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2005-01-04 08:19:15
Lo que voy a relatarles a continuación es una experiencia 100% real que me ocurrió el pasado verano del 2003.
Me había desplazado de vacaciones a la bellísima ciudad de Málaga para olvidarme del estrés de Madrid, y disfrutar de la playa. A la vez que aprovechaba para visitar a mis tíos. Me alojaron como es costumbre en su casa. Los dos primeros días fueron de lo más tranquilos, alegría por ver a mis tíos. Jornadas intensivas de playa y un poco de pachangueo por las tardes.

Discúlpenme cachondos lectores pues olvidaba presentarme. Digamos que me llamo Manuel (es mi auténtico nombre, aunque muchas veces he leído en este tipo de confesiones que la gente se cambia el nombre), tengo 31 años, practico varios deportes y para ser fiel a la historia me veo obligado a ser presumido admitiendo que físicamente estoy bastante bien. Una vez presentado prosigo con mi experiencia que deje en la mañana del tercer día de vacaciones. Preparé como de costumbre lo necesario para pasar una buena jornada de playa. En el portal del edificio coincidí con una señora cuarentona con su hijo adolescente, equipados también con aperos playeros. Tuve suerte consiguiendo aparcar en sombra, y más aún hallando un lugar espacioso libre en la arena de la abarrotada playa.

Apenas había tenido tiempo de instalarme cómodamente y darme mi primer chapuzón cuando de regreso a mi sombrilla veo que la mamá y el chico que apenas hacía una hora había saludado estaban poniendo sus esterillas junto a la mía. En cierta forma no era casual pues era como dije antes el único sitio vacío que quedaba a esas horas. La mujer me reconoció también y me ofrecí galantemente para montar su sombrilla. Rápidamente el chico marchó a nadar, quedando yo conversando con Paula, pues este era su nombre (este si lo he cambiado pues no me veo en el derecho de jugar con la intimidad de otras personas). Me contó que era viuda desde hacía 3 años, que vivían en San Sebastián y que era el primer año que veraneaban en Málaga. Por su conversación supe que me encontraba ante una mujer correcta, agradable y un poco chapada a la antigua. Cosa que me confirmó cuando se decidió a quitarse su camisa mostrando un traje de baño bastante anticuado y recatado. A pesar de lo cual no pudo evitar que se adivinase un cuerpo con unas formas generosas bajo la tela. Enseguida intuí los enormes pechos y el rotundo culo de Paula. Pero por sus modos la valoré de una forma fría y no me despertó el morbo. Por ello no miento si digo que realmente fue la cortesía lo que me llevó a ofrecerles mi coche para regresar a la casa. Incluso la convencí para llevarla por la mañana al día siguiente, no sin reticencias por su parte. Al día siguiente tal como habíamos convenido llegamos todos juntos a la playa. Yo había notado que el hijo de Paula era un poco introvertido, incluso a veces tenía la sensación de que me observaba mientras tomaba el sol. “Este niño me tiene realmente preocupada” me confesó una de las veces Paula, aprovechando que Luisito se hallaba en el agua. “¿Por qué dice eso, Paula? “Le pregunté. Entonces me confesó que llevaba tiempo observando a su hijo comportarse extraño, vamos que tenía la terrible sospecha de que Luisito podía sentirse atraído por los hombres. Por supuesto que mi primera intención era la de haberle dicho que no se preocupará por ello que la sexualidad de Luisito podía ser igualmente satisfactoria siendo gay o siendo hetero, que formaba parte de su libertad. Pero como ya tenía calada la manera de pensar de Paula me contuve y me limité a consolarla diciendo que no lo sabía seguro, que quizás se equivocaba. Además mi sexto sentido me decía que siendo astuto podría conseguir algo de la preocupación de aquella mamá. Me basto un chapuzón a solas para tramar mi plan. Me volví a sentar a su lado y comencé a trazar mi red.


“¿ Sabe, Paula? creo que antes de tomar alguna medida, necesitaría cerciorarse sobre si realmente esas son las inclinaciones de su hijo “ - le comenté. Ella estuvo completamente de acuerdo con esta apreciación mía, pero se lamentaba de que no se le ocurría ninguna forma de averiguarlo. “A mi sí” - le dije. Ella me miró expectante. Le comenté que era un plan algo descabellado que se me había ocurrido, que mejor lo olvidase. Tras mucho insistirme le hice ver que lo mejor era observar la reacción de Luisito al ponerlo en contacto con la belleza de una mujer. Si la naturaleza cumplía su función debería excitarse. Tan sólo necesitábamos una voluntaria que intentase provocar los instintos del chico. “Y, ¿cómo vamos a encontrar a una chica que se preste a nuestro plan?, eso es casi imposible”- se lamentaba. “No si la voluntaria es usted misma. Tan sólo tiene que mostrarse un poco más sexy de lo normal. Enseguida veremos la reacción de su hijo”.

Después de muchos razonamientos conseguí convencer a Paula para ir a comprar esa misma tarde un bikini algo más sugerente para ella. Que no sintiese vergüenza pues al día siguiente escogeríamos una cala alejada de curiosos para llevar a cabo nuestro experimento. Sólo estaría ella y su hijo, y por supuesto yo también pero simplemente como un amigo dispuesto a ayudarla con sus preocupaciones. Tal como habíamos quedado a la tarde la llevé a una tienda de trajes de baño. Le gustó un conjunto bastante clásico, pero enseguida le hice ver que era necesario elegir algo bastante más insinuante, que por el bien de su hijo dejara por una vez de lado su recato. Tras muchas pruebas elegimos un bikini amarillo con poquita tela. Aunque lo cierto es que en la tienda los había mucho más subiditos de tono. Pero no quise forzarla más por miedo a que se echase para atrás. Me daba por contento con haberla podido ver en el mostrador luciendo un cuerpo mucho más jamón de lo que había podido imaginar hasta entonces, además aún le guardaba otra jugada que ella ignoraba. Pues justo después de dejarla en su casa me regresé a la tienda y descambié el modelo por el mismo pero con dos tallas menos. Ahora sí que le quedaría como el más atrevido de todos y ella no sospecharía de mi celada. A la mañana siguiente le dijimos a Luisito, ya en el coche, que pensábamos ir un poco más lejos para probar aguas más limpias lejos de la ciudad. Llegamos a una cala preciosa y solitaria. El niño y yo llevábamos ya puestas nuestros bermudas, así que saqué la bolsa con su bikini del maletero y le dije a Paula que podía cambiarse en el auto mientras nosotros íbamos instalándonos en la orilla. Como a los 15 minutos llegó Paula con una camiseta holgada y una toalla alrededor de su cintura. “la verdad no sé como pudimos escoger este bikini ayer me sienta realmente pequeño”, yo puse cara de circunstancias y le dije que no empezase de nuevo, que era la oportunidad de apartar las dudas que la embargaban, y que se quitase la camisa y la toalla.


“ Pero es que me da muchísima vergüenza“ - se excusaba. “Si ya te vi ayer con él puesto “.


É ste era un argumento que traía preparado. Dado que pensó que era cierto y además que no disponía de otra cosa para ponerse, termino quitándose la camiseta.

¡Dios mío ¡aquellos pequeños triangulitos de tela apenas le tapaban los pezones, y aún así parte de sus aureolas quedaban al descubierto cuando se movía.

“Vamos, Paula, ahora la toalla, no sea tan tímida, ¿no ve que estamos solos en la playa? “. Aquella parte sin ser un tanga acababa forzosamente incrustándose entre sus nalgas, haciendo el mismo efecto. Mientras que por delante guedejas de su enorme coño quedaban expuestas a la vista. Yo fingí una naturalidad e indiferencia falsa, pues lo cierto es que había conseguido una erección espantosa que a duras penas lograba disimular con mis amplias bermudas. Le hice notar la debilidad de la piel expuesta por primera vez al sol, para lo que me apresure a prestarle mi crema protectora de alta graduación. Tras aplicársela ella misma por delante le advertí que su espalda también lo necesitaba. Se puso bocabajo y yo por primera vez toque las formas generosas de aquel cuerpo. Conforme iba masajeando su cuerpo pude notar la incomodidad de Paula y cuando le tocó el turno a sus nalgones se puso completamente colorada. Luisito salió del agua y vino a por sus gafas de buceo. Apenas prestó atención a su mamá (creo que el chico era en realidad gay, pues aquella prueba no la hubiese superado ni Santo Tomás), tomó sus gafas y regresó al mar. “¿Lo ve usted, Manuel? Ni siquiera se ha fijado, y lo cierto es que estoy vestida como una auténtica puta!” Yo le dije que quizás necesitase un poco más de estímulo y como el chico estaba cerca de nosotros y podía verla perfectamente, que lo mejor era que me permitiese darle más crema de una forma insinuante. Se volvió a poner de espaldas y esta vez me centré sin reparos en su culazo. Mientras Paula miraba de soslayo hacía su hijo para ver si reaccionaba ante el sobeo que yo le propinaba. Animado pues parecía que Paula por fin se había tomada en serio su papel le pedí que contonease un poco el trasero al ritmo de mi masaje. Así lo hizo, ofreciéndome no sólo la visión de sus reales posaderas sino también su suave tacto. Aparte con una mano la tirilla que cubría su ojete y lo comencé a untar con crema, siguiendo un recorrido hasta su vulva que sorprendentemente hallé mojada. “Vaya, Paulacita, parece que se ha tomado usted su papel en serio” -le dije. Ella no respondió se limito a seguir contoneándose, para entonces había introducido un dedo en su ano. Ella protestó pero se callo cuando le indiqué que mirase con disimulo hacia la playa pues luisito por fin nos observaba excitado por el espectáculo que dábamos. “Creo que es hora de que le demos una lección practica de sexo, ¿no esta de acuerdo conmigo Paula?” Antes de darle tiempo a reaccionar ya me había quitado mi bermuda y apunte mi polla hacia su coño. La penetre desde atrás, pues seguía bocabajo. No me costó metérsela de un solo envite, pues se hallaba lubricado por la loción solar y por sus propios jugos. La agarré fuerte de las muñecas y comencé un metisaca violento hasta que Doña Paula empezó a gemir, a balbucear. Tras notar su primer orgasmo saqué mi polla y la encañone esta vez hacia ese culo que me obsesionaba. “No por favor, nunca lo hice antes por detrás”. Con esta confesión lógicamente no solo no me hizo cambiar de intenciones sino que me motivó aun más. Conseguí introducir laboriosamente la cabeza, provocando quejidos de Paula. Me deje caer y con mi propio peso la polla se hundió imparable hasta tocar con los huevos en la vulva. Paula dio un grito que debió escucharse en las calas vecinas. A los pocos minutos mi polla entraba y salía de aquel agujero como el pistón de un motor engrasado. Paula comenzó a gemir de nuevo. “¿Sigue queriendo que saque mi polla de su culo, Doña Paula?” “No, por favor no pares ahora, es realmente delicioso lo que se siente”. “Esta bien, zorra, seguiré dándote por el culo sólo si te pones a cuatro patas como la perra que eres y me pides que te rompa el culo” -le dije a la vez que me salía de tan delicioso lugar y la dejaba suelta. Paula con la cara desencajada por el placer se limito a ponerse a cuatro patas.


“ Por favor, rómpeme el culo, te lo ruego”. Paremos un momento querido lector para contemplar esta situación absolutamente real que me paso: Una señora respetable de 42 años, a cuatro patas en la arena de una cala suplicándome que le diera caña por el culo, mientras su hijo nos contemplaba atónito a apenas 20 metros de nosotros. Y todo esto lo había conseguido con un poco de astucia y decisión. Paremos en esta bella postal que conservo en mi memoria pues para mí la existencia no son más que estos momentos cumbres de morbo que decoran nuestra monótona vida de cuando en cuando… “Prepárate, zorra” - le dije mientras le daba unos azotes fuertes en el culo antes de volver a penetrarla de un golpe. Continuamos la enculada salvajemente hasta que notando que me iba a correr la tomé por el pelo y la obligué a tragarse toda mi leche. En el camino de regreso tras un silencio de plomo Paula le inquirió a su hijo “¿Te gustó lo que viste, Luisito?” “…Sí….mucho”.








El rostro de Paula se desembarazó de una tensión acumulada. Las duchas de la playa pasaban veloces por la ventanilla. El mar comenzaba a teñirse de melancolía tardía. El sol se estaba ahogando. Mire a Paula sus pechos casi desnudos a dos colores…me sonrió y su sonrisa me pareció otra ola más… y sus dientes quedaron a la misma altura de las espumosas y blancas crestas de las olas que rompían.


Autor: Anónimo


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