Cuando identifiqué su llamada en el móvil, me incomodó por lo inesperada, hasta pensé en no coger el teléfono, pero tras varios tonos, lo cogí.
En realidad, no quería que nada perturbase los planes que teníamos mi mujer y yo para el fin de semana: un corto viaje de dos noches a una zona de playa o a una isla balear, ya que aún disfrutábamos de tiempo veraniego.
Pero a Sergio no podía hacerle eso; nuestra amistad era demasiado fuerte y no podía ignorar su llamada. Además, pensé que podía necesitar algo de nosotros, puesto que sus llamadas no eran nada habituales.
Su noticia me dejó perplejo. Se había separado de Silvia una vez pasado agosto, tras sus vacaciones de verano, después de doce años de matrimonio.
Me dijo que venía a Madrid la próxima semana para realizar un curso impartido por la sede central de su empresa. El lunes empezaría el curso en cuestión y quería vernos en algún momento del fin de semana, sobre todo para darnos una explicación de su separación matrimonial.
En fin, le noté algo deprimido y sentí que lo que deseaba era algo de apoyo y desahogar un poco sus problemas en nosotros.
Aunque al principio no me sedujo mucho la idea (no soporto hablar de los problemas de los demás, en especial de los que no tienen solución), le invitamos a pasar el fin de semana en casa. En sustitución de nuestro fin de semana playero, nos ahorraríamos el desplazamiento y saldríamos con él a algún lugar más cercano, dándole apoyo con nuestra presencia.
Le fui a buscar al aeropuerto a las seis de la tarde. Yolanda trabajaba hasta las diez de la noche. Nos daría tiempo a ambos para recordar alguna vieja historia y para que se desahogara conmigo en relación a su situación actual.
Cuando le recibí, nos abrazamos con afecto. Su aspecto era estupendo. Siempre había tenido un cierto parecido con su tocayo, el cantante Sergio Dalma y, a pesar de su edad actual ( 42 años ), su aspecto aún guardaba, en cierto modo, un aire juvenil. Siempre fue buen atleta y muy dinámico. En el instituto jugábamos al futbol en el mismo equipo, donde le apodábamos "polludo", debido, evidentemente, a lo bien dotado que se encontraba: una polla de sobrepasaba los 20 centímetros, que lucía con orgullo en los vestuarios ya que, fuera la situación de fuera, siempre la tenía "morcillona".
Nos subimos al coche y camino a casa fuimos hablando de todo ello. No parecía muy afectado, incluso bromeaba al respecto. Según me dijo, se les acabo el amor de tanto usarlo; no obstante, Sergio me confesó haber sido infiel varias veces a Silvia, y una de ellas, ella lo descubrió, por lo que la relación, a partir de entonces, se tornó desagradable.
Al notar que no quería hablar más de ello, cambié de tema. Habían pasado otras muchas cosas desde la última vez que estuvimos juntos y conversamos sobre todas ellas: trabajo, familia, vacaciones, todo muy trivial.
Una vez en casa, le alojé en la habitación que teníamos para invitados: una acogedora estancia justo al lado de nuestra habitación de matrimonio.
Serían las ocho de la tarde; aún faltaban algo más de dos horas para que Yolanda regresara de su trabajo y nos pusiésemos todos a cenar. No íbamos a salir fuera, sino que comeríamos en casa a base de pinchitos variados regados con un buen vino.
Para hacer tiempo hasta que Silvia viniese, empezamos a ver unas fotos en mi ordenador de viajes que habíamos hecho en los últimos tres años: Cancún, Nueva York, Egipto, Tailandia y, por último, Mallorca. Fue en el conjunto de fotos de este último destino, cuando la tarde se tornó singular.
Después de ver las fotos de Palma de Mallorca (Catedral, castillo de Bellver, casco antiguo, etc.), se encontraban nuestras fotos en las zonas con playa: Formentor, Playa de Palma y Es Trenc. En las dos primeras, las fotos no representaban ningún problema, pero en la tercera, la playa de Es Trenc, Yolanda comenzó haciendo top-less y terminó haciendo nudismo integral, cosa que quedó perfectamente plasmada en imágenes.
Veíamos las fotos en modo presentación en la televisión del salón; cuando salió la primera de las fotos que hice a Yolanda en Es Trenc, ya se encontraba sin el sujetador del bikini: estaba sentada en la arena y lucía sonriente sus pequeñas, pero bien formadas tetas, con toda naturalidad. En la siguiente se encontraba tendida, boca arriba, con los ojos cerrados,… y así sucesivamente diversas posturas hasta llegar a la docena.
Para Sergio, que miraba las fotos atento y sin rechistar, no debieran ser una sorpresa las tetas de Yolanda, ya que en una ocasión, viajamos los dos matrimonios juntos a la playa de Matalascañas (Huelva), y allí tanto Silvia como Yolanda, hicieron top-less.
Pero yo sabía que la cosa no acababa ahí. Seguidamente venían las fotos en las que Yolanda practicaba el nudismo integral.
Como no podía ser de otra manera, paré el modo presentación en la última foto que Yolanda tenía puesta las braguitas del bikini.
Reconozco que no me disgustaba la idea de que Sergio viera a mi mujer totalmente desnuda, incluso reconozco que me excitaba sobremanera.
Yolanda es una mujer estupenda: a pesar de sus 39 años y un embarazo, conserva su figura como una adolescente; tiene las tetas pequeñas, pero muy buen formadas, y un culo precioso de formas y de tamaño.
Sergio sabía muchas cosas de ella, ya que hacía muchos años que la conocía. Y total, habiéndola visto en las fotos anteriores, haciendo top-less y siendo la parte inferior del bikini un tanga tan diminuto, estando desnuda no iba a ver mucho más.
Así que, con un puntito de morbillo recorriéndome el cuerpo, accedí.
En la primera foto desnuda, se encontraba tumbada boca abajo, tomando el sol con las piernas juntas, mostrando sus preciosas nalgas, pero a medida que las fotos iban pasando, las posturas eran más osadas y su cuerpo se mostraba a la cámara más expuesto y tentador.
En las primeras fotos, me limité a fotografiar su cuerpo desnudo sin más, tanto boca arriba como boca abajo, desde distintos ángulos, pero después le pedí a Yolanda que se mostrara más provocativa, que adoptará posturas más atrevidas, que se comportase ante la cámara como una puta.
Y lo hizo. Empezó a sobarse las tetas lentamente, primero con una mano, luego con las dos, para después dirigir su mano derecha a su pubis, para adentrarse un momentito después en las interioridades de su vulva.
Las fotos iban cayendo sin parar y ella no paraba de acariciarse. A veces cerraba los ojos y a veces me dirigía guiños y miradas pícaras.
Todo ello quedó plasmado en fotografías y todo, absolutamente todo, se lo estaba enseñando ahora a Sergio, quien sin pestañear, no daba crédito a lo que estaba viendo.
Si todas las fotos eran bastante explícitas, la última ganaba a todas en calidad: la rogué a Yolanda que se pusiera a cuatro patas y que se abriera el coño con los dedos. Me obedeció completamente y le hice la mejor foto que tengo de ella desnuda, en la que su vulva depilada y su ano pueden observarse clara y perfectamente: una maravilla de imagen.
A Sergio se le caía literalmente la baba cuando vio esta foto.
Tras la inesperada sesión fotográfica, no fue fácil recobrar la normalidad. A pesar de intentar sacar otros temas de conversación, el cuerpo de Yolanda sobrevolaba nuestra imaginación y permanecía imborrable en nuestras retinas. No obstante, momentos después, nos fuimos a la cocina a preparar los pinchos para la cena, ya que Yolanda regresaría en unos veinte minutos.
A la hora esperada sonó el timbre de la puerta. Sergio recibió a Yolanda en la entrada de la casa, con besos en las mejillas y un fuerte abrazo. Me pareció grotesca aquella entrañable escena, cuando minutos antes la habíamos visto y disfrutado en un contexto tan clandestino, totalmente desnuda, con total impunidad por nuestra parte.
Venía agotada del trabajo, pero sin perder su soltura y elegancia: traje azul oscuro, blusa blanca y con sus aderezos siempre tan personales, irradiando simpatía en todo momento.
Nos pusimos a cenar y hablamos de todo un poco, evitando tocar el tema de su separación, aunque de forma inevitable surgía a menudo, ya que hablando de la historia de nuestra amistad, la figura de Silvia aparecía frecuentemente.
Así pues, hablábamos, comíamos y, sobre todo, bebíamos y reíamos sin parar. El vino ya había empezado a hacer cierta mella entre nosotros y nuestras conversaciones cada vez se tornaban más fluidas y menos reservadas.
En un impulso de sinceridad llegó a decirnos, que una de las cuestiones que peor llevaba de su separación, era la abstinencia sexual, confesándonos que desde hacía dos meses, se encontraba en el dique seco.
Mi mujer, sorprendida, quiso interrogar un poco más a Sergio, pero me temo que el vino de la cena no fue un buen aliado para sus contestaciones.
Cansados de hablar y comer, y sobre todo beber, nos pusimos ropa cómoda, puesto que no pensábamos salir, y nos sentamos en nuestros sofás, donde seguimos hablando sobre infinidad de cosas que iban surgiendo de forma espontánea.
Como era viernes, un día laboral, el sueño y el cansancio no tardaron mucho en aparecer, de lo cual también fue culpable el vino tomado durante la cena. Consecuentemente, nos fuimos a acostar: el primero en irse a la cama fue Sergio y mi mujer y yo, tras recoger un poco, nos fuimos poco después.
Una vez en la cama, tumbados y descansando sin dormir, nos pusimos a charlar sobre Sergio.
La verdad es que, en mi fuero interno, nunca había descartado ese tipo de relaciones; más bien todo lo contrario, me atraían muchísimo, aunque siempre consideré difícil llevarlo a cabo. Hay que tener la cabeza muy bien amueblada para ello y Yolanda quizás no lo viera tan claro como yo.
Mi mujer es una persona que le da mucha importancia a que las cosas se hagan con razón y el sexo no es una excepción a esta regla. Siempre ha puesto el amor por delante de lo demás, por lo que me es difícil verla entregada únicamente por puro placer sexual, aunque reconozco que mis dudas tengo, puesto que es una mujer muy ardiente, a la par que juguetona, cuando se calienta.
Era septiembre y hacía mucho calor. Estábamos tumbados en la cama, hablando desnudos y empecé a acariciar a mi mujer. La conversación sobre el intercambio, me había provocado una agradable sensación, ya que mi mente no dejaba de dar vueltas imaginando la situación en que Yolanda follaba con otro hombre en mi presencia.
Las caricias y los besos empezaban a hacerse más intensos entre ambos, hasta que Yolanda, al ver mi pene completamente erecto, comenzó a sobarlo como solo ella sabe hacerlo, para excitarme aún más.
Cuando noté que ella empezó a gemir levemente, me acerqué a su oído y en voz baja le insinúe pequeñas fantasías con Sergio de protagonista:
Yolanda estaba ya más caliente que una perra en celo y no podía objeciones a mis pretensiones, así que abrí la puerta de nuestro dormitorio de par en par y la dejé así, a pesar de saber que Sergio tenía la puerta de su habitación también abierta y que nosotros siempre hacíamos el amor con la luz tenue de una lámpara de una de nuestras mesillas de noche.
Mientras le susurraba estos comentarios al oído, alcanzó un orgasmo brutal y no se reprimió en absoluto de gemir y gritar.
Yo creo que a ninguno de los dos nos importó que Sergio nos oyese, ni incluso que nos hubiera espiado desde la puerta; es más, pienso que realmente, en el fondo, deseábamos que así hubiera sido.
Yolanda ahora descansaba después de su orgasmo, pero yo aún no me había corrido y tenía una erección de caballo. Le iba a pedir que me la chupara, pero antes quería hacerle una confesión.
Aunque tras esta primera expresión, temí un enfado por su parte, no fue así. Dirigió su mano a mi polla y me la empezó a acariciar lentamente:
Cuando escuche aquellas obscenidades que mi mujer me dijo, sin poderlo remediar, el semen salió disparado hacia su cuerpo, y disfrute de la mejor paja que me habían hecho en toda mi vida.
Me quedé agotado y relajado, al tiempo que un tanto sorprendido, sin poder reaccionar, pensando en el placer tan intenso que había sentido.
Se hizo un silencio sepulcral en la habitación, hasta que nos dormimos.
Por la mañana, Yolanda y yo nos despertamos como a las diez de la mañana. Me levante para ir al servicio, tras beber tanto por la noche, necesitaba mear con urgencia. Al dirigirme al cuarto de baño, pude ver a Sergio durmiendo en su habitación: él también había dejado la puerta abierta por la noche, como nosotros. Enseguida pensé: "este cabrón ayer escucho a Yolanda correrse, sin duda, y si no se levantó a mirar, fue de milagro".
Cuando volvía de mear, ya más calmado, entré de puntillas en la habitación de Sergio, para ver si estaba despierto, saludarle, o para comprobar que dormía como un tronco y podíamos descansar nosotros todavía algo más.
Al acercarme, comprobé que Sergio dormía como un tronco; estaba destapado y con un slip como única prenda puesta. Pero al mirarle con atención vi algo que me dejo perplejo: tenía una erección matutina, una rigidez completa en su pene y, como consecuencia, la mitad de él, se había salido del slip, con el capullo descubierto y bien visible.
No le quise molestar y me alejé sin despertarle.
Cuando llegué a mi habitación, Yolanda se desperezaba poco a poco. Me vio con una sonrisa irónica en la cara y me preguntó, curiosa, el porque.
Aunque no me hizo mucha gracia la idea, sabía que Yolanda lo sabría hacer perfectamente. Tiene recursos y no se corta en situaciones críticas. Además, Sergio es mal bebedor y con el vino que se tomó por la noche, sabía que no se despertaría tan pronto, a menos que hubiese un terremoto.
Yolanda se puso una bata y salió de puntillas y hasta que regresó, pasado casi un minuto, el tiempo se me hizo eterno. Cuando regresó, sonriendo y algo temblorosa por la emoción, de verás que descansé.
Yolanda se quitó la bata en un santiamén y nos besamos y acariciamos durante un ratito. Los dos estábamos totalmente en pelotas y más calientes que nunca: no habíamos follado por la noche, conformándonos con una paja que, aunque fue estupenda, no puede suplir a un buen polvo.
Fue ella la que se colocó a cuatro patas y me pidió que la follara. Por la mañana, a plena luz y en esa postura, estaba estupenda. Su coño y su culo, totalmente ofrecidos a mi, se veían mas espectaculares que nunca. La observé así durante un minuto más o menos, separándole las nalgas para verle con mas detalle el ano semiabierto y la vagina babosa. Se la metí de golpe, arrancando de su garganta un grito de placer. Mi erección era total y aunque no llegaba a las dimensiones de Sergio, no se puede decir que esté mal dotado.
Al cabo de unos dos minutos, nos estábamos corriendo al unísono. Poco nos importaba ya que Sergio pudiera levantarse, escucharnos o incluso vernos; lo importante era llegar a la cima del placer. Y lo conseguimos sin problema alguno.
No terminaron ahí las diversiones del fin de semana, puesto que aún nos quedaba alguna sorpresa por disfrutar, todo ello sin prepararlo. Solo si vosotros quereis, estoy dispuesto a escribirlo en la segunda parte de este relato. Yolanda y yo agradecemos infinitamente vuestros comentarios a yola5786@hotmail.com.