-Claro Antonio, claro –respondí cansinamente- llama a tu mujer y se lo cuentas.
Llevaba seis meses trabajando con el teniente Romero y, vez que teníamos que salir fuera, vez que me hacía el mismo chiste. Sin hacerle caso, cogí mi pequeña bolsa de viaje y le pedí al recepcionista la llave de mi habitación.
-Bueno, al menos tenemos habitaciones contiguas, pelirroja, si tienes miedo esta noche, llámame y tu teniente favorito acudirá a tu rescate.
La verdad es que podía haber sido peor, trabajar al lado de Antonio tenía sus cosas chungas, pero también sus ventajas. En el capítulo de cosas chungas, estaba próximo a los 60, muy sobrado de kilos y mucho más interesado en mirarme el escote o palmearme el pandero que en cumplir con su obligación. En el de ventajas, que en el fondo Antonio era un pedazo de pan, que conocía su oficio y que a su lado podría aprender todo lo necesario para convertirme en una buena agente secreta. Al fin y al cabo, la experiencia es un grado, y de eso Antonio andaba sobrado.
Una vez en la puerta de mi habitación, y tras eludir otro de sus chistes fáciles, me despedí de él hasta el día siguiente. Llevábamos 3 días en Barcelona siguiendo una pista que tal vez podría conducirnos hasta Espectro, el más peligroso de los narcotraficantes que pululaban por España. Al final, nuestro contacto nos la había jugado, no habíamos sacado nada en claro y al día siguiente tendríamos que volver a Madrid con el rabo entre las piernas. Aunque mi compañero era el que tenía que dar la cara ante el director de la investigación, me sentía agotada y de mal humor, como siempre que fracaso en la resolución de un caso.
Cuando al fin estuve sola en mi habitación, me desnudé y me metí en la ducha. El agua caliente siempre me ha servido para ordenar mis ideas, por lo que, mientras repasaba lo sucedido en los últimos días, pasé largo rato bajo el grifo. Soy una persona tozuda y, además, me encanta mi trabajo. Supongo que no es habitual que una chica de 26 años se dedique a perseguir peligrosos delincuentes pero, ya desde muy niña, supe que ése iba a ser mi cometido en la vida. Nunca me gustó jugar con muñecas ni ser la princesa del cuento, sino que a mi carácter valiente y decidido le iba más ser la heroína, la salvadora de la humanidad.
Por eso ingresé en la policía, y más especialmente en la brigada antinarcóticos. Además, lo del uniforme nunca me había ido mucho, y poder ir de paisano y llevar un horario libre y sin ataduras era también uno de los muchos atractivos de mi puesto. En definitiva, me encantaba mi trabajo, me gustaba el peligro, el riesgo, el no saber nunca lo que iba a suceder al día siguiente. Y adoraba triunfar, detener a los malos, ser el brazo de la justicia en estos tiempos de maldad y crueldad. Por eso, que Espectro se nos escurriese una vez más entre las manos me ponía de un humor de perros ¿cómo podía Antonio tomárselo con tanta calma? Era obvio que él estaba como loco por coger un permiso y, aunque yo hubiese preferido quedarme algún día más husmeando por Barcelona, el jefe era él y no había más que hablar.
Cuando al fin salí de la ducha, me pareció oír unos ruidos en mi habitación. Supuse que se trataba de otra de las gracias de mi compañero: forzar la puerta de mi cuarto (para eso somos agentes secretos) y colarse sin llamar con la esperanza de sorprenderme en cueros (cosa que en más de una ocasión había sucedido).
Maldiciendo el haber dejado mi ropa sobre la cama, me envolví en una toalla y salí del cuarto de baño.
-Vamos Antonio, es tarde y hoy no estoy de hu…
Antes de que pudiera reaccionar, una mano de hierro me sujetó por el cuello mientras una pistola aparecía a escasos centímetros de mi cara.
-¡Quieta preciosa, o te dejo seca aquí mismo!
Mi entrenamiento especial me permitió hacer un rápido balance de la situación: tres encapuchados de complexión robusta, de aproximadamente 1.80 m de altura y 90 kilos de peso cada uno. Uno de ellos encañonaba a Antonio, que a pesar de su cara de susto tenía tiempo para mirarme con lascivia los hombros desnudos y todavía húmedos ¡sería guarro el tío! El segundo encapuchado, situado detrás de mí, me sujetaba firmemente mientras me apuntaba entre los ojos. El tercero, probablemente el jefe, permanecía en el centro de la habitación, en actitud amenazante.
-Así que vosotros sois los que tantas preguntas habéis hecho sobre Espectro –comentó con voz glacial el líder de aquellos facinerosos.
Como ni Antonio ni yo respondimos nada, el encapuchado prosiguió en tono agresivo.
-A Espectro no le gusta que nadie le incomode en sus negocios, ¿sabéis cómo terminó el último que lo hizo?
Sí, lo sabíamos, y el recuerdo del agente Casimiro flotando en el muelle de Barcelona no contribuyó a tranquilizarme. Estábamos en un aprieto, y viendo el aspecto de Antonio, no contaba con obtener mucha ayuda por su parte.
-Bien señores, no tenemos toda la noche –siguió nuestro captor- lamentándolo mucho…
-Jo tú, esta piba está maciza –quien demostraba tal dominio del castellano era mi encapuchado particular, que respiraba cada vez más cerca de mi cuello y que, o disponía de una pistola oculta entre sus pantalones, o estaba disfrutando realmente de su trabajo- ¿qué tal si nos divertimos un poco?
-Tienes razón Leo –comentó su jefe- Espectro bien puede esperar. ¿Qué os parece si esta preciosidad nos enseña lo que oculta debajo de la toalla?
Con gesto lujurioso (os preguntaréis cómo sé que tenía gesto lujurioso si iba encapuchado, pero para eso soy agente especial) el líder de la banda se acercó a mí y me despojó de la toalla, dejándome totalmente desnuda en medio de la habitación. No es que aquello me preocupara especialmente, pero ser violada primero y descuartizada después por aquellos tres energúmenos no me hacía especial ilusión, así que intenté repasar mis opciones de liberación.
Antonio no me servía demasiado, el muy obseso estaba mirando como hipnotizado mi vello púbico, que desde la primera vez que me sorprendió en pelotas le había resultado irresistible. Sí, soy pelirroja… por todas partes, pero eso no viene al caso de momento.
Quedamos en que yo estaba allí, desnuda en el medio de la habitación mientras tres criminales y un agente babeaban a mi alrededor con intenciones no demasiado amistosas. Sólo tenía una oportunidad: aprovechar algún descuido de mi captor, propinarle una certera patada en la entrepierna y hacerme con su arma. Fácil de decir, pero no tanto de ejecutar.
-¡Joder, está de cine la pava¡ –el que ahora hablaba era el encapuchado de Antonio y, por sus maneras, hubiera apostado a que era del mismo pueblo que el mío.
Intentando aprovechar el factor sorpresa, ensayé la mejor de las llaves de mi repertorio de artes marciales, agachándome de medio lado y golpeando con mi pierna entre las pantorrillas del tipo que me sujetaba. Para mi desgracia, los músculos de los esbirros de espectro estaban más desarrollados que su vocabulario, por lo que el resultado de mi hazaña fue un considerable dolor en la pierna izquierda y que el gigante que me ahogaba me apretase aún con más fuerza.
-Brava la moza –comentó el cabecilla acercándose más- habrá que domarla un poco.
Por mucho que me costase reconocerlo, estaba en inferioridad de condiciones, yo sola jamás podría contra aquellos tres gigantes armados hasta los dientes.
-¡Está bien! –empecé lo más decidida que pude mientras trataba de tranquilizar a Antonio con un gesto- estoy segura de que podemos entendernos sin que nadie salga herido.
-Mira, de eso estoy seguro yo también –contestó el jefe mientras sopesaba uno de mis pechos con sus manos.
-¿Está prieta, verdad jefe?
-No es necesario que este bruto me sujete –dije intentando sonreír- estoy dispuesta a colaborar.
-Mira, eso me gusta. Tú –le dijo al que me agarraba- suéltala pero no dejes de apuntarla, si hace algo raro, ya sabes. Y ahora –continuó volviéndose hacia mí- veamos qué sabes hacer nena, con un poco de suerte quizá puedas salvar todavía ese precioso culito tuyo.
Liberada por fin de aquellas tenazas, me acerqué a él despacio y dispuesta a recurrir al plan B, algo que me habían enseñado en la academia y que hasta el momento no había tenido que poner en práctica en acto de servicio, pero que confiaba en que fuese efectivo: chupársela al cabecilla de los enemigos.
De rodillas ante él, metí la mano por su bragueta y extraje un miembro de proporciones más que generosas que estudié detenidamente. Calibre 33, armamento de primera clase. No iba a ser un trabajo fácil, pero no estaba dispuesta a renunciar a mi vida fácilmente. Intentando ganar tiempo, así sus testículos con la mano derecha mientras, abriendo la boca, me introduje un palmo de aquella verga y la succioné durante unos segundos con mis carnosos labios.
-Joder jefe, ¡qué potra!
-Calla estúpido. Y tú –dijo dirigiéndose a mí- sigue así y… tal vez tu y yo… podamos llegar a un acuerdo.
Mientras me introducía hasta el fondo de la garganta aquella minga gigantesca, mi entrenamiento avezado me permitía observar todo lo que sucedía a mi alrededor, buscando alternativas de fuga. Los dos compañeros de mi agasajado asaltante estaban absortos, con la guardia baja. Era sin duda un buen momento para que Antonio… ¡Antonio! Casi tuve que abandonar mi tarea al ver a mi compañero ¡el muy cretino me miraba con la boca entreabierta, expresión estúpida y, a juzgar por el bulto de sus pantalones, una considerable erección! ¿cómo podía ser tan cretino?
Así pues, debía apañármelas yo sola. Tal vez… un buen mordisco pusiera fuera de combate al jefe, y luego… pero eso era arriesgado, porque uno de los secuaces me apuntaba de cerca. A todo esto, la minga que tenía en la boca había redoblado su tamaño, y sólo la férrea disciplina a la que estaba acostumbrada me permitía mantener la cadencia de mi mamada, adentro, afuera, adentro, afuera, adentro… un poquito más… El jefe estaba a punto de eyacular, notaba cómo su pene se arqueaba dentro de mi boca amenazando con escupir su carga. Tal vez fuese entonces el momento de ensayar una maniobra de escape que…
En ese instante, sucedieron varias cosas. En primer lugar, el cabecilla se dobló hacia delante, apoyó sus manos en mi nuca y, con un gemido de agonía, descargó su leche dentro de mi boca. En segundo lugar, y siempre gracias a mi duro entrenamiento, conseguí tragar una parte de la viscosa sustancia, escupir rápidamente el resto y seguir alerta y concentrada en mis posibilidades. Por último, en tercer lugar… ocurrió lo que es el origen de esta extraña historia.
Al salir de la ducha, me había recogido el pelo con una horquilla. Supongo que, al sujetar mi nuca, los dedos del cabecilla se habían enredado con ella y, accidentalmente, me la había quitado. Entonces no supe explicarme el motivo pero, cuando la horquilla abandonó mi cabello, algo extraño ocurrió en mi cuerpo. De repente, sentí que mis músculos se tensaban y adquirían vigor, que mi cerebro funcionaba con una claridad mental desconocida, que mis movimientos eran armoniosos, exactos, perfectos. Supe que, de algún modo, en ese momento era capaz de cualquier cosa.
Sin dudarlo un instante, me levanté de un salto. El jefe estaba ahora a mis pies, recuperándose satisfecho, todavía el goteante pene fuera de los pantalones. Con la velocidad del rayo, le golpeé en el pecho y lo lancé contra la pared contraria. Luego, volviéndome hacia el que me apuntaba, le di una patada precisa que provocó un crujir de huesos que no eran míos. El tercero intentó socorrerle, pero nada ni nadie podían detenerme. Me sentía viva, poderosa, invencible, me parecía que los demás se movían a cámara lenta mientras que yo era un torbellino de vitalidad increíble. Sin apenas esfuerzo, derribé al último de mis agresores, que se quedó hecho un ovillo en la esquina de la habitación.
-Joder pelirroja –la voz de Antonio me despertó de mi sueño de violencia- ¿cómo… cómo has hecho eso?
Por unos instantes, quedé confusa, desorientada. Los tres esbirros de Espectro agonizaban a mi alrededor, puestos fuera de combate con una facilidad incomprensible. No había tiempo que perder. Corriendo a mi maleta, esposé a los tres delincuentes, llamé a una ambulancia y a la policía mientras Antonio seguía mirándome, incapaz de reaccionar. Me sentía inmensamente poderosa, más ágil de mente y cuerpo de lo que lo había estado jamás.
-Tienes –Antonio me miraba otra vez las tetas ¿cómo podía ser tan obsesivo con eso?- te has manchado de…
Bajando la mirada, comprobé entonces que unas gotas del semen del cabecilla habían quedado sobre mi pecho izquierdo, recogidas en su caída por mi pezón, que me pareció increíblemente erecto. Por fin, reparé en que seguía desnuda y, para desencanto de mi compañero, procedí a ducharme y adecentarme antes de que llegase la policía.
Entonces, cuando salí del agua y me puse de nuevo la ropa, todo se estropeó. Dejé de sentirme poderosa, dejé de sentirme especial. Otra vez, era una persona corriente, una persona… sin ninguna cualidad destacable.
II
De vuelta a Madrid, nuestro jefe nos felicitó efusivamente por la detención de los tres peligrosos miembros de Espectro.
-Menos mal que me traéis algo –comentaba X resoplando- porque tengo a la prensa encima de mí. Espectro es famoso, y la gente quiere resultados.
Por mi parte, había llegado a un acuerdo con Antonio para que no trascendiese el modo en que se había llevado a cabo el arresto. Por motivos obvios, yo prefería permanecer en un discreto segundo plano. El caso es que lo sucedido en aquella habitación de hotel me quitaba el sueño, y estaba deseando llegar a mi piso para meditar sobre ello y tratar de encontrar una explicación lógica. Sólo después de horas y horas de papeleos e informes, pude al fin despedirme de Antonio, no sin antes suplicarle por última vez que fuese discreto.
A toda velocidad y sin detenerme un momento, me dirigí a mi pequeño apartamento con la intención de disfrutar de un merecido y reparador descanso.
-¡Hola Virginia! –me saludó alegremente Marta, mi compañera de piso.
Era una chica simpática, algo acomplejada por su exceso de kilos pero sin duda una excelente compañía. Aunque había intentado mantener en secreto mi profesión, al final Marta había conseguido enterarse de mis extrañas actividades, y siempre le encantaba que le diese todo tipo de detalles sobre mis aventuras. Aquella vez, yo tenía mucho que contar y, como las dos nos llevábamos bien y yo necesitaba hablar con alguien de mi enigmática experiencia, las dos nos pusimos cómodas en nuestro sillón del cuarto de estar y, sin omitir ni una palabra, le conté punto por punto lo que había sucedido en Barcelona.
Los ojos de Marta no se apartaban de mí mientras le iba haciendo un pormenorizado relato de mi último viaje de trabajo. Cuando llegué a la escena con los encapuchados, mi amiga dio un respingo en su asiento y se concentró aún más en mi narración.
-¿Se la chupaste al jefe de la banda? ¡qué valiente eres! –exclamó con admiración.
-Cuando eres una agente especial –contesté arrogante- tienes que estar preparada para cualquier cosa.
Mientras la cara de Marta reflejaba una creciente admiración hacia mí, le fui contando cómo, de repente, me había sentido increíblemente poderosa, y cómo esa sensación había durado hasta el momento en que… me había vestido de nuevo.
-¡Vaya! –dijo Marta asombrada- nunca había oído nada semejante.
-Sí, es extraño, es como si…
-¿Qué estás pensando? –me animó ella a continuar.
-Es como si, al quitarme la horquilla el esbirro de Espectro… hubiese desatado en mí un poder especial, algo que estaba en mí pero que yo nunca había notado.
Por unos segundos, Marta se quedó pensativa. Luego, excitada y nerviosa, palmoteó feliz.
-¡Ya lo tengo, vamos a hacer una prueba!
-¿Una prueba?
-Sí. Dices que, durante unos minutos, te sentiste maravillosamente fuerte.
-Sí, nunca me había encontrado tan bien.
-De acuerdo. Mira, intenta levantarme en el aire, a mí y al sillón.
-¿Estás loca? –Marta debía pesar al menos 90 kilos y el sillón era muy voluminoso- se necesitarían al menos dos hombres robustos y entrenados para hacerlo.
Al instante me arrepentí de mis palabras, mi amiga andaba siempre a régimen y no le gustaba que le recordase su sobrepeso. Pero estaba tan animada que ni siquiera pareció percatarse de mis palabras, así que, alentada por ella, me puse en pie e intenté levantar el sofá con ella sentada encima… imposible.
-¿Lo ves? Ya te dije que…
-Perfecto. Ahora, quítate toda la ropa y vuelve a intentarlo.
¿Otra vez? Empezaba a ser molesta esa obsesión de todo el mundo por desnudarme. De hecho, Marta nunca traía chicos a casa, y en más de una ocasión la había sorprendido mirándome a hurtadillas cuando yo estaba en la ducha. Pero debía reconocer que yo misma estaba deseosa de aclarar aquel embrollo, así que, sin pensármelo demasiado, comencé a despelotarme mientras ella seguía hablando.
-Mi teoría es que, por algún motivo, cuando estás totalmente desnuda tienes una mayor capacidad física e intelectual. Supongo que habrá alguna explicación científica, como la araña que picó a Spiderman o algo así.
-Sí, claro, muy científico –comenté mientras me quitaba los pantalones y la camiseta y quedaba en ropa interior- voy a probar ahora.
Pero, por más esfuerzos que hice, el sofá no se movió ni un ápice de su sitio.
-Ya te he dicho que tenías que desnudarte del todo. Debes recrear la misma situación que se dio en aquel hotel.
-Excepto que aquí no hay nadie apuntándome para que le haga una mamada –dije mientras me quitaba el sujetador y las braguitas.
Marta me miraba fijamente, ¿por qué a todo el mundo le llamaba tanto la atención el color de mi pubis?
-¿Te has quitado las horquillas, anillos, pendientes, todo?
-No, espera, llevo puesta la pulsera que me regaló mi madre.
De repente, al desprenderme del último vestigio de civilización que adornaba mi cuerpo, volvió a suceder: la misma firmeza de músculos, la misma agilidad mental, me encontraba increíblemente saludable. La propia Marta debió notar algo, porque sus ojos se abrieron aún más y su rostro dibujó un gesto de asombro.
-¡Vaya! Estás diferente… magnífica. Mírate en el espejo.
Dirigiéndome a mi habitación, me observé en el espejo de cuerpo entero que tenía allí instalado, mientras Marta me seguía sin perder tampoco detalle de mi transformación. Como mi amiga decía, mi aspecto era… impresionante.
Era yo, pero al mismo tiempo no era yo. Mis músculos parecían más marcados, más definidos, aunque igualmente elásticos y armoniosos. Mis pechos, por increíble que pudiera parecer, habían ganado volumen y consistencia, hasta el punto de que parecían dos bombas tersas y firmes como los de una estatua. Especialmente llamaban la atención mis pezones, de un inverosímil color rosado y erectos hasta límites inimaginables.
Siguiendo el detenido examen de mi cuerpo, reparé en el color de mi pubis. Siempre había sido rojizo, pero de un tono más oscuro que mi cabellera. Ahora, tanto mi melena rizada como mi vello púbico lucían un rojo eléctrico simplemente impresionante.
Marta me miraba como se mira a una diosa, con la boca entreabierta y expresión de admiración infinita. A mi lado, su rechoncha figura lucía de un modo triste y desgarbado.
Girando sobre mí misma, observé mis glúteos, tersos y redondeados hasta más allá de lo razonable. Nunca habían estado tan firmes, tan altos y respingones. Por último, mis piernas, de las que siempre había estado orgullosa, parecían más torneadas, más fuertes y ágiles, como si fuesen las de una divinidad nacida para las más grandes empresas. No era el momento de ser modesta: el conjunto de mi figura me pareció el cruce entre la belleza de una mujer y la elasticidad y agilidad de un felino.
Asombrada por mi propio aspecto, me volví hacia Marta.
-Vaya… pues sí que estoy cambiada.
-Prueba ahora a levantarme.
Sin más demora, volvimos las dos al salón, Marta ocupó su sitio en el sillón… y yo la levanté sin ningún esfuerzo, incluso con una sola mano. Asombrada, volví a dejarla en el suelo y me senté a su lado, completamente olvidada de mi ropa, que yacía en el suelo.
-Joder –en los momentos tensos, a veces soy muy poco femenina- es increíble.
Durante un rato ninguna de las dos dijo nada, ambas sumergidas en nuestros pensamientos.
-¿Has pensado qué vas a hacer con ese don? –me preguntó de repente Marta.
-¿Qué quieres decir?
-Bueno… eres agente secreto, detienes a los malos y todo eso. Siempre has sido muy buena en lo tuyo, pero ahora…
-¿Ahora qué?
-Ahora podrías ser la mejor… siempre que trabajes desnuda, claro.
Estaba tan aturdida que no se me había ocurrido pensar en ello. Marta tenía razón, tenía una especie de superpoder, como esos arrogantes Spiderman o Superman que tan mal me caían. Pero, joder, ellos llevaban trajes más o menos vistosos, el de Batman incluso era chulísimo, mientras que yo, si quería disfrutar de mi superpoder…
Pero una cosa estaba cada vez más clara en mi interior. Yo había nacido para ser alguien especial, para lograr todo aquello que me propusiera. Y el sueño de mi vida era luchar por la justicia y el orden, proteger al débil y castigar al malvado, poniendo en ello todo lo que estuviera a mi alcance. Si mi tenacidad había sido recompensada con un don, no estaba dispuesta a desaprovecharlo.