La intención era celebrar una boda al mes entre las parejas del grupo, pero una boda muy especial.
Los contrayentes serían elegidos por sorteo metiendo en dos peceras de cristal los nombres de ellas en un, y los de ellos en otra. Si hacía menos de cuatro meses que ya habían coincidido se repetía el sorteo.
Las ceremonias se celebrarían siempre el primer sábado de cada mes. Oficiaría de Juez de Paz el amigo Ernesto, que además lo es; (siempre que no le tocase el papel de contrayente); la boda sería mu a la americana. El sitio sería el chalet de Gregorio; bien en el jardín, o bien en el interior; (ambos debidamente acondicionados); y los gastos correrían a cargo de todos los participantes.
Se dejó muy claro en los estatutos; que se redactaron y escribieron para conocimiento de todos; que todo el que acudiese estaría bien informado de las reglas del juego.
Porque lo primero que decía el juez tras los “si quiero” de rigor era: “Ya puede follarse a la novia”.
¡Y vaya si se la follaba! Al menos se la metía durante un rato; porque la celebración era larga; en medio de los aplausos de los asistentes.
Poco después era como la apertura del baile- Cuando se querían dar cuenta todo el mundo estaba follando con todo el mundo, con la “novia”, con el “novio”, con el primero que pillaban…
Mediada la “ceremonia” las habitaciones del chalet se habían llenado para las más heterogéneas orgías, Y cuando los asistentes eran bastantes, hasta por los sofás del salón y en el jardín se veía a mujeres chupando pollas, recibiéndolas por todos sus agujeros, en medio de una sinfonía de gemidos y gritos.
Como las parejas no eran estables; salvo tres matrimonios que eran los que más interés tenían en estas reuniones; era muy difícil caer en la monotonía. Al Contrario, había muchos y muchas que se pasaban el mes soñando con “el día de la boda”.