Lo escuche de casualidad, casi furtivamente.
-¡Me quiso coger, el muy hijo de puta me quiso coger!- le decía indignada una mujer a otra.
No podía verlas, pero si escucharlas y por el grado de confiabilidad con que se trataban suponía que debían de ser muy amigas.
Estaban junto a la góndola de los lácteos de un supermercado de mi barrio.
">

Lo escuche de casualidad, casi furtivamente.
-¡Me quiso coger, el muy hijo de puta me quiso coger!- le decía indignada una mujer a otra.
No podía verlas, pero si escucharlas y por el grado de confiabilidad con que se trataban suponía que debían de ser muy amigas.
Estaban junto a la góndola de los lácteos de un supermercado de mi barrio.
Cerca de ellas yo simulaba interesarme por los precios de distintos productos. En realidad estaba mas que atenta al interesante coloquio que mantenían.
-¿Te pego ó algo?- se preocupo la confidente.
-No, pero me manoseo toda el asqueroso, hasta me dijo que si era buena con él me iba a dar una buena propina- sostuvo la primera.
-¿Y como fue que caíste ahí?- le pregunto su amiga.
-Lo leí en una cartelera, el aviso decía que necesitaban una planchadora, no una puta- enfatizó la supuesta víctima.
-¿Dónde me dijiste que era?-
-El chalet ese que esta en ......... y ............ , seguro que lo conoces, el tipo casi siempre esta en la vereda lavando el auto, ¡ese degenerado!-
-Ah, si, ya sé cuál es- asintió la amiga.
Yo también sabía muy bien a quién se refería.
Lo conocía de vista, ya que en varias oportunidades había pasado por el frente de la casa debiendo soportar / disfrutar los piropos de aquel sujeto.
En verdad si que tenía pinta de degenerado, de esos que no pueden estar sin fifarse a cuánta mina puedan, mas allá de que estén casados y sean padres de una abundante descendencia.
Habiendo escuchado ya lo suficiente, termine las compras y regrese a casa.
Las palabras de aquella mujer todavía resonaban en mi cabeza.
"Me quiso coger, el muy hijo de puta me quiso coger", lo que para ella era motivo de indignación yo lo encontraba sumamente excitante.
Hasta me imaginaba la situación.
La empleada doméstica (en este caso la planchadora) en la casa realizando su tarea, y el patrón que llega empalmado, con ganas de jolgorio.
"Si sos buenita conmigo te vas a ganar una buena propina", no pude evitar calentarme con la idea.
Entonces se me ocurrió porque en vez de fantasear con ello no lo experimentaba en carne propia.
Después de todo vivía a tan solo un par de cuadras de aquel chalet y, por lo que había escuchado en el super, el tipo seguramente andaría necesitando una planchadora.
Todas las fichas jugaban a mi favor.
Lo primero que hice fue cambiarme de ropa y ponerme algo más acorde a mi inminente condición de mucama.
Una remera, un pulóver, un jean, zapatillas y ya estaba lista para salir a buscar el empleo.
Me ate el pelo con una gomita y salí a la calle.
En apenas un par de minutos estuve frente al chalet.
Ni bien toque el timbre una mujer joven pero avejentada salió a atender. Ni siquiera tuvo tiempo para preguntarme que quería, ya que tras ella salió el dueño de casa, el patrón, un tipo grande, robusto, de gruesos mostachos, quién enseguida la mando para adentro diciéndole que él se encargaba.
Sumisa y obediente la mujer agacho la cabeza y cumplió sin renuencia alguna la indicación de su marido.
Mirándome de arriba abajo, todo baboso, el tipo se acercó a la verja y me preguntó que deseaba.
-Me entré que anda buscando una empleada para planchado- le dije –vengo a ofrecerme-
-¿Y como te enteraste?- quiso saber.
-Lo escuche por ahí- repuse rápidamente.
Sus ojos se paseaban por las marcadas ondulaciones que formaban mis pechos debajo del pulóver.
Sin preguntar nada mas abrió la verja y me hizo entrar.
-Veni, es por acá- me dijo, tras lo cuál me llevo hacia un pequeño pero bien acondicionado cuarto detrás del garage. El cuarto de planchado.
-Bueno, mira, el único que manda aquí soy yo, así que por mi señora no te hagas drama que ella nunca viene por acá, al único que tenés que rendirle cuentas es a mí, ¿entendes?- me explico.
Yo solo me limite a asentir con la cabeza.
-Tu única tarea es planchar, pero, bueno, antes de contratarte me gustaría tomarte una prueba, ¿qué te parece?-
-Totalmente de acuerdo- asentí.
-Ahí tenes colgado el uniforme que tenes que usar, ponetelo y empecemos-
me dijo señalando un precario biombo a través del cuál se transparentaba casi todo lo que estaba del otro lado.
El uniforme en cuestión era el típico trajecito de mucamita, aunque con las medidas correspondientes a una adolescente anoréxica de 16 años. Corto y ajustado, mis voluptuosas carnes sobresalían por todos lados. Aún así me lo puse. Estaba dispuesta a jugar tanto como él.
Cuándo salí de atrás del biombo, algo realmente innecesario ya que estaba segura que él me había visto sin problemas mientras me cambiaba, casi se cae del sillón en el cuál se había sentado.
-¿Y, como estoy?- le pregunte estirándome con las manos la falda hacia abajo.
-¡Perfecta!- trago saliva y enfatizo -¡Estas perfecta!-
Sin que él me dijera nada, estaba ocupado contemplándome, aliste la tabla de planchar y seleccionando algunas ropas que había en un canasto comencé a planchar.
-¿Y, hasta ahora como lo hago?- le pregunte al rato.
-¡Lo haces estupendamente bien!- exclamó.
Casi podía sentir la baba salpicando el suelo.
-Entonces, ¿estoy contratada?- quise saber.
-¡Claro que sí!- repuso –Y no solo eso, también estas contratada como mi putita- agregó a la vez que se levantaba del sillón y me apoyaba por detrás.
-¡Ey, ¿qué hace?!- lo increpé, tratando, sin mucho convencimiento, de apartarlo.
-¡Quiero cogerte!- me bramó al oído.
-Pero, ......... ¿y su esposa?- acoté luchando todavía con él.
-No pasa nada, ella no tiene problema en que me tire a la empleada siempre y cuándo le dé a ella también- me aseguró atenazando con sus enormes manos mis también enormes pechos.
Ya no podía resistirme. La batalla estaba perdida desde un principio. Y no solo porque había entrado a aquella casa con el único e impostergable propósito de entregarme al Amo y Señor que allí habitaba, sino también porque la fuerza del tipo no me otorgaba posibilidad alguna de escapatoria.
Con toda su supremacía viril me arrincono ahí, contra la tabla de planchar, pelo la verga y apartando con sus propios dedos mi ya humedecida tanguita, me la metió con enardecido vigor.
No la vi, pero la sentí.
La sentí enorme, colosal, superlativa en todas sus dimensiones. Tanto es así que, pese a la ya abundante lubricidad de esa zona, mi conchita acuso el impacto.
Si bien siempre trato de ser extremadamente cuidadosa con la protección, ese no me pareció el mejor momento para pedirle que se pusiera un forro.
Olvidándome del asunto me dedique, entonces, a gozar de ese macizo y bien proporcionado volumen que me colmaba hasta lo más íntimo, hasta lo mas profundo, hasta donde, últimamente, mas y mas hombres llegaban con certera asiduidad. Él sería uno más.
Bien aferrado a mis caderas el tipo, el patrón de la estancia, me surtía con todo, dale y dale, sin pausa ni respiro, reventándome a puro pijazos, dándome con el ansia y el fragor de todo macho luego de una prolongada abstinencia.
Se ve que la ultima empleada, la que había escuchado en el super, lo había perjudicado en gran forma.
Casi que le agradecía a aquella anónima benefactora por habérmelo dejado así de calentito, lleno a rebosar.
Sin dejar de darme eso que tanto me gusta y satisface, mi vigoroso y entusiasta patrón, me bajo los breteles del uniforme y me amaso las tetas con sus portentosas manos.
Pese a que soy bastante pechugona sentía que con tan solo un apretón iba a reventármelas.
Recostándome sobre la tabla de planchar y echando bien la colita hacia atrás, me entregue por completo a tan deleitable amasijo, dejándome que me usara y recontrausara, que me la metiera bien hasta los pelos, una y otra vez, rebalsandome de pura carne pijuda.
Estuvo un buen rato ahí, abrochado a mí, dándome duro y parejo, alternando entre combazos largos y cortos, rápidos y lentos, fuertes y suaves, prodigándome gozo y placer a raudales.
Luego, bien aferrado a mi cintura, casi levantándome en vilo, me arrastro consigo unos metros para atrás, y, sin sacármela ni por un instante, se sentó en el sillón, sentándome a mí encima de él, con las piernas abiertas y muy bien acomodada en tan vigorosa montura.
De a poco comencé a cabalgarlo, arriba y abajo, manteniendo mi propio ritmo, ensartándome hasta la vaina en tan fenomenal herramienta.
La sentía gorda, inmensamente gorda. Durísima a mas no poder. Caliente al rojo vivo. Llena a rebosar.
Me gustaba, me enloquecía, me quitaba el aliento.
Por eso me la devoraba entera con mi golosa boquita inferior. Una y otra, y otra, y otra vez. Mil veces. Disfrutando cada soberbio pedazo, haciendo de mi conchita un colador sin fondo, un abismo insondable de profundos y deliciosos placeres.
Para entonces mis gemidos, mis jadeos, mis desesperados alaridos retumbaban mucho mas allá de las delgadas paredes de aquel improvisado cuarto de planchado.
Sabía que su esposa debería de estar escuchándome y por eso gritaba mucho mas fuerte aún. No me guardaba nada. Su marido estaba cogiendose a la mucama, seguramente para ella no sería ninguna novedad.
Luego de un rato me levante e intente quitarme el uniforme pero él no me dejo. Quería garcharme así, con el uniforme de mucama arremangado alrededor de mi cintura.
Me saque entonces la bombacha y volví a montarme sobre él, esta vez de frente, besándolo en la boca, chupandole la lengua, el mostacho y los labios con apasionado frenesí.
Agarrandome con ambas manos de la cola, una para cada nalga, él me ayudaba a subir y a bajar a lo largo y a lo ancho de su colosal herramienta viril, sin descanso, pausa ni respiro.
Me la ensartaba toda, hasta los huevos, sin desperdiciar ni un solo pedazo.
¡Era alucinante, increíble, una garchada espectacular!. No dejaba de mojarme, tanto es así que ya tenía los muslos empapados.
Saltaba sobre él, como una atleta olímpica, balanceándome a mi antojo, removiéndome a mi gusto, agitando el culo a lo bestia. Como una loca, desesperada.
No sé de donde sacaba tanto aguante el tipo, pero mientras yo me deshacía en polvos y más polvos, él seguía entero, bien duro y macizo.
Cuándo ya no pude mas y me quede ahí, bien abrochada, disfrutando de un orgasmo largo, intenso, y apoteótico, con la cabeza echada hacia atrás, entre exaltados suspiros, el patrón me volteó sobre mi espalda y se me colocó encima, bien ubicado entre mis piernas.
Ahí nomás, mientras yo aún me hallaba sumergida en el más excelso de los placeres, empezó a bombearme con todo, mis pantorrillas apoyadas sobre sus hombros, surtiéndome con todo el vigor que era capaz de invocar.
A semejante ritmo esta vez no tardo mucho en llegar.
En medio de estruendosos e incontenibles jadeos me acabó adentro, llenándome de esperma, rebalsándome la conchita con un torrente vivo, caliente y efusivo. Un caudal inagotable que sobrepaso enseguida mi capacidad de contención.
Pero el asunto no termino ahí, ya que cuándo me la saco y, antes de que aquella preciosura perdiera un solo ápice de su portentosa dureza, se la agarre con una mano y yo misma la enfile hacia mi retaguardia, hacia ese huequito posterior más estrecho aunque igual de voraz que el principal.
Un leve empujón y me la metió casi toda, iniciando de inmediato un vigoroso y soberbio vaivén, culeándome en una forma gloriosa. Maravillosa. Increíble.
Con las piernas levantadas, toda despatarrada, yo aguantaba todo lo que viniera. Me entregaba por completo a tan vicioso disfrute. Me regalaba con moño y todo. Me dejaba romper el culo sin conmiseración alguna.
Cuándo por fin me lleno de guasca, ambos nos deshicimos en un mar de suspiros y jadeos, pura satisfacción, él tirado encima de mí, la pija pulsando chorro tras chorro de leche bien caliente y espesa. Una descarga que parecía, incluso, mucho mas caudalosa que la primera.
Cuándo se retiró de mi inundado interior, se la volví a agarrar con una mano y sin liberarlo, todavía, de aquel tormento divino se la chupe con golosa fruición, tragándome hasta la ultima gotita de esperma que aún fluía por el agujerito de la punta.
Todavía me quedaban un par de días mas de licencia médica, los cuáles, por supuesto, aproveche para ir a mi nuevo y transitorio empleo tan solo a coger con mi patrón, a coger y nada mas, tanto es así que en los tres días que los pase con él no planche ni siquiera una sola prenda.
Luego renuncié. La verdad nunca la había pasado tan bien en el trabajo.