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2008-09-05 02:15:22
Estaba contentisima, era verano y había encontrado un trabajo como niñera; yo debía irme con la familia de un medico, amigo de mis padres, para cuidar de un par de críos. Era increíble, me llevaban de vacaciones a su chalet de la sierra y encima me pagaban por hacerlo. Era un sueño, o al menos eso creía yo.
LA NIÑERA

Aviso del autor: Los hechos aquí relatados me han sido facilitados por una amiga mía. Me he limitado, pues, a darles forma de relato erótico coherente. No quiero decir con ello que su historia sea verídica, solo que me he limitado a contarosla. PELI

Capitulo 1: f/f

Estaba contentisima, era verano y había encontrado un trabajo como niñera; yo debía irme con la familia de un medico, amigo de mis padres, para cuidar de un par de críos. Era increíble, me llevaban de vacaciones a su chalet de la sierra y encima me pagaban por hacerlo. Era un sueño, o al menos eso creía yo.

Nada mas conocer al resto de la familia me choco un poco el hecho de que los críos ya eran bastante mayorcitos, pues Ana tenia doce años y su hermano Raúl mas de trece. Pero esto me alegro muchisimo ya que supuse que no tendría que andar todo el santo día detrás de ellos. Además Mercedes, su bella esposa, era bastante mas joven y guapa de lo que me imaginaba, por lo que sospeche que haría buenas migas con ella también.

Llegamos a media mañana al enorme y apartado chalet que ellos tenían en la sierra y, después de instalarme en un dormitorio junto al de Ana, y enfrente del de Raúl, al lado del aseo, les ayude a limpiar y recoger las cosas que traíamos para pasar el mes.

Este era enorme. Junto al cuarto de Ana había un cuarto de juegos y al lado del de su hermano había una salita para ver la tele. Luego estaba la escalera que bajaba a la planta baja y que subía a la buhardilla ( y que estaba cerrada con llave ). Al final del pasillo se encontraba el enorme dormitorio de los padres, con un aseo dentro. Este me maravillo, pues tenia una preciosa bañera en la que se podía hasta bucear de lo grande que era. Por no hablar de su gigantesca cama de matrimonio y su enorme armario lleno de espejos. En la planta baja lo normal, comedor, despacho, cocina y hasta una pequeña piscina.

La primera tarde, a solas con el matrimonio en el despacho de la cabaña, y tomandonos unos refrescos, fueron llevando la conversación hábilmente a temas muy privados. Casi estoy por jurarles que habían echado algo en mi bebida, pues me sorprendí a mi misma dándoles todo tipo de detalles íntimos acerca de mi pobre vida sentimental y de mis escasas relaciones con los chicos.

No es que me avergonzara reconocer que, a mis casi dieciocho años, y a pesar de mi considerable atractivo físico, mis contactos con el sexo opuesto habían sido mas bien breves e insatisfactorios. Es que en un momento dado les confesé, ruborizada hasta las pestañas, que era completamente virgen. Algo que solo algunas de mis mejores amigas sabían. Y ahora se lo estaba contando a unos desconocidos así, sin mas ni mas. Ellos no le dieron mayor importancia a mi confesión, mostrándose muy contentos por dejar a una chica tan responsable como yo al cuidado de sus hijos. Demasiado diría yo.

Cuando se marcharon a visitar a unos amigos, un par de horas después, aun me duraba el sofocón, y seguía sin explicarme como había podido contarles tantas cosas de mi. Mientras Raúl veía la tele abajo, Ana me ayudo a deshacer mis maletas, revoloteando a mi alrededor sin parar. Esta cría era un autentico remolino, con su pelito moreno cortado a lo paje y sus brillantes ojos oscuros era tan parecida a su padre como el hermano lo era a la madre ( pues era casi tan rubio como ella ).

La pequeña estaba encantada conmigo y no paraba de decirme lo mucho que hubiera querido tener una hermana mayor y cosas así. Yo le cogí aprecio enseguida, y ella a mi mas, pues no paraba de darme abrazos y besos en la mejilla cada dos por tres. Como no tengo hermanos pequeños la situación me encantaba, y jugaba con ella de mil amores.

Tanto jaleo formamos con nuestras risas y nuestras bromas que al rato apareció Raúl llamando a la puerta. Le dejamos pasar, y pronto estuvimos los tres revolcándonos sobre mi cama mientras repatriamos cosquillas a diestro y siniestro. Me divertí de lo lindo, y ellos mas todavía, acabando al final derrumbada de cualquier manera sobre la cama, con los brazos en cruz y los pequeños tumbados encima mío.

Un rato después, al ir a levantarme fue cuando repare en estragos que el alegre combate habían causado en mi ropa, pues mi camisa estaba prácticamente desabrochada y mi falda era un trozo de tela enrollado en el ombligo. No le di ninguna importancia, a pesar de que debido a ello la cabecita de Ana reposaba sobre mi sujetador de encaje y la de su hermano a un palmo escaso de mis braguitas.

Raúl fue el primero en ducharse, solo por supuesto, pues ya era mayorcito, aunque se comportara de un modo tan infantil. Pero Ana insistió mucho en bañarse conmigo y no supe como negarme. Al principio me daba un poco de corte pues, aunque había visto a muchas chicas desnudas en el gimnasio, nunca había estado tan cerca de una.

Su soltura y simpatía pronto me relajaron, y sus risas y bromas pronto fueron coreadas por las mías. Tanto que le permití enjabonarme mientras yo me lavaba mi larga melena castaña. Ana, con su desparpajo habitual, me dijo cuanto le gustaría tener una delantera tan grande y firme como la mía cuando fuera mayor, mientras me pasaba la esponja por los senos una y otra vez. Tanto que me puso los pezones de punta. Yo le dije que tuviera paciencia, pues ya tenia unos piquitos bastante prometedores, con unos gruesos botones de color rosa pálido que quizás, algún día, serian tan grandes como los míos ( aunque he de reconocer que llegar a tener una talla 100 tan firme como la mía no era nada fácil ).

Seguimos hablando de mil cosas hasta el momento en que, mientras tenia la cara llena de jabón, note como sus ágiles deditos embadurnaban a fondo mi intimidad de gel. Me sorprendí tanto ante su súbita intromisión que abrí los ojos al momento, logrando con ello que se me llenaran de jabón. Para cuando por fin conseguí enjuagar mis ojos la pequeña hacendosa ya había terminado de lavar a conciencia y en profundidad mis partes mas delicadas e intimas y seguía enjabonando mis piernas como si no hubiera pasado nada.

Luego la lave yo a ella y, aunque me hizo gracia notar como se endurecían sus pequeños pezones bajo mis dedos me sentí bastante violenta cuando pase mi mano por su pequeña hilera de pelitos negros hasta alcanzar su rosada intimidad. Ana, apoyada en mi y con las piernas muy separadas, no dejaba de bromear, por lo que al final me sentí bastante estúpida por ser tan mojigata y me apresure a terminar de lavar esa zona.

Luego, mientras le ayudaba a ponerse su liviano camisoncito le pregunte por sus bragas y ella me respondió que su mama decía que era antihigiénico dormir con ellas. No tuve mas remedio que darle la razón y ponerme yo también mi pijama de verano sin nada debajo. No era la primera vez que lo hacia, pero me sentía muy rara con el suave roce de la tela sobre mi cuerpo desnudo.

Durante la cena se portaron divinamente, pues no solo me ayudaron luego a recoger la mesa sino que incluso me prepararon un vaso de leche mientras yo fregaba los platos. Ahora es cuando sospecho que aquel vaso tenia algo mas aparte de la leche y la canela, pues a partir de ese momento empece a sentirme mucho mas inquieta.

Mientras arropaba a Raúl me apoye, sin darme cuenta, sobre su entrepierna. No me sorprendió tanto su gran tamaño como el hecho de que estuviera rígida como un palo. Al no saber mucho sobre chicos, supuse que era algo normal, a pesar de su corta edad, aunque reconozco que me turbo mas de lo que debía.

Lo digo porque mientras acostaba a su hermanita, sus continuos abrazos y achuchones provocaron que mis pezones se endurecieran como piedras. Ana, entre risas, atrapo uno con cada mano, mientras me decía que si se descuidaba la podía dejar ciega con un golpe de algo tan duro. Luego, mientras yo le revolvía el pelo cariñosamente, me dio un montón de besos en la cara, al tiempo que me decía lo feliz que era. Me dio tantos, y tan alocados, que coloco un par de ellos en mitad de mis labios, volviendo a provocar con ello mi turbación.

Cuando baje a ver la tele estaba ya hecha un mar de nervios. Cambiando de canal me encontré de pronto con una película porno en plena acción. Era la primera vez que tenia la oportunidad de ver una cosa así en privado y, como es lógico, me excite. Empece a notar como mis pezones presionaban sobre la fina tela del pijama y como el pantaloncito, que empezaba a estar húmedo, comenzaba a estorbarme.

Cuando quise darme cuenta mis manos estaban acariciando mis pechos por encima del pijama veraniego. Bajando una de ellas la lleve hacia mi entrepierna, donde comencé a acariciarme suavemente y a perder la noción de la realidad. Con un pequeño suspiro levante ambas manos, dejando que mi pelo suelto cayera sobre mi espalda desnuda cuando termine de quitarme la camiseta, seguida poco después del pantalón.

Allí estaba yo, en un frío sofá de cuero totalmente desnuda, sentada con las piernas abiertas y mis manos recorriendo mis pechos, mi barriga y mis muslos, hasta encontrar la cueva húmeda de mi entrepierna. Metí dos de mis dedos en la boca, para humedecerlos, y luego los introduje suavemente en mi interior, como había hecho muchas otras veces.

No dolió, y comencé a meter y sacar ambos dedos de forma cada vez mas rápida. Mi otra mano estaba acariciando mis pechos y pellizcando mis pezones sin descanso. Hasta que en el colmo del delirio introduje el dedo mas largo en mi boca para luego introducirlo, de golpe, en mi estrecho culito. Era algo que hacia en raras ocasiones, pero que me encantaba.

A esas alturas yo estaba de rodillas sobre la mullida alfombra del suelo, con dos dedos por delante y otro por detrás, apoyada sobre la fría mesa de cristal. Jadeando, a punto de terminar mi enésimo orgasmo, cuando de repente todas las luces del comedor se encendieron y los padres aparecieron en la puerta.

Quise morirme, allí estaban los dos mirándome fijamente mientras me masturbaba frente a la tele como una loca. Me puse el pijama lo mas rápidamente que pude, sin acertar a decir nada coherente, y con la cabeza baja me fui corriendo a mi habitación. Tambien me pareció oír como se cerraban las puertas de los niños precipitadamente, pero lo cierto es que no lo puedo asegurar.

Capitulo 2: EX, F/f, M/f

A la mañana siguiente me dijeron que tenia que ir al despacho. Cuando entre ya estaban allí los dos. Santiago sentado en su enorme butaca y su mujer de pie justo al lado de él. Me dirigí a uno de los sillones que estaban delante del gran escritorio y me senté. Santiago comenzó a hablar con su voz mas profunda:

- A raíz de tu comportamiento de anoche mi mujer y yo hemos decidido que lo mejor es que te marches, llamaremos a tus padres y le diremos que clase de hija tienen para que vengan a buscarla, así que haz tus maletas cuanto antes.-

Yo, casi llorando le suplique:

- Por favor, permita que me quede, si usted consiente en no llamar a mis padres estoy dispuesta a quedarme todo el verano sin cobrar nada, a cambio de su silencio y en pago a mi mala acción. Pero sobretodo no pueden decírselo a mis padres o me matarían de una paliza.-

Le vi mover la cabeza dubitativo, mientras miraba a su mujer y musitaba:

- No se, no se...

Estaba desesperada, así que le dije:

- Por favor, no les llame, haré cualquier cosa que me pidan....

El me miro fijamente y me dijo:

- ¿Cualquier cosa? ¿estas segura?.-

Y yo, viendo la oportunidad me reafirme:

- Por supuesto, lo que ustedes me pidan, pero por favor no les llamen.-

El miro un segundo a su esposa y me dijo que podía marcharme, que ellos lo tenían que hablar en privado. No se si lo soñé, pero cuando me levante para marcharme me pareció ver que algo se movía por debajo de la falda de Mercedes, algo que le acariciaba la entrepierna. Pero supuse que seria de nuevo mi mente calenturienta, que no contenta con el lío en que me había metido me estaba buscando otro. Por lo que salí sin decir nada y sin mirar atrás.

Al cabo de un rato, mientras pelaba una verduras en la cocina, Mercedes vino a darme el veredicto final. No dirían nada a mis padres, y mantendrían mi sueldo, si me portaba todo lo bien que les había prometido. Eso si, a la mas mínima queja de sus hijos yo saldría por la puerta con toda la ignominia que pudieran darme.

Al oír estas frases los dos pequeños, que escuchaban atentamente nuestra conversación sentados en la mesa, pusieron los ojos como platos y nos miraron con renovado interés. Viendo que yo estaba a puntito de llorar me apretó cariñosamente los hombros, al tiempo que me decía al oído que ella confiaba mucho en mi. Luego me deposito un beso en la mejilla, casi en la comisura de los labios, para dar fe de ello.

Un rato después, mientras ponía la mesa, Santiago se me acerco en silencio por detrás.

- ¿ De veras estas dispuesta a hacer todo lo que se te pida?.-

- Por supuesto le respondí.-

Y me dio un cariñoso cachete en el trasero mientras me decía:

- Siendo así todo se arreglara.-

El resto del día paso sin novedad, hasta la tarde, cuando se fueron los padres como de costumbre a visitar a su amigos. Estaba la mar de tranquila leyendo muy a gusto en mi habitación cuando vino Ana a pedirme que jugara con ella. Le dije que no me apetecía y me amenazo, muy seria, con decírselo a su mama. Sabia que tenia todas las de perder por lo que, a regañadientes, la acompañe a su cuarto. Ese fue mi primer paso cuesta abajo.

Estuvo peinándome y pintándome con la pinturas de su madre durante un par de horas, hasta que vino su hermano a pedirle que yo jugara con el. Discutieron un rato, y al final la pequeña accedió a prestarme a Raúl durante un rato mientras me buscaba ropita. Con el pequeño estuve jugando a los soldados pegándonos tiros por el comedor durante casi una hora, hasta que su hermanita vino a reclamarme de nuevo. La actitud posesiva de ambos niños estaba minando mi animo, logrando que obedeciera como si fuera un dócil corderito.

Al llegar a mi dormitorio me encontré con que Ana había revuelto todos mis cajones mientras tanto, hasta encontrar mi viejo vestido de fiesta, el de espalda descubierta, que no sabia aun por que había traído, si ya me estaba pequeño. Se empeño en que me lo pusiera a pesar de lo estrecho que me quedaba, pues me oprimia tanto casi no podía ni respirar. Y luego se quejo de lo mal que me quedaba el sujetador, obligándome a quitármelo a pesar de mis protestas. Mis pechos se marcaban de mala manera, asomando mas de la mitad por los laterales y por el escote, con los pezones amenazando con rasgar la tela. Pero aun así le encantaba, y no dejaba de aplaudir diciendo que parecía una princesa de cuento de hadas.

Para colmo empezó a sacar todos mis sujetadores del cajón, diciendo que no le gustaba como me sentaban, y que me los iba a guardar hasta que me fuera. De nada valieron mis tímidas quejas, estaba dispuesta a formar un buen alboroto si no se salía con la suya. Esa noche sus padres regresaron mucho mas pronto de lo que era habitual, quizás para ver como me estaba comportando, llegando para la hora de la cena.

Yo, por deseo de la pequeña, tuve que cenar ataviada de esa guisa. No se lo que me sentaron peor, si los continuos y amables comentarios que dedicaba Mercedes a mi cuerpo o las intensas miradas que su esposo clavaba en mis pechos. La mezcla de ambas cosas contribuyo a que estuviera echa un mar de nervios. Y no se me ocurrió otra forma de calmarlos que beber copa tras copa del excelente vino con que el padre llenaba nuestras copas continuamente.

De todas formas esa velada Mercedes aguanto bastante menos que yo el alcohol, por lo que mientras Santiago acostaba a los críos yo tuve que ayudarla a desvestirse. Supongo que fue la borrachera que llevaba la que la volvió tan pegajosa y melodramática. Desde que pase uno de sus brazos por encima de mi hombro para ayudarla a subir las escaleras ya note como esa mano se introducía por mi escote, aferrándose a mi pecho indefenso. Pero la euforia del vino y el esfuerzo que tenia que hacer para subir lograron que no le prestara mucho caso.

Aunque al final no tuve mas remedio que hacerlo pues, mientras le terminaba de desabrochar el vestido, ya tumbada sobre su cama, empezó a lloriquear, diciéndome que si era ya una vieja, que si su marido no la quería ya por eso, y cosas por el estilo, mientras sus habiles dedos jugueteaban distraídamente con mi pezón.

Luego aun fue peor, pues cuando le estaba poniendo el camisón, aferro mis manos con las suyas, y me obligo a toquetear uno de sus enormes pechos desnudos, mientras me preguntaba, sorbiendo las lagrimas, si se le estaban cayendo. Yo, acariciándola de un modo tan forzado, no pude sino decirle lo contrario, que seguían estando muy bellos y apetecibles ( lo cual además era cierto ). Con esto logre que ella me estrechara entre sus brazos, ebria de alcohol y felicidad. También conseguí terminar de vestirla y arroparla para que pudiera dormir la mona de una vez y me dejara por fin tranquila.

Mas tarde, a solas en mi dormitorio, me lleve la segunda sorpresa de la noche, cuando Santiago irrumpió de improviso, sin molestarse en llamar a la puerta, sorprendiéndome justo cuando iba a quitarme el vestido. No me dio tiempo de decirle nada, pues antes de que acertara a reaccionar ante su entrada ya lo tenia situado a mi espalda, diciéndome lo feliz que se sentía al tenerme en su casa y otras cosas por el estilo, mientras terminaba de soltar mi vestido sin que nadie se lo hubiera pedido.

Yo, sujetándolo firmemente por delante, para que no se vieran mis pechos desnudos ni se me cayera a los pies cuando terminara de soltarlo, no pude hacer nada cuando sus dos largas manos, deslizándose hábilmente por mis costados, se apoderaron de mis melones con total impunidad.

Santiago solo decía "que maravilla, Dios mío que maravilla" una y otra vez, estrujándolos y amasándolos con un ansia terrible e insospechada, con sus labios cerca de mi oído, jadeando entrecortadamente por la emoción. Y de repente se marcho, de un modo tan furtivo como había entrado, dejándome toda confundida y con los pezones aun erizados por las intensas caricias recibidas. Esa noche dormí fatal, dando mil vueltas en la cama y con unos sueños tan húmedos que no me atrevo ni a recordarlos.

Sin embargo, a la mañana siguiente ambos se comportaban como si no hubiera pasado nada de nada. Charlando conmigo como de costumbre y sin hacer ni la mas mínima alusión ni a mi cuerpo ni a lo sucedido durante la víspera. Esto aun me confundió mas, haciéndome incluso dudar de mis propios recuerdos.

Capitulo 3: f/f, m/f, M/f, EX

Esa tarde, nada mas salir los padres a realizar sus visitas cotidianas, Ana me obligo de nuevo a jugar con ella. Para evitar problemas insistí en que hiciéramos dibujitos, pero me salió el tiro por la culata, pues pronto se canso de emborronar papeles y me dijo que quería hacer conmigo lo que había visto en la tele en el programa aquel del Juego de la Oca.

Quería pintar mis pechos desnudos y, después de mucho insistir, no me quedo mas remedio que ceder, en vista del berrinche que estaba a punto de pillar la cría. Así que durante un par de horas estuve sentada en su butaca mientras la mocosa me embadurnaba los pechos con sus rotuladores. Se divirtió de lo lindo, sobre todo con mis pezones, los cuales, al endurecerse con sus continuos manoseos y roces, le llamaban la atención. Reconozco que llego un momento en que sus manitas llegaron a excitarme.

Cuando al final me pude marchar tarde un buen rato en quitarme toda la porquería que me cubría en el aseo. Pero no me libre tan fácilmente de ellos, pues cuando salí del baño ya estaba Raúl esperándome para jugar conmigo, como había acordado con su hermana. Estuvimos jugando a los vaqueros por el comedor durante un buen rato, hasta que al final Raúl me cogió como rehén india, atándome a cuatro patas sobre una de las mesitas del salón con una cuerda de las de tender la ropa.

Eso no tuvo importancia, lo que si la tuvo es que me bajo las bragas hasta las rodillas y me alzo por completo la minifalda, para poder "torturarme" a placer. Lo que hizo el mocoso fue darme una soberana tunda en las nalgas, sentado sobre mi espalda para poder palmearme mas cómodamente. Sus manos subían y bajaban una y otra vez, como si mi culito fuera un tambor, golpeando despiadadamente mi tersa piel.

Me sentí impotente y extraña, pues al tener las piernas abiertas muchos de sus golpes aterrizaban demasiado abajo, y notaba como la yema de sus dedos percutía en mi intimidad. Esos golpecitos, mas o menos continuos, terminaron por excitarme una barbaridad. Dejándome alelada y confundida cuando el chico al fin me soltó. Sin fuerzas ni ánimos siquiera para reñirle como era mi intención.

Estaba todavía medio abotargada cuando Ana regreso de su dormitorio, donde se había estado entreteniendo en enlazar la mayoría de mis sujetadores secuestrados entre si hasta hacer una especie de obra surrealista. Vino vanagloriandose de su obra ante su hermano, ante quien también presumió de haberme obligado a quedarme sin ellos durante mi estancia.

Raúl, no queriendo ser menos, pronto tramo su replica y, ante mi incredulidad, me exigió que le entregara todas mis braguitas del mismo modo que ya había entregado todos mis sujetadores. De nada valieron mis ruegos ni mis suplicas, pues ni siquiera mis torpes chantajes ni mis excusas higiénicas pudieron quitarle la tonta idea de la cabeza. Por lo que al final tuve que vaciar mis cajones en su presencia, dándole hasta las que llevaba puestas ante la amenaza implícita de lograr expulsarme de la casa sino lo hacia.

No hubo mas novedades por esa noche, por lo que respecta a los hijos, pues bastante tenia con las de la tarde. Pero aun me quedaba lidiar con los padres borrachos. Pues estos, como ya era costumbre, llegaron bastante pasados de alcohol, tocándome de nuevo hacer de niñera de ellos para ayudarlos a llegar hasta su dormitorio sin matarse. Esta vez era el padre el que casi no se tenia en pie, por lo que entre Mercedes y yo nos las vimos y deseamos para poder meterlo en la cama. Estaba tan agotada por el esfuerzo de subirlo por las escaleras que cuando se esposa me pidió que lo sujetara un instante, a fin de darle tiempo a quitar el edredón y las sabanas, pense que caería de culo al suelo.

Quizás hubiera sido lo mejor, porque mientras lo sujetaba como podía por la cintura, el muy descarado puso su cabeza sobre mi hombro y empezó a masajearme las tetas por encima del camisón. Para colmo su esposa, que tampoco andaba muy fina, tardo una eternidad en preparar la cama, por lo que sus caricias se me hicieron eternas. Sobaba mis pechos con un descaro increíble, apretándolos y amasándolos como si fuera un niño chico, mientras murmuraba cosas para si que nadie entendía.

Cuando la esposa vino a ayudarme a echarlo sobre la cama lo sorprendió con ambas manos aferradas a mis duros pezones, tirando de las puntas con deleite. Pero se limito a decirle "Venga, suelta ya eso cariño, que es tarde", sin hacer caso ni a mi intenso rubor ni a lo insólito de la escena. Supongo que fue porque estaba bastante mas mareada de lo que suponía. Pues tardo una eternidad en quitarle los pantalones, mientras yo despoje a Santiago de su camiseta con relativa facilidad.

Estaba dudando entre ayudarla o no cuando Mercedes, al tirar de sus pantalones, le bajo de camino su slip. El ver ese gigantesco trozo de carne, medio erguido, tan cerca de mi, me dejo helada. Era monstruoso, bastante mas largo y grueso que los pocos que había visto hasta la fecha en revistas o peliculas.

No podía quitar los ojos de semejante instrumento, me tenia hipnotizada, por lo que no repare en que una de las manos de Santiago estaba metiéndose por debajo de mi camisón hasta que esta se apodero, impunemente, de mi intimidad. La humedad que todos estos insolitos acontecimientos habían provocado en mi facilito las exploraciones de sus dedos, que deambularon a su antojo durante un buen rato, hasta que su mujer por fin lo arropo, sin mirarnos siquiera.

Fue otra noche de sueños agitados, en los que el monstruoso falo de Santiago aparecía una y otra vez, obligándome al final su recuerdo a masturbarme para poder descansar al fin y dormir unas cuantas horas con relativa tranquilidad.

Capitulo 4: F/f, m/f, f/f

Afortunadamente a la mañana siguiente el padre se llevo a los pequeños de compras al pueblo, supongo que para no molestar a la madre que se quedo en cama resacosa. A media mañana, después de recoger y limpiar la cocina, decidí subirle un zumo de naranja a Mercedes, a ver si se encontraba ya mejor. Estaba otra vez en plan llorón y casi me obligo a sentarme a su lado en la amplia cama, mientras empezaba a contarme sus penas. Tenia cogida una de mis manos con la suya y la apretaba constantemente, al tiempo que me narraba su vida.

No se exactamente en que momento, entre su juventud y su boda, empezó a deslizar mi mano por sus pechos desnudos, cogiendo mis dedos con toda confianza para pasar mis sensibles yemas por sus no menos sensibles pezones endurecidos. Apenas si la escuchaba ya, mientras ella seguí narrando sus cuitas y mi mano, obligada por las suyas, empezaba a bajar hacia su ombligo.

Intentaba mirarla a los ojos, incapaz ya de seguir el hilo de su narración, ya que mi mano había entrado de lleno en su cuidada y depilada mata de pelo. No podía creer que me estuviera pasando esto a mi, ni siquiera cuando note en la punta de mis dedos la humedad que manaba de su abertura. Sus manos aferraban la mía con vehemencia, enseñando a mis dedos como debían deslizarse por su ranura para darle mayor placer.

¡¡Vamos hombre!!... como si a mis entrenados apéndices le hicieran falta clases. Dejándome llevar por la experiencia empece a moverlos como si estuvieran dentro de mi en vez de dentro de ella, logrando así que la buena mujer pronto empezara a gemir de placer. Sus tiernos suspiros me llenaron de un extraño orgullo, por lo que acelere el ritmo de mis manipulaciones, llegando a meterle hasta tres dedos a la vez, ansiosa de verla rugir de placer.

Gotitas de sudor perlaban mi frente por el enorme esfuerzo que dedicaba a la inusitadamente grata tarea de doblegarla. Y me vi recompensada, pues a los pocos minutos grito como una loca, presa de varios orgasmos encadenados. Ni siquiera en la película porno había presenciado a nadie gozando tanto. Supongo que fue una gran idea pellizcarle el clítoris cuando empezó a convulsionarse con el primer orgasmo, pues con ello le arranque una serie interminable de clímax, cada uno aun mas fuerte que el anterior.

Cuando al fin saque mi mano de debajo de las sabanas Mercedes estaba tan cansada que no pudo ni darme las gracias, por lo que la arrope y la deje dormir sobre su propio charco de flujos, con la esperanza de que esta nueva locura no me afectara aun mas. Al cabo de un par de horas, cuando regreso el resto de la familia, yo ya casi había acabado de recoger y limpiar un poco la casa, con lo que me gane las felicitaciones del padre. Quizás demasiado elocuentes, pues las acompaño con unos cariñosos palmeos en mi grupa que no mejoraron demasiado mi estado de animo. Pues ya estaba empezando a mosquearme que los varones de la casa prestaran tanta atención a mis sufridas nalgas.

Digo esto porque el descarado de Raúl metía sus manos bajo mi minifalda a la mas mínima oportunidad, con la excusa de comprobar si le obedecía. Y digo bien, excusa, pues el mocoso a la que me pillaba desprevenida metía sus dedos tan a fondo y durante tanto tiempo como yo le dejara. Aunque al principio saltaba como un muelle al sentirlo, al final me acostumbre de tal modo a sus turbios manejos que solo necesitaba mover un poco las caderas mientras le decía "vamos", "porfa", o cosas así, para que me dejara.

Por eso el chico se aprovecho de que yo estaba sirviendo la mesa, de pie a su lado, debido a la ausencia de su madre enferma, para hacer de las suyas. Esta vez no se contento con acariciarme y, de un modo tan rápido como inusitado, metió uno de sus largos deditos dentro de mi culo. Casi derramo la comida del respingo que pegue, y solo pude musitar un "esta muy caliente" como excusa, mientras el chiquillo se reía por lo bajo y movía su dedo con mucho cuidado para que nadie se diera cuenta de lo que pasaba.

Lo cierto es que no se que me sorprendió mas, si la osadía del muchacho o lo duros que se me pusieron los pezones debido a la inesperada penetración. A pesar de servir los platos lo mas aprisa que pude ese fue, sin duda, el minuto mas largo de mi vida. Y sentí cosas tan extrañas en mi interior que no sabia como debia reaccionar. Estaba descubriendo placer en situaciones y cosas que no tenían sentido, y mi cabeza no paraba de dar vueltas intentando hallar una explicación lógica a mi comportamiento.

Esa tarde Ana, después de asegurarme que había cerrado la habitación de su cuarto con llave insistió en jugar a las casitas. Para eso no hacia falta encerrarse, pero vi su lógica en cuanto me hizo pasar a mi por madre y ella se empeño en ser mi hijita pequeña. Pues lo primero que me toco hacer fue darle el pecho como si fuera un bebe.

Me sentía de lo mas ridícula, con mi camisa desabrochada y la pequeña medio disfrazada recostada en mi regazo mientras succionaba mi grueso pezón con avidez. Aunque reconozco que su ávida boquita me estaba poniendo de lo mas excitada succionando y mordisqueándome a conciencia. Mi cuerpo, a mi pesar, se estaba dejando llevar cada vez mas, permitiendo a la pequeña escuchar mis cada vez mas continuos gemidos de placer.

Y justo cuando la jovencita estaba empezando a acomodarse en mi regazo, deslizando una de sus manitas osadamente bajo mi vestido la puerta se bario de par en par. No se si porque la cerro mal, o porque el padre sabia como debía abrirla desde fuera, pero el caso es que de repente me encontré cara a cara con el. No sabría describirles su mirada, ni tampoco las veinte mil cosas que pasaron por mi mente en esos largos segundos, pues lo único que se me ocurrió fue cerrarme la camisa torpemente ruborizándome mientras la pequeña se alejaba de mi en silencio.

Santiago, cuando al fin aparto sus ojos de mis pechos, se giro hacia su hija y le dijo, con la voz algo enronquecida, que ya sabia que no le gustaba que cerrara la puerta con pestillo. Luego se volvió hacia mi, y me dijo casi en un susurro que ya hablaríamos después. Yo solo atine a asentir, temblando por anticipado ante lo que se me avecinaba.

CONTINUARA...

Autor: Peli


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