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2010-06-16 04:26:11
Aquella mañana me desperté pronto. Era sábado y hacía bastante calor. Había quedado para jugar con mi novio al tenis. Jugaríamos en el club deportivo donde trabajaba. Miguel, mi novio, trabajaba en un club pijo de las afueras de Madrid dando clases de tenis a cinco o seis chavales. Aquel sábado habíamos quedado para jugar al tenis después de que mi novio acabase sus clases con los chavales. Hombre, a mi no me gustaba demasiado jugar al tenis, pero bueno, ya que ha mi novio le hacía ilusión…

Me duché y me puse el traje: faldita blanca con culotte y un polo de tenis, con sujetador deportivo debajo. Siempre me resulta incomodo ese tipo de sostén ya que tengo el pecho tal vez demasiado grande. Pero bueno, que se le va a hacer. Si hay que jugar, se juega.

Conocí a Miguel en el autobús. Íbamos todos los días juntos, yo a la universidad y el a entrenar. Comenzamos a salir y ahora, cinco años después, seguíamos juntos. El seguía con su jueguecito y yo, tras sudar tinta para sacarme la carrera, trabajaba en un banco. La vida nos sonreía, habíamos estrenado piso común hacía tan solo unos meses. La verdad, no se si fue buena idea eso de irnos a vivir juntos.

Antes todo era diferente. Había amor, romanticismo, sexo, aventura. Yo soy una chica sexualmente activa, aunque eso sí, muy tradicional. No me gustan las cosas raras. Ni tríos, ni dar por culo, ni exhibicionismo, ni nudismo, ni tonterías de esas. Pero me gustaba el sexo, me gustaba innovar, me gustaba hacerle alguna mamada a mi novio y le quería apasionadamente. Éramos felices. Pero nos fuimos a vivir juntos y la cosa se fue difuminando. La rutina nos absorbió. Hacíamos el amor tres veces por semana (martes, jueves y sábado), en la cama, después nos dormíamos y pim pam fuera. Se murió el romanticismo. Por dios santo, a veces me recordaba a mi Madre.

En fin, que me vestí y tiré para el club. Cuando llegué, Miguel aún seguía dando clase a aquellos chavales. Eran cuatro, de unos quince a dieciocho años. Esperé unos minutos en la grada hasta que acabaron la clase y se fueron. Mi novio les envió a la piscina a que se hicieran unos largos para que no se les descompensasen los brazos y procedimos a jugar nuestro partidillo.

Cuando apenas llevábamos cinco minutos peloteando aparecieron Roberto y Juan, dos amigos y compañeros de mi novio. A Juan le conocía de alguna vez que había ido a casa a cenar con su novia, una chica guapísima de cuerpo de porcelana. A Roberto no le había vista más que un par de veces allí, en el club. Era un tío enorme, fácilmente mediría dos metros. Tenía las espaldas anchas y unos brazos muy musculosos y, a diferencia de mi novio, compensados. Roberto se encargaba de la sección de Baloncesto y Juan era el entrenador de fútbol. Aún así jugaban bien al tenis y decidimos echar un partido de dobles. Yo me puse con mi novio y ellos dos juntos.

El partido fue bastante desequilibrado ya que mi novio jugaba muy bien y yo estaba bastante compenetrada con él, no en vano jugábamos bastante a menudo. Además, Roberto era muy torpe, le costaba mucho llegar a las pelotas si le hacías correr un poco, aunque tenía un saque portentoso y fuertísimo. Juan era más rápido pero era patético desde el fondo de la pista. Tiraba las pelotas fuera con mucha frecuencia. Como la cosa estaba bastante desigualada mi novio propuso cambiar un poco las parejas para que cobrara emoción. Y vaya si la cobró.

Yo me puse con Juan y mi novio con Roberto. Enseguida se vio que así estaría mucho más reñido en encuentro. Tras jugar el primer set (que perdimos tras dos excelentes juegos de mi querido novio) hubo un incidente un poco curioso. Sacaba Roberto y yo estaba al resto (recibiendo el saque) Pegó un zambombazo y la pelota, tras botar en el suelo, me dio en todo el estómago. Yo me tiré al suelo dolorida y me llené de tierra (la dichosa tierra batida) Enseguida llegaron mi novio y Roberto desde el otro campo.

- ¿Estas bien? – me dijo mi chico.

- Lo siento mucho, de verdad que lo siento – sollozaba Roberto.

- No es nada, ya está – les respondí.

Pero eso no acalló la preocupación de mi novio. "Déjame ver" me dijo mientras me levantaba la blusa y dejaba mi tripa al aire, justo hasta donde se veía mi sujetador deportivo. Tenía un poco roja la zona pero sólo era el golpe. Tras aceptar las disculpas de Roberto continuamos jugando. Pero algo había cambiado en el juego: ahora Juan me miraba de otra forma, con lascivia. Le debía haber gustado lo que había visto. En fin, ¿qué le iba a hacer? Mejor para él si le gustaba mi carne. Seguimos jugando.

En un momento del choque mi novio tiró una bola centrada y Juan y yo corrimos a devolverla. Al verle me quedé quieta para no atizarle a él con la raqueta pero el siguió, golpeó la bola, la mandó al quinto pino y se chocó conmigo. Caímos los dos al suelo uno encima de otro. Fue un instante pero pude notar a la perfección como metía la mano por dentro de mi blusa y me apretaba la teta derecha. Un calambrazo recorrió mi espalda. Enseguida nos levantamos.

- Vaya día que llevas, cariño – me dijo mi novio desde la otra cancha.

- Sí, vaya día – le respondí mientras me quitaba el polvo de la faldita. Al parecer no se había dado cuenta de cuán largas eran las manos de su colega Juan- Oye yo me voy al vestuario ¿vale? Que me he hecho algo de daño en el tobillo y estoy cansada de jugar.

- ¿Tan pronto? – preguntó mi novio – Si apenas llevamos veinte minutos.

- Bueno, quedaos vosotros jugando mientras yo me ducho y arreglo. Luego vengo.

Así lo hice. Les dejé a ellos jugando a tenis (menuda tontería, seguro que les ganaba mi novio) y yo me fui a los vestuarios a duchar y cambiar. Llevaba una mochilita con la ropa y una toalla. Cuando llegué a los vestuarios me llevé una sorpresa: estaban cerrados por obras. Un cartel indicaba que habían sido habilitados los vestuarios de la piscina para toda esa zona. Hacia allí que fui.

Nunca antes había estado en la piscina. Era un edificio enorme y laberíntico. Tras mucho buscar encontré el vestuario y entré. En ese momento no me di cuenta del error que cometía: había entrado al vestuario masculino. Era ya media mañana, las doce y poco, y la gente ya se había ido a comer a los restaurantes de la zona. Al estar desierto aquello no me di cuenta de mi error. Dejé la mochilita con la ropa en un banco, me desnudé y entré a las duchas.

Eran unas duchas colectivas bastante grandes de azulejo azul marino. Di al agua y me deleité con el calorcito y la frescura de una buena ducha tras un rato de ejercicio. Me enjaboné el pelo y retiré los molestos granitos de tierra batida que cubrían mis piernas. Odiaba ese polvo, la verdad. Fue entonces cuando escuche un golpe. Me giré pero no vi a nadie por allí. Seguí a lo mío.

Entonces empecé a enjabonarme el cuerpo. Cuando estaba enjabonándome escuché una voz grave, masculina.

- Eres una auténtica preciosidad, pareces un sueño.

Allí estaban cuatro chavales desnudos, cubiertos solo por su toalla anudada a la cintura. Eran los pupilos de mi querido novio, los que había mandado a nadar a la piscina.

- ¿Eres la novia del entrenador? ¿No es así? – preguntó el que parecía el pequeño. Tenía los ojos desorbitados mirando mis tetas y mi coño. Fui consciente de mi desnudez, que traté de cubrir en vano con mis manos.

- ¿Pero que demonios hacéis aquí? – les chille mientras salía de las duchas y buscaba mi mochila con mis toallas y mi ropa.

- ¿Perdón? –Preguntó el que parecía mayor- Este es el baño masculino. ¿Qué haces tú aquí?

- ¿Y mi mochila y mi ropa? – les dije. No estaban, habían desaparecido del banco. Y allí estaba yo, en pelota picada delante de cuatro adolescentes salidos. Qué situación.

- Ni idea – dijo otra vez el mayor, parecía tener al voz cantante- Vamos Luis, a ducharnos.

El pequeño se quitó la toalla, al igual que el mayor, y entraron desnudos a la ducha. Los otros dos también se quitaron las toallas y, tras recoger las cuatro y guardarlas en la taquilla, se metieron desnudos a la ducha. Yo estaba allí, al lado del banco, desnuda y sin nada que ponerme. Los muy cabrones podían haberme dejado sus toallas.

- Devolvedme mi mochila –les dije con el tono más autoritario que pude.

- ¿Pero que dice esta tía? – rió el mayor- se mete en nuestro vestuario para vernos en pelotas y encima se pone chulita.

- ¿Qué he hecho que? – Maldita la gracia que me estaba haciendo todo esto. En cualquier momento podían aparecer mi novio y los amigos y encontrarme en esa difícil y comprometida situación- Venga coño, que me deis mi mochila.

- De coño nada bonita – repuso el jefecillo- Si quieres encontrar tu mochila lo mejor que puedes hacer es venir aquí y ducharte con nosotros. ¿Qué tal si me enjabonas la espalda?

El muy cabrón se reía, se reía. ¿Enjabonarle la espalda? En rebanarle el pescuezo pensaba más bien. Así que querían que me duchase con ellos. Pero quién coño se habrían creído.

- Vamos guapa, que no tengo todo el día. O te das prisa o me marcho y te quedas aquí sin tu mochilita.

Joder. Qué situación. ¿Qué hacer? No lo sabía. En ese momento opté por hacer lo único que se me ocurría. Me acerqué a las duchas y me uní al grupito. Los chavales lo celebraron con una ovación y Luisito, el pequeño (que tendría unos quince años) me agarró de las tetas. Me fijé en que tenía la polla empalmada aunque no medía mucho más de diez centímetros.

  • Joder con el enano – dijo uno de ellos- Vamos chaval que hay que compartir.

Así fui manoseada por aquellos cuatro golfos. Me chuparon las tetas, me tocaron el culo y noté varios dedos recorriendo mi coño que, dicho sea de paso, empezaba a estar húmedo y no precisamente por la ducha. Se fueron envalentonado poco a poco hasta que el mayor, el que actuaba como jefecillo, me volteó, me apuntó contra la pared y se puso detrás de mi tratando de follarme por detrás.

- No se vosotros pero yo me follo a esta putilla- dijo el cerdo. Vamos, lo que me faltaba. Decidí tomar el control de la situación no fuera que al final me acabaran violando.

- De follar nada- les dije mientras me daba la vuelta y le soltaba una bofetada- Aquí mando yo y se hace lo que yo digo. Tú, ven aquí.

El más jovencito, Luis, se acercó a mi un poco tembloroso después de ver como le arreaba una torta al cabecilla. Pero no tenía intención de pegarle. En realidad estaba bastante cachonda. Le acerqué a mí, le puse de rodillas y estampé mi coño contra su cara. "Dame una buena comida de coño, nene" le dije mientras abrazaba a los otros dos y los acercaba a mí. Me morreaban y me tocaban las tetas con violencia. Noté un dedito abriendose paso por mi culo y di un profundo gemido. Coño, estaba en la gloria.

Mientras el niño me comía el coño yo me magreaba con los otros dos tipos y les hacía una paja a cada uno con cada mano. Mientras, el jefecillo me miraba con odio. Yo sonreía para mis adentros. Eso por chulo.

- ¿Cómo te llamas? – le dije riendo

- Marcel

- ¿Marcel? Vaya nombre- estaba al borde de corrérme- espero que aprendas la lección: a las damas se las trata con cortesía.

- ¿Y a las putas? – me respondió airado. Muy mal iba aquel chaval. Si seguía por ese camino se iba a acabar haciendo una pajilla mientras yo pajeaba a sus colegas.

Duró poco esta situación porque los dos chavales a los que estaba pajeando se corrieron, me llenaron de semen y se piraron. Les vi abrir la taquilla donde estaban las toallas y puede ver al fondo mi mochila. "¿Qué hago ahora? ¿Me voy?" pensé. Joder, ¿y quedarme a medias yo? ¿Tardaría mucho en volver mi novio?

Los dos chavales se vistieron y se piraron dejándome allí con Luisito, que seguía afanado comiéndome el coño; y con Marcel, que me miraba con cierto asco. Bueno, cuantos antes acabase mejor que mejor. Levanté a Luisito del suelo y lo puse contra la pared. Me arrodillé y comencé a hacerle una mamada de escándalo a su diminuta polla.

Así estaba yo, mamándole agachada, totalmente desnuda, cuando noté una mano acariciarme el coño y la teta.

- Vaya, vaya con la novia ejemplar.

Me di la vuelta y me encontré cara a cara con Juan, el amigo de mi novio, con el que había estado jugando al tenis y que me había tocado toda la teta. Joder, esto se complicaba por momentos.

****

- Así que te dolía el tobillo y estabas cansada, eh- me dijo. Noté como me subía el color a las mejillas.

- Juan, por favor, no le digas nada a Miguel. Te lo ruego.

- Vamos que te encuentro mamando la polla de un chaval, con otro aquí pajeándose y con otros dos que han salido ya y todavía me dice que no le diga nada a su novio. Serás guarra.

- Por favor, por favor. Haré lo que sea.

- Oh, claro que harás lo que sea. Eso ya se presupone- me dijo Juan- No solo harás lo que yo te diga conmigo sino que también con los chavales. Verdad que sí chavales.

Gritaron un sí al unísono. Estaba condenada. Cómo se había enrevesado la mañana. En un segundo me indicó que volviese a mamarle la polla al chaval y que le pajease al otro, al gallito, a Marcel. A ello me puse. Estuve así un rato hasta que Luisito se corrió embadurnándome toda la cara de leche. Juan, detrás, aplaudía. "Ahora yo" dijo Marcel y me metió su polla en la boca. Comenzó a follarme la boca a toda pastilla. No me daba placer alguno, me hacía daño y no me gustaba. Era el típico tío asqueroso que sólo se preocupa de su placer.

Tras unas pocas embestidas comenzó a correrse en mi garganta dando alaridos de placer.

- Joder chaval- dijo Juan- Sí que estabas excitado. Ahora, mientras ellos recuperan fuerzas, es mi turno. Ven a mamarla putita.

Obedecí sumisa y comencé a chuparle la polla, me apliqué tratando de adelantar la corrida para acabar cuanto antes. Pero el cabrón de Juan aguantaba bien. Se le notaba acostumbrado a follar al muy cabrón. Y no me extraña, con lo preciosa que era su novia seguro que el cabrón se la tiraba todos los días, no como mi asqueroso novio que solo lo hacía por compromiso.

- No te aceleres que al final me corro antes de tiempo- dijo Juan- Mira, ya han cogido fuerzas los chavales. Bendita juventud. Verás lo que vamos a hacer.

Era cierto, los dos críos tenían el mástil a tope. El cabrón de Juan tumbó al joven Luis en el suelo y me indicó que me lo follase. Así hice. Me puse sobre él y comencé a cabalgarle. El tío ponía unas caras increíbles. Estaba gozando con mi follada. Decidí hacerlo más lentamente para no agotarle tan pronto. Era tan joven…

Bajé un poco el ritmo de la follada y fue entonces que noté como alguien me enjabonaba todo el agujero del culo. Era Juan, el cabrón me quería dar por culo. Una doble penetración quería en realidad.

- Sabes, nunca he podido darle por el culo a ninguna y que mejor que una puta para empezar ¿no crees? –dijo- Tú, chaval- señaló a Marcel, el chulito, que estaba un poco apartado de la escena- ponte enfrente para que te la chupe.

Así hizo. Se puso enfrente para que le chupase la polla, y así lo hice. Tarde un poco pero al final acompasé la mamada a Marcel con la follada a Luisito. Entonces noté como me separaba las nalgas y me introducía poco a poco la polla en el culo. Sentí un dolor difícilmente descriptible. Me paré en seco y me agarré a las piernas de Marcel. Qué dolor.

Poco después ya me había acostumbrado un poco aunque no notaba ya nada en la zona del culo. Empecé a sentir el metesaca de Juan, que me producía bastante dolor. Luisito, desde el suelo, también hacía por follarme. Marcel cogió mi cabeza y comenzó a follarme la boca otra vez. Tras unos minutos comencé a sentir un leve placer que poco después desembocó en una intensa satisfacción y en uno de los mayores orgasmos que recuerdo.

En esas estaba, corriendome como una loca, dando voces y follandome a tres tíos; cuando entraron mi novio Miguel y Roberto. Aún recuerdo la cara que puso mi novio al verme así, empalada por dos pollas y chupando una tercera. Vaya mañanita.

Autor: Azaghal


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