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2007-06-27 19:31:53
Esa noche teníamos invitados a cenar. Mi esposo, Juan, un hombre de 39 años que trabajaba en una agencia de publicidad había invitado a su jefe, don Antonio y a su esposa a cenar a su casa. Según me había comentado Juan, don Antonio le había pedido venir a cenar a la casa por un programa de acercamiento entre los empleados y los jefes que se estaba implementando en su oficina. Yo me esmeré en poner la mesa y arreglar la casa para que estuviera lo mejor presentable, y así causar una buena impresión a su jefe. Poco antes de las nueve, hora en que llegarían los invitados yo ya me estaba perfumando. Me había puesto el vestido verde de la suerte, el que siempre usaba cuando quería apantallar a alguien, ya que tenía un elegante escote que realzaban mis senos, y era un poco entallado, lo cual permitía lucir mis nalgas. Me miré en el espejo, por última vez antes de subir, y la imagen que me devolvió me agradaba. Sí, a mis 35 años y dos hijos, que esa noche se quedaron con su abuela, aun conservaba una buena figura.

Esa noche teníamos invitados a cenar. Mi esposo, Juan, un hombre de 39 años que trabajaba en una agencia de publicidad había invitado a su jefe, don Antonio y a su esposa a cenar a su casa. Según me había comentado Juan, don Antonio le había pedido venir a cenar a la casa por un programa de acercamiento entre los empleados y los jefes que se estaba implementando en su oficina. Yo me esmeré en poner la mesa y arreglar la casa para que estuviera lo mejor presentable, y así causar una buena impresión a su jefe. Poco antes de las nueve, hora en que llegarían los invitados yo ya me estaba perfumando. Me había puesto el vestido verde de la suerte, el que siempre usaba cuando quería apantallar a alguien, ya que tenía un elegante escote que realzaban mis senos, y era un poco entallado, lo cual permitía lucir mis nalgas. Me miré en el espejo, por última vez antes de subir, y la imagen que me devolvió me agradaba. Sí, a mis 35 años y dos hijos, que esa noche se quedaron con su abuela, aun conservaba una buena figura.

A las nueve en punto sonó el timbre. Seguramente era don Antonio. Mi marido fue a abrir la puerta y entró una pareja, que de momento, me dejó perpleja. Ante mi había un hombre de unos 65 años, pero muy bien conservado. Su rostro todavía permitía entrever al joven guapo que debió ser en sus mocedades. Atlético y robusto, sobretodo para su edad, se acercó sonriente a mi.

-Hermosa dama – dijo haciéndome un guiño- Antonio Lozano, a sus pies

-Mucho gusto – respondí con una sonrisa cordial- yo soy Ximena, esposa de Juan.

El tomó mi mano y la beso. Después me presentó a su esposa

-Ella es Marieta. Tú ya la conoces, Juan – dijo con una sonrisa pícara.

Mi sonrisa se congeló. Así que Juan ya conocía a la tal Marieta. Y vamos, que yo de normal no soy celosa, y menos con la esposa de su jefe de 65 años, pero resulta que su esposa, si es que eso era cierto, no rondaba los 60, como sería natural en una esposa de un hombre de esa edad, sino que incluso era más chica que yo, de hecho mucho más chica que yo. Esta tipa debía de tener no más de 22 años y las tetas operadas, y si a eso le sumamos el aspecto de zorra que tenía y a las miradas pizpiretas que se echaba con Juan, comprenderán fácilmente el porqué de mi enojo. Sin embargo estaban en mi casa, y yo, como buena anfitriona, tenía que ser amable, incluso con esa.

La cena transcurrió sin novedad salvo por las miradas de borreguito que Juan le echaba a Marieta y los coqueteos que ella le devolvía, todo ante mi atónita mirada y el beneplácito de don Antonio. Cuando terminamos de cenar me fui a la cocina para presentar el postre. Desde ahí podía escuchar la risa boba de Marieta. Estaba furiosa, ya vería Juan cuando su jefe se fuera. Estaba tan absorta en mis pensamientos que no me percaté que alguien había entrado a la cocina, sino hasta que sentí unas manos que subieron mi vestido y recorrían mis nalgas. Yo me sobresalté y quise voltear, pero unos brazos fuertes y musculosos ya me habían rodeado el talle y una gran mano oprimía uno de mis pechos.

-Así es como me gustan, naturalitas – me dijo don Antonio al oído

-Don Antonio, no por favor, suélteme – le dije un poco molesta

-Sí mi vida, pero antes esta colita será mía – dijo tocándome mi vagina por encima de la ropa

Una de sus manos jugaba con mi sexo y la otra con mis pechos. La situación, aunque de cierta manera me incomodaba, también me estaba excitando.

-Don Antonio – le dije ya sin mucha resistencia- va a entrar mi marido y se va a armar un lío

-No, chiquita. Tu marido está entretenido con la puta de Marieta

Me quedé sorprendida, tanto por el hecho de que mi marido se estuviera revolcando con esa zorra, como por el hecho de que don Antonio llamara puta a su esposa.

-Mira, ven a ver- me dijo y me llevó hasta la puerta de la cocina que comunicaba con el comedor, y que se hallaba entre abierta. En cuanto me acerqué vi a Juan que le estaba comiendo las tetas a Marieta. Su voraz boca recorría toda la piel de ella. Don Antonio y yo mirábamos la escena, pero seguramente a él le excitaba más que a mi, ya que su mano jugaba en mi entrepierna con más insistencia. Ante tal espectáculo mi indignación me sugirió que lo mejor que podía hacer era vengarme, así que sin dar tiempo a remordimiento alguno me di la vuelta, le desabroché el pantalón a don Antonio y se lo bajé con todo y ropa interior, me hinqué y me metí su pene en mi boca. Empecé a chupar como desesperada, una y otra vez su pene entraba en mi boca. Don Antonio, una vez recuperado del sobresalto se limitó a gozar de la mamada que le estaba dando.

Mientras tanto, Marieta ya se encontraba tumbada boca arriba, totalmente desnuda, sobre la mesa del comedor. Juan se encontraba entre sus piernas lamiéndole la vagina, con gran destreza supongo, por los gritos de placer que daba la chica. Vi como la lengua de Juan recorría los pliegues de la vagina de ella. Su lengua entraba y salía con gran rapidez.

Don Antonio me levantó y me desabrochó el vestido y me lo quitó, después del vestido fueron saliendo los zapatos, las medias, las bragas y el brasiere. Una vez que me tuvo desnuda se acercó a mis pechos para lamerlos, primero uno, luego otro, luego los juntaba y jugaba con ambos al mismo tiempo. Estaba encantado mordiendo, lamiendo y estrujando mis pechos y mis pezones. En el comedor la acción se desarrollaba más rápidamente. Juan ahora estaba tendido sobre la mesa, boca arriba, y Marieta cabalgaba salvajemente sobre su verga. Subía y bajaba disfrutando de lo lindo, pero a pesar de los movimientos sus pechos se mantenían casi estáticos. Juan le sostenía las caderas y de vez en vez le daba unas palmaditas en las nalgas mientras le decía arre vaquera.

Don Antonio, por su parte metía su mano entre mis piernas, metiendo un dedo en mi conchita, que ya para esas alturas estaba que chorreaba. Yo estiré mi mano y tomé su verga entre mis dedos para masturbarlo. Su boca seguía entretenida en mis pechos, los cuales succionaba como bebé hambriento. Poco después se separó de mi, y tomándome de la mano, me condujo a la mesa de la cocina, donde me tumbó de espaldas, me jaló hasta el borde de la mesa, y después de separar mis piernas y colocarse entre ellas me metió de una estocada su duro miembro. Yo pegué un grito al sentir de golpe ese pedazo de carne. Don Antonio se limitó a sonreir y empezó su vaivén, metiendo y sacando su pene dentro de mi. Mi respiración estaba bastante agitada ya que verdaderamente estaba que hervía, disfrutando cada centímetro que entraba en mi cuevita. Por los gritos que se oían del comedor supuse que, o la tal Marieta estaba a punto del orgasmo, o Juan la estaba matando o...

-Es un poco gritona – dijo don Antonio, como adivinando mis pensamientos.

-¿Un poco? – pensé- sería un milagro que los vecinos no llamaran a la policía ante tal escándalo.

Traté de ignorar los gritos de Marieta para concentrarme en lo que estaba haciendo. Don Antonio ya estaba acelerando sus movimientos, por lo que enrosqué mis piernas alrededor de su cintura y apreté la vagina para darle mayor placer. No pasó mucho tiempo antes de sentir su esperma caliente en mi interior. La sensación de su espeso líquido, y el saber que me estaba cogiendo un hombre que no era mi marido, aumentó mi excitación y empecé a sentir que me acercaba al orgasmo. Don Antonio, a pesar de que ya había terminado de eyacular, no retiró su pene. Yo me concentré más en mis sensaciones hasta que el calor que tenía dentro estalló y tuve un maravilloso orgasmo. Fue hasta que me relajé que don Antonio se retiró de mi. Hasta en la cama, bueno esta vez en la mesa, era un caballero. Yo me bajé de la mesa y me llevé su pene a mi boca para limpiárselo. El sonrió.

Me levantó y me llevó al comedor. Sobre la mesa estaba Marieta, desnuda, con las piernas abiertas. De su vagina escurría el semen de Juan.

-Preciosa – me dijo don Antonio agarrándome uno de mis pechos- ¿estarías dispuesta a cumplir una de mis fantasías?

Yo miré a Juan, que estaba sobándole las tetas a Marieta, y respondí

-Sí, claro que sí, papito – le contesté en voz alta para que Juan volteara y viera cómo le agarraba la verga a su jefe.

-Sabía que podía contar contigo, bonita – dijo abrazándome- cómele la rajita a Marieta mientras yo te doy por el culo

-¡Qué! – exclamé sorprendida mientras trataba de discernir cuál de las dos acciones me asustaba más

-Lo que oiste, anda vamos, ¿no vas a decepcionar al jefe de tu marido, verdad? – me dijo empujándome hacia Marieta cuyos pechos eran atendidos por Juan.

Aunque no me agradaba mucho la idea la insistencia de don Antonio y la sutil advertencia que me había lanzado hicieron que me acercara a la vagina de Marieta. Saqué la lengua y empecé a lamerle, haciéndole lo que a mi me gusta que me hagan, tocándola donde mayor placer siento. Al principio no sólo me comí la conchita de Marieta sino también el semen que Juan había derramado en ella. Mientras yo hacía esto, don Antonio comenzó a lubricar mi ano, metiendo sus dedos con un gel, lo cual facilitaba un poco la introducción. Cuando creyó que ya estaba suficientemente dilatada metió su verga en mi hoyito, pero esta vez lo hizo poco a poco, para no lastimarme.

Mi lengua seguía trabajando en Marieta, la cual, según su costumbre, ya estaba dando de gritos. La verga de don Antonio ya estaba toda dentro de mi y volvió a meterla y sacarla una y otra vez.

-Mueve las nalgas mi reina – me dijo don Antonio

Yo obedecí y mis caderas trazaron unos círculos alrededor del palo que me tenía ensartada. Juan se acercó a mi y con una mano me empezó a tocar mi vagina, masturbándome. Su otra mano no dejaba los operados pechos de Marieta, la cual se hallaba excelentemente atendida por mi lengua. Las arremetidas de don Antonio fueron cada vez más rápidas y profundas y muy pronto sentí su chorro caliente dentro de mi ano. Las caricias de Juan surtieron efecto, y casi al mismo tiempo tuve mi segundo orgasmo, al igual que Marieta que entre fuertes alaridos descargó en mi boca.

Don Antonio se separó de mi y me jaló. Yo me hinqué para volver a limpiarlo.

-Para que veas, puta, cómo se hace – le dijo a Marieta que ya empezaba a vestirse.

Una vez limpio don Antonio y yo fuimos a la cocina por nuestra ropa, y ya vestidos, volvimos al comedor.

-Bueno – dijo don Antonio- es hora de retirarnos. Estuvimos muy contentos

-Muchas, gracias – dijo Juan estrechándole la mano

-Espero que hayas disfrutado tanto como yo – le dijo a Juan, y luego, dirigiéndose a mi, añadió- Hermosa dama, fue un placer, y espero que en breve nos volvamos a encontrar

-Téngalo por seguro – contesté coqueta

Don Antonio y Marieta se despidieron y Juan los acompañó hasta la puerta. Cuando regresó ya lo estaba esperando en la puerta.

-Lo que pasó está noche ya estaba planeado ¿verdad? – le dije.

-Sí – admitió bajando los ojos- Hace unos días, cuando fuiste a recogerme al trabajo, te vió y le gustaste. No me dijo nada pero dejó que flirteara con Marieta. Así que cuando ya estaba encandilado con ella me invitó a su casa y me dejó a solas con su mujer. Cuando estábamos en plena acción apareció don Antonio y yo me susté. Pensé que me iba a golpear y después a correr del trabajo, pero eso no pasó. Me dijo que continuara, pero que a cambio él quería hacer lo mismo con mi esposa, y así fue como inventé lo del famoso programa de acercamiento. Discúlpame por haberte engañado y por haberte puesto en esta situación.

Yo me quedé callada mirándole a los ojos, hasta que después de un incómodo silencio le dije

-Luego hablamos. No sé si te perdonaré la infidelidad. Lo otro, no sé, quizás no estuvo tan mal, después de todo. De hecho estuve con un hombre que sí supo atender mis necesidades y que me trató con respeto. Además de que tuve el mejor orgasmo que he tenido en mi vida. Buenas noches.

Me di la media vuelta y lo dejé en el vestíbulo de la casa, parado, derrotado y culpable. Me metí a mi recámara y cerré con llave. Esta noche no me apetecía dormir junto a Juan. Me metí en la cama y me quedé pensando en lo que había pasado esa noche. No estaba segura qué iba a pasar mañana ni los días subsecuentes, pero de una cosa sí estaba segura, de que este encuentro con don Antonio no iba a ser el último.



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