En plena desazón sentí unos tacones por el pasillo viniendo hacia la habitación. Pensé que sería mi amiga Marta, para pedirme disculpas e invitarme a abandonar, quizás a dejarlo para otro día con algo de suerte, pues parecía que las cosas no estaban saliendo como a los dos nos hubiera gustado. Gracias a ella había conseguido la oportunidad de hacer realidad mi fantasía e imaginaba que estaba tan decepcionada como yo. La puerta se abrió con sigilo y una mujer que no conocía asomó su cabeza. La tía debía estar ya cerca de los cuarenta pero resultaba sumamente atractiva. Tras asomar la cabeza abrió un poco más la puerta y pude fijarme mejor en ella. No estaba nada mal. Llevaba un vestido de noche, largo y de color rojo oscuro que armonizaba con su melena lisa y cobriza que parecía caer hasta media espalda. Su cuerpo, pese a la edad, se adivinaba dignamente conservado, luciendo un pecho bastante grande que tras un generoso escote llamó enseguida mi atención. Se quedó unos segundos mirándome sin decir nada y cuando no pudo más soltó una carcajada que ahogó enseguida, creo que más por vergüenza que por otra cosa. Tímidamente me dijo…
Volvió a reírse y esta vez salió de la habitación. Estaba claro que cierta curiosidad había, pero seguramente no se atrevía a tomar parte en algo así. A pesar de haber salido de la habitación no oí sus tacones alejándose. Volvió a abrir la puerta y esta vez algo más seria me preguntó:
En ese momento, sin saber porqué un escalofrío recorrió mi cuerpo y los latidos de mi acelerado corazón se desplazaron directamente a mi polla.
Sin decir nada más cerró la puerta y se acercó. Inmediatamente me levanté del sillón en el que me había sentado y me arrodillé frente a ella. Tras quedarse a pocos centímetros de mí me dijo:
- No te imaginas lo que me gusta que me coman el coño, así que a ver si te esmeras.
Justo decir eso, se levantó el vestido y sentí como los escalofríos paseaban de nuevo por mi cuerpo, esta vez sin abandonarlo. Culminando unos algo anchos pero apetitosos muslos llevaba unas bragas negras, muy finas, como de nylon, que aprisionaban y transparentaban un abultado chocho que se adivinaba bastante carnoso y totalmente depilado. Los labios mayores sobresalían a los lados de aquellas minúsculas bragas, que parecían no poder cubrir todo aquel, ahora apetitoso solomillo. Se quedó seria, sin articular palabra y pude ver como cerraba sus ojos cuando empecé a pasar mi lengua por sus bragas dibujándole la raja con la punta una y otra vez. Enseguida sentí su sabor, pues la cabrona ya venía mojada, por lo que me esmeré en lamerle todo el coño por encima de las bragas para saborear su esencia. Al momento de aumentar la intensidad de mis lametones puso sus manos sobre mi cabeza, al tiempo que empezaba a jadear tímidamente. Empecé a succionárselo suavemente y los jadeos aumentaron. En el momento de sentir como lo succionaba me dijo, ya con voz de viciosa…
-Bufffff, eso me gusta, que te lo comas…
Le levante algo más el vestido hasta ver el límite de sus bragas y se las bajé hasta las rodillas dándome cuenta de que la tía tenía el chocho que se podía chapotear en él.
Sin decir nada amorró ella misma mi cabeza con sus manos, a lo que lógicamente yo no opuse ninguna resistencia. Este vez empecé a comérselo bien comido. Lo succionaba bien, alternando con unos lametazos salvajes que separaban sus labios y parecían estar volviéndola loca. Los jadeos ya eran sonoros y parecía darle igual que sus amigas, allí en el salón, oyeran lo bien que se lo estaba pasando.
A esas alturas, sus piernas se encontraban más abiertas y la tía parecía querer llenarme la boca con su coño, pues no paraba de restregarlo fuertemente sobre mi cara al tiempo que yo se lo enganchaba con la boca y le pegaba unos tirones que le encantaban.
Lo cierto es que con la caña que le estaba dando el chocho se le había puesto enorme y yo me lo metía en la boca al tiempo que le daba buenos lametones para ver como sus hinchados labios se movían como una mariposa.
De pronto, bruscamente se separó y me dijo. "Cómeme el clítoris, pónmelo bien gordo!". Enseguida volvía mi posición inicial y ví como se separaba con los dedos la piel de su chocho descubriendo un clítoris hinchado y que tal como pude comprobar con mi lengua estaba bien duro. Empecé a lamérselo suavemente al tiempo que la instaba a que se lo sacara bien sacado. Empecé a aumentar la intensidad de los lengüetazos y me divirtió ver como su clítoris empezaba a tintinear como si fuera una campanita con los estímulos de mi lengua.
-Ahhhh, joderrrrr, me vas a matar de gustoooo.
No sabía dónde se había metido. Si esto la estaba matando, la iba a resucitar de golpe. Rodeé el clítoris con mis labios y se lo empecé a succionar con suavidad, sintiendo como yo mismo lo sacaba de su escondite. Me lo estaba comiendo de manera que cuando me retiraba me sorprendía ver lo gordo que se le estaba poniendo. Absolutamente fuera de su escondite, parecía un mini capullo en erección. No podía deleitarme con la vista porqué en cuestión de décimas volvía a apretarme contra su coño de forma violenta.
En ese momento, me parecíó oír de nuevo tacones hacia la habitación, pero estaba absolutamente extasiado con aquel potorro que se frotaba una y otra vez contra mi cara sin dejarme casi respirar.
Desvié la atención un segundo y vi a dos tías. No pude fijarme en ellas porqué recibí un bofetón que me hizo volverme a amorrar.
Las dos recién llegadas reían sonoramente y una de ellas de la cual sólo oía la voz dijo:
Cuando me di cuenta, una de los dos chicas se había ido. La otra, algo más joven que Helena, se había remangado la falda y se estaba pajeando. Me miró fijamente y sin decir nada se acercó hasta que mi mano alcanzaba a su coño. Se ladeó ella misma las bragas y empecé a toquetearselo. Esta estaba más mojada aún que la anterior. Tenía algo de pelo, pero un coño igualmente jugoso que el que me estaba comiendo. Enseguida empecé a pellizcárselo a lo que ella respondió gratamente.
-Así, dále pellizcos, cabrón
La cabrona contoneaba ligeramente sus caderas para disfrutar aún más de mis toqueteos. Intentaba cogerle todo el coño con la mano pese a lo resbaladizo que estaba. Esos intentos le propinaban unos pellizcos y unos tirones que parecían encantarle a juzgar por como gemía la muy guarra.
Mientras Helena, que se me había corrido ya dos veces en la boca, se retiró ligeramente aún jadeando para disfrutar del espectáculo y ver a su amiga disfrutando como una perra.
Helena parecía estar aún cachonda porqué cuando me di cuenta se acercó a Luisa y empezó a comerle la boca. Luisa sin dudarlo un segundo sacó la lengua, una lengua enorme, y le respondió con lengüetazos que me pusieron a mil. Las dos se enzarzaron en un lengüeteo vicioso hasta que Helena le sacó una teta a Luisa y empezó a comerle el pezón.
Yo seguía haciéndole una paja a Luisa como seguramente no se la habían hecho nunca. Ahora ya le había metido tres dedos en el coño y se lo estaba follando salvajemente. Envidiosa, Helena se volvió a acercar a mí y tras levantarse el vestido me ofreció su desflorado chocho para que le hiciera lo mismo.
Me encontraba arrodillado entre ellas, con un coño en cada mano, magreándolos, pellizcándolos y taladrándolos sin parar, cuando Luisa no pudo más y soltó un grito de placer que me llamó la atención. Inmediatamente se separó bruscamente y varios chorros salieron a presión de su coño bañándome la cara y parte del torso. Las dos empezaron a reírse.
Dicho esto, Luísa se agachó y empezó a lamer su propia corrida hasta que llegó a mi boca, propinándome unos lengüetazos a los que yo lógicamente respondí sin pensármelo. Helena también se sumó al lengüeteo y los tres nos fundimos durante un minuto y pico en un vicioso intercambio de babas.
Cuando nos dimos cuenta, las otras tres amigas, incluída Marta estaban en la puerta de la habitación observándonos.
Mónica era una morenaza de treinta y pocos, con pocas tetas, pero con una cara de mamona que enseguida me llamó la atención. Lucía un vestido negro de noche que quitaba el hipo.
A su lado, la mayor de las amigas era Laura, una madurita que pasaba de los cuarenta pero con unas tetas que lucían brillantemente tras la blusa blanca que llevaba. Para completar, una falda negra ajustadita con una abertura en el lateral que dejaba ver unas piernas más que destacables.
Y por último estaba mi amiga, Marta. No os la he presentado, pero es que he estado muy ocupado hasta ahora. ;-) Marta tenía 35 años y era casi tan alta como yo. Su pelo rubio destacaba entre el de sus amigas, aunque si algo destacaba eran sus maravillosas tetas que tantas veces me había comido antes.
Fue Marta precisamente quién propuso que nos fuéramos todos al comedor para continuar con la fiesta. Helena se subió las bragas como pudo y Luisa algo avergonzada intentaba devolver su aspecto al que tenía antes de entrar a la habitación. Todas salieron excepto Marta. Se me acercó y me dijo:
Los dos reíamos cuando me di cuenta de que Marta me estaba desabrochando el pantalón con cara de viciosa. La paré cogiéndole las manos y dándole un beso en la boca. Al retirarme le dije.
Me sonrió y los dos nos fuimos hacia el comedor.