Porno Galerias Gratis Foro Contactos Gratis Videos Porno Fotos Porno Juegos Relatos Eroticos Porno Gratis SexShop Webcam Porno
   






Edad &

Crea tu perfil y conoce gente cerca de ti

ZONA PRIVADA DE MACIZORRAS




 

Webcam Porno

Webcam Porno


2011-01-11 19:46:44
Conducía mecánicamente, casi como una autómata. Abstraída en mis pensamientos, no me fijaba en el paisaje, cosa que habitualmente me encantaba hacer, ni escuchaba la radio, ni nada por el estilo. Mi mente estaba por completo enfrascada en hacer un repaso mental de los detalles de las últimas horas, tratando de recrearme en los momentos pasados. Todo había empezado con una serie de conversaciones a través del chat, que fueron evolucionando hasta la situación que ahora revisaba. Mientras conducía, de regreso a casa, cada uno de los instantes revivía en mi mente cómo si, por arte de la magia del recuerdo intensamente fijado, se estuviese repitiendo de nuevo …

Vive intensamente, Marta. No dejes pasar ninguna oportunidad. Viaja, disfruta la vida. Que nadie te lo cuente…

Aquellas palabras de Esther me influyeron mucho. Tal vez fueran la causa originaria del encuentro que se estaba produciendo. No era cómo lo habíamos fantaseado inicialmente (hablábamos de compartir un viaje en un tren de larguísimo recorrido) pero, al fin y al cabo, nos habíamos conocido en persona. El lugar, un discreto parador nacional, equidistante entre nuestras respectivas ciudades. El sitio era precioso y estimulaba al relax. Pero lo más importante para mí era que, por fin, me había decidido a salir de mi "jaula de oro" y a vivir una aventura.

Le había dicho a mi marido que tenía que reunirme con una amiga necesitada de mis consejos. Inicialmente se extrañó un poco, pero no pareció importarle demasiado. Supongo que pensaba dedicar el fin de semana a su pasión por la fotografía. El caso es que allí estábamos las dos, con nuestra madurez – por nuestra condición de cuarentonas creo que es ya la calificación que nos toca - una frente a la otra, sentadas en uno de los rinconcitos de la cafetería de aquel parador.

Esther ya no era tan sólo la imagen de una fotografía, ni alguien que escribía unas frases en el chat que me hacían pensar mucho. Ahora se había convertido en una mujer completamente real, que estaba ahí, delante de mí, tal cual. Mucho más guapa aún que en las fotos. Morena, con una media melena de un pelo precioso y fuerte. En su rostro, una boca perfecta, con los labios bien formados y suficientemente gruesos para resultar bien sensuales, unos ojos negros, de mirada profunda, y unos pómulos marcados. Seria, pero mirando casi siempre con una encantadora y enigmática sonrisa. Delgada, con curvas bien formadas. Un trasero ideal. Tenía un tipo precioso y, sobre todo, era una mujer de mucho estilo. No me decepcionó nada. Todo lo contrario. Era mucho más atractiva de lo que había soñado. Su voz era dulce y pausada. Hablando me cautivaba tanto como lo había hecho escribiendo.

¿Cenamos algo, Marta? Son ya las diez …

Bueno. Vamos a cenar…

La tarde había transcurrido sin darnos cuenta. Entramos al restaurante del parador. Cena ligera y buenísimo vino. Tan bueno que nos pasamos un poco las dos. Reíamos y reíamos. Estábamos animadas. Repasábamos uno tras otro los temas sobre los que habíamos ido hablando por el chat. No estábamos solas, pues en el parador había una especie de convención, con un buen grupo de gente joven que terminaban de cenar y se bajaban a la discoteca.

¿Te apetece un ratito de discoteca? – preguntó Esther

Sííííí … ni te cuento el tiempo que hace que no bailo …

Efectivamente, así era. A mi marido no le gustaba y hacía años que no íbamos a una discoteca. Bajamos, nos pedimos unos gin-tonic y nos sentamos junto a la barra. El ambiente era estupendo, con aquel grupo de gente que bailaba todo lo que se ponía por delante. Esther y yo seguíamos animadísimas y no tardamos nada en unirnos a la marcha del bailoteo. Al rato, empezó a sonar el ritmo de salsa. Aquello era superior a mis fuerzas. Me encantaba. Me puse a bailar salsa desenfrenadamente.

La pista estaba a tope de gente a plena marcha. Entre el ambiente, la música, el vino y el gin tonic, cada vez me lanzaba más. Se me daban bien la salsa y los movimientos sexy de sus sensuales compases. Me contorneaba, movía mis caderas al ritmo de la música. Estaba como loca de poder bailar así, sin frenos ni ataduras. Igual lo hacía sola que me emparejaba con unos y con otros, chicos o chicas. Todo el grupo se lo pasaba en grande. Esther también disfrutaba moviéndose por la pista. Una de las veces que pasó cerca de mí, la tomé de las manos. Seguimos las dos juntas, bailando con mucho ritmo y formando una divertida pareja. Nos reíamos. Esther estaba guapísima y se movía con inmensa sensualidad. Nos acercábamos, nos separábamos. Cruzábamos los brazos y deshacíamos el cruce. Hubo un momento en que nos juntamos tanto que nuestros pechos se rozaron. Me gustó la sensación y busqué otro paso para que se repitiese el contacto. Llegó enseguida. Ella se dejaba llevar por mí. De nuevo se pegaron nuestros cuerpos. Esta vez el instante fue algo más largo. Lo suficiente para notar la turgencia de sus pechos. Automáticamente, noté como mis pezones se endurecían. Me sucedía siempre que la excitación se despertaba. Seguimos bailando. Cada vez trataba de tenerla más cerca. Ella reía y se dejaba llevar. La cercanía me estaba permitiendo percibir su perfume. Embriagador. Me encantaba toda la situación. Ya no había más gente en la discoteca para mí. Con Esther, aquél baile adquiría una dimensión totalmente nueva. Mi sensualidad descubría atractivos jamás antes sentidos. Fueron varias las veces en las que la cercanía de su cuerpo, su risa, sus movimientos, el roce con su negra melena, su aroma y muchas otras cosas más, me llevaban a fantasear. Mientras bailaba, me emborrachaba de su presencia, de su dedicación a mí, de su cercanía, de su feminidad…

La noche avanzó. Terminó el ritmo de salsa y nos volvimos a sentar. Otro gin tonic. Seguimos hablando. Y riendo. Todo estaba cobrando una extensión distinta. No era chat. Era la realidad. Estábamos las dos juntas. No había ninguna pantallita en un ordenador. Yo estaba viendo a Esther auténticamente y ella podía verme a mí. Percibíamos cada gesto de la otra, cada mohín, cada sonrisa … No nos teníamos que limitar a ver y comentar nuestras fotos. Nos observábamos en directo. Saboreábamos las expresiones de cada una al contarnos confidencias. Recordábamos esto, lo otro, sus ilusiones, mis miedos … resurgían muchos de los temas que habíamos tratado antes, pero ahora con el cálido encanto del vis a vis … Pasaba el tiempo sin darnos cuenta. La música acabó y el disc jockey despidió a la gente por la megafonía de la discoteca.

Marta, creo que nos echan … habrá que irse a dormir….son ya las tres …

Claro Esther. Vámonos ya. Mañana seguiremos. No pararía de charlar contigo, pero vamos a descansar un poco, que vaya marcha hemos llevado …

Salimos de la discoteca. El ascensor nos llevó a la planta dónde estaban nuestras habitaciones. Eran contiguas. Caminábamos despacio por el pasillo hacia ellas. Primero estaba la de Esther. Al llegar a ella, nos detuvimos

Bueno, Marta … buenas noches … lo he pasado genial …

Yo también Esther …muchas gracias por haber venido

No me tienes que dar las gracias de nada. Creo que ha sido un encuentro positivo para las dos …

Nos quedamos mirándonos. Esther clavó en mí sus ojos, negros y misteriosos, con aquella enigmática mirada de Gioconda. Estaba preciosa. Su vestido oscuro, ceñido, resaltaba cada una de sus curvas. Sus pechos se marcaban sinuosamente. En cada inspiración, sus pezones parecían saltar allí dentro, preciosos y … deseables. El culo era un prodigio de firmeza y perfección. La había estado observando cada minuto de estar juntas, pero ahora, en el ascensor y en el pasillo, me embebí intensamente de cada uno de sus detalles. Nuestras miradas se cruzaron quedamente...

Buenas noches Esther …

Buenas noches Marta …

Fui a darle un beso. Acerqué mis labios a su mejilla pero, sin poder evitarlo, los posé en la comisura de de los suyos. Percibí su calidez. Noté que mi cuerpo titilaba. Acerqué un poco más aún mi boca a sus labios entreabiertos y deposité un suave beso en ellos. Mis labios quedaron fijos sobre los de Esther. Cerré los ojos para saborear ese instante. Pero el instante no acababa. Yo no era capaz de apartar mi boca de la suya. Y Esther no se movía. La suavidad del beso se fue tornando en firmeza. Sutilmente, de manera casi imperceptible, nuestros labios se apretaban cada vez más. Dentro de mí, un cúmulo de sensaciones. Los sensores de mi sensualidad se encendieron de repente, todos a la vez: pezones erguidos, tenue estremecimiento interno, ligeras palpitaciones en mis labios vaginales … Subí mi mano tímidamente hacia la mejilla de Esther. La acaricié trémulamente. Me acerqué más a ella. Mi cuerpo se pegó al suyo. Noté todo su calor y percibí su leve sacudida. … El beso seguía sin interrupción. Las lenguas asomaban tímidas. El sabor de aquellos labios era puro ensueño. Sentí que Esther temblaba ligeramente. Yo también vibraba … quería hacer eterno aquél momento … De repente, ella se separó. Creí que se acabó el sueño. Me disponía a balbucear alguna frase de excusa, cuando Esther tiró de mi mano hacia la puerta de su habitación, que abrió simultáneamente

Pasa, Marta … no nos vamos a quedar así en medio del pasillo …

Me dejé llevar hasta dentro. Cerró la puerta y me envolvió con sus brazos. Ahora fue ella quien acercó sus labios a los míos. Otro beso: suave al principio, pero apasionado enseguida. Se estaban rompiendo todos los tabúes. Nuestros cuerpos se estrecharon en un impulsivo abrazo. De nuevo sus pechos contra los míos, pero ahora envuelta en un sinfín de percepciones añadidas. Las respiraciones se agitaban. El aroma de su perfume me estaba arrebatando todo atisbo de cordura.

Esther me bajó la cremallera por detrás y me bajó el vestido. Quedé con mi ropa interior. Ella me miraba y sonreía. Con aquella sonrisa profunda y enigmática que desde el principio vi en sus fotos. Era tal cual. Las dos sabíamos lo que iba a suceder, pero eso no restaba nada de la magia existente. Me llevó hacia la cama. Levantó la colcha. Me empujó suavemente para que me tumbase. Lo hice. Me tendí sobre la cama. Esther comenzó un excitante juego de seducción. Como siempre, le gustaba "descolocarme". A ver qué demonios tramaba ahora. Entre divertida e intrigada, me quedé como espectadora de su dulce ocurrencia. Me hablaba, me susurraba cosas, a la vez que se iba quitando su ropa en un divertido pero voluptuoso streaptease. Me repetía algunas expresiones que habían surgido en el chat. Me encantaba escuchárselas en vivo, mientras se iba desnudando con movimientos repletos de erotismo y sensualidad:

"Las cosas buenas están dentro de ti. Sólo tienes que descubrirlas y darles a los que te rodean las oportunidades que se merecen" …

Efectivamente. Esto que musitaba con voz sugerente y sexy, ya me lo había dicho alguna vez. Pero ahora lo usaba con esa deliciosa malicia de brujita que sólo ella sabía emplear. ¿se refería a la oportunidad que me iba a dar a mi ahora? "no tengo tiempo para pensar en mujeres, Marta" fue otra de sus sentencias que me vino a la mente, mientras Esther se terminaba de quitar sus braguitas. Quedó completamente desnuda. Estaba preciosa. Un cuerpo perfecto para una mujer de nuestra edad. Tersura en la piel por todos lados. Senos turgentes, tal como los había imaginado en mis fantasías. Unas nalgas duras y levantadas … sensual y atractiva la mirase por dónde la mirase. Con su sonrisa enigmática, se acercó a la cama y se sentó junto a mí. Susurró a mis oídos:

- Disfruta del cariño … sé feliz … los momentos buenos hay que disfrutarlos Marta … ¿recuerdas? …

Y comenzó a pasar suavemente la yema de sus dedos por mi brazo, extendido a lo largo de la cama. Subió desde el dorso de mi mano hacia el hombro, muy despacio. Me ponía la carne de gallina. Aquella tenue caricia de Esther se traducía en una verdadera descarga eléctrica para mí sensibilidad. El escalofrío me recorría todo el cuerpo. Yo estaba muda. No sabía que decir. Me encantaba que me tocase, que me mimase, pero me sentía bloqueada. Esther tomaba el mando de la situación por completo. Llegó hasta mis hombros. Me acarició el cuello con excitante delicadeza. Me estremecí. Bajó los tirantes de mi sujetador. Su melena me rozaba la mejilla. Su perfume penetraba hasta lo más profundo de mis sentidos. Un temblor tras otro recorría mi cuerpo. Yo estaba como una adolescente en su primera experiencia. Esther me indicó sutilmente que me incorporase un poco. Lo hice. Me desabrochó el sujetador y me lo ayudó a quitar con la misma exquisitez con que lo estaba haciendo todo. Mis pechos salieron a su vista. Los miró, recreándose en ellos. Acercó sus manos y los rozó ligeramente. Se puso seria, como si fuese a hacer algo importante. Me hizo tenderme de nuevo. Y comenzó a acariciar mis senos. Primero pasó las yemas de sus dedos. Después sus manos suaves, poco a poco, saboreando cada centímetro de caricia. Acercó sus labios y me besó suavemente en los pezones. Reaccionaron irguiéndose descaradamente. Creo que nunca los sentí tan duros. Me invadía el placer. Quería seguir mirándola, pero cerré los ojos y la dejé hacer. Sus mimos me extasiaban. De nuevo el calor de sus labios. Volví a abrir los ojos. Estaba inclinada sobre mi pecho. Lamía mis pezones, que, tiesos por completo, parecían querer querían escaparse hacia su lengua. Me revolví de placer. Gemí. Pasé mis manos por su espalda y palpé ese cuerpo tantas veces soñado. Percibí que su piel se erizaba al sentirme. La acaricié con toda la ternura que pude, mientras ella continuaba mordisqueando y besando mis pechos. "yo te besaré en el corazón" me dijo un día. Esta debía ser la materialización de aquél beso que quedó pendiente entonces.

Me entregué por completo a las sensaciones. La piel de Esther era pura suavidad, perfecta tersura. Sus besos en mis pechos y mis caricias en su espalda y su cuerpo, devinieron en un intenso abrazo. Fundidas en él, ya no había palabras. Sólo respiración, jadeos, suspiros…y placer, goce de los sentidos. Nos besábamos en cuello, en los hombros, en los labios…ambas lenguas salieron al encuentro una de la otra, y se perdieron en una vorágine de lamidos, besos y caricias electrizantes, que me provocaban – nos provocaban – una amalgama de sacudidas de gozo, de placenteras convulsiones. Aquella locura de las lenguas trabadas, condujo a un estrecho abrazo de cuerpos entrelazados. Aferradas la una a la otra, las piernas se entremetían buscando los contactos más íntimos. Sus manos me apretaban las nalgas. Las mías se perdían en las suyas.

Esther tiró de mis braguitas con fuerza y me las quitó con rapidez. Casi no me dio tiempo a ayudarla. Mi sexo quedó a su vista, a su merced diría yo. Porque sus manos se aferraron a él arrebatadamente, con pasión. Al notar sus caricias en mis labios vaginales, en mi sexo humedecido e hinchado de excitación y de deleite, un intenso estremecimiento me recorrió entera. Me notaba escalando ya hacia las cimas del placer muchas veces imaginado. Ahora no era fantasía, era real, felizmente auténtico. Éramos dos cuerpos dispuestos a saborear lo nuevo. Su perfume de nuevo penetraba hasta el fondo de mi misma. Me embriagaba de él. La caricia de sus manos se alternaba con el roce de sexo contra sexo que aquél abrazo producía. Ese contacto me produjo un pequeño espasmo de placer, un preludio de orgasmo. Ella lo notó

¿Te gusta cariño? …

Siiii …. Mmmmm

No me salían las palabras. Sólo acertaba a ronronear, como una gatita en celo. Y a dejarme llevar por el goce que Esther me estaba sabiendo dar. Quise darle yo a también a ella. Acaricié sus piernas. Duras y suaves. Mi mano descendió hasta su sexo. Estaba húmedo. Cómo el mío. Eso aumentó más mi excitación. Apreté instintivamente mi mano contra su vulva. La noté estremecerse al sentirme allí y eso me provocó otro temblor a mí. Esther apretaba su muslo contra mi entrepierna. Estábamos fundidas la una en la otra. Buscábamos el contacto de cada centímetro de nuestros cuerpos. Saboreé sus pechos. Eran ideales. Besé sus pezones, que se endurecían, sensibles a mis besos. Sentía rezumar mi vagina. Esther frotaba la suya contra mí, en un ansioso vaivén. Mujer contra mujer. Era demasiado para contenerse. Me acercaba al éxtasis. Lo notaba. Estaba casi a punto. Esther lo percibió, controló, y me ayudó a controlarme a mí.

Espera, Marta. Aún no…..

Separó su sexo del mío. Se incorporó un poco. La pérdida de contacto me ayudó a contener mi orgasmo. Pero no mi ansiedad. Mi cuerpo necesitaba más, mucho más. No podía detenerme. Lo quería todo. La quería toda ella. Esther pareció saberlo y se colocó sobre mí, a horcajadas, dándome la espalda. Se inclinó hacia mi sexo. Sus nalgas de miel quedaron frente a mí. Comencé a notar sus besos bajando desde mi vientre, mi monte de Venus, mi vagina ... escalofríos de placer me recorrían por todas partes … Sentí su lengua, firme y húmeda, lamer dulcemente mi clítoris...el instinto me hizo arquearme para ofrecérselo más, para que apretase el beso, para que culminase la caricia … Mientras, sus nalgas se ofrecían abiertas sobre mi … su sexo se mostraba tentador y apetitoso … Me perdí en un beso profundo de caricias y lamidas en aquellos vericuetos de placer, experimenté el gozo inconmensurable de besar su clítoris, de sentirlo vibrar de goce, a la vez que lo hacía el mío … Esther apretaba su vagina contra mis labios ... yo me arqueaba y hacía lo mismo, para sentir su beso profundo y dulce bien dentro de mí … Fue un 69 salvaje y dulce, atroz y delicado, brutal y femenino … éramos placer puro … Jadeos, gemidos, gritos … cabalgamos juntas hasta alcanzar el más increíble, intenso y largo de los éxtasis…

Exhaustas tras aquél rabioso orgasmo, quedamos tendidas una junto a la otra, las manos entrelazadas, recobrando el aliento y la normalidad de los latidos. Debimos dormirnos enseguida … porque mi siguiente recuerdo es el de abrir mis ojos, algo desorientada acerca de dónde me encontraba … ver la luz de una mañana radiante impregnar la habitación … y a la dulce Esther- con aquella dulzura que tenía aparcada en su interior y que aprendió a sacar afuera a base de practicar voluntariosamente - dormida plácidamente junto a mí, con su plena desnudez recordándome las mil sensaciones que vivimos … Me sentí absolutamente feliz. La contemplé durante un buen rato, recreándome en la visión, en tenerla allí, a mi lado. Comencé a pasar mis manos suavemente por cada centímetro de aquél cuerpo, aparentemente tan frágil y tan tierno, pero que pertenecía a una mujer luchadora, de mucho carácter y de un temple admirable. Me deleitaba en acariciar y volver a acariciar aquella piel tersa, dulce, suave … Pasé un tiempo maravilloso haciéndolo, hasta que Esther entreabrió los ojos ... me miró un tanto sorprendida al principio … y me sonrió ... Esa sonrisa era mi mejor regalo … Le sonreí también. Nos dimos un beso, otro, otros más … Aquél despertar se fue trocando, poco a poco, en un nuevo cúmulo de caricias y roces, que fueron conduciendo a otra escalada de placer … la claridad del precioso día fue testigo mudo de otro orgasmo increíble, al que increíblemente, siguió otro más … Quedamos de nuevo las dos acurrucadas, abrazadas, despreocupadas de nuestra desnudez, y gozando de aquellos intensos y dulces momentos de felicidad …

Marta ... los alrededores deben ser preciosos y hace un día magnífico … no nos podemos perder ver un poco todo esto

Es verdad, cariño…me quedaría todo el tiempo así, pero tienes razón… vamos a dar un paseo

Efectivamente, no nos decepcionó nada. El propio parador, el entorno, el paisaje … todo. Lo recorrimos riendo y charlando. A las dos nos encantaba la historia, el arte, la belleza, la naturaleza … y estar juntas. Aquella mañana todo era diferente. ¿Éramos realmente las mismas de antes? … yo diría que habían cambiado muchas cosas…

Comimos en el restaurante del parador. Nuestros temas de conversación parecían no agotarse nunca. Esther, además, siempre sabía sacar algo nuevo. Era genial. En todos los sentidos. Ahora, todo resultaba más común, más cercano, más íntimo. Nos habíamos llegado a conocer bastante a través de nuestras charlas en el chat. Muchas de ellas fueron verdaderamente profundas. Pero este encuentro, y, sobre todo, las intensas vivencias de la noche, habían marcado un antes y un después en nuestra relación. Sin decirnos nada, las dos lo sabíamos.

Ahora había llegado el momento de la despedida. El encuentro había sido intenso, pero apenas fueron 24 horas. Llegó el instante de la melancolía. Metimos las maletas en nuestros respectivos coches. Y nos quedamos frente a frente para decirnos adiós. Esther aparecía con esa sonrisa suya, tan personal. La miré y la imaginé en su vida habitual, en aquella casa que tanto se estimaba y de la que tanto gozaba. Con sus luchas, con sus aspiraciones, con sus fatigas, con sus pequeñas frustraciones, pero la sabía feliz. De repente, me sentí una intrusa, una usurpadora de una parte de aquél mundo suyo, que ella había sabido llenar tan plenamente de valores profundos, y que le pertenecía …

Bueno, Marta, cariño…nos tenemos que despedir ya …

Sí, Esther … – enfrascada en aquellos mis pensamientos, sólo acerté a balbucir esto

Ha sido maravilloso … genial … eres un ángel, Marta … ya no veo tus ojos tristes … he aprendido que, lo que me pareció tristeza, es sólo tu forma de acariciar con la mirada …

No me salían las palabras. Se me hizo un nudo en la garganta. Dándole vueltas a mis pensamientos y escuchándola, me iba a poner a llorar. Pero no quise que se me notara, aunque sentía mis ojos húmedos … Le di un abrazo muy fuerte y, así, apretada contra ella, se me escaparon unos suspiros y algunos hipidos. Esther me estrechó con fuerza.

Anda, cariño, venga … Sé feliz …

Seguramente nos dijimos algo más, pero ya no lo recuerdo. Estaba aturdida. Sólo se me quedó esa última expresión de Esther. Subimos al coche. Con unas señales de claxon nos dimos nuestro último saludo.

Mi viaje de vuelta estaba siendo una permanente reconstrucción de lo vivido. Había tenido mi primera experiencia con una mujer. Fue sublime y maravillosa. Insuperada por ninguna otra. Todo precioso, dulce y especial. Mejor de lo que había imaginado y soñado. Sin embargo, había un punto oscuro. Me estaba enamorando de Esther y yo no tenía derecho a irrumpir en su feliz vida y crearle problemas. Hice un esfuerzo de voluntad y adopté mi decisión. El recuerdo de esa experiencia sería imborrable. Seguramente, lo reviviría muchísimas veces. En mis fantasías, en mis añoranzas, en mis sueños. Pero ahí debía de quedar todo. Por el bien de Esther - y un poco también por el mío - era necesario que yo desapareciese de su vida. Al tomar esa decisión, sentí que de mis ojos brotaban unas lágrimas. Solamente yo iba a saber que eso ocurrió y la razón de ese llanto. Es posible que mis ojos reflejasen cierta tristeza durante un poco más de tiempo, pero era necesario que así fuera… Embebida de estos pensamientos, seguí conduciendo mecánicamente, casi como una autómata …

Autor: la escritora


RECIBELOS EN TU MAIL

Recibe nuevos relatos
en tu email cada dia:


All logos and trademarks in this site are property of their respective owner. - Condiciones de uso y Aviso Legal
The comments are property of their posters, all the rest Copyright 2004-07 by me.
Todos los derechos reservados - MaciZORRAS.CoM Copyright 2004-10. Porno Gratis