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2009-08-16 01:57:02
La verdad es que siempre me he planteado si mi vida habría sido igual si no hubiera pasado aquello… Mi nombre es Alma y tengo 24 años, soy una ardiente chica abierta a todas las posibilidades que puede ofrecer el sexo. Me enorgullezco de ser como soy y disfruto mucho de mi modo de vida. Aunque es cierto que todo sería muy diferente si mi adolescencia hubiera sido de otra manera.

Soy hija única y mis padres eran una pareja normal, enamorados y con trabajos de éxito aparecían poco por casa. Tuve la suerte o desgracia de nacer con un buen cuerpo y desde pequeña siempre he atraído a los hombres sólo con pasar frente a ellos. En un principio yo era una mocosa tímida y puritana que veía el sexo como algo banal y egoísta, en dónde dos personas únicamente compartían fluidos de manera superficial. ¡Qué imbécil era! Pero poco tardé en cambiar.

Tenía 13 años la primera vez que experimenté realmente el deseo. Iba por la calle con mi madre y un chico al menos diez años mayor que yo me recorrió con la mirada, sentí como desnudaba mi cuerpo y como sonreía, parándose en mis pechos y en mis piernas, en esa época ya estaba hecha toda una mujercita, maduré rápido.

En ese año fui probando a los chicos de mi alrededor, me gustaba observar cómo me miraban cuando llevaba minifalda o escote, y como suspiraban al verme pasar por al lado o al rozarme. La curiosidad sexual se me estaba llevando a una velocidad abismal, y mi primo Alex se encargó de acabar de educarme como es debido.

Mi primo tiene 4 años más que yo y comparte mis genes, nacido para seducir, se pasaba las horas entre mujeres, canalizando su deseo. Recuerdo su sonrisa cuando acudí a él, entonces me faltaban 5 semanas para cumplir los 14.

- Alex, ¿tú me enseñarías qué es el sexo?

Se estuvo riendo un rato de mi pregunta, y finalmente se sentó a mi lado y me miró.

- Y una mocosa cómo tú, ¿para qué quiere saber eso?

- Me encanta como me miran los chicos y siento cosas cuando lo hacen, quiero saber más, experimentar más, pero no se me ocurre nadie mejor que tú para que me lo explique.

- Mira guapa, esto no se explica, esto se hace, ¿entiendes?

- No hace falta que me cuentes la teoría, ¿vale? Soy virgen, no idiota. Lo que quiero no es eso, sino cosas que os gusten, cosas que no os gusten, tácticas, métodos, y sobretodo, práctica, mucha práctica.

- ¿Conmigo?

- ¿Se te ocurre alguien mejor?

- Eres una incestuosa primita.

- Me importa una mierda, si pienso en un chico con el que empezar, no se me ocurre nadie mejor que tú. Te conozco, me pones desde que era una enana y además, nadie sospechará nada si estamos juntos en cualquier lugar.

- Eres asquerosamente lista, ¿sabes?

- Entonces, ¿qué contestas?

- ¿Crees que algún hombre cuerdo en este mundo podría negarse a tal ofrecimiento? Primita eres un auténtico bombón, y por si fuera poco, virgen. Cada día no aparece en tu vida una belleza que no ha estado con nadie pidiéndote que te la folles, ¿sabes?

- Yo no quiero follar sólo, eh, primito.

- Lo sé, y eso sólo hace que aumentar mi interés.

Nunca me voy a arrepentir de aquel día. Empezar esa relación incestuosa y sexual con mi primo fue lo mejor que he hecho en mi vida, él sabía perfectamente cómo hacerme disfrutar y yo aprendí absolutamente todo lo que sé de la vida.

- Y, ¿cómo vamos a….?

- Mira, primero, vamos a ir viéndonos poco a poco, ¿vale? Empezaremos por el principio, para ir subiendo peldaño a peldaño.

- Me parece bien.

- Aunque no creas que será fácil para mí, sólo con tenerte cerca ya me entran unas ganas locas de follarte. Si quieres que funcione haz el favor de vestirte más modosita cuando vengas a verme la próxima vez.

- Entonces perdería su gracia.

Alex, mi potente primo de 18 años, me ponía indiscutiblemente a mil. Alto, moreno y con los ojos oscuros, tenía una sonrisa maliciosa pero atrevida. Su piel era suave y siempre caliente, sus manos grandes abarcaban el mundo en ellas y sus labios, dulces, daban ganas de apresarlos para siempre.

Los primeros días nos besábamos y nos tocábamos, Alex quería que fuera poco a poco, que disfrutara del momento, pero yo quería más, siempre quería más. Al segundo día intenté meterle mano, pero no me dejó, provocándome un cabreo que duró una semana. Entonces decidimos pasar al siguiente nivel, aunque yo no tenía claro el principio y el final en esos momentos. Simplemente llegaba y empezaba a dejarme hacer, dejaba que recorriera mis labios con su lengua, que me besara ardientemente y que después, bajara sus labios a mi cuello, apresando mis cabellos en sus manos, que poco a poco bajaban por mi espalda y subían por mi cintura, parando en mis pechos. En esos momentos Alex volvía a empezar desde el principio, pero ese día siguió. Bajó sus manos a mi cintura y subió por debajo de la camiseta, desabrochó mi sujetador y tocó mis senos. Mis pezones se endurecieron al sentir su tacto y mi lengua buscó la suya, con ganas. Mis manos, hasta entonces en su pelo, bajaron a su cintura. Cogí su cinturón y lo abrí, paré un segundo esperando una negativa de Alex que no llegó, así que seguí. Abrí el botón y bajé lentamente la cremallera, ahí estaba, había llegado el momento. Subí una mano para agarrar el cabello de Alex y metí la derecha en su pantalón, toqué finamente por encima de su bóxer y sentí el bulto, duro, apresado, que pugnaba por salir. Me sentí ardiente, me humedecí en momentos y entonces, sin mediar palabra, me deshice del beso de Alex y quité mi camiseta. Él me imitó y mientras me besaba de nuevo bajó las tiras del sujetador por mis brazos y lo lanzó lejos, mientras sus manos apresaban de nuevo mis pechos. Yo metí entonces mi mano dentro y la cogí con seguridad, la acaricié un poco y agarré a Alex, dejando su cara a centímetros de la mía, mientras suspiraba. Él sonrió y bajó su cabeza a mis senos, librándose de mi mano. Empezó a lamerlos con ganas y su mano empezó a acariciar mi vientre, bajando con tranquilidad, hasta la goma de mi pantalón.

- ¿Quieres parar? –dijo con sus ojos brillantes-.

Ni siquiera contesté con palabras, apresé sus labios y me recosté en ese sofá, ese bendito sofá, y me dejé hacer. Mi pantalón desapareció y seguidamente mi braguita, que voló a un lugar incierto en el comedor. Entonces se sentó ante mí, observándome con cierta parsimonia y una sonrisa, flexionó mis rodillas y empezó a besar mis muslos, después la parte interior, subiendo, subiendo. Suspiros, muchos suspiros. Finalmente tocó y me sentí tan excitada, tan húmeda. Fue la primera vez, y fue increíble. Recuerdo cómo me tocaba, el roce de sus dedos en mi piel, su lengua acariciando cada centímetro, mi humedad por primera vez lamida, receptiva a cada roce, por pequeño que fuera, estremecerse pasó a ser un estado, y el placer me llenaba de arriba a bajo, sin descanso. Alex me enseñó por primera vez qué era sentir placer, y lo experimenté a conciencia.

- Esto, es un orgasmo primita.

Yo apenas si podía hacer otra cosa que gemir y suspirar, él no apartaba aún sus dedos y con cada roce nuevo, sentía esa oleada de placer en cada poro de mi piel.

- Por hoy creo que ha sido suficiente.

La siguiente vez que nos vimos, no fui yo quien disfrutó. Estuve días leyendo y mirando cosas, y cuando nos vimos, por fin, no pensé, sencillamente lo hice. Los preliminares esta vez fueron más bien cortos, no dejé que Alex me encendiera tanto, porque sabía que una vez encendida ni yo misma podría controlarme.

- Hoy te toca a ti.

- ¿Qué quieres decir?

Pero nunca contesté a esa pregunta, simplemente lo hice. Lo senté en nuestro sofá y nos acariciamos durante un rato, cuando empecé a sentir su excitación, me restregué contra él y bajé mi mano a su entrepierna. Alex no se imaginaba qué iba a suceder, y seguía en su interés por lamer mis pechos, pero no le dejé. Me arrodillé y miré sus ojos, intrigados, sorprendidos, y sin pensar metí mi mano y acaricié. Sus ojos se cerraron un segundo al primer roce de mi mano y volvieron a abrirse, a la vez que una sonrisa pícara se dibujaba en su cara. Saqué su pene, por primera vez, y lo miré, golosa, lamiendo mis labios mientras intentaba no apartar mi vista de su mirada durante muchos segundos. Acaricié el tronco, toqué su glande, sonreí pícaramente y me acerqué la punta a mis labios, le di un pequeño beso y seguidamente una pequeña caricia con la lengua. Se estremeció en el primer roce, pero no hizo ningún movimiento. Utilicé mi otra mano para masajear sus pelotas y empecé a succionar mínimamente su glande, dando lametones en círculos alrededor, suavemente. La agarré con fuerza y la dispuse para poder lamer de forma vertical su tronco, arriba, abajo, arriba, poco a poco. Volví a la posición inicial y me metí solamente el glande, lo saqué, lo lamí, metí un poco más, y así sucesivamente, probando como se notaba su miembro en mi boca. No me daba arcadas, ni me molestaba, más bien me calentaba tenerlo dentro, y ver su mirada, sentir sus espasmos, sus suspiros… Entonces dejé el juego y me lo tomé muy en serio, me puse cómoda y empecé a chuparla, con ritmo, con ganas, mientras con una mano le masajeaba las pelotas y con la otra acariciaba su musculado y moreno vientre. Lo estiré en el sofá y me tumbé sobre él, hacía la felación mucho más cómoda. Alex empezó a gemir, no escondía para nada sus sensaciones, y en ese momento estaba cachondo y en la gloria. En mi boca pude sentir como engordaba, como se inflaba más y como se erguía más aún, estaba a punto de culminar y yo me moría de ganas de que lo hiciera. No es que me calentara personalmente el hecho de que se corriera en mi boca, porque la verdad era más bien reparo lo que sentía hacia ello, lo que pasa es que en el momento sientes tanta excitación al saber que está tan sumamente cachondo por tus caricias y lametones, que hasta te parece erótico que se corra en tu boca, quizá no agradable, pero sí cachondo. Y la verdad, cuando por fin Alex se corrió, no fue ni la mitad de horrible de lo que me esperaba, es mas, me gustó que lo hiciera.

- Alma, ¡dios mío! Ha sido la mejor mamada de mi vida.

- ¿Qué esperabas primito? Soy yo.

- Eres una diosa.

Me sentí como tal en ese instante, era la primera vez, y Alex se veía más que satisfecho por mis caricias y lametones, realmente, había sido una muy buena experiencia, casi mejor que la que él me había regalado. Cierto que nunca desagrada que te lo coman tan bien, pero hacerlo tú, es tan increíblemente excitante y placentero…

La primera vez fue la noche siguiente a mi cumpleaños. En esos momentos Alex y yo ya habíamos hecho en bastantes ocasiones sexo oral, caricias, juguetes sexuales, jueguitos, preliminares morbosos… pero eso lo habíamos dejado para el final, y Alex decidió que sería un buen regalo de cumpleaños. Realmente: lo fue.

Mi casa estaba sola y ambos habíamos pasado la tarde con unos amigos, mandándonos indirectas y miradas furtivas. Habíamos acabado todos en una piscina de uno de los compañeros de Alex y la verdad es que verlo en bóxer no ayudaba mucho a bajar la tensión entre ambos. Sin pensarlo, cogimos su coche y nos acercamos a mi casa, en las escaleras ya nos estábamos besando con ganas y nada más entrar, cerramos la puerta y empezamos a desnudarnos. Nos dirigimos casi sin pensar a mi cuarto y la verdad es que no hubo mucho preliminar, fue directo, apasionado y feroz, pero increíble.

- Ya no puedo más Alma.

- Yo tampoco Alex, se acabó, hazlo.

Nos desprendimos de la ropa interior casi sin darnos cuenta y nos fundimos en besos y caricias. Su mano bajó a mi humedad y al notar tal calentura, Alex suspiró, mirándome a los ojos y preguntando sin hablar, la respuesta fue afirmativa aunque no salió palabra de mis labios. Me puso de espaldas a él y yo apoyé mis brazos en la pared, justo enfrente de mi espejo, separé un poco mis piernas y cerré los ojos. Alex mordisqueó mi cuello, tocó mis pechos y bajó su mano derecha de nuevo a mi entrepierna, acariciando a placer. Sacó un preservativo y lo puso en la punta de su pene, seguidamente puso su espalda justo detrás de mí, sentía su aliento en mi nuca, y se agarró con una mano a mi cadera, con la otra apuntó hacia el interior de mi coñito y metió solamente la punta, yo me estremecí, gimiendo de placer. Movió un poco su pene, en círculos, y introdujo un poco más, poco a poco. Yo me moría, quería más, y más, pero Alex no quería hacerme daño. Sin pensarlo grité suplicando que la metiera, de una vez, de un golpe seco.

- Te dolerá amor.

Pero yo no estaba para dolores en ese momento, sentía arder todo mi interior, chorreaban mis piernas y se inflaba mi clítoris de excitación, le necesitaba dentro, en ese instante, sin pensarlo.

- Alex por dios, métemela, lo necesito.

Alex besó mi cuello, relajándome y la metió un poco más, a lo que yo respondí echándome hacia atrás, haciendo que entrara más adentro. Supongo que me entendió, porque al segundo siguiente estaba de nuevo fuera su miembro, que tardó exactamente medio segundo a entrar hasta el fondo de nuevo, con rabia, ritmo y ganas. Sí, sentí que me partían en dos, dolor agudo, pero a la vez, dejó de quemarme y empezó a darme gustillo, un pequeño placer que iba aumentando con el vaivén de sus acometidas en mi interior. Empecé a gemir cuando el dolor fue remitiendo y separé más mis piernas, notando con más profundidad su pene dentro de mí. Alex sorbía mi cuello, lo llenaba con sus besos y sus manos se aferraban a mi cuerpo. Al principio ambas apresaban entre sus dedos mis senos, endureciendo hasta el límite mis pezones, que llegaron a dolerme del placer que me daban sus caricias, pero con el rato una de sus manos bajó a mi humedad, resbalando por mi vientre, a tocar mi botoncito rosado, a acariciar esa zona tan erótica de mi cuerpo, utilizando nuestros jugos para resbalar en mí. Entonces Alex empezó a aumentar el ritmo, tanto de la penetración como de sus caricias, sentía como golpeaban sus pelotas en mi piel y eso me encantaba. Entonces estaba casi a punto, casi, sólo un poco más, un poco más, tuve un orgasmo abismal y cuando empezaba a decaer sus dedos y su orgasmo remontaron el mío, que se duplicó. Exhaustos, nos dejamos medio caer y nos comimos a besos durante un rato. Después nos dimos una ducha y nos follamos en otras posturas, delante de mi espejo, aprovechando esas horas en que mi casa estaba sola. Fue un día fantástico.

Alex sigue siendo un buen amante, tanto que no pasan 15 días sin que follemos sin parar durante horas. Es absolutamente genial y ya se sabe: cuanto más primo, más te la arrimo, ¿o no?

Autor: neus


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