Cuando me tocó estudiar el Bachillerato en otra ciudad diferente de donde hice mis primeros estudios, tuve que hospedarme en una casa de asistencia, en la que por un precio módico, se nos daba de comer y teníamos baño y lugar para dormir. El aseo de la ropa teníamos que contratarlo por separado y nunca faltaba quien se acomidiera a hacerlo, pues andaban a la caza de los estudiantes que requirieran de estos servicios.

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2006-06-13 01:32:56

Cuando me tocó estudiar el Bachillerato en otra ciudad diferente de donde hice mis primeros estudios, tuve que hospedarme en una casa de asistencia, en la que por un precio módico, se nos daba de comer y teníamos baño y lugar para dormir. El aseo de la ropa teníamos que contratarlo por separado y nunca faltaba quien se acomidiera a hacerlo, pues andaban a la caza de los estudiantes que requirieran de estos servicios.


Se hospedaban en la casa diversos tipos de estudiantes: quienes asistían a la escuela secundaria, los preparatorianos y quienes cursaban ya su carrera, y se nos asignaba una habitación de grandes proporciones y también de gran altura, lo que a pesar del calor extremoso, al estar en un nivel más arriba, la ventilación era perfecta y disfrutábamos de bastante fresco.

La señora que nos atendía, era una mujer madura, viuda, decían las malas lenguas que debido a su calentura, con la que agotó hasta la tumba a su cónyuge. A esta señora la auxiliaba una sobrina en los menesteres domésticos y a cambio, la tía se hacía cargo de su manutención y de sus estudios. Era una deliciosa chiquilla de piel clara, con algunas pecas en la nariz, trigueña, con un hermoso cuerpo a pesar de que no había cumplido los quince años. Esta nena era hija de la sobrina de nuestra hospedera, pero la tía se hizo cargo de ella, en virtud de que la mamá se había dedicado a la putería. En varias ocasiones acudimos a la zona de tolerancia para ver los sketchs eróticos en los que actuaba ella, que se representaban en un teatro, adaptado para estos menesteres, comprobando que la señora estaba bastante apetecible y que bien valía la pena invertir un dinerillo para gozar de sus favores, pero nunca supimos que alguien de los nuestros se la hubiera cogido, quizá por el conocimiento que teníamos de que era la mamá de la güera y eso, en cierta forma nos inhibía por respeto a ella.

Ya se imaginarán ustedes el riesgo que corría esta muchacha en medio de tantos lobos hambrientos de carne humana, con las hormonas alborotadas y las vergas ganosas de meterse en cualquier coño que estuviera a su alcance. Más de uno de nosotros se conformó con hacerse unas deliciosas puñetas, con la imagen de la bella muchacha incrustada en sus calenturientos cerebros.

Uno de los estudiantes que vivía en el área que se nos destinó, de quien reconozco, tenía un cerebro privilegiado, pues logró hacer en un solo año, dos de la preparatoria, posteriormente supe que había terminado su carrera de medicina y tenía un consultorio. Pues este galán, que había salido de una ranchería y era bastante brusco en su trato, era atractivo al gusto femenino y logró cautivarla de tal manera que se daba gusto en los rincones de la casa, manoseándole las chiches, las nalgas y demás partes de su hermosa fisonomía, con lo que conseguía llevarla al clímax. Nunca se la cogió, pero se dio el mayor gustazo de su cojonuda existencia, con esta hermosa flor que apenas se abría a la vida, de quien yo desgraciadamente me enamoré y sufrí bastante por los celos que me ocasionaba esta relación. Afortunadamente hubo separación, ella fue recuperada por su madre y cada quien siguió su rumbo por sendas diferentes.

Vino a sustituir a la güerita otra sobrina, quien era morena y delgada, no tenía el cuerpo de la anterior, pero la cachondez se le escapaba por los ojos, por los labios y por todo su cuerpo. A esta sí no me la ganó nadie y disfruté con ella de nuestros manoseos juveniles que llegaban excitarla, al grado de lograr que me mamara la verga y para no hacerla perder su virginidad, que con gusto me hubiera entregado, me la cogía por el culo, vaciando mi leche por este ardoroso conducto todo el tiempo que podíamos huir de la vigilancia de la tía.

Cuando esta otra abandonó la casa, me quedé sin agujero en el cual remojar la verga, por lo que tenía que acudir al área restringida de la ciudad, donde la prostitución se ejercía con permiso de las autoridades. Ahí en una fila de cuartos se exhibían las hetairas y después de hacer uno la elección de nuestra preferencia, pactábamos el precio y nos metíamos a coger, pero eran cogidas insípidas, pues como tenían varios clientes esperando despachaban rápidamente al cliente en turno, para seguir con el siguiente y así les redituara la noche. Aun así, con las exigencias de este comercio humano, encontré a una deliciosa morena con la que hice amistad, y con la que disfruté de excelentes momentos, con la única súplica de que no le chupara, pues le quedaban unas marcas horribles. Respetando su petición, le mamaba con delicia sus hermosos globos morenos y me daba gusto pasando mi lengua por todo su hermoso cuerpo y las bien formadas nalgas, las que también fueron perforadas por mi afortunado carajo, después de recibir la lubricada de una mamada que la dejaba en forma.

Por las noches, un estudiante de odontología que era bastante calenturiento, practicaba el voyerismo, observando por una rendija de una de las paredes de la habitación, el trajín de las vecinas del otro lado de la calle, quienes no se daban cuenta de que eran observadas y no cerraban la ventana de su recámara, que daba acceso a las miradas lujuriosas de nuestro compañero de cuarto. Este joven disfrutaba al máximo con la observación de nuestras vecinas, quienes se paseaban en ropa interior y dejaban ver sus adolescentes cuerpos, que todos los demás, al ser alertados por el espía del exquisito panorama, buscábamos nuestros lugares de observación y a la salud de las bellas nos masturbábamos con gran deleite.

Nos visitaban otros dos estudiantes que no habitaban la casa, pero que acompañaban al voyerista a estudiar Anatomía, que era una materia bastante difícil, pues había que memorizar los nombres de todos los huesos de la cabeza, así como de las cavidades, cuencas y diversos huesos que la componían, para lo que utilizaban una calavera auténtica, que compraban en una tienda que surtía de este material a los estudiantes. El citado estudiante era objeto de las bromas de sus compañeros, 2quienes comentaban que era amante de una viejecita que le calmaba las ganas y le componía poemas canciones de amor. Lo cierto es que era una mujer madura que se había prendado de la longitud de su miembro y como tenía posibilidades, lo ayudaba a costear sus estudios y además le calmaba las ganas, pues la "viejecita" era tan ardiente, que se la tenía que coger a diario, por lo que siempre andaba ojeroso por la falta de descanso.

Como yo era muy afecto a leer revistas eróticas, una vez la señora descubrió mi lugar secreto al estar aseando la habitación, acción de la que tuvieron conocimiento los demás del grupo, y me informaron. que ella preguntó de quien eran las revistas y no tuvieron más remedio que decirle que yo era quien las adquiría. Ella no comentó nada durante unos días, pero al estarla ayudando a reparar algunos desperfectos de la casa, me tocó subirme a una escalera y ella, para evitar que pudiera tener un accidente, me sostuvo por las piernas, con lo que su cara quedó a la altura de mi entrepierna, y al sentir esta proximidad, mi verga se alteró creciendo de tal manera, que esa parte del pantalón quedó tan tensa que me dolía la presión, Ella al observar esta reacción, abrió el cierre y liberando mi travieso miembro, se dedicó a observarlo por un momento, maravillándose de sus longitud y grosor, y sin poderse contener, me dio un cariñoso beso, que hizo relinchar de gusto a mi tremante miembro. Como ella llevaba bastante tiempo sin coger, desde que enviudó, esta visión la enardeció y sin pedirme permiso se la metió en la boca para regalarme con una de las más ricas mamadas de las que haya disfrutado en mi vida. Dejando de mamar mi verga, me dijo que estaba bastante ganosa y quería que me la cogiera y al acceder yo, nos dirigimos a su recámara, donde se tendió con las piernas abiertas, después de desnudarse completamente. Como yo también, por falta de dinero no había podido ir con las putas, agradecí al cielo esta oportunidad de remojar mi verga, y deshaciéndome de la estorbosa ropa, la acompañé en el lecho, donde poniéndome sobre ella, le dí mi carajo para que lo siguiera mamando, mientras yo me hacía cargo de su peludo coño, que despedía un delicioso aroma de hembra cachonda que al fin encuentra macho que le de gusto.

Después de este sesenta y nueve ardoroso, en el que su coño quedó bastante lubricado con mi saliva y sus jugos sexuales, me coloque en posición y colocando sus piernas sobre mis hombros, arremetía con vigor atacando la entrada de su vagina, que recibió mi miembro con gran satisfacción, dejando que toda su longitud se adentrara en las ardientes entrañas. Ella removía con energía sus caderas, buscando la más completa penetración, quejándose cachondamente con cada entrada y salida que hacía mi verga en su ganosa vagina, que apretaba mi verga en un intento desesperado de no dejarla salir del delicioso estuche.

Después de un buen rato de estarla perforando con todo el ímpetu de mi calenturienta juventud, lancé abundantes chorros de esperma que vinieron a aliviar la calentura de aquellas entrañas agradecidas que absorbían con hambre aquella emisión de mis testículos. Cuando hube terminado de verter mi leche, ella se puso en cuatro pata y me ofreció el espectáculo de su culo en pompa, con unas nalgas bien formadas en cuyo centro se abría y cerraba en abierta invitación, el ojete sonrosado. Centrando mi verga en el orificio, ataqué esta argolla de carne y dejándome ir, atravesé sus intestinos hasta dejar mi verga con toda su extensión en el interior. Ya completamente enchufados, nos movimos en un lento mete y saca primero, aumentando la velocidad de nuestros movimientos a medida que nuestros deseos nos lo pedían, mientras con mi mano acariciaba el pequeño clítoris que se erguí retador, y dejaba a mi mano hacer su trabajo. Ella abría la boca como buscando aire, pues la delicia de la penetración le cortaba la respiración y la sensación que provocaba mi mano al acariciarle el coño, la tenían en el paraíso del placer y me gritaba enardecida que no se la sacara, que la siguiera jodiendo, inclusive, que le golpeara las nalgas y la penetrara más violentamente, cosa que hice, siguiendo sus indicaciones, logrando de esta manera que al eyacular yo, ella se elevó al paroxismo del placer, viniéndose varias veces con el jugueteo de su clítoris y absorbiendo toda la leche que mi satisfecha verga le rociaba dentro de su intestino.

Tan agradecida quedó mi casera, que todo el tiempo que permanecí hospedado con ella, la tuve a mi disposición para satisfacer mis juveniles ganas, aportándome el conocimiento de algunas técnicas que favorecían nuestra relación, y ya satisfechas mis ansias, me podía dedicar a estudiar con toda calma, sin el tormento de unos cojones llenos de leche al máximo, cosa que me hace sentir agradecido a esta mujer que me permitió calmar mis inquietudes a través de su ardoroso coño, que me entregó sin reservas.

Autor: Bardo Rojo


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