La idea de quedarme holgazaneando aquel día se fue por la borda. Aquello revestía para mí una mayor importancia. De manera que me deslicé rápidamente al baño, me di un veloz duchazo y luego comencé a embalar el telescopio para meterlo en el coche. Saqué mi cámara digital, tomé varios pares de baterías y dejé todo junto al telescopio. Me vestí con una camisa tipo polo amarillo pastel y unos vaqueros azules clásicos un poco gastados. En una maleta metí alguna ropa extra, algunos accesorios para mi aseo personal y... Casi se me olvida; coloqué mi netbook en su mochila, la cargué a mi espalda y junto con las otras cosas bajé hasta el estacionamiento para colocar todo en el maletero del coche. Dejé todo allí; regresé por el telescopio y lo coloqué en el asiento trasero del coche. Por fin todo estuvo listo, encendí el motor del Peugeot 207 y me largué hacia la montaña. Si quería hacer una observación que valiera la pena, y tomar buenas fotos del eclipse, tendría que salir de la ciudad a un lugar en donde la contaminación lumínica no afectase la tarea que me disponía realizar. Sé que no hay muchas chicas que gusten de la astronomía pero para mí es el pasatiempo más apreciado. Algunas de mis amigas dicen que a mis 28 años debería más bien estar buscando algún chico y no constelaciones perdidas en el cielo, que eso puedo dejarlo para después. Pero qué le voy a hacer, creo que eso de la investigación lo traigo ya en la sangre; por algo me gradué como física.
Llegué a mi destino después de casi tres horas de camino, aproximadamente a las dos de la tarde; era una acogedora posada en las montañas: "La Puerta de Arcadia", un nombre que hacía alusión a ese lugar mítico asociado a la Grecia antigua donde reina la felicidad. Como era un día normal de trabajo en la ciudad, la posada se encontraba vacía a pesar de la cercanía de las fiestas navideñas. Y los dueños, que eran conocidos de mis padres, me recibieron con bastante obsequio. Después de los saludos correspondientes y de una breve charla, les expliqué que el motivo principal de mi viaje era poder observar el eclipse lunar que ocurriría en la madrugada del día siguiente, de manera que realmente sólo estaría una noche, pues me regresaría a la ciudad después de haberme recuperado del desvelo por la observación astronómica.
A eso de las tres y media de la tarde, tomé todos mis trastos y me dirigí en el coche a una pintoresca explanada, parte de los terrenos de la posada, limitada hacia el este por una pendiente cubierta de pinares, a cuyo pie había una fuente de agua natural que desembocaba en una especie de manantial de agua cristalina, el cual los dueños habían adornado con piedrecillas de colores en el piso, y en el perímetro habían colocado un par de bancas de cemento con respaldo, sombreadas por unos sauces llorones que daban a aquel lugar la sensación de placidez. A este sitio le habían bautizado con el nombre de: "La Fuente de las Ninfas". Me encontraba disfrutando del ambiente de montaña mientras ubicaba el telescopio en una posición adecuada para la observación nocturna. Coloqué también la cámara digital en un trípode, orientado en la misma dirección que el telescopio. Por último instalé la mini tienda de campaña auto-plegable. Iba a ser una jornada larga hasta la madrugada.
Una vez terminada la rutina de colocación de los artefactos, saqué un libro de mi mochila, me senté en una de las bancas en el perímetro del manantial y me dispuse a leer, todavía había suficiente luz solar como para dedicarme a aquella tarea. Al poco de estar sumergida en el mundo de la lectura, alcancé a escuchar unos pasos que avanzaban hacia mí estrujando los pedruscos de la vereda que llegaba de la explanada hasta la fuente, era una chica. No había que hacer un esfuerzo muy grande para darse cuenta que era una chica muy bonita. Vestía una ropa bastante ligera, una especie de quitón de la antigua Grecia, pero a mi parecer un poco más corto que lo usual, apenas le cubría hasta la rodilla, dejando además desnuda la pierna derecha con cada paso que daba. De tez blanca, con los pómulos un tanto sonrosados y el cabello lacio castaño agitándose suavemente con la brisa, la chica parecía muy segura de sí misma. Semejaba una figura de la antigua Atenas. Sus pies de piel clara, calzaban únicamente unas ligeras sandalias de tiras doradas. Aquello era una escena totalmente anacrónica. Me llamó también la atención que, aun cuando el ambiente no era precisamente cálido, aquella chica anduviese por allí tan ligera de ropas. Curiosa la mire a la cara y no desvié la mirada hasta que estuvo frente a mí. Su saludo fue un moderno: hola; y sin esperar ninguna respuesta continuó en un tono muy agradable:
—¿Llevas mucho tiempo aquí?
—¿Perdón?
—¿Llevas mucho tiempo aquí leyendo?
—No… bueno… tal vez una hora… quizás un poco más —Dije titubeando un poco. No tenía la más remota idea de quién podría ser aquella chica. No parecía de por allí ni de los alrededores. En la posada tampoco me habían mencionado nada sobre algún otro huésped, realmente lo que me habían dicho era que no había más huéspedes por el momento, que había varias reservaciones hechas pero para después de Noche Buena, pues iba a ser un fin de semana largo.
—¿Sólo te vas a quedar esta noche, verdad?
—¿Cómo sabes que sólo me voy a quedar aquí esta noche?
—Sé muchas cosas…—dijo la chica tranquilamente, sin ningún tipo de pretensión, y me sentí más intrigada.
—Vamos, ¿Me quieres tomar el pelo? —dije sonriendo un poco.
—No, realmente no estoy haciéndote ninguna broma.
La chica continuaba de pie frente a mí sin parecer querer sentarse, simplemente estaba enfrascada en aquella irregular conversación conmigo. Por un momento pensé que quizás estaba un tanto desequilibrada. Pero la situación todavía habría de ponerse un poco más misteriosa.
—¿Sabes? —continuó.
—¿Qué?
—Deberías darle un vistazo a tu carta astral…
—¿Cómo?
—Eso,… que deberías darle un vistazo a tu carta astral, y analizar la progresión de tu luna para la madrugada del día de mañana. El eclipse de luna se llevará a cabo, en el signo de Géminis, en tu octava casa.
Aquello colocó más interrogantes en mi cabeza, cómo sabía aquella chica que yo tenía conocimientos de astrología. Aquello era extraño, muy extraño.
—Realmente me tienes intrigada…
—¿Por qué?... Ya te lo he dicho, sé muchas cosas, muchas cosas sobre ti también… —acentuó la chica.
—No te entiendo, la verdad no entiendo nada. Apareces por aquí, jamás en mi vida te había visto; de una sola vez comienzas a decirme cosas que… bueno, no tendrías porqué saber sobre mí. Y además, siento que me agrada conversar contigo. A propósito, ni siquiera sé cómo te llamas pero, seguramente tú sí sabes mi nombre.
—Tienes razón —afirmó sonriendo la chica, y continuó—: pero no debes preocuparte.
—¿Puedo saberlo?
—¿Qué cosa?
—Tu nombre.
—Sí, no veo inconveniente.
—¿Entonces?...
La chica no dijo nada, como desinteresándose por mi pregunta se dio la vuelta despacio para quedar frente al manantial, dándome la espalda. Entonces tomé consciencia de que el vestido -si así se le puede llamar- que llevaba, era de una especie de cendal, bastante transparente, de tal manera que su figura se traslucía a través de él. Ver aquel cuerpo tan delicado y perfecto me turbó bastante. Sentí una especie de impulso sensual, de querer acariciarla. Me sentí confundida. Por alguna razón tuve también la sensación de que la chica sabía lo que estaba ocurriendo dentro de mí. De una forma delicada se giró nuevamente para colocarse frente a mí.
—Eritia—dijo así sin más.
—¿Qué?
—Eritia, ese es mi nombre.
—Un poco extraño, no lo conocía.
—Sí, Melisa, es poco conocido. ¿Te llama mucho la atención ver el eclipse?
Mi desconcierto creció aun más, sospechaba que sabía mi nombre, pero el hecho de oírle pronunciarlo no dejó de sorprenderme aún más.
—Sí, me gustaría verlo completo. Pues, como probablemente tú ya también lo sabes, me considero aficionada a la astronomía.
—¿Puedo contarte una leyenda relacionada con la diosa Luna?
—Claro —le respondí con cierto interés. Realmente quería escuchar aquella historia que se disponía a contarme la misteriosa chica.
—Cuenta una leyenda —comenzó diciendo Eritia—; que en las noches de eclipse lunar total, como el que quieres observar, la diosa Luna se encuentra llena de brío y busca la compañía de una ninfa para juguetear con ella sexualmente, para lo cual se la lleva al Jardín de las Hespérides, el jardín del árbol de las manzanas de oro. Se dice también que nadie que haya visto a la diosa podrá resistirse a sus deseos de placer; pero sus acciones son tiernas y delicadas; y conmueven las fibras más internas, más ocultas del placer como nadie más puede hacerlo. Pero ocurre que mientras la diosa se encuentra con la ninfa en el jardín, gozando ambas de los placeres del amor, no nos puede dar su luz. Y esa es la razón del eclipse, la fuga de la diosa con su amante. Entre más a gusto se siente Selene con la ninfa, más tiempo dura el eclipse. El eclipse de esta fecha, como tú ya lo sabes, además de ser de larga duración tiene una connotación muy especial, se produce el mismo día del Solsticio de Invierno. Cuando esta situación se presenta, lo cual ocurre en el lapso de muchos años, la diosa Luna, según cuenta la leyenda, deja a su amante en el jardín de las Hespérides, disfrutando de los placeres que le pueden prodigar las ninfas del jardín, mientras ella regresa a iluminar nuevamente la noche. Mientras tanto su amante permanece en compañía de las ninfas hasta que el sol comienza a hacer su aparición sobre la tierra.
—Es una bonita historia, pero cómo regresa la ninfa del jardín de las Hespérides.
—Ah sí, la ninfa despierta en su lecho o en el sitio en donde fue requerida por la diosa para llevarla consigo.
Eran ya casi las cuatro y treinta minutos, la temperatura ambiente se había tornado más fría y el sol comenzaba a declinar cuando Eritia me anunció que debía de partir. Le ofrecí llevarla en el coche pero de una manera amable se rehusó; simplemente me dijo que no era necesario. Me extrañó, sin embargo, que no regresó por el camino que iba hacia la explanada sino que lo hizo buscando los pinares, es decir, en sentido contrario. Bella y misteriosa; así podría definir a aquella chica. Por un breve momento distraje mi atención de ella al alejarse y, cuando volví mi vista para seguirla ya no estaba, parecía haber desaparecido entre los pinares. Sin embargo, puse mi atención en lo que ella me había insistido nuevamente antes de despedirse: que viera en mi carta natal la progresión de la luna. De manera que caminé hasta el coche y saqué mi netbook para trabajar con el programa de astrología que tenía instalado en ella. Ciertamente, la posición de la luna en el momento del eclipse coincidía con mi luna natal; una coincidencia un tanto peculiar. Pero, además, aquella configuración ocurría en la casa octava de mi tema natal, tal como me lo había dicho Eritia. Después de estudiar por un largo momento la carta saqué en limpio algunas cosas: algo relacionado con un cuestión sexual que era tabú para mí ocurriría esa noche. Además, la probabilidad de que eso ocurriera se hacía mayor en el momento preciso de la conjunción entre mi luna natal y la luna del eclipse. Aparecía además algo que indicaba que tendría una experiencia emocional con alguien del sexo femenino. Traté de darle una interpretación diferente a las configuraciones que veía en la pantalla de mi ordenador, pero me fue imposible llegar a otra conclusión. Sin embargo, pensaba, era muy difícil que alguien más, hombre o mujer, fuera tan aficionado a la astronomía que pudiera dejar su cálida habitación para pernoctar, a una temperatura por debajo de los 14° Celsius, sólo para ver un eclipse de Luna. De manera que llegué a concluir que eso del encuentro con alguien del sexo femenino era simplemente una interpretación errónea de mi parte.
El sol se encontraba ya bastante bajo, casi rozando la línea del horizonte, se ocultaba lentamente entre reflejos naranja y rosa. Pronto caería la noche y aparecería la Luna. Revisé nuevamente la alineación del telescopio y luego fui al coche a sacar unos binoculares para observarla a partir de su salida detrás de las montañas. Saqué de mi mochila una linterna de LED y la colgué afuera de la mini-tienda de campaña. Luego me fui a sentar a una de las bancas frente al manantial para tomar mi cena: un refresco de cola y dos sándwiches de atún. Cuando terminé, el sol se había ocultado y las primeras estrellas hacían ya su aparición. Me quedé observando la bóveda celeste por un momento; después decidí tomar un breve descanso; de manera que me encaminé hasta la tienda de campaña y me recosté. Eran aproximadamente las 08:30 cuando salí de la tienda y me puse nuevamente a observar el cielo, era un cielo límpido, no había ni una sola nube. La temperatura había descendido y tuve que abrigarme bien. La Luna se encontraba a unos 40° de altitud e impregnaba los alrededores con su luminosidad argéntea; se encontraba casi en línea con Capela, Betelgeuse y Sirio. En aquel momento la bóveda celeste era todo un gran espectáculo. Los pinos, por su parte, dejaban escapar sus murmullos cuando la brisa se colaba entre sus ramas, y los sauces danzaban cadentes con el viento que les acariciaba, era un momento mágico, arrobador, extático. Habría que haber estado allí para poder comprender lo que ahora estoy diciendo; es una sensación exquisita que se cuela hasta el interior mismo del ser. Después de ese instante sublime decidí descansar durante un momento, pero esta vez me recosté sobre una de las bancas frente al manantial y me quedé viendo hacia arriba, un poco hacia el Este, observando las estrellas. Allí estaba el cinturón de Orión: Alnitak, Alnilam, y Mintaka. También se veía Rigel, Proción, Cástor y Pólux. Además podía construir en mi mente las figuras de las constelaciones: Orión, el Can mayor, el Can Menor, parte de Cáncer, la Liebre…
El eclipse estaba comenzando, la Luna, ubicada en la constelación de Géminis, comenzaba a obscurecerse en la parte superior. Con el buscador del telescopio comencé a ubicarla para luego observarla por el ocular. ¡Allí estaba, inmensa, majestuosa! Me quedé observándola, cautivada, hechizada por el espectáculo; regulando la posición del objetivo de tanto en tanto para no perderla; era un espectáculo singular. Poco a poco, lentamente, se fue oscureciendo hasta que quedó totalmente cubierta de una especie de pátina de coloración rojiza opaca. En el preciso instante en que la luna pareció quedar totalmente cubierta, una extraña luminosidad argentina, semejando una esfera, comenzó a formarse como suspendida a escasos centímetros sobre la superficie del manantial. Aquel extraño fenómeno, lejos de causarme temor, me hacía sentir impelida a quedarme allí, a observarlo. Después de un momento, aquella forma luminosa pareció abrirse para dar paso a una persona, la cual, al igual que la luminosidad, también estaba suspendida sobre la superficie del agua del manantial. Era una imagen femenina. Por un momento pensé que aquello se asemejaba a una experiencia mística pero no, no era ese el caso. Al principio la imagen se miraba resplandeciente pero, al salir de la esfera y acercarse a mí, su aspecto dejó esa apariencia poco más o menos fantasmal para convertirse casi en una persona normal y corriente; digo casi, y hago énfasis en esto, porque era una señora, una mujer de belleza indescriptible, de exquisita venustez. Creo que si Afrodita hubiera existido, su belleza hubiese quedado opacada por la de esta mujer que ahora venía hacia mí. Aun cuando vestía una túnica larga, similar a una gramalla de la Edad Media, la cual parecía llevar con recato, al acercarse pude darme cuenta de que no era tal la situación, pues la tela de la cual estaba hecha aquella vestimenta era la misma del vestido que llevaba Eritia. Una tela casi transparente que dejaba ver el contorno perfecto de su cuerpo contra la luminosidad de aquel extraño objeto del cual había salido. Esto me produjo una situación similar a la que tuve cuando pude ver a trasluz el cuerpo desnudo de Eritia; se apoderó de mí el deseo de sentir su cuerpo con el mío, de acariciarlo de poseerlo o ser poseída. Aquella sensación me turbó, pues no era para mí concebible sentir deseo sexual por otra mujer. Fue entonces cuando recordé lo que mi carta natal me anunciaba: "una experiencia emocional con alguien del sexo femenino". Si todo aquello que estaba ocurriendo era real, la verdadera experiencia no se había producido todavía, porque la conjunción entre la luna eclipsada y mi luna natal todavía tendría que esperar algunas horas. "Cómo sería entonces esa experiencia" pensé.
Cuando aquella mujer estuvo a escasos centímetros frente a mí, me dijo suavemente, aunque no vi que moviera sus labios:
—Cierra tus ojos.
Y entonces colocó delicadamente sobre mi frente los dedos de una de sus manos y, luego, apenas unos segundos después, me dijo que los abriera. Aquello fue una gran sorpresa, una sorpresa inefable. Ya no estaba donde estaba… quiero decir que ya no me encontraba en La Fuente de las Ninfas, estaba en un lugar distinto, completamente distinto, no sé dónde. Era un lugar de indecible belleza, un paraje creado para deleite de los sentidos. Había también en el ambiente algo indefinible, una especie de melodía que acariciaba el oído; también el olfato percibía lo que parecía ser un delicado y agradable aroma que acentuaba la sensación de bienestar. El panorama que apreciaban los ojos inducía casi al éxtasis. El aire, tal vez por efecto de la vegetación, parecía tener un sabor agradable aunque, igual que todo lo demás, indescriptible con palabras. No sentía el escozor del pasto en mis pies mientras caminaba… Entonces tomé conciencia de algo en lo que no había reparado. Estaba desnuda pero… por alguna razón no sentía vergüenza, más bien me parecía que aquello era algo natural, habitual. Pasaba por aquel paraje de gran hermosura sin saber hacia dónde iba, pero sin inquietarme por ello. Y, además, sin tener sensación alguna de fatiga. Desemboqué en un claro de aquel hermoso y entre soleado bosque. Frente a mí, a menos de unos cien metros, se perfilaba una edificación similar a uno de esos templos griegos que aparecen en algunas postales. Continué caminando tratando de llegar hasta allí. Pero cuando estuve más cerca pude ver, entre unas arboledas a los lados de aquel edificio, a varias chicas. Unas sentadas sobre el pasto apoyadas sus espaldas en algún árbol, mientras otra u otras, acostadas, apoyaban sus cabezas sobre las piernas de las primeras. Unas estaban semi-vestidas, otras estaban completamente desnudas. Me llamó mucho la atención que todas ellas lucían unos cuerpos magníficos. Unas de piel blanca, otras trigueñas. Algunas se prodigaban entre ellas caricias, besos y abrazos de una ternura exquisita. Las demás se besan y acariciaban entre ellas sus partes íntimas; todas parecían estar enamoradas unas de otras. Aquello, a todas luces era un paraíso de delicado erotismo. La violencia, la prisa, la desesperación no tenían cabida en aquel sitio; el placer sexual entre las chicas, al parecer, podía mantenerse tanto como ellas quisieran. El tiempo no era determinante. Casi podría afirmar que allí, eso que llamamos tiempo y que parece escurrirse como agua entre nuestras manos, simplemente no existía. Todo permanecía en un eterno presente, el amor, el placer.
Mientras mi mente cavilaba sobre todo eso, dos chicas, con unas túnicas brevísimas, y de un lienzo muy ligero, salieron de aquel templo a mi encuentro. Una de ellas era Eritia, la chica que había estado conmigo unas horas antes en La Fuente de las Ninfas, me saludó al igual que su compañera, y me llevaron dentro de aquella edificación que yo creía era un templo. El interior del edificio era de mármol blanco o, al menos, así me pareció a mí. También sus columnas, el piso y las bóvedas eran del mismo material. Las chicas me condujeron por unos pasillos inimaginables desde fuera del edificio; Iluminados por una luz aparentemente natural que llegaba de no sé dónde. En ellos había unas especies de camarines abovedados practicados en las paredes mismas, en los cuales se habían colocado flores de colores blanco y violeta pálido. Todo dentro de aquel lugar producía una sensación agradable, placentera. No había nada en aquel sitio que produjese estímulos desagradables.
Llegamos a un recinto en donde había algo así como una alberca grande, el agua tenía la típica coloración azul celeste pero, combinada con la ambientación del lugar, llamaba al descanso. Las chicas me dejaron unos instantes parada frente a la escalinata que descendía hacia dentro del agua. Se desplazaron hacia un lado, se despojaron de sus túnicas y las dejaron caer sobre una banca de mármol; quedando ellas totalmente desnudas. Nuevamente los deseos sexuales me invadieron. Deseaba sentir los cuerpos de ellas, tocarlos, acariciarlos, saborearlos. Era un deseo que pedía el deleite de mis cinco sentidos. Eritia se colocó a mi lado derecho, mientras su compañera lo hacía a mi lado izquierdo. Ambas me tomaron de las manos y comenzamos a descender hacia adentro de aquella alberca.
El agua nos cubría hasta unos cuantos centímetros por encima de nuestras cinturas. Mis acompañantes, con la ayuda de unos pequeños depósitos de no sé qué material, que flotaban en la alberca, procedieron a derramar agua sobre mi cabeza humedeciendo, con la ayuda de sus manos, mi cabello. Después que todo mi cuerpo estuvo humedecido, me llevaron de regreso a la escalinata, al peldaño más alto, y me senté allí, dejando únicamente mis pies dentro del agua. Eritia y su compañera tomaron de un depósito una especie de crema que, creo yo, hacia las veces de jabón. Frotaron, con gran delicadeza, todo mi cuerpo; incluyendo mis partes más sensibles. Yo, simplemente, me dejaba hacer. Por momentos, mientras hacían su tarea, sus senos quedaban frente a mi cara y a veces su sexo. Sentía un deseo irrefrenable de acariciarlos, lamerlos. Pero algo dentro de mí me decía que debía de abstenerme de hacerlo. Nunca antes había sentido deseo y placer tan grandes. Vertieron agua nuevamente sobre mí cuerpo al mismo tiempo que lo frotaban para quitar los residuos de aquella crema y, después, me llevaron fuera de la alberca, secaron mi cuerpo y me recostaron en un diván que se encontraba a un lado. Allí me dieron un breve y suave masaje, del cual no se libraron mis lugares íntimos. Por último, me vistieron con algo así como una bata, elaborada de una tela que resultaba deliciosa al tacto. Nuevamente me dijeron que me recostara en el diván y que descansara, pues pronto me iban a llevar ante la presencia de Selene. Aquello me impactó y alteró mi tranquilidad; Eritia entonces me dijo que no me preocupara, que no había nada por lo cual debiera sobresaltarme. Luego ambas chicas se dedicaron a acariciarme durante un rato hasta que me tranquilicé. Me quedé allí, en aquella paz, disfrutando el momento y recordando lo que había interpretado de mi carta natal, todo parecía indicar que tendría una experiencia sexual con una mujer. Lo extraño era que ahora esa perspectiva no me incomodaba. Me sentía emocionada, expectante ante aquella nueva experiencia. Lo que me anunciaban los astros se estaba cumpliendo al pie de la letra.
—Vamos, Melisa, venimos para que nos acompañes a los aposentos de la diosa Selene.
Tenía los ojos cerrados, disfrutaba de aquella paz en la que me encontraba inmersa; Cuando Eritia y su compañera llegaron por mí. Me puse un tanto tensa cuando escuche lo que me dijo.
—No te preocupes, aquiétate, estás a punto de vivir los momentos de mayor placer que hayas podido imaginar en tu vida. La diosa está en estos momentos presta a recibirte. — Trató de tranquilizarme Eritia.
—Dime, —Empecé a tratar de entablar una conversación con Eritia, para tranquilizarme un poco mientras caminábamos por los pasillos hacia los aposentos de Selene— Cómo es que en un momento me encontraba en La fuente de las Ninfas y, de pronto, me encuentro aquí en…
–El Jardín de las Hespérides —Completó Eritia.
—¿De verdad estoy en ese lugar?
—Sí, pero no me preguntes cómo llegaste hasta aquí, como mortal no lo entenderías. Tú fuiste ninfa una vez, Melisa, igual que nosotras; pero decidiste permanecer en la tierra encarnándote como un ser humano común para ayudar a los demás mortales, pero ellos no pueden entender eso, se han cerrado a recibir cualquier ayuda celeste. La vida en ese planeta es dura, difícil. Hay mucha perversidad, engaño. El significado del placer se ha corrompido; y los humanos han llegado al extremo de la perversión encontrando goce en la violencia, en la destrucción; cuando realmente son conceptos totalmente antagónicos, incompatibles. Pero los habitantes de la tierra tienen la malévola capacidad de retorcerlo todo.
Me quedé un poco confundida con aquella afirmación de que había sido una ninfa. No hice ningún comentario, sólo continué conversando.
—Y tú, ¿por qué estás aquí? Si las ninfas son seres que están en la tierra.
—Todas las ninfas que estamos aquí, somos encargadas de cuidar del jardín. Pero también, explicarte esto sería bastante complicado.
Y así, casi sin darme cuenta, Eritia y yo llegamos hasta los aposentos de Selene. Eritia me guió a través de una habitación grande en donde había un jardín, en medio del cual se encontraba una cascada que al caer se deslizaba suavemente sobre unas rocas, hasta llegar a un manantial de aguas cristalinas. Alrededor del manantial había algunas plantas hermosas de apariencia tropical. Continuamos caminando siguiendo el perímetro del manantial hasta que encontramos a la diosa. Apacible, contemplando aparentemente el agua que caía envolviendo la roca, se encontraba Selene. Cuando se volvió hacia nosotras y pude ver su rostro, vi la belleza convertida en persona. De rostro sereno e inmensa dulzura; la diosa extendió sus brazos y con sus manos tomó las mías. Entonces me dijo algo más o menos así:
Ven pequeña ninfa,
Ven a mis aposentos,
A mi oasis encantado,
Fuente de delectación.
Ven a tomar un descanso,
Ven a reponer las fuerzas,
Que tu tarea en la tierra,
Tan insolente ha mermado.
La voz de la diosa en sí era una verdadera caricia, quedé como extasiada escuchándola. De la mano me llevó consigo hacia el oasis encantado prometido. La tensión de mi interior había desaparecido. Y entonces recliné mi cabeza sobre los senos de mi amante divina.
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—No quisiera regresar a la tierra —susurré al oído de Eritia mientras ella y su compañera me colmaban de besos y tiernos mimos.
Me despertaron ambas con mucho cuidado y delicadeza. Me habían encontrado en un estado de gran relajación, me sentía feliz, realmente feliz, libre…, ahora estábamos las tres descansando y acariciándonos; nos encontrábamos desnudas en aquel hermoso Jardín de las Hespérides.
EL eclipse sin duda había terminado, pero el recuerdo de mi experiencia divina, permanecería en mí toda la vida. Ahora mientras me encontraba con Eritia, y su ninfa compañera, aun cuando la placidez que sentía con ellas junto a mí era inmensa, no podía quitar de mi mente el deleite que me había prodigado mi apasionada amante celeste. Lo que había leído en mi carta astral, y lo que me había dicho Eritia en La Fuente de las Ninfas, se había cumplido. Un tabú se había roto.
—Eritia…
—Dime…
—Cuando la diosa y tú me dicen que yo soy una ninfa, lo dicen de verdad o únicamente para que me sienta halagada.
—La diosa no puede mentir. Aunque ahora eres mortal, sigues siendo una ninfa. Cuando dejes ese cuerpo que ahora tienes regresaras a tu realidad. La ninfa que realmente eres.
—¿Quién soy realmente?
—¿No te dice algo tu nombre?
—¿Melisa?
—Sí.
—¿Qué es lo que debería decirme que yo no lo sé?
—En realidad no lo recuerdas. Tú eres una Oréade, una ninfa protectora de las montañas. Tal vez ahora comprendas por qué en tu vida actual te agrada tanto visitar la montaña.
—Pero mi nombre, ¿Qué significa mi nombre?
—Melisa es miel, tú eres la ninfa que descubrió la miel en las montañas. Eres dulce como ella.
Nos continuamos acariciando y besando, sintiendo nuestros cuerpos, condescendiendo con nuestros deseos sensuales. Mas el arrullo de los pájaros en aquel sublime jardín produjo en mí un efecto calmante, y poco a poco comencé a quedarme dormida teniendo mi cabeza apoyada en el regazo de Eritia.
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Con el alegre canto de los pájaros, jugueteando entre los sauces y los pinos; un sol radiante comenzaba a aparecer entre las montañas, anunciando un nuevo y glorioso día. El clima era bastante fresco y el paisaje soberbio.
Melisa, acostada todavía en una de las bancas de cemento de La Fuente de las Ninfas, comenzaba a salir de su sueño, todavía nombrando constelaciones en su mente: "…León, Leon Mayor…" y escuchando el jolgorio de los pajarillos.
De pronto se despertó casi violentamente, y una mezcla de asombro y frustración se apoderó de ella. Trato de sentarse y luego ponerse en pié, pero la pesadez del profundo descanso la hizo tambalearse un poco. Las lágrimas casi afloraron a sus ojos. "Cómo"— pensó—"Cómo es posible que me haya dormido y no haber podido ver el eclipse". "Deseaba tanto hacerlo… y he perdido la oportunidad; cuando esto vuelva a ocurrir ya no voy a estar viva."Luego recordó a la chica con la que había estado conversando un rato por la tarde allí en la fuente. Y el sueño, ese sueño que parecía tan real. La señora que había aparecido dentro de una especie de esfera brillante. Pero… todo había sido un sueño, simplemente un sueño. Y lo peor, ni siquiera había podido tomar una tan sola foto del eclipse. Apesadumbrada, frustrada; se dirigió entonces hasta donde estaban montados en sus trípodes el telescopio y la cámara digital. Pero en el telescopio encontró un fragmento de tela transparente como cendal enlazado como una bufanda, que en un extremo tenía delicadamente bordado el nombre: Selene. Luego examinó la cámara digital y, esto era extraño, las baterías nuevas se le habían agotado. Y ella, estaba plenamente segura, no la había encendido. Entonces desmontó la cámara, le extrajo la tarjetita de la memoria, y se fue en busca de la Netbook para ver si había alguna foto en el dispositivo de memoria. Y ¡Sorpresa! Había toda una secuencia de fotos del eclipse; las cuales, estaba segura, ella no había tomado. Dentro de la mini tienda de campaña, viendo las fotos del eclipse en la pantalla de la minicomputadora, y con la pieza de tela en una de sus manos; comenzó a pensar que quizás no había sido un sueño lo que había vivido. Entonces recordó las palabras de Eritia:
"… la ninfa despierta en su lecho o en el sitio en donde fue requerida por la diosa para llevarla consigo".
Otro día, estando ya Melisa de regreso en su apartamento, comenzó a estudiar, en el ordenador de pantalla grande de su estudio, despacio, las fotos que estaban en el dispositivo de memoria de la cámara; y en la última foto del eclipse completo, sobre la pátina rojiza opaca de la luna pudo ver, aunque de forma tenue, dos imágenes femeninas, una de ellas reclinando su cabeza sobre el pecho de la otra