
Marta, mi profesora de biología me envió a recoger un paquete al gimnasio donde su marido era monitor de fitness. Cuando llegué casi no había luces en el interior, solo un pequeño resplandor podía verse a través de los cristales de la entrada. Llamé varias veces, antes que el sonido eléctrico de la cerradura me indicase que la puerta se había abierto. Tiré de ella, y al entrar en el pasillo, mis ojos se tuvieron que hacer poco a poco a la semioscuridad. Cuando me acerqué al mostrador de atención, pude distinguir la silueta de un hombre. Sin duda debía ser el marido de mi profesora.
Hola venia a por un paquete que ha dejado su esposa para mí.
Creí que ya no venias, hace casi una hora que me llamó.
Es que también tenía que recoger unos apuntes.
Mentí descaradamente, la verdad es que me había quedado tonteando con Julián, un compañero de la facultad, con el que me había pegado un buen revolcón en el comercio de su padre. Por desgracia este apareció de improviso, y me había dejado hirviendo mi coño.
- Pasa por aquí y lo recoges.
Entré en la sala de máquinas. El espacio era reducido pero estaba bien aprovechado. En un rincón, había una bicicleta estática; contra una pared lateral, se sostenía otra máquina que no sabía para lo que servía. Bancos de abdominales, colchonetas, espalderas, en fin todo tipo de artilugios para que los forofos de la buena forma física hicieran crecer su ego a la vez que sus músculos. Era un gimnasio casero, de poca capacidad, donde él se mantenía en forma trabajando su musculatura. Era una manera de preservar su juventud, combatir el estrés y también para sentirse atractivo. Yo casi no lo había visto antes, pero alguna de mis compañeras me había hablado de él. Alguna fantaseaba con que la había hecho proposiciones sexuales, pero todas sabíamos que estaba totalmente enamorado de su mujer, que para su edad, estaba "tremenda" a decir de mis compañeros masculinos. Todo un reto para una chica caliente como yo.
Estaba en camiseta de tirantes y pantalón corto, y según me dijo, había terminado de realizar algunos ejercicios. Mientras se dirigía al despacho a recoger el paquete, le contemplé sin ningún disimulo sus músculos, sintiendo una cierta desazón en mi entrepierna.
En la estancia se mezclaban por igual los aromas de colonias baratas, sudor y cremas. Miré a mi alrededor mientras el seguía en el interior del despacho. Cuando regresó con el, me preguntó si practicaba algún deporte o salía a correr.
No la verdad es que no me gusta mucho hacer deporte
Pues tienes un cuerpo muy bonito para no hacer nada
Hombre ¡nada, nada no! Siempre se había dicho que el sexo era una gimnasia muy saludable. El se ofreció a enseñarme las instalaciones. Resbalé a propósito en una colchoneta, cayendo al suelo y quejándome de un dolor en la parte alta del muslo. Él, preocupado, quiso levantarme, pero me quejé que el dolor era muy agudo; entonces estiré las piernas y me toqué la ingle por encima de la falda, como si hubiera sufrido alguna lesión en el abductor. Me dio la oportunidad de acompañarme al hospital, pero rehusé, prefería que fuese él quien me curase "mi mal".
Comenzó a inspeccionar la zona afectada mientras yo levantaba la falda hasta la ingle, para señalar el lugar exacto donde había sufrido el tirón. Mi pierna quedó al descubierto hasta el borde mismo del tanga que llevaba. Blanco, diminuto; precioso y turbador en dos palabras.
Algo perturbado por la visión, intentó indicarme como me tenía que aplicar un masaje suave para comprobar si me dolía y untarme la zona con un gel antiinflamatorio. Lo escuché en silencio y con cara provocativa. Cuando terminó de hablar, le cogí la mano y la llevé lentamente hasta mi ingle pidiéndole con voz insinuante que fuera él mismo quien le aplicara el masaje.
Sentada en el suelo, ya que los aparatos ocupaban la mayor parte del espacio y no me podía estirar, recibí un leve masaje que desde la zona interior del muslo, a la altura de la rodilla, se dirigía en dirección peligrosamente ascendente hasta mi ingle, para volver a bajar. Sentí el calor de esa mano que más que realizar un masaje me estaba acariciando con lujuria y firmeza.
La segunda vez que treparon por mi piel vibrante, los dedos se aventuraron unos centímetros bajo el tanga. Yo respondí con un suspiro. Él continuó su camino y comenzó a enredar sus dedos en el vello púbico, mientras yo lanzaba la cabeza hacia atrás, abandonándome al placer que comenzaba a sentir. Los dedos se desplazaron hacia abajo en busca del clítoris, con la intención de iniciar una masturbación moviendo uno de los dedos alternativamente de un lado a otro. El calor aumentaba, pero yo quería sentir mayores sensaciones. En el suelo era imposible hacer el amor sin golpearse con uno de los aparatos. Sin perder tiempo señalé la espaldera como la solución más audaz para esas circunstancias.
Con rapidez, trepé tres escalones y me coloqué de frente casi colgándome aferrada a una de las barras. Él se acercó y me bajó el tanga. Se agachó un momento para comprobar con su lengua el punto exacto de mi lubricada vagina y se aprestó a darme una fuerte embestida a modo de estocada. Bajó sus pantalones y al verlo acercarse decidí envolverlo con las piernas alrededor de su cintura y lo atraje hacia mí juntando ambos sexos en una frotación lujuriosa que pronto se convirtió en una penetración a fondo. Colgada de la espaldera y agarrada por las piernas, estaba sometida a los impulsos y el ritmo que él me marcaba, mientras me cogía por las nalgas para embestir profunda, y violentamente: pretendía acabar aquellas urgencias con un grito salvaje.
Él acercó sus labios a mis pezones cubiertos por una fina camiseta de tirantes. No contento con el tacto que tenían, soltó una de las manos de mis nalgas y subió la prenda hasta descubrir mis pechos. Dudó por cual empezar, y mi orgasmo le pilló en pleno camino hacia uno de mis senos. Mientras gritaba de placer, él mordió mi pezón aumentando así mis espasmos vaginales. Siguió sacudiendo mi cuerpo, hasta que mi respiración se normalizó un poco.
Me descolgué de la espaldera, con los músculos un poco agarrotados, y hubiese caído al suelo si él no me sujeta. Mi cara coincidió con su pecho sudoroso y musculado. No pude evitar el morder uno de sus pezones hasta hacerle gemir. Creí que me quedaba con el entre los dientes. A la vez estiré mi brazo hasta alcanza su polla hinchada y a punto de soltar su esperma. Procedí a pajearle mientras seguía atendiendo sus pezones. Aquello le volvió loco. Comenzó a culear en el aire, y cuando iba a comenzar a eyacular, le metí de golpe el dedo en el ano. Gritó, gimió y se retorció como un gusano. Había que ver a aquel montón de músculos derrumbarse cuando todo su semen acabó en mi mano, y mi dedo salio de su ano como cuando se descorcha una botella.
Me separé de él unos centímetros, para que observase como desaparecía en mi mano todo su semen, para ir a parar a mi boca. Después de tragarlo le besé, dejando en sus labios el aroma de su semilla. Recogí el paquete después de poner bien mi ropa. Cuando marchaba, miré hacia atrás y le vi gracioso con sus pantalones en los tobillos, y cara de no saber qué había pasado.
Al final cuando estuve en la puerta, me di cuenta que en realidad había cogido "dos paquetes".