Nunca los había visto como hombres, eran solamente parte de un equipo de trabajo, pero aquel día comencé a fijarme en ellos. En la tarde hicimos un asado y comenzó a llegar el trago, cervezas y aguardiente, los comentarios se centraban en los buenos resultados obtenidos y el reconocimiento de los jefes, que les anunciaron un bono sustancial por su esfuerzo. Poco a poco se fueron marchando los empleados y me quede solo con mis aprendices y al menos el doble de licor que podríamos tomarnos.
Reían y se trataban con tanta camaradería que comencé a mirarlos, Daniel con sus 19 añitos era un hombre de 1.80 de estatura al menos y un cuerpo cultivado, Juan Alberto, Álvaro, Carlos y el menor, Miguelito, eran la compilación de la alegría juvenil y unos cuerpos envidiables; a mis 45 ya tenía barriga, una incipiente calvicie y toda la pesadez del sedentarismo de un cargo más administrativo que operativo. Me sorprendí mirando aquellos muchachos con algo más que admiración, los estaba deseando.
Como a las 8 de la noche, Juan Alberto dijo que era la hora de la ducha y me invitaron a compartir con ellos el baño colectivo. Riendo y jugando se fueron desnudando y no daba crédito a lo que sentía, mi pene se erectaba y deseaba no se que de ellos. Ver sus cuerpos juveniles, me provocaba deseos de besarlos a todos y todo su cuerpo. Carlos, que siempre fue el más ordinario, se fijo en mi erección y sin darme tiempo a nada dijo: ¡Huy, al jefe le gustamos!
Los cinco hicieron un semicírculo a mí alrededor, solo podía mirar esos penes hermosos y sentía cada vez más el deseo de acariciarlos, de besarlos, de sentirlos míos. Ninguno se cortó, y sus penes comenzaron a cobrar vida, comencé a mirarlos y a compararlos. Miguel tenía una porra morena con una cabeza morada, unos 16 cm., Carlos tenía unos centímetros más y un grosor igual al mío, Juan Alberto algo normal, blanco y con una cabecita rosada, el de Álvaro tendría unos 12 o 13 cm., pero el de Daniel era algo extraordinario, quizá unos 20 cm. y con una piel blanca y tersa.
Álvaro rompió ese hielo momentáneo: ¡Hágale jefe… se lo debemos todo! Abrimos las duchas para no despertar sospechas del vigilante, de un momento a otro me vi cogiendo aquellos miembros, llevándomelos a la boca alternativamente, sus manos se convirtieron en un ataque de dedos hormigueantes, unos y otros entraban en mi culo y frotaban ese punto de placer que es la próstata. Mientras unos me lo metían por el trasero, seguía mamando aquellas vergas juveniles, aspiraba su aroma fresco, enredaba mi lengua en sus huevos. Mi culito se había dilatado de tal manera que quería sentir dos vergas al mismo tiempo y no tardaron en complacerme. Ríos de leche calientita rodaban por mis muslos y mis mejillas, jamás había sentido tal placer.
Serían las 9 tal vez cuando todos concluimos, sentía mi culo roto y pletórico de deseos, jamás había tenido una relación homosexual, pero aquella noche se rompieron muchas barreras, era sexo salvaje y puro, sin condiciones, sin advertencias. Me deleité saboreando ese neutro sabor del semen, sentir como esa leche salía de mi culito y resbalaba por mis mulos me excitaba hasta el paroxismo. ¡Listo jefe… no ha pasado nada! El comentario de Álvaro me volvió a la realidad. Espero que sea cierto, que ninguno trate mañana de chantajearme con lo sucedido aquella noche.
Mañana debo recibir a los nuevos aprendices y me pregunto si la enseñanza llegará tan lejos.