Cuando le entregaron el finiquito, se prometió afrontar su nueva condición de desempleada con optimismo. Se repetía a si misma aquello de que los chinos utilizan el mismo vocablo para designar crisis y oportunidad. Pensaba que, con tanto tiempo libre, podría volver a ocuparse de nuevo por ella. Retomaría sus estudios y recuperaría a aquellas amistades de las que el matrimonio tanto le había alejado. Volvería a arreglarse; era consciente de que se había abandonado mucho durante los últimos años. No era capaz de recordar la última vez que un hombre le había mirado con deseo y echaba de menos esa sensación que hacía subir su ego y le impulsaba a caminar con paso firme y la cabeza erguida.
Poco a poco, fue cumpliendo sus propósitos. Se matriculó en una academia para preparar una prueba de acceso a la facultad y retomó el contacto con algunas amigas de su juventud. Se esforzaba por recuperar un tiempo que sentía que había perdido. Sin embargo, más allá de sentirse completa, una extraña sensación de desasosiego le invadía. Sus amigas ya no tenían veinte años ni ella tampoco. Las conversaciones ya no eran tan intensas como antaño. Ya no habían historias excitantes que compartir ni vivían divertidas aventuras como solía ocurrir hacía años. Sus intentos por verse mejor tampoco fueron mucho más fructíferos. Recordaba con nostalgia aquellos tiempos de bonanza en los que los hombres iban abriéndole paso. Echaba de menos, incluso, los piropos desde un andamio y las miradas obscenas a su escote que antes tanto le molestaban. Tanta indiferencia le resultaba hiriente. “Tampoco estoy tan mal” Se repetía frente al espejo. Y lo cierto es que no lo estaba. Quizás sus pechos no lucieran tan firmes como cuando tenía veinte años y tal vez hubiera ganado unos cuantos kilos desde entonces pero la verdad es que Adela seguía siendo una mujer atractiva. Su oscura y ondulada cabellera corría como un río por su espalda para desembocar en su delicada cintura. Sus enormes ojos negros seguían teniendo ese halo de misterio que tantas glorias le había dado. Su piel todavía lucía tersa y luminosa y sus piernas, pese a no ser muy largas, seguían estando tan bien torneadas como cuando era una chiquilla. Adela era una hermosa mujer invisible. Ni siquiera su marido parecía darse cuenta de que había cambiado las anchas camisetas de algodón por sugerentes y entallados vestidos.
Ella, buscaba a su esposo con descaro. Subía a sus rodillas mientras él miraba la televisión y zarandeaba con sensualidad sus caderas al acecho de una buena sesión de sexo duro que él siempre rechazaba con alguna excusa poco elaborada. A Adela, que siempre había sido una mujer muy sexual y desinhibida, esta situación le desesperaba. Le gustaban las prácticas extremas y las situaciones especialmente morbosas pero desde hacía años sus relaciones se limitaban a un misionero cada dos semanas. Gozaba sintiéndose la más puta entre las putas y la rutina en la que se había sumergido su vida sexual le atormentaba profundamente.
Adela, sin embargo, siempre ha sido una mujer fiel. Ama a su marido y no se siente capaz de traicionar su confianza pese a que ella misma se siente traicionada con tanto desprecio. Aún así, prefiere luchar por su relación y confía en que será capaz de recuperar el deseo de su desganado marido.
Aprovechando el pretexto de su aniversario, Adela trama un plan y esa misma tarde acude a un sex shop en busca de algunos artilugios que le ayuden a despertar el adormecido apetito sexual de su esposo. Se ha vestido de un modo provocativo para hacer el recado y confía en que las miradas furtivas de los transeúntes le inspiren en su misión. Por el camino, fantasea con la idea de una noche de lujuria y desenfreno. Se excita y se humedece sólo con la idea de recuperar la bravura de su amado esposo. Se imagina cabalgando sobre sus caderas mientras él le susurra al oído que sigue siendo su “jaca” Hace siglos que ya no le llama así...
Al entrar al lúgubre establecimiento, Adela se dirige directamente hacia su izquierda ignorando al dependiente que le saluda desde el mostrador del fondo. De la pared penden infinidad de conjuntos de lencería más explícitos que sugerentes. Sujetadores despezonados, monos de rejilla, cuero, látex, disfraces... Adela se imagina a si misma vestida de azafata o de enfermera y no puede contener una ligera risa nerviosa. Finalmente, se decanta por un conjunto rojo de encaje: Corpiño, ligueros, tanga y medias hasta medio muslo. Se regodea por un instante imaginándose con ello puesto y se dirige hacia la sección de vibradores. De nuevo, analiza detenidamente todos los artículos antes de decidirse por el más adecuado. Vuelve a dudar ante el sinfín de posibilidades: Vaginales, anales, clitorianos... Los hay pequeños, medianos, grandes y gigantescos. Y los hay también con formas subrealistas: Patitos, conejitos, pintalabios... Por un momento, Adela se siente abrumada y está a punto de salir del establecimiento únicamente con su precioso conjunto carmesí pero termina animándose a coger un vibrador anal cuyo envoltorio promete descubrir el punto G de su esposo. Coge también un lubricante con sabor a mango y se dirige al mostrador con una sonrisa triunfal dibujada en el rostro. El dependiente se afana en darle unas explicaciones sobre el uso del vibrador que a Adela, quien sólo quiere volver a casa, le parecen eternas. Finalmente, le saca la cuenta. “Serán 110 euros” sentencia el obeso hombre desde detrás del mostrador. Adela traga saliva y echa su mano al bolso. Mientras busca torpemente su monedero, el vendedor sigue hablando “Por superar los 100 euros de compra te regalamos una de estas películas” Adela alza la vista y descubre un amplio repertorio de películas X extendido sobre el mostrador. Observa las caratulas y sonríe. Se imagina a si misma, enfundada en su nuevo conjunto, imitando las posturas de las actrices porno mientras su marido jadea excitado. Señala con el dedo un DVD en cuya portada aparece una chica rubia con el rostro empapado de semen y una enorme polla en la boca. “Me llevo esta”, afirma rotundamente “Cóbrese, por favor” Y tras pagar la compra coge su bolsa y se marcha.
De camino a casa, Adela se siente una Diosa. Siente que está retomando las riendas de una vida que desde hace años ya no le pertenece. Camina pisando fuerte por las calles de su ciudad con una pícara sonrisa en la cara. No puede evitar mirar felinamente a todos los hombres que se cruzan en su camino. De nuevo se siente atractiva y capaz de conseguir todo aquello que se proponga. Cuando llega a casa apenas faltan un par de horas para que su esposo salga del trabajo. Adela se apresura a meter la cena en el horno y prepara la mesa con la cristalería que le regalaron sus padres cuando se casó. Prende unas velas, pone un disco de soul en el equipo de música y corre hacia la bañera. Sumergida en agua tibia, Adela depila todo su cuerpo. El roce del agua en su sexo rasurado le provoca sensaciones intensas y por un momento está a punto de masturbarse pero se contiene. Quiere guardar toda su excitación para su marido. Adela sale de la bañera y cubre su piel con leche hidratante con aroma a sándalo. Un gemido se le escapa al ver sus preciosos pechos cubiertos de abundante líquido blanco. Está muy caliente y se muere de ganas de entregarse a su marido. Adela se maquilla y se recoge el pelo en un sofisticado moño. Se ciñe su nuevo conjunto y frente al espejo se siente invencible. Se calza unos altos tacones y esconde su sexy atavío bajo una bata de seda negra. Mientras espera a su marido, cuida los últimos detalles. Deja el vibrador y el lubricante junto a la mesilla de noche y mete la película porno que ha elegido en el DVD. Todo está a punto.
Cuando su esposo llega, ella sale a recibirle con efusividad. Le abraza con fuerza apretando sus pechos contra el fornido tórax masculino. Él le acaricia con rapidez la cabeza mientras le pregunta si la cena ya está preparada. Ella asiente sin apartar su árdida mirada de los ojos de su amado. Él, ajeno a sus señales, le dice que está hambriento y que le esperará en la mesa. La indiferencia de su esposo le desconcierta pero no le desanima. Todavía tiene lívido, vino y tiempo suficientes como para enderezar la situación. Adela llega al comedor con un plato en cada mano y siente un pinchazo en el pecho al descubrir que su marido ha cambiado la sensual música que ella había escogido por un partido de fútbol que echan en La Sexta. Ha encendido la luz aunque no ha apagado las velas. Siente ganas de arrojar los platos al suelo pero respira hondo y le sirve la cena con delicadeza. “¿Por qué no apagas la tele?” Le pregunta con dulzura “Es que hoy hacen un partido súper importante” Replica él sin apartar la vista del televisor. Adela siente hervir la sangre dentro de sus venas. Se presenta frente al televisor con las piernas abiertas y los brazos en jarras e impera “Apaga la televisión. Hoy hacemos diez años de casados y me gustaría que lo celebráramos juntos” Él obedece a regañadientes y empieza a comer en silencio. Adela está perpleja. No entiende cómo su marido no ha deparado en lo guapa que está. No recuerda el momento en el que dejó de ser un entregado amante para pasar a ser un alma en pena. Se pregunta en qué ha fallado. Busca su mirada durante la velada pero él no aparta la vista del plato. Intenta darle conversación pero él se limita a contestar a sus preguntas con monosílabos y ella empieza a desesperarse. “¿Hay algo de postre?” Pregunta su marido todavía con la boca llena “Claro” Responde Adela con gesto travieso y en un último intento de reclamar su atención, se levanta y deja caer su suave batín de seda por sus hombros. Al ver a su esposa enfundada en aquel corpiño rojo, él se echa a reír. Adela, desconcertada, sonríe tímidamente. La carcajada de su esposo no cesa y se clava en su pecho como un tiro. Adela se siente minúscula, ridícula y trágicamente humillada. La pasión se va esfumando de su mirada dejando paso al desasosiego. Por un instante, siente ganas de llorar pero un último resquicio de dignidad se lo impide. Sale del comedor hacia el dormitorio y se cubre con un abrigo de paño que le llega hasta la rodilla. Su marido la sigue pidiéndole disculpas entre risas. Ella, herida profundamente en el orgullo no le piensa perdonar. Se cuelga el bolso en el hombro y sale de casa dando un portazo. Su marido intenta detenerle pero ella se lo prohíbe tajantemente. Tiene ganas de estar sola, de pensar sola, de llorar sola... Tiene ganas de veganza.
Adela deambula sin rumbo semidesnuda bajo su abrigo de paño gris. El recuerdo de la despiadada risa de su esposo le persigue por cada una de las oscuras calles de su ciudad. Piensa que es un ingrato y que no le valora como se merece “A cualquiera le hubiera faltado el tiempo para arrancarme el corsé a mordiscos” Musita rabiosa mientras se enciende un cigarrillo a las puertas de un pub de moda. Adela, está decidida a tener la noche de sexo salvaje que se ha había prometido y que por derecho le pertenece con su marido o sin él así que, finalmente, se decide a entrar en el local en busca de un compañero de aventuras.
La música house retumba en las paredes del bar. La escasa iluminación no le impide percatarse de que supera casi en diez años la media de edad de los clientes del pub. Observa a un grupo de quinceañeras que baila sensualmente en el centro de la pista. Cada una de las crías le saca, como mínimo, una cabeza a Adela. La pobre, siente que no puede competir con esas infinitas piernas ni con esos turgentes pechos. Por un minuto piensa en abandonar el garito y volver a casa pero el recuerdo de su marido le azota haciéndole abandonar la idea “Que sufra un poco”, piensa y pide un gin tónic bien cargado.
Adela bebe sola en la barra. El ambiente del local es sofocante y el sudor resbala por su piel bajo el abrigo. Animada por las dos copas que ya lleva entre pecho y espalda, se decide a desabrocharse los botones del chaquetón. El encargado del local le descubre en ropa interior y se dirige hacia ella con determinación. El bochorno tiñe de rojo las mejillas de Adela. ¿En qué estaría pensando cuando se ha desabrochado el abrigo?
El encargado es un hombre alto y fuerte. Viste completamente de negro y Adela intuye por sus rasgos, que procede de un país del Este de Europa. “¿Vienes a bailar?” Su acento confirma las sospechas de Adela sobre los orígenes del morlenco, quien continúa hablando sin esperar una respuesta “Mario me había dicho que no iba a venir nadie pero me alegra que hayas podido llegar. Quítate el abrigo y súbete al pódium, anda, que te están esperando”
Adela no entiende nada pero obedece al corpulento rubio como una autómata. Le entrega a la explosiva camarera su bolso y su abrigo y se dirige en corsé y ligueros hacia la tarima que hay en el fondo del pub. Desde las alturas, se siente una Diva. Los hombres le hacen corrillo y le animan a moverse con descaro. Hacía años que no se sentía tan deseada y cada vez está más entregada. Ondula su cintura y acaricia sus pechos suavemente al ritmo de la música. Busca, golosa, las miradas de los hombres que le observan cachondísimos y siente como sus pezones se yerguen y su sexo se humedece ante la excitación que le provoca la situación. El encargado del local se dirige a Adela interrumpiéndola en su juego exhibicionista. “Para un poco, mujer. Descansa veinte minutos que estarás reventada” ¿Reventada? Se pregunta Adela. En todo caso estaba a punto de reventar. No le apetece nada parar de contonearse pero aún así, obedece y se baja del podium. De camino a la barra, Adela disfruta observando como los hombres le abren paso. Muchos le piden que les de dos besos e incluso que se fotografíe junto a ellos. Las quinceañeras que un par de horas antes le habían hecho dudar sobre su atractivo, ahora le miran con desprecio y envidia más que evidentes. Se siente pletórica e indestructible. Adela ha dejado de ser una hermosa mujer invisible para pasar a ser la sexy gogo de uno de los locales más cool de la ciudad.
Adela bebe en la barra una tercera copa ya despojada de su abrigo y totalmente desinhibida. Un atractivo hombre se dirige a ella. Ya le había echado el ojo mientras bailaba sobre la tarima. Parece más joven que ella pero su musculado cuerpo y su descuidada barba le dan un aspecto de lo más varonil que enloquece a Adela. El chico le pregunta qué va a hacer cuándo termine de trabajar y ella, que se siente como una perra en celo, se sorprende a sí misma respondiendo “Puedo chupártela si quieres” El muchacho sonríe nervioso “¿En serio?” , pregunta incrédulo. Adela se siente poderosa y asiente apretándole la verga por encima del pantalón vaquero. No puede evitar morderse el labio ante la majestuosidad de la robusta barra de carne que tiene entre los dedos. Ante el gesto de Adela, el chico se anima a tocarle los pechos. Ella se retuerce dejándose hacer. El muchacho aprieta sus pezones, los estira y los acaricia en círculos. Adela es consciente de que todo el local está pendiente de la escena pero esto, en lugar de cohibirle le excita hasta el extremo. Se esfuerza en satisfacer tanto el deseo de su inesperado amante como las ansias vouyeristas de todos quienes les rodean. Desabrocha los botones del pantalón del moreno jovencito dejando al descubierto un pene extraordinario que apunta vigorosamente al cielo. Adela no lo duda y se arrodilla ante él. Envuelve delicadamente el glande con su lengua y un escalofrío recorre su columna vertebral al notar como su boca se colma de flujos. Adela chupa como si le fuera la vida en ello, deslizando su garganta a lo largo de la inmensa tranca. El chico le ayuda a mantener el ritmo agitándole la cabeza con firmeza. Adela mira excitada a su alrededor sin cesar en su tarea. Verse en ropa interior en un pub, chupándosela a un desconocido ante la atenta mirada de decenas de personas le pone a mil. Sabe que la misma excitación del momento podría llevarla al orgasmo. No necesita una polla para correrse pero... Quiere una polla.
Con un gesto con el dedo índice y sin sacarse el enorme pene de la boca, Adela invita a unirse a la fiesta a un tipo que, apoyado en la barra, se masturba descaradamente observando la escena. El chico acude sin vacilar al reclamo e introduce su polla en la caldosa vagina de Adela sin esperar instrucciones. Es un chaval lánguido y su fuerza sorprende. Le penetra con violencia embistiéndole rápida y profúndamente desde atrás. Ella cree tocar el cielo con los dedos. Azorada, Adela mama cada vez con mayor entusiasmo y pronto puede sentir la enorme polla del primer joven convulsionar en su garganta. Sabe que el primer orgasmo se aproxima y se prepara para recibirlo. Adela sostiene los testículos del atractivo muchacho y los empuja hacia su boca. Puede lamerlos mientras el inmenso glande descansa en su tráquea. El chico se derrama en la boca de Adela llenándola su de leche caliente. El semen se desborda por las comisuras de sus labios y Adela se relame satisfecha. Ante la visión, la excitación del chico que le folla desde la retaguardia aumenta y acelera el ritmo de sus sacudidas. Adela gime y salta como una auténtica puta sin dejar de acariciar su clítoris. Se deshace entre gemidos, se estremece... Se corre. El maromo, al sentirle convulsionar con su polla dentro, al verle gritar con la boca todavía rebosante de esperma, se corre con ella. Su pene parece un géiser eructando semen. Semen cálido y espeso que impregna las paredes de su vagina y resbala por su labios empapando las finas medias hasta medio muslo que compró pensando en su marido.
Un brusco tirón de pelo la exidia de su orgasmo “¡Fuera de aquí, zorra!” La exuberante mujer de la barra empuja a Adela hasta la calle y le lanza desde la puerta su bolso y su abrigo de paño gris. Lo recoge y se viste todavía aturdida. Adela camina por inercia hacia su casa con pasos temblorosos. No se da cuenta de si la gente le mira o no, ya no le importa. Se siente una mujer plena. Se siente incluso realizada tras haber probado el dulce sabor de la venganza.