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2005-11-01 17:17:20
Ella nos estaba mirando fijamente

Julian y yo estábamos de pie, en frente de ella restregándonos las cuquitas tal y como nos lo había ordenado. Esa tarde ya no quedaba casi nadie en el cole y nuestra profesora de gimnasia nos había vuelto a castigar por segunda vez esta semana. La diferencia era que ahora no nos había pegado la típica cachetada. Se la veía disfrutar al vernos realizar aquellos movimientos. De hecho, nosotros también estábamos empezando a disfrutar. Al principio me había dolido un poquito. Pero luego empecé a cogerle soltura y manoseaba sobre todo mi pequeña cabezita. Algo dentro de mi empezó a querer salir y cuando me di cuenta manché el suelo con un líquido blanquecino y espeso. Estaba confuso y me sentía avergonzado. Julian, que tenía los ojos cerrados, no tardó y derramó eso contra la pared del vestuario. La señorita Mona nos miró sonriendo y dijo que nos limpiaramos.

Nos dio dos toallitas y luego nos fuimos.

De regreso a nuestras casa Julian y yo comentamos lo sucedido intercambiando impresiones pero a nuestros 12 años no teníamos ni idea de lo que había ocurrido. Y sin embargo, había sido el mejor castigo de nuestras vidas. Eso si, jamás podríamos hablar de esto con nadie porque sentíamos que habíamos hecho algo muy malo.

Durante las siguiente semanas la seño nos castigó múltiples veces y siempre teníamos que ir con ella al vestuario para tocarnos la colita y luego limpiar lo que mancháramos. Aquello era horrible, porque a veces no queríamos terminar así pero ella nos avisaba de que si no manchábamos con nuestra leche el suelo o la pared nos suspendería la asignatura.

Recuerdo que a veces ella nos pedía que lo hicieramos con los ojos cerrados y en esos instantes la oía suspirar profundamente como si le faltara aire.

La seño Mona era muy guapa. Tendría unos veintiocho años. Morena de piel, con ojos verdes y pelo oscuro. Llevaba una melena corta y su figura era la típica de una persona que hace deporte todos los días. Por lo menos eso es lo que decía mi Papa desde que una vez la vimos por la calle. A mi me dio mucho corte porque pensé que le iba a contar algo sobre nuestros castigos, pero lo único que hizo fue acariciarme la cabeza y decir cosas estupendas de mi. Desde entonces pensé que no era tan mala como creía y que lo hacía por nuestro bien.

Llegaron las navidades y el papá de Julian le regaló una cámara de esas superpequeñas y llenas de botones para hacer un millón de cosas. Ese año fue estupendo porque aprovechando que yo vivía en un ático y que la cámara tiene un montón de zoom podíamos grabar a todo el mundo mientras jugábamos a que éramos espías secretos. Fue entonces cuando se me ocurrió llevar la cámara a la clase de deporte y grabar uno de los castigos de la profesora Mona.

A Julian le dio reparo porque no quería que con la travesura nos castigaran más pero al cabo de unos días ya estaba convencido. El plan era el siguiente: yo me portaría mal (bueno haría lo de siempre), el fingiría ponerse malo y se escondería en el vestuario. Luego grabaría lo que ocurriese y ya está, habríamos cumplido otra misión para nuestro país.

El día que elegimos fue un viernes, de esa manera nadie se preocuparía por nosotros y podríamos visionar la peli mas tarde. Todo sucedió según lo planeado.

Cuando la señorita Mona me castigó sentí que no me iba a llevar a los vestuarios porque se entretuvo hablando con otro profesor. Al final me dijo que la disculpara por la tardanza pero que de todas formas tenía que cumplir el castigo para que aprendiera a no armar jaleo en clase mientra ella hablaba. Ya estaba con los pantalones de deportes medio bajos y ella se había puesto de cuclillas delante mio. En aquel instante mi colita se levantó, como saludándola. Era la primera vez que se movía sin tocarla antes y eso me hizo sentir desorientado. Ella me pidió que me desnudara completamente y cumpliese mi castigo. Así lo hice, empecé a frotarme la cuca cada vez mas rápido. Ella se aparto hacia un lado casi fuera de mi ángulo de visión. La podía ver sentada con la mano dentro de su pantalón de gimnasia, como rascándose algo que le picara mucho. Luego la vi meterse el dedo en la boca y volver a rascarse una vez más. Al cabo de unos poquitos minutos manché el suelo. Ella se acercó, me cogió la colita con sus dedos y secándola me vestió. Me dio un pañuelo de papel para que limpiara lo que había manchado y me deseó un buen fin de semana.

Ya fuera del cole, en el punto de reunión, vi a Julian. Tenía la mochila de clase y la cámara dentro. Fuimos a su casa porque a esa hora no había nadie. Vimos la cinta y nos percatamos de muchos detalles más. La imagen era nítida pero algo oscura. Sin embargo, se podía ver con claridad a los partícipes de la película e incluso algunos detalles de los que nunca nos habíamos dado cuenta. Parecía como si la profe disfrutara al verme salpicado de aquel líquido. Noté como cuando mi mano se manchó ella se acercó casi oliendola antes de darme el pañuelo. Todo aquello era muy interesante y por ello decidimos hacer dos copias y darle una a la profesora. Así nos explicaría qué es lo que estaba pasando. Porque nos gustaba escupir esa leche y porque ella se volvía loca cuando eso sucedía

El lunes, al final de su clase, que era la última del día, le entragamos el video a solas. Ella nos pidió que la acompañaramos a la sala de audiovisión para verla. Estuvo muy callada. Debía estar muy enfadada de aquella travesura. Puso el video, lo sacó y nos pidio por favor que no se lo ensañaramos a nadie. Nos lo hizo jurar por todos nuestros superheroes y a cambio nos pondría sobresaliente en su asignatura. En aquel instante nos alegró un montón pero no habíamos resuelto nuestras dudas. Por eso Julian y yo le pedimos que nos explicara que era aquello con lo que nosotros manchábamos al vestuario del gimnasio. Ella estuvo callada durante un tiempo y luego empezó a decir que no sabía de qué estabamos hablando. Así, Julian y yo nos bajamos los pantalones y los calzoncillos y le dijimos que nos tocara la cuquita hasta que saliera eso. Ella no parecía dispuesta a coolaborar pero le dije que le daría una copia a mi papá para que me lo explicara. Automáticamente se arrodilló, y empezó a tocar nuestras colitas suavemente. A Julian le dolía un poquito y Mona se lamió la mano para que no le rozase tanto. A mi me entraron los celos y le pedi que me hiciese eso también. Ella frotaba nuestros cucas con tesón pero nosotros no estábamos dispuestos a perder. Llevábamos dos semanas apostando quien tardaba más en manchar y ahora el juego seguía en pie. Estaba tan cerca de mi colita que podía sentir su ardiente aliento.

Julian manchó primero. La mano derecha de la seño estaba llena de aquello y yo seguía aguantando. Ella le dijo que tenía pañuelos en su bolso para que se limpiara y mientras Julian se alejaba puso su empeño en mi. Yo con mi mejor sonrisa picarona le dije que si quería que lo intentara yo. Mona devolviéndome la sonrisa se metíó mi cuquita en la boca y entonces, de repente, la manché. Jamas había soltado tanto de aquello. Pensé que ahora me pegaría una torta y me suspendería su materia. Pero lo único que hizo fue tragárselo y limpiarme toda la colita con su deliciosa lengua húmeda. La profesora que parecía golosa de no malgastar mi leche una vez acabada la faena se puso en pie, nos dijo que este sería nuestro secreto y se despidió.

Julian y yo estábamos absortos en nuestra nueva materia. Mona era una mujer, muy hermosa, muy convincente con sus atributos, pero sobre todo una mujer. Nosotros a parte de la hermana de Julian jamás habíamos sabido nada íntimo de ellas. Por eso la seño de gimnasia era como una nueva asignatura que nos esforzaríamos en dominar.

El miércoles la volvimos a ver. Esta vez no le dijimos nada, de hecho por primera vez en todo el año, no habíamos abierto la boca en clase. Aún así, dio lo mismo y nos castigó. Fuimos al vestuario, trancó la puerta, como siempre, y nos preguntó si queríamos repetir lo del lunes. Julian dijo que si enseguida, pero yo quería averiguar más cosas de las mujeres. Por eso le pedí que se desnudara. Ella puso cara de sorpresa pero empezó a desnudarse. Primero fue desabrochándose los botones de su camisa blanca. Luego se bajó la cremallera de su falda beig. Ya en ropa interior se deshizo del sujetador que calló sobre el suelo, encima de del resto de la ropa que reposa apilada. Bajo sus manos para arrancarse las bragas pero desistió. Se colocó a cuatro patas y empezó a comerle el pito a Julian. Yo comencé a caminar alrededor de ella. Me fijaba en cada curva de su perfecto cuerpo, en cada parte del mismo y se me puso dura. Me coloqué detrás de ella e inspeccioné sus bragas. Eran de color de blanco, con agujeritos y de una textura muy suave. Empezó a tocarlas y cuando llegué a su entrepierna noté la humedad. Estaban completamente mojadas. Su olor era atrayente, intenso deliquido y delicioso porque enseguida me vi pasando me lengua por aquel sitio. Ella absorta en su función no respondió a mi travesura y decidí apartar un poco su prenda para ver que había debajo. Tenía una abertura, una especie de raja de donde salía todo aquella agüita. Al pesar mi dedo índice noté como sus labios se abrían y me absorvian. Estaba muy caliente. Los pantalones me apretaban y me los quité. Cogí mi colita y empecé a rozarsela con su raja. La punta de mi cuca estaba también húmeda pero no tanto como su cueva. Oí a Julian volver a suspirar y Mona le dijo que era un encante. Yo cada vez me frotaba más rápido con su culo. De repente, en un mal cálculo mi pija se introdujo en su rajita y ella se echó hacia atrás. ¡Quemaba!, hacia mucho calor pero se estaba tan agusto. Era húmedo, caliente, suave, profundo, grande y pequeñó a la vez. Ella empezó a mover su culito sin que yo hiciera nada excepto disfrutar como jamás lo había hecho en mi corta vida. Entonces empecé a imitar su movimiento. Julian la manchó y ella lo limpió y siguió chupándola. Yo le daba con todas mis fuerzas y la seño a veces se retorcía y volví a plantarme cara. A los pocos minutos noté que ya no aguantaba más y quise sacarla. Pero no me dio tiempo. Allí mismo solté eso de mi y ella para de atacar a Julian. Era como si ella hubiera sentido algo parecido y vi como salía más líquido de entre su raja. Entonces volvió a bombearme. Volvió a chupársela a Julian. Yo a los pocos segundos la saqué y ella paró de mover su trasero. Entonces le bajé las bragas hasta las rodillas. Mona sin mirarme siguió jugando con la colita de Julian que estaba de pie temblando. Yo quería seguir experimentando y pasé mi colita por todo su culo. Desde su cuevita hasta arriba. Entonces con todo tan húmedo la intenté meter por atrás. Ella se echó para adelante y evitó que consiguiera mi nuevo objetivo. Por ello con los dedos volví a investigar su raja. Seguía igual de húmeda o más todavía. Ya no me daba cuenta de cuando había alcanzado su punto álgido. El caso es que ella se estaba quedando muy relajada y aproveché el instante para pincharla de nuevo por atrás. Esta vez no fallé. Por un momento sentí que no lo iba a lograr porque se echo hacia adelante pero yo fui más rápido y conseguí metersela casi toda. Mona



habida cuenta de su derrota se echó hacia atrás y permitió que mi cuquita desapareciese en su esponjoso culito. Al rato sentí que estaba disfrutando más que nunca. Casi no se dio cuenta de que Julian se había meado en su boca y ella después de todo le dijo que no se preocupara. A mi me llamó sinvergüenza pero me advirtió que no parará. Yo obedecí y la llené con mi leche.

Pasado el tiempo alternamos Julian y yo las posturas y ella siguió complaciéndonos al máximo de nuestras posibilidades porque en ningún momento me dio la impresión de que la forzarámos. Todo lo contrario, siempre éramos nosotros los alumnos y ella la tutora.

Cada semana aprendimos un montón de cosas nuevas que en un futuro relataré...

Autor: susy


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