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2010-03-22 13:40:29
Si hay algo peor que una noche de juerga históricamente horrible es una noche de juerga históricamente soberbia que se va a pique por una estupidez.

Este y otros pensamientos igualmente inmisericordes surcaban la mente de Mina en aquellos momentos, en el asiento trasero del taxi que la llevaba a la casa madre de la Talamasca, desde el corazón de la Londres antigua.

-"Y yo que creía que tener que llevar a cuestas a un colega borracho hasta su casa era malo."-Se decía, con amargura.

Ya llevaba un tiempo establecida en Londres; desde que, hacía un par de años, cuando entró en la Universidad, Aaron Lightner, detector psíquico de la Talamasca, acudió a su facultad un día al terminar las clases de la mañana para invitarla a almorzar en un restaurante y entrevistarse con ella.

Mina era una estudiante española, con una personalidad romántica un tanto particular que solía hacer que los varones huyeran de ella y su extraordinaria sensatez, que había optado por cursar su carrera en Inglaterra, para igualar el nivel de su pésimo inglés con el de su francés trabajado durante más de seis años. Al parecer, la orden de la Talamasca, dedicada al estudio de lo paranormal, estaba interesada en un curioso don que poseía, y que ella era consciente de poseer, pero al que nunca había dado mayor importancia: era una detectora psíquica natural, es decir, podía notar a su alrededor las diferentes clases de energía que había en el ambiente y, por tanto, conocer la verdadera naturaleza de todos los seres, tuvieran el aspecto que tuvieran.

Una vez el señor Lightner la había informado sobre la historia y la labor de la Talamasca, y hubo espantado sus ya esperados escepticismos iniciales, lidiando con la paciencia que da la costumbre sus afiladas ironías y con la habitual demostración de sus propios poderes telequinéticos, con los que vertió en sendas copas de cristal una ración de vino tinto mientras se quitaba la chaqueta y la colocaba sobre el espaldar se su silla; ella se asombró educadamente de que su extraño talento hubiera llamado la atención de la Talamasca.

-No tiene comparación con habilidades como la que me ha mostrado usted.-Dijo Mina, sin comprender.-Ni siquiera lo puedo controlar.-

-Te equivocas, Mina.-Repuso el caballero inglés, también educadamente.-Es un don extraordinario, y el hecho de que se lo posea y se conserve la integridad psíquica es aún más admirable: mientras el mundo y la ciencia te decían que los fantasmas, los licántropos y los vampiros no existen; usted lo estaba desmintiendo automáticamente y sin poder controlarlo. A otras personas antes que tú, esa confusión les ha costado la cordura.-

A raíz de aquel encuentro, Mina, amante por naturaleza de los misterios del universo y filósofa e investigadora por definición, aceptó ingresar en la Talamasca, que se hizo cargo de los gastos de su educación; mientras ella se apoyaba en los conocimientos sobre idiomas y civilización que le aportaban sus estudios en la Talamasca para avanzar en su carrera universitaria y ayudar a sus compañeros de la orden a resolver casos peliagudos. De un tiempo a esta parte, Mina ya había ayudado a distinguir, gracias a su poder para advertir presencias y energías, varios casos de fraude de otros tantos casos de posesión diabólica, casas embrujadas y poltergeists. Y, lo más importante para ella, que se había sentido siempre marginada por la mayoría de sus compañeros de colegio e instituto a causa de sus rarezas y sus buenas notas: había trabado una sólida amistad con el director supremo de la orden, David Talbot, y con una de sus compañeras, apenas unos años mayor que ella, con la que había congeniado desde el primer momento: Jessica Reeves.

Desde el principio, David Talbot había demostrado un interés personal en ella, tanto como en Jesse, y las había puesto a realizar juntas innumerables tareas. Por eso, cuando a Jesse, una joven hechicera que, como ella, no había comenzado aún a realizar trabajos verdaderamente peligrosos y complejos, se le pidió que hiciera una investigación especial sobre un caso especialmente extraño de vampirismo, la propia señorita Reeves solicitó la ayuda de Mina. Y David Talbot, que sabía que bajo la apariencia tímida y el carácter melancólico de Mina había una mente llena de determinación, inteligencia y sangre fría, aceptó sin dudarlo. Las razones por las cuales juzgó que la misteriosa habilidad de Mina podía resultar útil en la misión que le había encomendado a Jesse siempre fueron un misterio para ambas. ¿Podría ser que, de alguna manera, intuyera el extraordinario giro que iba a tomar aquella tarea en las manos de la eficiente Jessica Reeves?

-Eres una persona versada en estos temas, Mina.-Decía Jesse, con su habitual tono tranquilo, pero con los ojos relucientes de la emoción contenida.-Y esta investigación puede ser muy productiva, si sabemos dónde mirar.-

La tarea era un trabajo de documentación, y consistía en investigar, mediante el un estudio de documentos históricos de la orden, si, tal como se suponía, era posible que aquellas extrañas desapariciones que estaban teniendo lugar en el Londres antiguo fueran casos de vampirismo. Sin embargo, a Jesse le hubiera gustado ir más allá. Mientras consultaban juntas los documentos de archivo y anotaban fechas en la vastísima biblioteca de la Talamasca, le comentó varios aspectos del trabajo, un poco desilusionada.

-Con el estudio de los archivos de la orden podemos averiguar si realmente fueron casos de vampirismo. Es cuestión de comparar el caso con otros anteriores, como se hace en jurisprudencia. Pero eso seguiría dejándonos en ascuas sobre cuál es la raíz del problema. ¿Por qué esa zona en concreto, por ejemplo? Puede ser un detalle importantísimo que cambiara todas nuestras conjeturas.-

-Quizás es que hay en esa zona un lugar de reunión. Como el que, según este documento, había en el cementerio parisino de Les Innocents en tiempos de la Revolución Francesa.- Repuso Mina, consultando un gran pliego de frágil papel lleno de anotaciones.-Igual deberíamos también investigar los censos y el registro civil, para saber donde vivían esas personas desaparecidas y, si es posible, el lugar donde se las vio con vida por última vez. Aunque averiguar algo así podría llevarnos años.-

Jesse se quedó mirando a Mina durante unos segundos. Pasaron otra hora más haciendo anotaciones, pero ahora en silencio. Mina llegó a preguntarse qué había hecho mal.

Entonces, Jesse ojeó las páginas anotadas; y le dirigió una sonrisa a su compañera.

-Por hoy es suficiente, Mina. ¿Crees que podríamos quedar durante el fin de semana, para dejar terminada la investigación para Halloween?-

-Me temo que no, Jesse. Tengo que estudiar durante este fin de semana. Y unos compañeros de la facultad me han hecho prometerles que iré con ellos a tomar unas copas o de discoteca después del parcial.-

Jesse la miró, implorante.

-Pero no te preocupes, te ayudaré durante un par de horas al día; aunque no pueda tirarme toda la tarde.-

Entonces concretaron una hora para quedar.

Y a partir de entonces, Mina comenzó a preocuparse.

No importaba a qué hora preguntara por Jesse en la casa madre, ni a quién: nadie la había visto entrar ni salir. De hecho, excepto por las dos horas que pasaba con ella en la biblioteca de la Talamasca, su compañera no parecía pisar la casa madre más que para dormir; si es que realmente dormía allí.

Por eso, cuando Mina salió aquel lunes de su examen parcial y dejó un recado en la casa madre para advertirle a quienes preguntaran por ella que iba a estar fuera hasta tarde, no se sorprendió cuando, al preguntar por Jesse, nadie pareció estar seguro de si estaba allí.

Sin embargo, también sabía que había muchos documentos importantes para la investigación que no se encontraban en la casa madre, así que intentó no darle una mayor importancia y disfrutar de su noche libre.

Lo cierto es que, por un rato, casi le hubiera costado estar seria y preocupada: ella y sus compañeros habían ido a un pub situado en la Londres antigua, un club de estética gótica; de colores negro, plata y rojo sangre; llamativos maquillajes para resaltar el blanco de la piel, y una extraña concepción de la belleza salvaje y oscura de la noche y lo sobrenatural que a Mina le recordaba vivamente al romanticismo del siglo XIX. Aquella moda, que comenzaba a convertirse en todo un movimiento artístico y filosófico, había sido lanzada por el popular cantante de rock americano conocido como "el vampiro Lestat", que había escrito también una novela de ficción con el mismo título. Ambas publicaciones, el disco del grupo y el relato de las aventuras del vampiro Lestat, el que ahora era el vocalista, se habían convertido en best-sellers en pocas semanas: en todas partes, tanto en América como en Europa, miles de personas habían leído el libro y oído mil veces el disco. Y el lugar donde iban a celebrar la velada aquella noche Mina y sus amigos, sugerido por uno de los compañeros más fanáticos de "El vampiro Lestat", era el Admiral’s Arm, un sitio bastante conocido entre los estudiantes, más que porque nadie lo hubiera visitado nunca, porque tenía, casualmente, el mismo nombre que uno de los escenarios en los que Lestat situaba sus oscuras, sangrientas y sensuales historias.

El lugar era, tal y como Mina lo había imaginado, el escenario perfecto que disimularía la presencia de verdaderos vampiros. Los camareros, al igual que la mayoría de los clientes, parecían salidos de las páginas de la novela de Lestat; y el local estaba decorado con largos cortinajes escarlata, pequeños sillones de terciopelo color rojo sangre y una luz difusa, crepuscular. En la pista de baile, algunos clientes bailaban al son de aquella música algo tétrica, la música de estilo gótico, o las canciones del vampiro Lestat.

Al principio de la noche, todo fue bien: el grupo de amigos se había propuesto pasar allí un rato e ir luego a otro sitio, pero acabaron por decidir quedarse allí hasta entrada la madrugada, bebiendo, charlando con la lengua cada vez más trabada y escuchando las letras del vampiro Lestat hasta sabérselas de memoria. Mina, abstemia por principios, pasó la noche bebiendo refrescos de limón; mientras sus compañeros se desinhibían cada vez más. Al cabo de un rato, todos sus flemáticos camaradas ingleses se sentían tan audaces para reírse de cualquier chiste en público, por idiota que fuera; y Mina demostró científicamente que no necesitaba tomar una sola gota de alcohol para pasárselo bien y reírse como la que más.

Sin embargo, a medida que las agujas del reloj avanzaban, acercándose a la media noche, Mina se sentía cada vez más inquieta.

Había algo en el aire de la noche que la llenaba con un horror extraño e irracional.

Era una sensación que ya había sentido otras veces, mientras regresaba a casa, a pie, después de las clases de la tarde; pero nunca con tanta intensidad: un súbito soplo de aire gélido, una corriente helada que le recorría el cuerpo y que la hacía estremecerse. Ella ya estaba acostumbrada, por sus misiones en la Talamasca, a tratar con fantasmas y espíritus varios. Pero nunca, excepto en esas ocasiones contadas, sutiles, en las que podía preguntarse si no habrían sido imaginaciones suyas, había notado a su alrededor un poder tan fuerte, una sensación tan tenebrosa.

Al cabo de un rato, mientras sus compañeros se reían sin razón aparente, contaban anécdotas cada vez más inconexas y flirteaban con algún que otro cliente habitual del pub, bromeando sobre su aspecto siniestramente hermoso y sombrío; Mina ya se había retirado a un rincón de la estancia, y se había sentado en uno de los sofás de estilo decadentista, sintiendo que la angustia se clavaba en su pecho como una garra de acero y paladeando el sabor acre del miedo. El cuerpo le ardía, y podía sentir la sangre corriendo con furia por sus venas y su corazón retumbando en cada neurona. Varias veces deseó, con un ansia irracional, abandonar aquel oscuro local rumbo a la noche, no importaba hacia adonde, siempre y cuando estuviera lo más lejos de allí que fuera posible. Pero tenía la impresión de que, en cuanto se pusiera en pie, caería redonda al suelo, y ya no volvería a levantarse. Aterrorizada, sintió como las lágrimas comenzaban a bajar por su rostro.

-"Maldita sea…"-Se decía, temblorosa.-"Estoy enferma de terror…y ni siquiera sé por qué."-

Entonces, sintió una nueva corriente de energía oscura; tan poderosa que creyó que la haría perder el sentido.

Desde las sombras del otro lado del bar, unos ojos penetrantes la observaban detenidamente. Mina clavó la vista en el terciopelo del sofá, sintiendo como el sudor bajaba por su espalda. Tragó saliva, mientras hacía acopio de valor para que su raciocinio, su mente sensata y lógica, se impusiera sobre su desbocado instinto de supervivencia, que la instaba a huir de allí sin mirar atrás.

-"Por amor de Dios."-Se dijo, exasperada.-"Te has enfrentado a espíritus descontrolados y demonios ¿Y no puedes devolver una mirada?"-

Finalmente, su indomable carácter sanguíneo se impuso; y Mina dirigió una mirada, aterrada pero desafiante, a los ojos que la observaban desde el otro lado del pub.

Se quedó paralizada.

Era un hombre alto y delgado, con el rostro alargado de rasgos bien dibujados, y el pelo corto y negro, tan oscuro como blanca era su piel. Estaba sentado cómodamente en una mesita, bebiendo despacio de una copa de cristal, sólo; vestía, en consonancia con aquel lugar, un abrigo de terciopelo rojo. Y sus ojos verdes, abrumadoramente penetrantes y misteriosos estaban clavados en ella.

Cuando sus miradas se cruzaron, su corazón dio un brinco, y comenzó a latir a una velocidad casi dolorosa. Aquella era una mirada de curiosidad e interés, profundamente madura y sensata, con un trasfondo de melancolía que hizo que Mina pensara que aquel hombre era mucho mayor de lo que aparentaba. Entonces, el extraño le lanzó una sonrisa de complicidad tan misteriosa como su mirada, un poco pícara. Se levantó, y caminó hacia ella, con agilidad y elegancia felinas. Mina sintió que le faltaba el aliento. Cuando él llegó hasta ella, seguía colgada de sus ojos glaucos y de su enigmática sonrisa. Entonces apartó la vista, con un nudo en la garganta, sonrojándose. Mil epítetos poco halagadores para sí misma se agolpaban en su mente.

-Estas pasándolo mal.-Dijo el desconocido, con una voz suave y grave que la hizo temblar. Volvió a sentirse desfallecer ante esa mirada.

-Si.-Respondió.-Me ha dado un ataque de pánico, y hay algo en este sitio que me pone los pelos de punta.-

Volvió a sonrojarse, apartando la vista. ¿Por qué tenía que decirle la verdad? Desde luego, lo suyo tenía delito.

-Si quieres, te puedo sacar de aquí.-

La joven lo miró, esperanzada. El desconocido le tendía una mano blanca y fina, de uñas largas y cuidadas. Mina la cogió, con un estremecimiento: aquella mano era fría y dura como la de una estatua de hielo. Se levantó, despacio, y lo siguió a través del local, hacia la salida. Al principio quiso avisar a sus compañeros de que se marchaba, pero luego cambió de idea. No sabía por qué, pero estaba convencida de que no era necesario. Varios de los clientes que había en las mesitas repartidas por la sala se levantaron, como si quisieran impedirles salir, pero el desconocido les lanzaba una de sus miradas penetrantes, y el movimiento se quedaba en un sutil amago.

Cuando salieron al frío de la noche londinense, ya había un taxi aparcado a unos metros de la puerta, esperando.

-Vuelve a casa. Y no vuelvas a salir. Hay muchos…individuos de mala calaña en las calles de Londres a estas horas.-

Mina, que aún sentía aquellos ojos verdes clavados en su alma, tardó unos segundos en reaccionar.

-Gracias.-Musitó al fin, con un hilo de voz.

Entonces se dio la vuelta, fue hasta el taxi y se subió. Cuando echó una última subrepticia mirada por los cristales, el misterioso hombre de rojo había desaparecido sin dejar rastro, como si se hubiera disuelto en el aire.

-¿Dónde va a ser, señorita?-

Mina le dio la dirección de la casa madre de la Talamasca, y el taxi se puso en marcha. La puerta de madera envejecida del Admiral’s Arm se perdió entre las brumas de la antigua Londres.

Y Mina regresó a la sede de la Talamasca, mientras los dos últimos años de su joven vida pasaban ante sus ojos y se maldecía interiormente por haber echado a perder una de las pocas salidas que había tenido ocasión de hacer con sus compañeros de facultad en todo lo que llevaba de carrera. Maldiciendo casi con lágrimas de vergüenza y miedo aquella maldita presencia que le había helado la sangre, el maldito ataque de pánico que le había hecho perder el control de su cuerpo y su mente, y los malditos ojos verdes de aquel desconocido vestido de terciopelo rojo, que habían arrasado su alma como un huracán de fuego y se habían clavado sin remedio en su memoria.

Autor: La voz en off


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