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2010-06-30 06:27:14
Claudia y Marcos eran un matrimonio normal de cuarenta años que vivía felizmente en una casa unifamiliar en la periferia de Madrid. Tenían una hija, Paola, con dieciocho años recién cumplidos, y ya llevaban casi veinte años de vida matrimonial.

Buscar nuevas experiencias sexuales para matar la monotonía puede acarrear graves consecuencias, y es lo que les pasó a Claudia y Marcos, en su afán por convertirse en una pareja liberal, su matrimonio se rompió en una sola noche. Claudia y Marcos eran abogados y propietarios de un importante bufete en el centro de la capital. Claudia estaba muy buena para su edad, con un cuerpo exuberante. Destacaba su elegancia y sus pechos grandes, con formas de campana, un culo algo abombado con las nalgas más flácidas, también con ojos azules y un pelo moreno y corto, con suaves rizos, muy juvenil. Marcos estaba muy orgulloso de la belleza de su mujer y estaba muy enamorado de ella. A él también le gustaba cuidarse y diariamente acudía al gimnasio para mantenerse en forma, de ahí su cuerpo atlético y atractivo. Eran felices en todos los sentidos, en lo personal, en lo económico y hasta en lo sexual, Marcos era bastante fogoso en la cama y casi a diario follaban como perros, follaban con imaginación, probando posturas, haciéndose mamadas, convirtiendo el acto sexual en una diversión. Luego les dio por alquilar películas pornográficas y cada sábado veían al menos dos, luego echaban un buen polvo y se iban a la cama calentitos. Tantas sesiones pornográficas y tanto dieron de sí a su imaginación que sus mentes terminaron viciándose. Una noche, tras visualizar una peli porno de orgías y tras estar follando durante más de una hora, se relajaron en la cama. Su marido se atrevió a preguntarle a su esposa cuál era su fantasía erótica preferida.

  • No sé… me pones en un aprieto. ¿Cuál es la tuya?
  • Tú primero, princesita. No vale acostarse con famosos, ¿eh?
  • No se me ocurre ninguna, la verdad.
  • ¿No te gustaría participar en una orgía? – le preguntó Marcos.
  • Te ha puesto la orgía de la peli, ¿eh? No sé, mucha tela, mucha gente. ¿Te imaginas todo el mundo metiéndomela?
  • A mi me pondría verte con otro, entregarte, ver cómo folláis – le confesó con el sonrojo en las mejillas.
  • ¿En serio? Muy liberal, ¿no?
  • ¿Quieres que algún día vayamos a un club de intercambio? – le propuso su marido -. Por probar. Son sitios serios y discretos. Hay algunos en la ciudad.
  • ¿Y qué tipo de gente va? – se interesó Claudia.
  • Gente selecta, son sitios caros, no creas que entra cualquiera. Además, podemos ir y tomar una copa, por echar un vistazo, no tenemos que hacer nada si no queremos. Si quieres, vamos el sábado. ¿Qué te parece?
  • Lo pensamos, ¿vale?

Claudia, gracias a la insistencia permanente de su marido y a su fogosidad en la cama, se había convertido en una emprendedora sexual. Amaba a su marido, se divertían juntos y estaba dispuesta a satisfacerle en todo aquello que le pidiera. No le agradaba mucho la idea de relacionarse con otro hombre ante su presencia, pero durante la semana Marcos se lo pidió varias veces y al final aceptó acudir a un club de intercambio de parejas, donde al parecer, según pudieron comprobar en la página web del club, se podían organizar tríos, incluso había salas habilitadas para ello. El sábado por la noche, su hija Paola se marchó de fin de semana con su novio y ellos se acicalaron para la ocasión de una manera muy elegante. Marcos se puso un traje de corbata azul marino y ella un vestidito muy corto de gasa, color rojo, con la base asimétrica, de finos tirantes, escote redondeado que dejaba a la vista el canal de sus pechos y en volandas. Se calzó con zapatos negros de tacón aguja que realzaban su trasero, se maquilló exquisitamente y se echó espuma en su melenita corta para darle un efecto mojado. Salieron bastante emocionados y a la vez temerosos por inmiscuirse en el mundillo liberal de los intercambios, pero estaban dispuestos a disfrutar de la novedad, vivir una experiencia única. Marcos llevaba tiempo fantaseando con la posibilidad de ver a su mujer follando con otro hombre, verla comportarse como una auténtica prostituta. Iba muy guapa, y deseaba verla en otras manos. Primeramente cenaron en un restaurante para ponerse a tono y en torno a la medianoche se acercaron al club Siull, un club se ambiente liberal, un club selecto conocido por su discreción y alto standing. Enseguida les impresionaron las instalaciones, todo muy limpio y ordenado, con una decoración exquisita. La entrada les costó 150 euros con tres consumiciones para cada uno. Un relaciones-pública muy joven les dio la bienvenida y se dispuso a enseñarles las instalaciones. Antes les advirtió de las estrictas normas del local. Nadie debía obligarles a nada ni ellos podían molestar a nadie, todo el mundo se comportaba de forma respetuosa, era un lugar para hacer amigos y para divertirse, un local acondicionado para que la gente se lo pasara bien. En la primera planta estaba la zona de la barra, los aseos, guardarropa, una zona de baile y unas salas íntimas para parejas, donde la gente hacía los intercambios o montaban tríos. Las salas eran pequeñas, con un sofá-cama y con asientos modulares para varias personas, dos mesitas redondas y un gran espejo que daba a otra sala más amplia con tatami, para organizar orgías y espectáculos. Había bastante gente entre hombres y mujeres, de diversas edades, aunque la mayoría rozaba la cuarentena y todos con muy buena planta. También algunas parejas bailaban y algunos grupos tomaban contacto en la zona de los reservados. Arriba estaba el jacuzzi, baños y zonas de masaje. El chico les deseó una feliz estancia en el Siull y algo cohibidos decidieron tomar algo en la zona de la barra. Se habían llevado una buena impresión del ambiente que allí se cocía. Como novatos, se fijaban en todos los detalles, cruzaban miradas con desconocidos, pero ni unos ni otros se atrevían a dar el primer paso. La inmensa mayoría de los asistentes eran clientes habituales por la desenvoltura con la que se movían. Muchas chicas iban en albornoz y algunos hombres estaban desnudos o con un slip. Varias parejas se morreaban en los reservados o se masturbaban unos a otros a los ojos del todo el mundo. Aquel ambiente les estaba poniendo muy cachondos, sobre todo a Marcos, que se fijaba en todos los hombres y en sus cuerpos desnudos imaginándose a su mujer entregada a uno de ellos. Una hora más tarde a su llegada, continuaban en un extremo de la barra, bastante cortados, sin tomar la iniciativa, sin emprender conversación alguna con alguien, Marcos de pie con una copa y Claudia sentada en un taburete con su elegante vestidito rojo. Ambos vieron salir de una de las salas a un hombre cubierto por un albornoz blanco. Lo llevaba abierto y se distinguía su enorme polla tiesa, gruesa y larga, con huevos gordos y peludos, sus pectorales velludos y su ligera barriga, dura e igualmente salpicada de vello. Se quitó un condón lleno de esperma y lo lanzó a una papelera, acto seguido se abrochó el albornoz y se acercó a la barra, al lado de donde ellos se encontraban. Pidió un coñac y saludó con las manos a varias personas, señal de que se trataba de un cliente habitual. Acababa de echar un polvo. Bajo el albornoz se notaban los contornos del pene. Rondaba los cincuenta años, melena larga y rizada y abundante perilla, un tipo maduro bastante atractivo. Marcos se imaginó a su mujer en las manos de aquel hombre que acababa de echar un polvo con alguna. El tipo se percató de que le miraba y le saludó agitando la cabeza.

  • Hola, soy Mateo.
  • Hola, yo soy Marcos, y ella es Claudia, mi mujer.
  • ¡Qué chica tan guapa! – la halagó estampándole dos besos en las mejillas -. ¿Es la primera vez que venís?
  • Sí, bueno, la convencí, y bueno, aquí estamos. No conocemos a nadie…
  • Aquí la gente se lo pasa en grande. Hay que venir dispuesto a todo -. Sonrió.

Poco a poco fueron tomando confianza con aquel desconocido que tan afectuosamente les había atendido. Cometieron la imprudencia de decirle que eran abogados, el nombre del bufete e incluso la zona donde residían. Les invitó a unas copas y les puso al día en el ambiente liberal, las fiestas que se organizaban, lo que solía hacerse en aquel tipo de clubes. Miraba hacia Claudia con ojos viciosos, con ganas de follársela, y Marcos le daba alas mostrándose amable con él. Parecía un tipo divertido, el tipo idóneo para que se follara a su esposa. Les entregó una tarjeta de visita. Era representante de actores y modelos.

  • Pues mi hija Paola quiere ser modelo – confesó Claudia, ya más animada.
  • Podemos hacer algo por ella, llámame esta semana, tengo mis contactos para conseguirle una prueba, aunque no puedo prometerte nada.
  • No se lo va a creer.
  • ¿Será tan guapa como su madre? – la piropeó.
  • Vaya, muchas gracias.

Marcos asistía a las maneras con las que su mujer intimaba con aquel desconocido. El tipo le susurraba al oído, la toqueteaba por los hombros y las piernas y la hacía reír. Y él cada vez más cachondo. Un rato más tarde, Mateo propuso ir a un lugar más íntimo y ver la orgía que cada noche se montaba en el tatami. Pidió una botella de champán con tres copas y se dirigieron hacia una de las salas para parejas. Había una cama ancha con sábanas atigradas, un modular para sentarse, una mesita redonda y el gran espejo desde donde se veía la orgía. Numerosas parejas follaban como perros enrollados unos con otros. Se desarrollaban escenas de todo tipo, lésbicas, gays y bisexuales. Marcos se había propuesto un trío y estaba a punto de conseguirlo. Su mujer estaba bastante borracha y dispuesta a gozar. Mateo parecía el hombre idóneo para participar. Sonaba una música ambiente y en la sala había una luz tenue. Embelesados con la orgía, Marcos tomó asiento en uno de los modulares y Claudia se sentó en el borde de la cama, erguida, con las piernas cruzadas. Mateo abrió la botella y llenó las tres copas, ofreciéndole una a Marcos y otra a Claudia. Llevaba la iniciativa. Brindaron por el inicio de una amistad y después se sentó al lado de Claudia. Los ojos de Marcos se fueron hacia la pareja. Los faldones del albornoz de Mateo cayeron hacia los lados y le dejó los robustos muslos al descubierto. Claudia también las miró con cierto descaro, como para incitarle. Estaba bueno como hombre maduro y ella estaba muy caliente, con el consentimiento de su marido para echar un buen polvo.

  • ¿Nunca habías visto una orgía en directo? – le susurró Mateo muy cerca de su oído.
  • No, sólo en películas.
  • Puedes participar si quieres. Está abierta a todo aquel que quiera mirar y ser visto.
  • ¡Uf! Es mucho para mí – añadió dando un trago.

Mateo alzó la mano y le acarició la cara bajo la barbilla, a modo de niña buena. Ella le miró seria. Marcos permanecía atento a lo que sucedía ante sus ojos.

  • Eres una mujer muy guapa -. Le acarició la mejilla con toda la mano abierta y le metió los dedos por el cabello -. Enséñame las tetas.

El tono de su voz sonó como una orden imprevista. Claudia se mordió el labio, como para contener la ola de placer que calentaba su vagina. El muy cabrón sabía ponerla con morbosidad. Marcos, entusiasmado, comenzó a desabrocharse el cinturón y a bajarse la bragueta. Su mujer, muy despacio, se bajó los tirantes y el escote y exhibió sus preciosas tetas, con forma de peras, blanditas, de piel muy blanca, con pezones pequeños en medio de oscuras aureolas. Mateo aún le revolvía con suavidad el cabello.

  • Muévelas.

Erguida en el borde de la cama, meneó ligeramente el tórax y sus tetas se movieron como si fueran dos flanes. Mateo bajó el brazo y le cogió una por el pequeño pezón para zarandeársela. Ella frunció el entrecejo a modo de queja, sintiendo cierto dolor ante los tirones. Vio que con la otra mano se desabrochaba el cinturón del albornoz y se lo abría para mostrar su gigantesca polla, extremadamente larga y ancha, provista de un glande carnoso y apetitoso. Marcos, como un espectador, se había metido la mano dentro del slip y se la tocaba ante los abusos que sufría su esposa.

  • ¿Quieres masturbarme? Adelante, agarra mi polla…

Tímidamente, acercó su manita derecha y rodeó la verga para sacudirla con lentitud. Los huevos se le meneaban despacio al tirar hacia arriba. Ambos se miraban a los ojos. Ella se mantenía ladeada hacia él con las tetas fuera.

  • ¿Te gusta mi polla?
  • Sí…

La sujetó por la nuca y le acercó bruscamente la cabeza para besarla. Marcos vio cómo las tetas de su mujer se aplastaban contra los pectorales velludos de Mateo, cómo se morreaban, cómo baboseaban a mordiscos, cómo su mujer le menaba la polla de una forma pausada. Claudia metió la mano izquierda por dentro del albornoz a la altura del hombro y tiró de la prenda hacia atrás para dejarle desnudo. Pasó su manita por su ancha espalda, como deseosa de tocarle. La postura resultaba realmente electrizante para Marcos. Ambos sentados frente a él, besándose con pasión, ella echada sobre otro hombre, pajeándole, Mateo desnudo con la mano apretando la nuca de su mujer para que no dejara de morrearle. La soltó. Ella respiró acezando sin parar de sacudirle la verga. Sus tetas se columpiaban al son del brazo.

  • Tócame los huevos -. Bajó la mano hacia los huevos y empezó a sobárselos a modo de leves achuchones. Estaban ásperos y duros, salpicados de vello muy largo y rizado -. Mira tu marido cómo se pajea. Le gusta mirar.
  • ¿Te gusta así? – le preguntó ella con el deseo de hacerlo bien.
  • Sigue tocándome -. La agarró de los pelos por detrás y le tiró de la cabeza tensándole los músculos del cuello. Claudia abrió la boca quejándose. Marcos le miró a los ojos, ya con el pene por fuera del slip, sin parar de meneárselo, hipnotizado con la brusquedad con la que trataba a su esposa -. ¿Quieres que me folle a esta guarra? Habla, cabrón.
  • Sí…

Miró hacia Claudia.

  • Quítate el vestido, zorra.

Obediente, se levantó y se sacó el vestido por arriba dejándose sólo el tanguita negro, con una tira negra bastante gruesa metida por el culo. Mateo se levantó cogiendo la botella de champán y llenándose la copa el sólo, pendiente de las transparencias de las bragas. Claudia volvió a sentarse en el borde de la cama, moviéndose con timidez ante la rudeza de Mateo. Se acercó a ella y la cogió por la barbilla levantándole la cabeza.

  • Prueba mi polla, ya verás como te gusta.

Le agarró la verga por la base y acercó la boca para mamársela. Empezó a chuparle sólo el glande, como si fuera un helado, pero él le colocó ambas manos en la cabeza y la empujó hacia él hundiendo su verga hasta la garganta. Claudia sufrió unas arcadas ante el desagradable sabor a orín, con los huevos en la barbilla, los labios en el vello púbico y aquel tronco duro abordando toda su boca. Su frente chocaba contra la barriga dura de su agresor. Marcos pudo ver sus mejillas hinchadas. Su mujer sentada y Mateo de pie. La saliva le resbalaba por la comisura de los labios y le goteaba en las tetas. Mateo comenzó a moverse, a contraer el culo, follándola vilmente por la boca. Ella procuraba abrirla al máximo, vomitando saliva, notando cómo el tronco le apretaba la lengua contra los dientes y el glande le golpeaba la campanilla de la garganta. Se detuvo de repente con la polla fuera, a pocos centímetros de sus labios. Unos gruesos hilos de babas pendían de la punta y varios goterones de saliva abrillantaban la barbilla de Claudia.

  • Date la vuelta, puta de mierda -. Limpiándose la boca con el dorso de la mano, se levantó y se giró dándole la espalda. Se subió encima de la cama, a cuatro patas, con las rodillas en el borde y su culito empinado hacia él. Mateo miró a Marcos por encima del hombro -. Tú, cabrón, desnúdate también y ponte al lado de esta zorra.

Embargado por la lujuriosa emoción, Marcos empezó a desnudarse. Mientras tanto, Mateo azotó el culo de su esposa con severas palmadas en las nalgas, palmadas que le enrojecieron la piel y le provocaron gemidos de dolor. Le apartó la tira del tanga a un lado y le pasó la mano por el chocho.

  • Estás mojada, hija puta -. Le abrió la raja del culo con brusquedad y le lanzó un escupitajo a su pequeñito ano, de esfínteres rojizos y tiernos -. Voy a romperte este culito, zorra.

Completamente desnudo y sin parar de masturbarse, Marcos se acercó a la cama creyendo que participaría junto a Mateo en la previsible penetración anal.

  • ¿Estás bien, cariño? – le preguntó.
  • Estoy bien – contestó Claudia.
  • Ponte a su lado – le ordenó Mateo. Marcos sonrió sin comprender -. Vamos, maricón, quiero tu asqueroso culo junto al de esta zorra.

Extrañado, se subió encima de la cama y se colocó junto a ella a cuatro patas. Ambos se miraron, temerosos por la severidad de Mateo. Ambos culos estaban juntos. Uno blanquecino y peludo, con los huevos colgando entre las piernas, y otro suave y reluciente, con el chocho embadurnado de saliva. Mateo disponía de los culos del matrimonio novato a su entera disposición. Se arrodilló tras el de Marcos, le abrió la raja con brusquedad y hundió su cara para chuparle el ano y los huevos. Mirando a su mujer, frunció el entrecejo al sentir el roce de la barbilla y los lengüetazos sobre toda su rabadilla. Un hombre le estaba chupando el culo en presencia de su mujer, un acto homosexual inimaginable. Sentía la lengua zarandeándole los huevos y algunos escupitajos sobre el ano. Se acrecentaron sus nervios y su pollita se desvaneció. Después Mateo dio un paso lateral hacia el culo de Claudia y sin abrirle la raja pegó toda la cara intentando lamer su chocho, con la nariz incrustada en la raja. Marcos miró por encima del hombro sin atreverse a decir palabra. Observó cómo ansiosamente le chupaba el culo a su esposa. Claudia lo meneaba ligeramente ante el cosquilleo de la barbilla y la lengua. Tras mojar los dos culos, Mateo se levantó sacudiéndosela. Los nervios le estaban jugando una mala pasada y estaban tan cohibidos que ni se acordaron del uso del preservativo.

  • ¡Qué buena estás, cabrona! – le asestó una palmada en una nalga antes de acercar la polla a su diminuto y tierno ano. Lo rozó con la punta, con el glande apretujado entre las dos nalgas -. Quiero follarte.

Apuntó hacia el chocho y se la clavó secamente, volviéndola a sacar entera. Claudia gimió con la boca muy abierta y la mirada dirigida hacia el rostro pálido de su marido. Mateo observaba el coño fresco y abierto, recién taladrado. Volvió a asestarle otra clavada con la misma contundencia y a extraer toda la enorme verga un segundo más tarde. Ahora Claudia bufó con los ojos cerrados, como intentando contener el poderoso placer. La agarró fuertemente por las caderas y la penetró de nuevo, esta vez para follarla con ligereza, deslizando la polla hasta el fondo del chocho, asestándole con la pelvis fuertes golpes en las nalgas, obligándola a gemir como una loca, a cabecear y resoplar para acaparar todo el placer. Marcos asistía a cuatro patas a la follada. Observa el rostro lujurioso de su esposa, sus tetas balaceándose como locas, los chasquidos de la pelvis contra las nalgas, los gemidos, la polla de aquel desconocido rompiendo su chochito tierno y jugoso. Se dio cuenta de que Mateo no se había puesto preservativo, pero ya era tarde y no se atrevió a interrumpir aquel polvo. Su polla se enderezó al ver cómo la follaban, aunque su patética postura le impedía concentrarse. El sudor de Mateo corría a goterones por sus pectorales al perforar el chocho tan precipitadamente. Nunca oyó a su mujer chillar de aquella manera, unos chillos de placer que la volvían loca. Mateo se detuvo de repente con la verga fuera, como dándole un respiro a Claudia, quien procuró calmarse a modo de resoplidos. De la verga empinada colgaban babas vaginales que caían al suelo, señal de que su mujer se había corrido. Ambos hombres se miraron a los ojos.

  • ¿Te gusta, marica, cómo me follo a la perra de tu mujer?

No supo qué decir, se limitó a desplegar una estúpida sonrisa. Mateo dio un paso lateral hacia el culo de Marcos y como había hecho antes con Claudia, le atizó un par de palmadas en las nalgas peludas. Se mantuvo a cuatro patas, como aguardando la violación, como aguardando vivir una nueva experiencia homosexual. Claudia se irguió y bajó de la cama secándose el sudor con el dorso de la mano, pasmada por cómo sodomizaba a su marido.

  • ¿No sabías que tu marido eran tan maricón? -. Claudia se pegó al costado de Mateo abrazándole, con sus tetas apretujadas contra su piel sudorosa, pasando su manita derecha por sus pectorales y la izquierda por su culo. Se besaron a mordiscones.
  • Fóllatelo – le susurró ella ante la enorme sorpresa de su marido, que observaba atónito mirándoles por encima del hombro.
  • Puta maricona…

Lo agarró con rudeza por las caderas y pegó el glande a su peludo ano. Necesitó varios empujones para meterle todo el glande. Marcos frunció el ceño dolorido ante el grave ensanchamiento y apoyó los codos en el colchón para empinar más el culo hacia su agresor. Bajó la cabeza y cerró los ojos agarrando con fuerza las sábanas. La verga avanzaba despacio dentro de su culo proporcionándole un fuerte dolor. Mateo comenzó a contraer las nalgas a modo de rápidas vibraciones para follarlo sin apenas sacar un centímetro, procurando ahondar y gozando de la estrechez del ano. A la vez besaba a Claudia y disfrutaba del roce de sus tetas blanditas sobre su costado, de las caricias de sus manos por sus pectorales y por su culo. Tal era el dolor que sentía Marcos, que tuvo que apoyar la mejilla en las sábanas y echar los brazos hacia atrás para abrirse el culo, como para facilitar la penetración. Apretaba los dientes para no gemir y oía el chasquido de los besos y alguna risita. Follado por un hombre en presencia de su esposa. No sabía si sería capaz de mirarla a la cara. Entendió que las cosas entre ellos iban a ser diferentes, que aquello no era lo que habían imaginado. Pronto Mateo comenzó a jadear moviéndose deprisa, con los ojos vueltos, mirando hacia arriba. Claudia le besuqueaba por el cuello y los pectorales sin parar de manosearle el culo. De tantas clavadas seguidas, la polla resbaló escapando del ano, pero Claudia se ocupó de agarrarla y sacudirla muy deprisa. En breve, comenzó a salpicar gotitas desperdigadas sobre el enorme culo de Marcos, manchándole ambas nalgas, la rabadilla y con algunas salpicaduras sobre los huevos. Mateo, de pie y sudando como un cerdo, resopló con los ojos cerrados. Claudia le miró a los ojos y le sonrió, después se abrazaron para morrearse. Mateo, dolorido, se dio la vuelta sentándose hacia ellos, con su pollita desvanecida. Se besaban como dos enamorados, manoseándose por todos lados, con las tetas de su mujer aplastadas contra los sudorosos pectorales de aquel desconocido. Se levantó avergonzado y se tocó el ano para aplacar el dolor. Los consentidos amantes dejaron de besarse, aunque Mateo le pasó el brazo por la cintura y ella apoyó la cabeza en su hombro.

  • ¿Por qué no vas a por una copa mientras tu mujer y yo nos relajamos un rato? – le ordenó Mateo.
  • Es que… Es tarde, ¿no, Claudia?
  • No seas aguafiestas, anda… - protestó Mateo.
  • Es pronto, cariño, venga, vamos a tomarnos una copa. Lo estamos pasando bien, ¿no?
  • Sí, pero…

Mateo le dio dos cariñosas palmadas en las mejillas.

  • Anda, coño, una copa, hombre.

Intimidado por el talante de Mateo, se levantó para vestirse.

  • Puedes ir desnudo, a estas horas, casi todo el mundo estará desnudo…
  • Me da un poco de corte.
  • Como quieras, muchacho.

Terminó de vestirse mientras ellos tomaban asiento en el borde de la cama, uno junto al otro, ambos desnudos, charlando animadamente mientras apuraban la botella de champán. El cuerpo fino y hermoso de su esposa junto al de aquel bestia peludo y gordo, sudado y vomitivo. Le daba asco de sí mismo por haber llegado a una situación semejante. Abandonó el cuarto bastante cabizbajo. Dejó la puerta entreabierta y se dirigió a la barra. Efectivamente, había bastante más gente, más animada, la inmensa mayoría desnuda, algunos echando un polvo o haciéndose mamadas. Se tomó un whisky sólo para calmar sus nervios e inquietud. Luego pidió otra botella de champán y temeroso caminó hacia la sala. Pero se detuvo en la puerta. De nuevo estaban liados. Ella le estaba haciendo una mamada espectacular. Mateo permanecía tumbado bocarriba encima de la cama, con los brazos extendidos y sus robustas piernas separadas, concentrado, bufando como un cerdo ante las glotonas chupadas que le proporcionaba Claudia, arrodillada entre las rodillas de Mateo, curvada hacia él, sacudiéndole la polla con agilidad mientras se la lamía a base de vibrantes lengüetazos, sobándole los huevos con la mano izquierda mediante bruscos estrujones. Se sacudía la verga en la lengua y le achuchaba los huevos con rabia, envuelta en una frenética lujuria. Retrocedió abrigado por el pánico que se respiraba en tan embarazosa situación. Tragó saliva sin saber cómo reaccionar. Permanecía como un pasmarote mientras a un par de metros su esposa se la mamaba a otro tío. La gente le miraba como un bicho raro. Unos minutos más tarde, su mujer comenzó a gemir escandalosamente como una puta, gemidos que se mezclaban con los jadeos secos de Mateo. Algunos chicos que pasaban junto a la puerta, se asomaban y se sacudían sus vergas. Estaban follando. Dio un paso hacia la puerta y se asomó por la ancha ranura. Ella se había subido encima y tenía la polla clavada en el chocho reluciente por las babas. La follaba agarrándola por el culo y meneándolo sobre la gruesa verga. Ella, erguida, con sus tetas botando, apoyaba sus palmas en la panza sudorosa concentrada en sentir el tamaño abriéndole el coño. Anonadado, contemplaba la frenética entrada y salida de la verga, el ligero meneo de los huevos y los saltos de su esposa sobre aquel cerdo.

Marcos, horrorizado por la escena, con la sensación de que estaba perdiendo a su esposa, se retiró de nuevo hacia la barra y tomó asiento en un taburete. Le daba vergüenza entrar en la sala, sentirse como un estorbo ante su mujer. Aguardó sin tomar nada más de un cuarto de hora con la esperanza de que fueran ellos quienes salieran. Para su sorpresa, dos chicos jóvenes y apuestos, de la edad de su hija, entraron en la sala. Iban desnudos. Dejaron la puerta aún más abierta, a la vista de todo el mundo. Esperó nervioso, pero nadie salía. Con los celos abordando su mente y acelerándole el corazón, se acercó tímidamente y se asomó con cautela. Fue horrible para él. Mateo y uno de los chicos estaban masturbándose sentados en el borde de la cama, atentos a la escena que se desarrollaba frente a ellos. El otro chico, un tipo rubio, con el cuerpo muy raquítico, permanecía sentado en los asientos modulares y su esposa se encontraba arrodillada entre sus piernas haciéndole una mamada, chupándosela como si lamiera un helado, sujetándosela por la base y ensalivando el glande de una polla larga y afilada. Podía ver su culo empinado hacia los otros dos, con la raja abierta donde se distinguía su ano tierno y palpitante y su chocho embadurnado por la leche de Mateo. El chico rubio tenía las manos sobre la cabeza de Claudia para ayudarla a mamar. Se tiró más de tres minutos comiéndose aquella polla. El otro chico se levantó de la cama y se arrodilló tras ella, dispuesto a follarla mientras se la chupaba a su amigo. Mateo, relajado, sólo observaba.

No pudo aguantar más. Marcos regresó a la barra, soltó la botella y sacó las llaves para irse a casa. Ya en el salón de su hogar, a oscuras, combatió los celos esperando la llegada de su esposa. Amaneció sin tener noticias de ella. Claudia llegó cerca de las once de la mañana. Venía muy colocada y maquillada, como si se hubiera duchado. Seguro que había pasado el resto de la noche follando como una descosida.

  • ¿Qué haces ahí como un pasmarote? ¿Por qué te fuiste?
  • No estaba bien, Claudia. Yo no…
  • Mateo me ha invitado a comer. ¿Vas a venir?
  • ¿Qué? No, Claudia, yo…
  • Pues me voy a cambiar. Ha quedado en recogerme en media hora…

Y abandonó el salón en dirección al dormitorio. Una hora más tarde apareció muy acicalada y elegantemente vestidas.

- ¿Piensas ir con él?

- Nos lo pasamos bien. Me marcho.

No regresó hasta bien entrada la madrugada. Con el paso de los días, comenzó a salir con más frecuencia, dejó de ir al bufete y a recibir llamadas a deshoras. Se tiraba enganchada al móvil la mayor parte del tiempo que pasaba en casa. Una noche, Marcos decidió seguirla. La vio entrar en pub de intercambios acompañada de Mateo y un grupo de amigos. Su mujer estaba integrada en el ambiente liberal y él suponía un estorbo. Los celos le matarían. La había perdido para siempre.

Fin

Joul Negro.

Gracias por vuestros comentarios.

joulnegro@hotmail.com

Autor: Carmelo Negro


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