaron a la pasión y al fuerte poder de su sexualidad, gozaron juntos una vez más.