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2011-02-24 02:09:10
El verano pasado alquilé una pequeña cabaña a la entrada de un pueblo costero de Cádiz. Fui solo, dispuesto a descansar una semana y a tomar el sol en la playa nudista que había cerca.

La cabaña era vieja y tenía únicamente lo básico: una cama, una cocina diminuta y un minúsculo cuarto de baño. Además de mi cabaña había otras cinco: una estaba vacía, dos estaban ocupadas por agricultores de la zona, otra por dos pescadores y la última por dos mujeres: una madre de 43 años y su hija de 20. Ambas se encargaban del alquiler, mantenimiento y cuidado de las cabañas.

El pueblo estaba a dos kilómetros de las cabañas, comunicado por una carretera mal asfaltada. A la playa nudista no se podía ir en coche, pues el camino de tierra que conducía a ella era muy estrecho. Había que hacer el desplazamiento a pie, en bicicleta o en motocicleta. La distancia entre las cabañas y la playa era de unos seis kilómetros. A ambos lados del camino había una serie de cultivos que eran trabajados por los campesinos de la zona. El camino no terminaba en la playa, sino que conducía hacia otro pequeño núcleo de cabañas.

Los primeros seis días de mis vacaciones transcurrieron rápidamente. Se resumían en playa, sol y sentarme por la noche un rato antes de dormir a escuchar música en la puerta de mi cabaña, contemplando el cielo y respirando aire puro.

Mi último día, domingo, me iba a deparar sorpresas excitantes. Como las otras mañanas me desplacé a la playa nudista en una bicicleta vieja que me había llevado conmigo. Como hacía un calor sofocante iba sin camiseta y únicamente llevaba un bañador tipo boxer de color azul y una mochila con comida y agua para pasar el día, una toalla, crema solar, así como un pequeño kit de reparación para la bicicleta, por si sufría alguna avería.

Por el camino hasta llegar a la playa me crucé solamente con dos mujeres que habían salido a caminar por el camino de tierra.

Al llegar a la playa vi que no había nadie, tal como había sucedido el resto de días. Dejé la bicicleta en la arena, saqué la toalla, la extendí y puse encima la mochila. Me quité el bañador y me di un baño refrescante. Cuando llevaba varios minutos en el agua, vi aparecer, acercándose a la playa, a dos mujeres andando, empujando sus bicicletas. Tras bajar a la arena y aproximarse un poco más reconocí a las dos mujeres: eran la madre y la hija que se encargaban de las cabañas. ¡ No sabía que hacían allí! Ambas se detuvieron junto a mi toalla y empezaron a hacerme señas para que saliera del agua. Salí del agua y me encontré desnudo delante de esas dos mujeres. No parecía que hubieran venido a tomar el sol, pues no tenían ni mochila, ni toallas. La madre iba vestida con una camiseta rosa y con una minifalda vaquera; la hija lucía un "top" ajustado blanco, que dejaba ver sus pezones y sus tetas liberadas de sujetador, y un pantaloncito corto veraniego de color negro, muy ceñidito. A ambas se les escapó una mirada a mi pene, primero furtiva, después ya sin disimulo. La madre me dijo:

- Perdona que te hayamos molestado. Es que hemos salido esta mañana temprano a dar un paseo en bicicleta y se me ha pinchado la rueda trasera ya cuando regresábamos a casa. Hemos tenido que andar un rato hasta llegar aquí. Como nos dijiste en las cabañas una vez que venías todos los días, nos hemos acercado a ver si te veíamos y nos podías ayudar con la reparación. Si no, tendremos que seguir caminando hasta las cabañas.

Le dije que en mi mochila tenía lo básico para poder reparar el pinchazo y que no tardaría mucho. La verdad es que me sentía algo incómodo allí desnudo delante de dos mujeres. La hija me ayudó a desmontar la rueda, mientras que la madre se sentó en la arena. Con el esfuerzo de la reparación la chica y yo empezamos a sudar. De pronto optó por quitarse el "top" dejando al aire sus dos senos coronados por unos pezones rosados. A continuación se desprendió también de su escueto pantalón y se quedó simplemente con un minúsculo tanguita blanco, transparente por delante y por detrás en forma de fino hilo que se perdía entre sus redondas nalgas. Pocas veces había visto un cuerpo tan bonito. Y lo tenía expuesto ante mí a escasos centímetros. Miré a la madre para ver cuál era su reacción ante lo que había hecho su hija y me llevé una gran sorpresa: estaba sentada con las piernas algo abiertas y…¡sin bragas debajo de la minifalda! ¡Había venido en bicicleta, con minifalda y sin bragas, sin importarle mostrar el coño a cualquiera que se cruzara con ella! Mi polla se empezó a poner dura cuando contemplé por unos segundos ese coño peludo de la mujer.

Terminé de montar la rueda y cuando fui a coger la bomba de aire para llenar la cámara, no estaba donde la había dejado: la tenía la madre y se la estaba metiendo por la vagina, masturbándose. Creo que se había excitado al ver mi pene en plena erección y que me había percatado de que no llevaba ropa interior. Le pedí la bomba y me la entregó: estaba pringosa por los flujos vaginales. Llené la cámara y concluí con la reparación.

La hija se metió en el agua con el tanga puesto para refrescarse; la madre se levantó de la arena, se quitó su camiseta rosa y la minifalda y se bañó completamente desnuda. Ella era más alta que la hija, pero también más robusta. Tenía dos pechos enormes y algo caídos. Iba empitonada en pezones. Ante lo que estaba viviendo mi excitación fue en aumento y mi polla parecía que iba a estallar: me la notaba ardiendo y mi semen deseando salir a chorros. Para aliviarme empecé a masturbarme y a los pocos segundos me corrí, derramando mi leche sobre la arena. Las dos mujeres no habían perdido detalle desde el agua.

Al salir ambas del mar, la chica joven ya no llevaba su tanga blanco: no sé cómo ni porqué, pero lo había perdido en el agua. Ahora mostraba en todo su esplendor su joven coñito depilado, a diferencia de la espesa mata de vello rizadito que se apreciaba sobre el de su madre. Cuando llegaron a mi altura me dijeron que tenía que haberlas esperado. Que ellas también estaban muy calientes. La joven me dijo que se había estado acariciando su sexo en el agua y que la corriente del mar se había llevado su tanguita al bajárselo para tocarse. La madre, por su parte, me comentó:

- Necesito sentir tu polla dentro de mi cuerpo y quiero que le des placer con ella también a mi hija, pues hace tiempo que no disfruta de una.

Se me presentaba la ocasión de follarme a una madre y a su hija y no iba a desaprovecharlo. Así que respondí:

- Por mí encantado, pero necesito unos minutos para recuperarme de mi eyaculación.

Además os quiero pedir algo a cambio, en concreto tres peticiones: la primera que os toquéis entre vosotras aquí mismo y ahora; la segunda que regresemos dentro de un rato los tres a las cabañas, pero vosotras os intercambiaréis la ropa, para que ahora sea tu hija la que vaya en minifalda enseñando su coñito a todo aquel con el que nos crucemos; y la tercera es que os dejéis follar por los hombres que encontremos por el camino. Si tenéis tantas ganas y necesidad de una polla, vais a gozar de más de una.

Las dos se miraron primero y asintieron después. Yo estaba deseoso de que empezaran a cumplir mis peticiones.

Mientras yo me recuperaba un poco, la madre empezó a acariciar a su hija. La joven se tumbó en la arena, que se pegaba a su cuerpo todavía mojado por el agua marina. Su madre, más experta, empezó a lamerle los pezones y a mordisqueárselos delicadamente, mientras la hija empezaba a gemir. La lengua de su madre fue bajando lentamente hasta su vagina: la estaba penetrando sacándole y metiéndole la lengua. La joven, por su parte, le acariciaba los enormes pechos a su madre. Esta le metió primero un dedo a su hija en el coño, después dos y poco a poco terminó con toda su mano dentro de la vagina. Estuvo un rato así moviendo suavemente su mano dentro del sexo de la hija, que daba ya unos gritos ensordecedores. Cuando llegó por fin al orgasmo y la madre le sacó su mano, la joven soltó una meada a chorros que salpicó por completo a su madre.

- Ahora te toca a ti- me dijo la hija. - Queremos sentir tu polla en nuestro cuerpo y que nos des tu rica leche.

Me acerqué a la madre, empapada del orín de su hija, le dije que se tumbara, le separé sus labios vaginales chorreantes por la excitación y le introduje mi pene hasta el fondo. Empecé con movimientos suaves, pero la mujer me pedía más ímpetu y velocidad. Yo empujaba y empujaba ya con todas mis ganas y fuerzas y ahora sí la mujer cerró sus ojos y gemía de placer. Notaba su coño ardiendo y no aguanté más: mi leche salió de mi polla a chorros llegando hasta lo más profundo de la mujer.

Estaba exhausto y me quedaba cumplir con la hija. Mientras trataba de recuperarme un poco, la hija le metía a su madre la lengua por la vagina tratando de saborear los restos de mi semen. La joven estaba excitadísima, se notaba que llevaba tiempo sin follar con un hombre. Tenía los pezones empitonados. Se me acercó y se metió mi polla en su boca. Empezó a hacerme una felación, mientras yo le tocaba sus rosados pezones con mis dedos. Sentía que no aguantaría mucho más, así que le metí mi polla en su coño, la empujé varias veces hacia dentro y hacia fuera, se la volví a meter en su boca y me corrí, derramando dentro la poca leche que me quedaba. ¡ Esas dos hembras me habían dejado completamente seco y con los testículos doloridos.

Tras beber los tres algo del agua que yo llevaba en mi mochila, nos dispusimos a abandonar la playa. Había llegado la hora de que ambas cumplieran mi segunda petición: que intercambiaran sus escasa y escuetas prendas. La chica se puso la camiseta rosa de su madre y la minifalda vaquera. Al ser más delgada que la madre, le bailaba un poco por la cintura, pero no le quedaba mal. Por su parte la madre se enfundó el ceñido top de su hija a duras penas: era más robusta que la joven y la prenda le aprisionaba de forma exagerada sus senos, que era lo único que cubría, pues dejaba al aire el resto del torso de la mujer. Los pezones se le marcaban de tal forma que parecía que de un momento a otro agujerearían la prenda. Lo mismo le ocurrió con los pantaloncitos: si a la hija solamente le tapaban las nalgas, a la madre no llegaban ni a cubrírselas del todo. Le quedaban tan ajustados que incluso se le metían por la raja del culo y daba la impresión que con cualquier movimiento se romperían.

Yo me puse mi bañador y los tres abandonamos la playa. Cuando llegamos al camino de arena y nos subimos a las bicicletas, se produjo lo que había pensado antes: cuando la madre se sentó sobre el sillín, sus pantalones no resistieron y se rajaron por detrás, dejando al aire casi la mitad del culo de la mujer. Esta comprendió rápidamente que tendría que hacer así el camino de vuelta. La hija iba delante, para mostrar su sexo a quien viniese de frente, yo iba en medio y la madre detrás, para enseñarle el culo a todo aquel que nos adelantara por la espalda.

Durante los dos primeros kilómetros no nos encontramos con nadie. Pero la cosa iba a cambiar: a nuestra espalda se empezó a escuchar la aproximación de dos motocicletas. Giré la cabeza y en efecto se aproximaban conducidas por dos campesinos de ya de cierta edad. Empezaron a reducir la velocidad para poder adelantarnos y de pronto le escuché decir al primero de ellos:

- ¿Estás viendo, Luis? ¡Si esa de ahí va con medio culo al aire!

Entonces le dije a las mujeres que parasen. Lo mismo hicieron los agricultores. Sin darles tiempo a que dijeran nada les pregunté si les apetecía follar allí mismo con las dos mujeres. Me miraron asombrados y sin responder nada cado uno se acercó a una de las mujeres. Los hombres se bajaron los pantalones y sus slips y afloraron dos penes bastante arrugaditos y pequeños, que poco a poco se iban agrandando. Curiosamente fue la hija la primera que empezó a desnudarse: no se lo pensó mucho. Tenía ganas de recibir la leche de uno de esos hombres que casi podía ser su abuelo. Cuando se bajó la minifalda, uno de los campesinos le dijo al otro:

-¿Será puta, si no lleva bragas?

Se abalanzó sobre ella y sin preámbulos le metió su pene en el coño. El pobre hombre no tardó ni un minuto en correrse, ante la desilusión de la chica.

En cambio, el que follaba con la madre aguantó algo más: no dejaba de sobarle las tetas, mientras la mujer le masturbaba con la mano. A continuación le metió la polla en el coño peludo de la mujer que de nuevo estaba empapado de su flujo. Tras un par de minutos de penetración, el campesino le sacó le pene de la vagina y dos chorritos de semen se estrellaron en las tetazas de la mujer. Esta recogió el semen con sus dedos y se lo llevó a la boca para tragarse hasta la última gota.

Los agricultores se vistieron apresuradamente y se marcharon rumbo al pueblo incrédulos aún de lo que acababan de vivir.

Las dos mujeres volvieron a ponerse la ropa, cada vez más sucia de sudor y tierra, y proseguimos el camino. Un kilómetro más adelante empezó a aparecer delante nuestra la figura de un hombre: venía caminando y cuando vio que venía una chica en minifalda y montada en bicicleta dirigió su mirada a la minifalda, esperando verle las bragas a la joven. Le dije a las mujeres que comenzaran a frenar y cuál fue la sorpresa del caminante cuando no vio unas bragas, sino el coño depiladito de la chica, que no había dejado de estar húmedo por la excitación en toda la mañana. Le repetí a aquel hombre treintañero las mismas palabras que a los campesinos. Pero no me dejó ni terminar: ya había empezado a quitarse sus bermudas y sus boxer y ,aunque la hija ya estaba ofreciéndole su coño, se dirigió a la madre, que ya se había despojado de su "top". Cuando vio que la mujer llevaba el pantaloncito semirroto por detrás, el hombre lo cogió con las dos manos por la raja que tenían y de un seco tirón terminó de desgarrarlos por completo, quedándose con ellos en la mano. Su polla era enorme y gruesa y se la dio a probar a la mujer por el culo. Ella dio un grito tremendo cuando se sintió aquello dentro de su ano. El hombre, totalmente sudoroso, se la follaba sin ninguna prisa por detrás y la chica joven aprovechó para acercarse agacharse bajo los testículos del caminante y lamérselos con la lengua y acariciárselos con las manos. Después se situó detrás de él y le lamía el culo. Yo me estaba masturbando sobre el bañador contemplando la escena y fui el primero en correrme, manchando con mi semen toda la delantera de la prenda de baño. Justo después el hombre empezó a gritar y paró sus movimientos, manteniendo por unos segundos más su polla en el culo de la mujer: acababa de descargar su leche.

Nada más sacarle la polla del ano, la madre no pudo aguantar y se puso a cagar allí mismo y a la vista del resto: la gruesa y larga polla le tuvo que revolver todo por dentro. El caminante se puso solamente las bermudas, dejo allí sus boxer y salió corriendo en dirección al pueblo.

Cuando la mujer se había aliviado, intentó limpiarse como pudo, utilizando primero los boxer del caminante y después sus pantalones destrozados. Finalmente se secó el sudor con el "top" blanco. Comprendió que el breve trayecto que quedaba tendría que cubrirlo completamente desnuda, pues su ropa había quedado inservible. La ropa de la hija también se quedó allí, pues estaba salpicada por lo que la madre había soltado por el culo. Yo me desprendí de mi bañador lleno de semen y los tres nos subimos desnudos a las bicicletas.

Ya se veían a lo lejos las cabañas, pero todavía nos aguardaba una última sorpresa: pocos metros antes de llegar aparecieron cuatro agricultores más. Estaban allí parados, como si nos estuviesen esperando. Al vernos llegar se dijeron entre sí:

- ¡Era verdad lo que nos dijeron nuestros compañeros: que había dos tías muy calientes con ganas de pollas y semen!

No les intimidó mi presencia y se fueron de dos en dos hacia cada mujer, sin mediar palabra. Se quitaron sus camisas y sus pantalones, mostrando unos calzoncillos que apenas podían contener las pollas erectas. La madre empezó a acariciarlas primero sobre los slips y después ya directamente. La hija se había dado más prisa y tenía una de las pollas ya dentro de su coño y la otra en su ano. Gemía y gemía de puro placer, mientras uno de los agricultores le mamaba las tetas.

La madre se metió una polla en la boca y el otro agricultor se la metió por el culo, todavía bastante sucio por cierto, cosa que no le importó al hombre: la pobre tenía la vagina tan irritada y escocida que no hubiera soportado la fricción de otra polla más.

Yo me limitaba a contemplar la orgía como mero espectador.

Tras varios minutos de placer sexual, los hombres les dijeron a la madre y a la hija que juntaran sus rostros, porque los iban a regar con toda la leche calentita y espesita que estaba a punto de salir. Ellas obedecieron y los agricultores se agitaron sus pollas con las manos hasta que uno a uno fueron descargando sus chorros de semen sobre la cara de ambas mujeres, que se relamían con la lengua para probar la leche.

Los cuatro campesinos se alejaron con sus motos en dirección al pueblo y allí quedaron las dos mujeres tendidas y exhaustas a escasos cincuenta metros de las cabañas. Poco a poco se levantaron, cubiertas de tierra, con semen en sus rostros y la madre con el culo que de nuevo estaba soltando sustancia marrón, pero en este caso totalmente líquida.

Las acompañé hasta su cabaña y ,tras coger la llave oculta en una maceta, abrieron la puerta, dejaron las bicis justo en la entrada y se fueron directamente las dos a la ducha.

Yo me marché a mi cabaña, me duché y no volví a salir de allí en todo el día. Estaba agotado por la excitación, las eyaculaciones y todo lo que había vivido.

A la mañana siguiente tenía que regresar ya a casa. Fui a la cabaña de las dos mujeres para entregarles mi llave y despedirme. Golpeé la puerta y tras unos segundos me abrió la joven, con cara de recién levantada. Llevaba puesto únicamente un tanga negro. Al fondo, tumbada en la cama, dormía la madre desnuda.

Le di la llave a la chica y ella me dijo:

- Gracias por lo de ayer. Fue el mejor día de mi vida, nunca había disfrutado tanto y en tan poco tiempo. A partir de ahora me masturbaré todos los días pensando en tu polla y en la de todos esos tíos. Además me he dado cuenta de una cosa: me encanta exhibirme. De hoy en adelante seré una exhibicionista, al igual que lo es mi madre desde hace años. Dejaré de usar tangas e intentaré ponerme siempre minifaldas lo más cortas posibles para que me pueda ver mi coñito aquí o en el pueblo todo aquel que quiera. Espera un momento.

Me trajo una bolsa con todos sus tanguitas para que los tirara en el primer contenedor por el que pasara.

- ¡Ah, y este también, que se me olvidaba!

Y se quitó el tanga negro que llevaba puesto, mostrándome por última vez su precioso y joven coño depilado. Yo le prometí que volvería el siguiente verano y ella me guiñó un ojo y me sonrió.

Cuando pasé por el primer contenedor de basura de camino al pueblo y a mi ciudad, tiré la bolsa con los tangas, pero el tanguita negro que se acababa de quitar me lo quedé para mí como recuerdo: lo había olido y estaba impregnado del inconfundible olor del coñito de la chica.

Autor: David


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