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2007-09-20 18:59:31
Me dio mucho dolor que mi hermana Lor antepusiera sus sentimientos hacia mí por unos perfectos extraños. Cuando estuvimos con Cristo Jesús a ambas nos gustaba y fue nuestro primer hombre; con la prima Manuela fue algo de familia que ambas compartimos, pero ¿qué me cambiara porque le gustaba un hombre? Y peor, ¿qué le gustara otra mujer?

Me dio mucho dolor que mi hermana Lor antepusiera sus sentimientos hacia mí por unos perfectos extraños. Cuando estuvimos con Cristo Jesús a ambas nos gustaba y fue nuestro primer hombre; con la prima Manuela fue algo de familia que ambas compartimos, pero ¿qué me cambiara porque le gustaba un hombre? Y peor, ¿qué le gustara otra mujer?

No sé que me estaba pasando, quizás eran celos, pero no podía evitarlo. Cristo Jesús era de ambas (pero no puedo negar que ella me invitó a estar también con el profesor); con Manuela no había problema, pues, además de ser prima, era solo una gochita de doce años, ¿Lor podría cambiarme por una carajita? No, no lo haría, pero… ¿y por una mujer? Quizás ese era mi problema, que Silfa si era toda una mujer y estaba más buena que yo. Eso creo.

No me atrevo a decir una mala palabra en la calle y soy muy educada, pero en la soledad cuando escribo estas cosas, pienso las mil y un obscenidades y digo las groserías más escabrosas, porque creo que el ser humano es eso, alguien que se comporta, según el sitio y las condiciones donde está.

Yo no estaba acostumbrada tampoco a andar de rama en rama, y, el hecho de que mi hermana se acostara con un tipo no estaba mal, pero ¿tenía que ser con un viejo? Le llevaba por lo menos dieciséis años, que a cierta edad de madurez ni se nota, pero mi hermana se veía muy carajita ante él. Claro, tampoco es que era vox populi su relación, pero a mí…, a mí me daba arrechera.

Mi hermana es muy linda, ¿qué tenía que hacer con un tipo casado? Eso estaba mal. No es que ella fuera la otra, la amante como tal, porque la misma Silfa se lo estaba permitiendo. Mi hermana igual estaba siendo muy puta y Silfa una cabrona.

Reconozco que me dio mucha rabia cuando Lor me contó de la proposición y más que recato, fueron los celos los que me mataron y me hicieron arrecharme con ella. Lor no es tan lesbiana como yo, puede estar con los tipos que quiera, pero ¿con otra mujer? Insisto: ambas quedamos en sernos fiel y ella me traicionó. No es que sea prohibido el estar con otra chica, porque eso no es menos prohibido que el estar conmigo, solo que…, yo la quiero mucho y la necesito.

Sé que estuvo con ellos aquel día y sé que se escapó la otra noche y la pasó en casa de Silfa. Vi cuando salió y estuve despierta hasta que regresó. No soy la misma tonta de antes y no me chupo el dedo. Por eso, cuando Lor intentó hablarme una vez más, no pude evitar el decírselo y recriminarle por volverse puta otra vez. Ese día discutimos mucho y nos dijimos hasta del mal que nos íbamos a morir.

-¡Sabes que, Wilsi, me sabe a mierda lo que pienses!- me gritó ella- Eres una egoísta y desde hoy no me importa lo que sienta por ti. Por lo menos esa gente está pendiente de mí y me valoran.

-¡¿Ah, sí?! ¡Entonces vete al carajo con ellos y cuando se te salgan las cosas de las manos no vengas llorando como una carajita!

La discusión se tornó aún más fuerte y en medio de lágrimas, quise decirle que la amaba y que solo estaba celosa, pero no di mi brazo a torcer y la dejé que se fuera arrecha para la calle.

Esa noche estuve pendiente, la vi salir nuevamente del cuarto, salir al patio y saltar el muro. Iba vestida con un short azul, franela corta y esta vez no llevaba zapatos. Me dio rabia que lo hiciera y envidia quizás, porque mientras yo estaba allí, tragándome mi arrechera ella estaba allá arriba, gozando una bola. Si alguno de mis padres se levantaba y se le ocurría ir al cuarto de Lor, se armaría el peo.

Yo no deseaba que esto pasara, por eso siempre estaba pendiente, pero coño, la verdad es que hubiese preferido saltar el muro también.

¿Y por qué no? Solo bastaba saltar y unirme a ellos. Estoy segura que m iban a recibir con los brazos abiertos, pero no…, mejor no.

Intenté devolverme al interior de la casa, pero algo me detuvo. "Salta el muro", me dijo una voz, mi conciencia mala tal vez. "No lo hagas", me dijo mi conciencia buena. Carajo, no sé que pasó, pero sin darme cuenta ya me estaba trepando por la pared y saltaba hacia la casa de los vecinos. Me colgué cautelosamente por el árbol hasta llegar al pasillo del piso superior y me asomé por la ventana.

Allí, en la semipenumbra, se estaba desarrollando una escena xxx que nada tenía que envidiarle a ninguna película barata. Mi hermana estaba sentada sobre el profesor y se cogía a si misma mientras Silfa estaba abrazada a ella y se basaban apasionadamente.

Me dio rabia verlos en ese plan, pero ¿qué coños hacía yo allí, espiándolos? Tenía tres opciones: o lo estaba haciendo para chantajear a mi hermana, lo cual no iba a funcionar porque un chantaje entre nosotras no valdría de nada porque ambas estábamos empatucadas del mismo barro; segundo, me iría de pajudita con mis padres, lo que tampoco era cierto porque no soy una chismosa, o; tercero, me estaba gustando la vaina.

Eso último sonaba más lógico, porque la verdad es que me hubiese gustado entrar y unirme al revolcón, pero no me atreví.

Me conformé entonces con meter mi mano bajo el calzón, bajo la pantaleta y hacerme una paja, mientras hacía de fisgona. Mi otra mano se metió bajo la franela y jugueteó con mis tetas y pellizcó mis pezones delirantemente, mientras espiaba a mi hermana y a sus amantes en plena joda.

Pasaron por lo menos dos horas y yo me pajeé en aquel pasillo frío sin dejar de mirar como ese tipo se cogía a mi hermana por cualquier lado y lo mismo hacía con su esposa. Verga, mi hermana la estaba pasando muy bien sin mí. Allí estaba, echada en la cama mientras le mamaba el bicho a ese tipo. Le lamía los huevos y lo pajeara al mismo tiempo y su esposa; ¡ja!, ella se gozaba la poncha de mi hermana (¡Mi poncha!).

Me levanté molesta y con cuidado volvía a mi casa. Las lágrimas corrían por mis mejillas y las ganas de matar a Lor eran cada vez más intensas. Yo no era capaz de matarla en verdad, pero si de darle una buena paliza.

Estuve pendiente hasta las cuatro de la madrugada cuando mi hermana volvió. Si no hubiesen estado mis padres allí, en la casa, la hubiese matado a coñazos.

Esa mañana me quedé en casa y busqué una excusa entupida para no ir a la escuela. Dormí toda la mañana y medité mucho. Cuando Lor regresó yo estaba en la ducha. Tenía allí al menos veinte minutos gastando agua y tratando de enfriarme el cuerpo. Recordaba mis experiencias con ella y lo que vi en la madrugada en casa de los vecinos.

No pude evitar que una de mis manos comenzara a acariciara una de mis tetas y a pellizcar el pezón. Un rato después, la otra mano estaba en mi poncha y mis dedos entraban y salían de ella como perro por su casa. Estaba excitada, pero la arrechera y la frustración no me dejaban concentrar, así que me dejé caer y terminé sentada el suelo mojado. Lloré amargamente y quise salir de allí y gritarle a Lor en su cara que la odiaba.

Me acurruqué como una niña malcriada y, por instinto quizás, mis manos comenzaron a estrujar mis tetas salvajemente. Quería arrancármelas, magullármelas…, no sé. Creo que mis gemidos no eran muy fuertes, pues trataba de reprimirlo, pero el lugar era tan chiquito que hacía eco. En unos minutos, ya me estaba masajeando la panza y apretándome el abdomen, hasta que terminé con ambas manos masajeándome la poncha.

Creo que estaba como loca y estrujándome a rabiar, hasta tenía un dedo en el culo, cuando escuché la voz de mi hermana afuera.

-¿Wilsi, qué haces? Yo…

Y corrió la puerta del baño para encontrarme en plena paja.

-¡Oye, te estás pajeando! ¡Qué bien!-dijo sonriente.

-¡No es tu problema lo que yo haga!- contesté con aspereza al tiempo que me levantaba- ¿No te han enseñado a tocar la puerta? ¿A respetar la intimidad de los demás?

-¿Y desde cuando tengo yo que tocar tu puerta o dejar de verte si quiero?

-¡Desde el momento en que preferiste cambiarme por lo vecinos!

-Wilsi. Ya está bien. No he estado otra vez con ellos, yo…

-¡No mientas! ¿O es que me vas a negar que antenoche y anoche mismo estuviste en casa de ellos?

Lor se timbró.

-¡¿A-a qué… te refieres?!

-¡Te vi!

-¡¿M-me viste?! ¿Dónde?

-¡No te hagas la gafa, te vi cuando llegaste la otra noche casi al amanecer y anoche te seguí hasta la casa de los vecinos! ¿Lo vas a negar?

Lor se quedó callada.

-¿Vas negar que estabas allí, revolcándote en la cama con ellos?

-¡¿Qué?! ¡¿Estabas allí?!

-¡Si, en el pasillo, viéndote como te revolcabas con ellos como la propia puta con ese tipo y la cabrona de su mujer!

-¡E-eres una… ¡Desgraciada!!

Me molestó tanto lo que dije que la tomé por la franela y la metí a la ducha, golpeándola con fuerza contra una de las paredes.

-¡La desgraciada eres tú!- le grité con mi cara muy cerquita a la de ella- ¿Qué crees que pensarían nuestros padres si les voy con el cuento?

-¡Pues, cuéntaselo y yo les diré que tu y yo también nos hemos acostado! ¡Tienes rabo de paja!

-¡Puedo negarlo todo, zorra, pero no me interesa decirle nada a ellos! Pero, ¿sabes qué? ¡Eres tú la que me decepcionas y a la que me provoca darle un par de cachetadas!

-¡¿Y entonces por qué, coño no me las das?! ¡Así pasas tu rabia de una vez!

-¡¿Eso es lo que quieres?!

-¡Pues, sí, pégame ya y deja las pajas!

No aguanté más y le di par de cachetadas. Ella trató de forcejear y volvía cachetearla. Sacó fuerzas quien sabe de donde y me empujó fuera de la ducha. Yo la estaba agarrando por la franela y ella, me abrazó con violencia y me empujó hasta que caíamos y rodamos por todo el suelo. Parecíamos dos fieras, revolcándonos y gritándonos las mil y un groserías.

Yo estaba completamente desnuda y bastante mojada, lo que me permitía escurrirme y caerle encima para coñasearla. Más de una vez me senté sobre ella y la golpeé. Lor estaba vestida con un short blanco muy pegadito y una franela cortita que tenía un corazón rojo estampado en el pecho.

-¡¿Te gusta joder, verdad?!- le dije sin dejar de cachetearla- ¡¿Te gusta tirar, no?!

Y la tomé por el cuello tratando de ahogarla. Una rabia inmensa me carcomía las entrañas y aunque ella me tomaba de las manos o me golpeaba en la espalda, yo seguí apretando hasta que la vi ponerse morada.

-¡Te odio Lor!- le grité.

Seguí apretándola con una mano mientras con la otra le pellizcaba o le golpeaba salvajemente las tetas. A ella le dolía y yo, disfruté morbosamente de halarle las tetas y de magullárselas hasta casi arrancárselas.

-¿Te gusta que te den duro, no?- le grité echándome a un lado y apretándole salvajemente su poncha sobre el short como si mi mano fuese una tenaza.

Lor gritó ahogadamente y yo, enloquecía cada vez más golpeándole y apretándole su entrepierna. Ella estaba llorando y yo, no pude evitar hacer lo mismo. Perdí el control, y mi hermana volvió a sacar fuerzas y nos dimos otra revolcada. Cada mueble, silla, cortina..., estaban por el suelo. La habitación era un desastre.

-¡Te odio, puta!- le grité a Lor sin dejar de cachetearla.

-¡Y- yo también, desgraciada!- masculló ella, defendiéndose como podía.

-¡Yo solo quería que fuésemos una para la otra!- chillé.

-¡Eres tú la del problema, porque yo nunca te engañé, más bien te invité a estar conmigo y tú no quisiste!

-¡Cállate, puta!

-¡No, no entiendo cual es tu arrechera porque pudiste haberla pasado bien, y…

-¡Cállate! ¡No entiendes nada!

-¡¿Qué tengo que entender?!

-¡Qué estoy celosa, coño!

Ahora si que me había delatado y eso me molestó más. Seguimos forcejeando en aquel suelo desordenado y terminé al lado de Lor gritándole que estaba celosa y llorando como una carajita. Mi hermana gritaba también y creo que ninguna nos entendíamos nada.

No sé como, pero en medio del revolcón, de la ceguera y los gritos, le pegué mi boca a la de Lor y terminamos…bueno, dándonos un beso bestial.

Yo nunca había besado a alguien de esa manera tan escabrosa y obscena. Nos metíamos o nos chupábamos las lenguas, nos lamíamos la cara, los labios, nos lamíamos el cuello… nos acariciábamos la puntita de las lenguas y creo que esa tarde, tragué la saliva de mi hermana más que nunca.

-¡P-perdóname, hermanita!- mascullé sin dejar de lamer su lengua.

-¡No, perdóname tú por haber sido tan egoísta contigo!- masculló ella sin dejar de acariciarme.

Allí, sobre el piso frío, Lor y yo, volvimos a reconciliarnos y a jurarnos una y mil veces que ya no íbamos a pelear. Allí mismo, entre beso y beso, firmamos un armisticio de paz. Yo me lamí la sangre de sus labios y nariz y ella se lamió la mía y ese sabor a sangre, fue más que una cochinada, un pacto de amor eterno.

Arrodilladas, le levanté la franela y me dediqué a mamarle las tetas, magulladas por mis golpes.

-¡Cómetelas, son tuyas!- gimió Lor y yo, poseída por un demonio, se las mordí y chupé como nunca.

Le saqué la franela, luego le bajé el short y la dejé desnuda. La acosté nuevamente en el piso y hundí mi cara en sus tetas. Se las mamé durante una eternidad y mi hermana jadeaba como demente. Después, tomé sus senos con mis manos y me las estrujé en la cara, lamiéndolas como podía. Lor explotó de placer y la escuché gemir y gritar desesperadamente. Quizás los vecinos nos iban a escuchar, pero esta vez me dio igual. No era momento para estar pensando en mariqueras, sino de amar.

Bajé poco a poco y me detuve en su poncha para deleitarme con el divino manjar. Tenía tiempo que no mamaba, así que me sentí como una perra hambrienta, masticando hueso o carne.

Le levanté las piernas a Lor y me atreví a propinarle un rico beso negro. Verga, no creí que me gustara tanto, meterle la lengua en el culo y probar su sabor.

Ambas estábamos bien sudadas y magulladas, pero aún así, nos revolcábamos en ese frío piso que nos servía de lecho amoroso. Busqué con la mirada algo que pudiese servirme para meterle allí, pero nada, solo había una escoba y una pala. ¿Y por qué no?

Alargué la mano y tomé la pala, le saqué el palo y cuando Lor entendió lo que yo iba a hacerle, ya yo tenía la punta de garrote colocada en su culo y comenzaba a empujar. Mi hermana pegó un grito que me asustó mucho.

-¿Te duele?- le pregunté deteniéndome.

-¡Sí, pero no te detengas, mételo todo!

¿Todo? No que va, el palo media al menos un metro de largo, si se lo metía todo le iba a reventar las entrañas. Aún así, comencé a meterlo y a sacarlo ayudada por los jugos que emanaban de la poncha de mi hermana y que servían para lubricar su culo.

Le metí por lo menos 15 cms y ella chilló de alegría, luego se lo saqué de golpe, se lo volví a meter y así, descubrí que ella estaba muy a gusto. Entonces comencé una especie de juego que consistía en clavarle el palo una y otra vez como si la estuviese acuchilleando por el culo. Verga, Lor rugía y apretaba los dientes para resistir el dolor y yo, solo quería clavarle más y más el palo… o tomar su lugar.

Un buen rato después, me levanté y me puse el palo en mi propio culo. Yo también estaba lubricadita así que el falo entró facilito y comencé a cogerme a mi misma. Mi hermana estaba allí, boca arriba con las piernas al aire y yo, de pie, con las piernas semi-flexionadas, me daba lo mío.

Eso fue genial. Cada vez que yo me empujaba el palo, se lo empujaba a Lor y así, nuestros culos se devoraron gran parte del garrote.

Recuerdo que Lor estaba en posición de vela, con el garrote en su culo y con sus piernas enrolladas en mi cintura, yo, agachada, casi me sentaba sobre ella y me lo hundía también.

Después, ambas nos chupamos los extremos del palo (Lor el mío y yo el de ella), saboreando nuestros jugos. Luego, ella me acostó en el piso, me abrió las piernas y comenzó a meterme el palo por delante mientras me pasaba la lengua también.

Lor, luego de unos minutos, tomó el cepillo y le sacó el palo también. Ahora me tocó a mí, esperar a que hiciera de las suyas. Por delante me metía el garrote de la pala y, por detrás, me metió el palo del cepillo. Creí que me iba a desmayar de tanto dolor y gozo, pero resistí como la mujer que soy y verga, una ráfaga de orgasmos me hicieron enchinar la piel y temblar como si tuviese mal de san vito.

Nunca había sentido algo así. Dos palos pinchándome por ambas partes de una forma tan rica, especialmente cuando sentí como se unían ambas puntas allí, en mis adentros. Sentí claramente como se tocaban entre las carnes del culo y la poncha y pensé "¿Será eso lo que se siente si dos hombres te cogen así?" No, debía ser mejor.

 

Nos dimos una rica ducha mientras nos seguíamos amando. Nadie, nadie podía hacer que mi hermana y yo, nos dejáramos de amar como lo hacíamos. Nos gustaban los hombres, también las mujeres, pero Lor y yo, estábamos hechas la una para la otra.

Cuando llegó mamá, mi hermana y yo estábamos en mi cama, leyendo nuestros libros como dos niñas buenas y castas. Desde ese día, volvimos a ser una y nos preparábamos para entrar, definitivamente en un mundo más adulto.

Autor: Silfa


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