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2008-10-11 14:03:41
Mister Swanson, aparte de ejercer la medicina, tenía una gran propiedad de tierra en un condado de Alabama. James, que así se llamaba el caballero, contaba con una treintena de esclavos negros para el servicio doméstico y para las tareas agrícolas. No les prestaba demasiada atención; un negrero llamado Bill McMurray se encargaba de organizarlos, comprarlos, subastarlos, castigarles a látigo si era preciso, etc. Mister Swanson cultivaba algodón, producto muy demandado por el continente europeo y muy rentable. Entre algodones se puede decir que tenía a su esposa, Miss Swanson, casi una niña al lado de él. James y Olivia, que así se llamaba ella, se amaban, pero ella pasaba demasiado tiempo sola en su gran mansión frente a la plantación algodonera, hasta que creyó que su soledad la remediaría la compañía de otro hombre.
Mister Swanson, aparte de ejercer la medicina, tenía una gran propiedad de tierra en un condado de Alabama. James, que así se llamaba el caballero, contaba con una treintena de esclavos negros para el servicio doméstico y para las tareas agrícolas. No les prestaba demasiada atención; un negrero llamado Bill McMurray se encargaba de organizarlos, comprarlos, subastarlos, castigarles a látigo si era preciso, etc. Mister Swanson cultivaba algodón, producto muy demandado por el continente europeo y muy rentable. Entre algodones se puede decir que tenía a su esposa, Miss Swanson, casi una niña al lado de él. James y Olivia, que así se llamaba ella, se amaban, pero ella pasaba demasiado tiempo sola en su gran mansión frente a la plantación algodonera, hasta que creyó que su soledad la remediaría la compañía de otro hombre.

El único hombre blanco en apariencia decente que había en treinta millas alrededor era el repugnante McMurray, que en otro tiempo pudo ser un hombre atractivo, pero su permanente estado de embriaguez y su brutal trato a los esclavos lo envilecía. Olivia ya lo habría despedido tiempo atrás si no fuera porque Mister Swanson profesaba por aquel borracho un gran afecto.

Atrás quedó el capítulo en el que McMurray intentó violar a la señora en las caballerizas. Olivia se lo quitó de encima fustigándolo con el látigo y lo amenazó con denunciarlo a su marido y a la justicia, pero ni ella misma se creyó que aquella sociedad machista la creyera; el caso es que el patán no la molestó durante un tiempo, aunque se la comía con la mirada cada vez que se la cruzaba por la hacienda. Es verdad también que Olivia tuvo algún que otro sueño húmedo recordando lo ocurrido en las caballerizas, pero ella no le daba importancia a esa estratagema del subconsciente.

Sucedió que un día McMurray acudió con una partida de tres varones negros jóvenes nacidos en el estado de Virginia y que había adquirido en una subasta. Los tres eran hermanos: Casius, Durán y Jimbo. Durán fue vendido a otro patrón tras pocas semanas y esta separación supuso un gran trauma para sus hermanos. Ahora Casius cuidaría de Jimbo, que era casi un niño.

Olivia se fijó en los recién llegados y apreció la belleza física de Casius. Nunca concibió el amor carnal con un negro, pero las historias que le habían contado ciertas amigas de la congregación apostólica sobre el miembro sexual de algunos hombres de raza negra la obsesionaron con la idea de tener a uno de ellos desnudo junto a ella.

James consideraba a los negros meros animales y Olivia albergó la esperanza de que su marido, dentro de los innumerables vicios insanos que nutrían su mente pervertida, aprobase la idea de que ella pudiese tener como "animal" de compañía a Casius. Se lo planteó finalmente a su esposo y el reputado galeno esclavista lo meditó habiendo comprendido la petición de su amada esposa: consentirlo era mucho más práctico que prohibirlo, ya que esto último podría tener consecuencias negativas.

- Ya te dije –comentaba Swanson a McMurray, habiéndole explicado el caso- que mi mujer es una zorra. Pero más vale que se la folle un negro, animal sin alma y sin sentimientos, que uno de los señores colindantes del condado.

- Comprendo señor – dijo McMurray, lleno de rabia por la suerte de ese negro-. Pero Casius puede dejar preñada a la señora.

- Lo sé. Habremos de amenazarlo de muerte en caso de que no lleve a cabo el coitus interruptus, ya que no podemos castrarlo. Hablaremos con él y mañana por la mañana la criada lo acompañará al dormitorio de la señora. No quiero que nadie más sepa de esto, ¿entendido?

McMurray asintió. Nadie había de saber de la cornamenta del señor, pero en realidad muchas señoras blancas del condado fornicaban con sementales negros.

A la mañana siguiente Casius apareció en el quicio de la puerta que daba acceso al aposento de Olivia. A él nunca le habían atraído demasiado las mujeres blancas, pues las consideraba débiles, reprimidas y sumisas aliadas en la crueldad negrera. Ya le habían explicado para que le requería la señora Swanson. Sí le fascinaban las hembras de su raza, pero nunca había tenido relaciones con ninguna de ellas, porque los blancos apartaban a los machos de las hembras ubicándolos en distintos barracones, como si fuesen animales. Casius se había masturbado en multitud de ocasiones, tumbado bajo la luz de las estrellas de verano, entre los maizales de Virginia. El campo lo excitaba y sus pajas se dilataban por espacio de horas, pensando y fantaseando con aquellas matronas negras de culo apretado y senos hinchados como globos. Envidiaba a los adultos, que podían cohabitar con sus parejas y cuando oía los rugidos de placer de aquellas mujeres en mitad de la noche, al ser poseídas por pollas negras Casius eyaculaba gustosamente para después dormirse mecido por la brisa.

El primer encuentro se alargó durante horas. Olivia se sentía cohibida y apenas hablaron, hasta que Casius le preguntó que qué quería de él. Ella lo miró de arriba abajo y le pidió que mostrase el pene. Obedeció el negro resignado y humillado en cierto modo como un animal. La casualidad hizo que este negro fuese uno de esos que poseía una polla enorme. Olivia se estremeció. Ella estaba sentada a unos metros de él; Casius, de pie, y con los calzones bajados osó preguntar a la señora:

- ¿Desea tocar mi pene la señora?

- ¿Cómo te atreves? –preguntó vociferando Olivia Swanson, al tiempo que se dirigía hacia él y lo abofeteaba.

Olivia se sintió ofendida, pero era rabia lo que sentía al demostrarle a un ser que consideraba inferior su obvia sed de sexo. Casius se limitó a callar y así concluyó el primer encuentro. Como éste hubo más. La señora ordenaba al negro bajar sus pantalones y mostrar su pene, siempre en el dormitorio de la ella. A veces podían pasar horas y no ocurría nada más que eso: Olivia en su diván y a un par de metros Casius, con su pene flácido colgando entre las piernas. Él dejó de sentir vergüenza y empezó a experimentar una extraña compasión por miss Swanson; también apreció su belleza blanca, sobre todo en su rostro melancólico. Olivia observaba el pene de Casius mientras él miraba hacia otro lado: recorría la decoración del dormitorio o contemplaba a través del inmenso ventanal con visillos de Boston cómo recogían el algodón los esclavos. En esa situación llevaba Casius casi una semana sin ir a trabajar a la plantación, pero se preocupaba por su hermano Jimbo, quien aún era pequeño para esas tareas agrícolas que se veía forzado a realizar.

Un día el pequeño el pequeño Jimbo, durante su trabajo en la plantación vio correr un ratoncito entre el algodonar y corrió tras él para jugar con el pequeño animal. Jimbo era pequeño y apenas tenía conciencia ni malicia. Pero abandonar sus tareas para dedicarse a jugar le costó caro, porque McMurray le sorprendió jugando y lo agarró del brazo con brutalidad. Se dirigió con él arrastras hasta el poste de los latigazos, donde lo ató, le desgarró la camisa y comenzó a propinarle los veinte reglamentarios para el castigo a los infantes. Jimbo no los soportó porque se desmayó antes de que el negrero concluyese el vil castigo. Casius intentó llegar a tiempo para evitarlo pero no lo consiguió, porque los ayudantes del McMurray lo detuvieron, y eso le costó a él también otros treinta latigazos.

Las heridas del pequeño se infectaron y diez días más tarde murió tras unas fiebres. Casius se recuperó con más dolor del alma que físico, sujeto con unos grilletes en los pies a unas argollas en el pabellón de castigo. Estaba inmovilizado, mientras Olivia añoraba su presencia y compañía. Ella protestó a su marido por lo sucedido con el niño y Mister Swanson la repudió.

Advirtieron a Casius muy seriamente de las funestas consecuencias que tendría el hecho de que al ser liberado intentase agredir a McMurray. El negrero sabía bien del resentimiento de algunos esclavos y procuró mantener las distancias con Casius durante un tiempo, pero odiaba al negro y ambos se la tenían jurada, porque Casius decidió tomar venganza y acabar con la vida de McMurray y de todo aquel que intentase impedirlo. Por lo pronto se tenía que mostrar sereno, prudente, dócil y obediente.

- Ve usted cuál es el carácter de los negros –decía el negrero a Mister Swanson-. Son como animales, no sienten la muerte de sus hermanos, se quedan como si nada.

McMurray se hallaba crecido e intentaba ridiculizar de este modo al negro, pero sabía en su fuero interno que Casius lo mataría en cuanto tuviese ocasión.

Olivia volvió a requerir la presencia del joven, algo de lo que intentaron disuadirla por el riesgo que implicaba. Quisieron hacerle ver que era mejor elegir a otro esclavo, pero ella se negó insistiendo en que fuese Casius el que la visitase. De modo que su marido accedió, lo que irritó a McMurray que en su fuero interno consideraba al señor un estúpido, cornudo y malnacido por consentir esto a la señora. Entonces el malvado negrero concibió un plan que llevaría a cabo la semana siguiente, en la que James Swanson viajaría solo al estado de Tennessee por espacio de seis días. La señora quedaría sola de este modo en la hacienda, lo que aprovecharía cualquier noche para llevarla contra su voluntad a un pabellón donde habría encadenado previamente a Casius con ayuda de sus ayudantes. Castrarían al negro en presencia de Olivia para que ella viera como lo privaban de su pene y se desangrase poco a poco hasta morir y allí mismo violarla a ella un grupo de cuatro o cinco hombres. Posteriormente McMurray robaría de la mansión de los Swanson objetos de valor para huir hacia el oeste y burlar la justicia.

De nuevo Olivia y Casius se encontraron en el dormitorio de ella. Él la odiaba, la consideraba tan culpable de la muerte de su hermano como cualquier otro blanco morador de la hacienda. Deseaba estrangularla, pero eso pondría en peligro sus planes. Sin embargo por primera vez Olivia se abrazó a Casius llorando y confesándole que había sentido mucho la muerte del pequeño Jimbo. La blanca buscó consuelo en los brazos del esclavo pero él se mostró frío, distante, lleno de odio.

- Sé que necesitas soltar tu rabia amor mío – dijo Olivia, hablando de esa manera tan tierna por primera vez a Casius.

- Quiero que me ayudes a matar a MCMurray –dijo Casius, comprendiendo que había encontrado una sincera aliada.

- Lo haré – concedió la señora, a la vez que se despojaba de sus ropas y ayudaba a su amante oscuro.

Casius bebió las lágrimas de Olivia mientras ella le suplicó:

-¡Hazme daño Casius, mi negro, quiero sufrir como tú has sufrido en la vida!

Él la volteó y la puso a cuatro patas sobre la cama, sin buscar su vagina sino su ano. Olivia fue transportada a un mundo de dolor y placer, porque en sus prejuicios todavía consideraba a Casius un animal, y se enamoró de él como podía haberse enamorado de un caballo. Ella se sentía yegua, perra, vaca, cerda, siendo sodomizada.

Mister Swanson partió a Tennessee y esa misma noche Casius se anticipó a los planes de McMurray. Olivia fue al barracón a soltar a su amante de los grilletes que lo apresaban. El negro fue en busca de McMurray que dormía borracho en su caseta con intención de esperar unas horas a que sus ayudantes vinieran a despertarle para ejecutar el plan. Casius portaba una horquilla de agujas afiladas de las que se utilizaban para mover el heno para atravesar con ella al negrero. Casius abrió de una patada la puerta de la caseta de McMurray, protestando a voces el negrero creyendo que eran sus hombres los que entraban de aquella manera violenta.

Entretanto Olivia ensillaba un caballo para que su amante huyera tras matar a McMurray. Había preparado algo de comida para él y unas cuantas joyas para sobrevivir en el norte, hacia donde partiría, quizá a Maryland o Columbia. Ella se quedaría en la hacienda pues el amor de ambos era imposible.

Quiso defenderse el negrero pero antes lo atravesó su ejecutor con la horquilla por la zona del abdomen. El verdugo soltó el arma y causó más agonía sobre su víctima agarrándole del cuello y estrangulándolo, para después huir hacia las cuadras donde Olivia le esperaba con el caballo y demás equipaje. La despedida fue rápida, se besaron y se desearon mutuamente lo mejor. Salió a galope el huido y unas lágrimas brotaron de los ojos de Miss Swanson.

Antes de abandonar la hacienda Casius decidió prender fuego en mitad de la noche a los algodonales, para así librar de la gravosa tarea de recoger la cosecha a la cuadrilla de esclavos negros.

Autor: Relatando


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