LA HISTORIA CONTINUA DOS PEQUEÑAS DE 13 AÑOS ENAMORADAS Y ENTREGADAS A LA PASIÓN. ALGUNOS PREGUNTAN SI ES REAL, DIRE QUE ABSOLUTAMENTE. LAS PROTAGONISTAS ESTÁN DE ACUERDO CON SU PUBLICACIÓN Y AGRADECEN EL INTERÉS DE LOS LECTORES. SIN MÁS PREÁMBULOS CONTINUÉMOS.
Aquella noche de sábado fue la mejor de toda nuestra corta vida. Ambas permanecíamos acostadas en mi cama, totalmente desnudas, después de dormir por unas horas para reponer las fuerzas que habíamos gastado en hacernos el amor. Por que eso era y es amor, no era simplemente fornicar, coger o follar; no, era un verdadero amor que tanto Ana como yo sentíamos la una por la otra. Intenso, sincero, con mucha pasión. En nuestra corta edad el amor se situaba en el primer lugar y lo habíamos descubierto ambas, sin que nadie nos indicara dónde buscarlo, cómo reconocerlo, cómo sentirlo. Eramos dos adolescentes enamoradas, que tenían a su lado a su amante del mismo sexo, de la misma edad dispuesta a aprender, a vivir y a disfrutar del sexo.
En la escuela, los padres, la iglesia, en todas partes; condenaban el sexo; lo ponían como algo malo, sucio, perverso. Pero nosotras, en nuestro amor descubrimos que era y es algo maravilloso, único y lo más importante que con el amor que nos teníamos era algo maravilloso.
Soñaba en esa tarde noche de sábado, pero más que tener un sueño preciso, descansaba del agotamiento de las horas anteriores. Ana a mi lado hacía lo propio. Las dos niñas de familia estaban reponiéndose de haber hecho el amor. Cuando desperté la habitación estaba en penumbras, la respiración de Ana era profunda.
Mirarla a mi lado, desnuda, me permitía admirarla con tanto detenimiento. Su cabello lacio de color castaño claro que le llegaba hasta los hombros; su piel blanca con algunas breves marcas de mis besos y mordidas pasionales. Su frente adornada por dos cejas rectas que aún no requerían la depilación. Su nariz recta donde sus fosas nasales se movían en acompañamiento del aire que entraba a sus pulmones y era muestra plena del profundo sueño que tenía. Su boca fina de labios delgados, su barbilla con un lunar minúsculo justo de lado izquierdo. Su cuello que permitía ver su vena yugular hinchándose a causa del torrente sanguíneo. Sus senos breves coronados por dos pezones que mis labios y dientes habían logrado desflorar, parecían en reposos dos botones coralinos. Su abdomen plano que al terminar mostraban la verdadera gloria: su pubis.
Su sexo tenía que describirse aparte, la fina pelusa que cubría sus pliegues se mostraba escasa de un color castaño claro, parecía la piel de un durazno o melocotón. Sus labios se entreabrían quizás como evidencia de que antes habían oprimido mi lengua, mis dedos, mi mano. Destilaba un olor que mostraba como antes había sido exprimido por el deseo.
Sus muslos y piernas eran delgados, en armonía plena a ella. Sus pies eran tan delgados que se podrían confundir con unas manos de un jovencito, esos dedos pequeños, ese empeine elegante, ese talón coqueto.
Ana era en verdad un ejemplo de la belleza de una niña de nuestra edad. A penas los 13 años ambas habíamos cumplido y ya conocíamos lo que era el amor lésbico. Y ahora deseaba volver a sentirlo, tenía unas ganas enormes de probar sus jugos, de sentir su cuerpo, de que ella explorara el mío. Que nuestros corazones al unísono latieran. Mientas la observaba mi mano jugaba con mi vulva, primero con mis escasos vellos, ahora con mi clítoris que se endurecía sólo de pensar que podía en ese momento hacer de Ana y de mí lo que ambas deseáramos.
Acerqué mi boca a su sexo, el olor era una fuente que lograba en mí aumentar las ganas de saborear sus jugos. Con mi lengua recorrí sus vellos, por encima, suavemente, sin siquiera llega a su piel, una lamida, otra más y gradualmente se mojaba esa pelusa de mi amor. Con delicadeza abrí sus labios mayores, no sin antes degustarlos con la punta de mi lengua. Al abrir tan hermosos pliegues se mostraban sus labios menores que debían ser chupados por mi boca golosa. Que sabor tan delicioso, esos labios poseían la savia de mi amada. Y arriba de ellos escondido estaba su clítoris, el cual al sentir el contacto de mi lengua enseguida se empezó a levantar. Chupaba, lamía, comía del sexo de Ana, sin prisas, sin necesidad de apurarme.
Cuando mi lengua dejó su clítoris y se adentró a la abertura vaginal, sentí como Ana reaccionó y puso una de sus manos en mi cabeza. Era la señal de que la había despertado con una caricia de amor. Ana imprimió cierta fuerza en mí para que me adentrara a su interior. Mi lengua poco a poco ingresó por su vagina, el sabor era un verdadero manjar, la piel de mi lengua sentía la rugosidad de la entrada de su conducto, estiré más la lengua, hasta me dolía la garganta de la intensidad con que saqué todo lo que podía. Hasta dentro, lo más que pudiera, ahora la sacaba hasta la entrada, de vuelta adentro, a las profundidades de su sexo. Tres, diez, decenas de veces en un ritmo lento que poco a poco se aceleraba. Mis manos se entretenían con sus caderas, con sus glúteos, con sus senos y en ocasiones se hundían en mi vagina.
De pronto Ana me dijo que me detuviera, así lo hice. Rápido ella se incorporó sobre la cama, mientas que yo me acostaba boca arriba para mirar lo que hacía. Puso sus dos bellos pies a los costados de mi cara, a cada uno les di un par de besos. Luego Ana empezó a sentarse encima de mi rostro, apuntando con precisión su vagina a mi boca, cuando llegó se sentó y yo estirando al máximo mi lengua la penetré. No me asfixiaba por que dejaba que mi nariz sobresaliera por entre sus finos vellos. Y empezamos un movimiento hermoso, ella con sus caderas empujaba su vagina a ser perforada con mi lengua, yo con mi cuello trataba de taladrar sus profundidades.
El sabor era excelente, la sensación de mi lengua oprimida por su vagina era único, pero sobre todo el sonido que hacía mi boca me enardecía más. Ana estiró una de sus manos y acariciaba y jugaba con mi pubis. Cuando lograba con mi lengua ingresar más a su vagina, ella me premiaba metiendo su dedo medio a la mía.
Ella se movía cuidando de no lastimarme y evitando perder el contacto de mi lengua enterrada en su canal. Su mano era mi premio para mi vagina se movía al mismo ritmo que mi lengua, así, mientras estaba adentro de ella, sus dedos se adentraban más en mí. Al tener la punta de mi lengua en el inicio de su vagina, sus dedos estaban en el inicio de la mía.
- Muévela más Claudia, más adentro cariño, hasta que saques la última gota de mi útero -.
Esas palabras me decía Ana, entre otras tantas que hacían que me dedicará con mayor ahínco en mi labor. Era una danza de diosas infantiles accediendo a la pubertad, su vagina no paraba de manara sus fluidos que mostraban el grado de excitación que ellas tenía. Mi lengua se deleitaba con saborear ese elixir, pero más aún, sentía con plena conciencia la calidez de su piel interior, de esa vagina maravillosa que menos de 24 horas tenía de haber sido inaugurada por mis dedos. Ana seguía entregada a mi caricia lingüal y a cambio, su maravillosa mano se encargaba de prodigarme una serie de caricias a mi pubis, primero sólo tocaba la parte externa, mis vellos, labios mayores, la hendidura que separa a éstos. Luego se adentraba a los pliegues interiores, mis ninfas eran atendidas con un amor que sólo una niña con su delicadeza podía dar, mi botón que crecía con el contacto, con el aroma, con los sonidos; se erectaba cada vez más. Mi vagina recibió con tanto anhelo la introducción de sus dedos, que parecía que tuviera años de abstinencia, sin embargo eran sólo horas las que separaban esta entrega de la anterior.
Ana no dejaba de mover sus caderas con una precaución que permitía el movimiento de mi cuello como un pistón, que iba en aumento hasta que se logrará el tan ansiado orgasmo. El señor que se adueño de nosotras en esos días se llamaba así: orgasmo. Quizás nuestro conocimiento sobre su existencia era limitado y por eso, quizás, eso allá contribuido a conseguirlo tantas veces. En mi caso sentía como mi pulso aumentaba, como el calor me inundaba, como sentía que nacía desde mis entrañas una oleada que me recorría todo el cuerpo, como mi vagina se expandía y contraía cada vez más rápido, cada vez más intenso. Y de pronto estallaba el universo entero junto con la salida de mis flujos vaginales. Es probable que Ana pasara por un trance similar, pues cuando en ella notaba esas reacciones sabía que había conseguido arrebatarle el aliento en un placer único, verdadero, y sobre todo, producto de nuestro inmenso amor.
Cuando ambas lo conseguimos en aquella reciente noche del sábado, fue un descubrimiento más a nuestra sexualidad, la razón era simple, no dejábamos de asombrarnos cuántas cosas se sentían, al momento de nuestra entrega.
Ana acaba recostada sobre mí cuerpo, su cabeza se posó en mis espinillas y ambas en una fatiga que se hacía evidente al tratar de llenarnos de aire con más fuerza. Su cuerpo entero usa el mío como colchón, su peso se hace evidente hasta que ambas nos reponemos de nuestro fantástico orgasmo. Por lo que ella se rueda sobre la cama y sólo deja uno de sus pies jugueteando con mis senos.
- Nunca me cansare de decirte cuánto me haces feliz, mi Claudia amada, mi mujercita, mi amante, mi esposa-, me dice Ana, mientras mira al techo y su pie se entretiene reconociendo la textura de mis pezones.
- Quizás lo imagine, porque estoy segura que es lo mismo que tu me hace sentir-.
- Esto es el verdadero paraíso, ahora sé el verdadero significado que le dan los adultos a la frase Luna de Miel, porque nosotras estamos viviendo una espléndida Luna de Miel, ahora que dejamos de ser sólo novias y nos hemos convertido en unas auténticas esposas, que se entregan con amor a ser su amado, a su "hombre", ya que tu lo eres para mí y yo lo soy para ti, ¿verdad Claudia?-.
- Claro cariño, ahora ambas somos una de la otra, mi cuerpo, mi alma toda yo te pertenece, nunca imagine que podría estar tan enamorada de ti, y sabes?, tengo siempre ganas de que estemos como ahora, desnudas, mirando nuestros cuerpos, que puedas en cualquier momento tocar mis senos, mi vagina, mi cola. Que cuando se te antoje y a mí, podamos hacernos el amor, sin que nadie nos interrumpa, sin que nadie nos sorprenda-.
Después de aquel breve dialogo, acercamos nuestras bocas y en un beso de pasión sellamos por enésima vez en ese fin de semana el pacto de amor que nos unía. Nuestras lenguas no descansaban de sentirse, nuestras manos se la pasaban tocándonos todo el cuerpo. Ahora, el cuello, después los senos, las nalgas, el vientre, los sexos. No había milímetro de nuestra piel que en esos momentos ambas reconociéramos.
Ambas disfrutábamos del placer del amor, entre besos y caricias nuestras vaginas empezaban a segregar el jugo de la pasión; el cual era recogido por nuestros dedos y a veces lo incorporábamos a nuestra piel, a veces iba a parar a nuestra boca glotona, que se desprendía de la otra para probar el elixir que destilaba la compañera, la amante, la esposa, la adolescente.
Sin separarnos más que lo suficiente, Ana y yo nos sentamos en medio de la cama y extendiendo nuestras piernas iniciamos un acercamiento de nuestros sexos, era el momento ideal para sentir nuestras vaginas unidas. La obscuridad de la noche era tenue y permitía que distinguiéramos la iluminación de la calle y así poder mirar la silueta de la amada.
En un encuentro recíproco nuestras piernas se abrieron los suficiente para que el calor de nuestro sexo lo sintiera la amada compañera, por mi parte pude notar al acercarme, cómo se iba haciendo más cálida mi entrepierna, como la proximidad del sexo de Ana hacía que ansiara más el contacto.
Cuando nuestras dos vaginas se encontraron, en acto simultaneo que a las dos nos sorprendió, procedimos a separar con nuestros dedos los labios mayores y menores de nuestros pubis y así, dejamos que los clítoris se unieran y que las boquitas de nuestras vaginas se besaran, en imitación a las bocas de nuestras caras.
Mi lengua se introducía completa en la boca de Ana, luego ella me hacía lo mismo. Mientras abajo en nuestros sexos se iniciaba una batalla de vaginas por segregar más líquido. Nuestros movimientos eran lentos, pero gradualmente iban adquiriendo mayor movimiento. Primero para adelnte, luego para atrás y en cada uno de ellos conseguir unir más nuestras vaginas. Con ayuda de nuestros brazos nos adheríamos más a nuestra joven amante. El ruido de nuestros fluidos mostraba el grado de excitación que teníamos, cada instante más pegadas, hasta que se confundieran sus líquidos y los míos, hasta que las vaginas se sintieran la una y la otra.
Las palabras que nos decíamos eran una mezcla ideal entre el amor, la obscenidad y la lujuria. Los quejidos que dejábamos escapar cuando callábamos, nos envolvía más a buscar un contacto más estrecho. Las caderas de ambas eran un constante movimiento, el cual se acoplaba perfectamente para impedir que por alguna razón no dejáramos de estar así de juntas. Ni el aíre podía entrar a ese nido que formaban los dos sexos de las niñas de papas, que esa noche confirmaban su despertar al amor lésbico.
Más, mucho más unidas que antes, sintiendo como el flujo de la otra mojaba a una. Diciéndonos cosas tan violentas, como cógeme mucho, rómpeme la cuca hasta sangrarla. Tantas cosas dijimos que es difícil poder recordarlas con precisión, sin caer en la mentira. Lo único cierto es que nuestras manos ahora posadas en las nalgas de la otra, contribuían a oprimir más nuestros cuerpos y que la unión se diera con mayor eficacia.
Nuestros senos estaban en perpetuo movimiento, el sudor de las dos se confundía en uno solo, éramos un sólo cuerpo en la noche del sábado, éramos dos niñas en una, unidas por el paraíso del sexo, bueno de nuestro sexo. Los vellos de Ana se enredaban con los míos. Todo nos mantenía unidas, al besarnos no había extensión de nuestro cuerpo que no permaneciera unidas.
Fue la "tijera" más extraordinaria que hubiéramos gozado hasta ese momento, el flujo de nuestras vaginas estalló con nuestros orgasmos y un escalofrío por partida doble nos recorrió por todo el cuerpo y en un grito las dos descargamos toda nuestra satisfacción.
Agotadas por aquella hermosa batalla de amor lésbico, Ana se dejó caer encima de mí. Y ahora acostadas las dos en mi cama, una encima de la otra, nos empezó a envolver el sueño. Sería nuestra segunda noche juntas. Sería la continuidad de aquel amor. Poco a poco las dos empezamos a dormir, pero unidas. Ella rodó al otro extremo de la cama per sin dejar de abrazarme y nuestras bocas unidas, respirando el aire de la amante, el cansancio nos llegó y empezamos a dormir.
Esa noche fue cómplice de nuestra entrega, como lo había sido la anterior, como la sería la de mañana. Pero después, no habría nada seguro. No importaba estábamos allí, en mi habitación las dos unidas, las dos dispuestas en la madrugada a volver a repetir el ABC de nuestro amor, de nuestra entrega.
Ana y Claudia a partir de ahora y para siempre se unirían más, se volverían en confidentes, en amigas, en amantes, en todo cuanta relación exista entre dos seres humanos. Acostadas, dormidas con la fatiga de una jornada de pasión, se perfilaban a ser las dos más hermosas púberes en disfrutar los juegos de Safo. Ellas estaban en constante aprendizaje de sus sentimientos, de su cuerpo, de su vida. Y el futuro para ellas no importaba.
Unidas, amantes, para siempre. Esas palabras ambas tenían en su mente, en su corazón y el sueño lo ratificó, pues ambas niñas soñaron con su amada, con su esposa y el mundo era eso nada más para ellas.
El frío de la madrugada sería quien hizo que me despertara sólo para cobijar a Ana y continuar durmiendo por unas horas más. Nuestro amor era eterno y como siempre lo demostraría nuestra entrega por la otra. Ahora no había lugar a dudas estabamos más unidas, más enamoradas de la otra y nadie impediría este amor.
Continuara...