
Entró a un salón grande y casi vacío con paredes tapizadas de terciopelo rojo y el piso cubierto de madera oscura. Fue hasta la chimenea de piedra y dejo el antiguo candelabro, de gruesas velas de cera blanca, sobre ella, luego encendió la chimenea y la luz de su fuego iluminó la habitación.
En el centro estaba un hombre por completo desnudo, era alto, cuerpo con músculos definidos y piel morena. Se encontraba de rodillas, con la piel cubierta de sudor y exhausto de forcejear contra las gruesas cadenas de acero que lo aprisionaban. Tenía los brazos extendidos hacía el techo de donde colgaban las cadenas conectadas a los grilletes de sus muñecas. La mordaza amarrada con fuerza le impedía hablar.
Frente a él se hallaba un sillón negro de cuero, con remaches de metal, el único mueble en la habitación.
Morrigan se sentó en el sillón y cruzó las piernas, recogió un poco el vestido mostrando sus zapatillas blancas cerradas y de tacón alto. Apenas eran visibles los dibujos de encaje de las medias de seda blanca, pues el vestido cubría hasta los tobillos.
Ella lo vio directo a los ojos fijamente.
La mirada de él reflejaba miedo y confusión.
Ella, de momento, pensaba en varias ideas.
Podía cruzarle el rostro de una bofetada, para enseñarle que debía mantener hacía abajo la mirada, en los pies de ella.
Podía también ir a la chimenea y tomar el atizador que estaba en las brazas al rojo vivo y usarlo para marcar su nombre sobre la piel de él.
Tenía tantas ideas, pero ya había hecho las mismas cosas muchas veces con sus prisioneros anteriores. Éste era nuevo. Un juguete nuevo, fresco y sin estrenar, arrodillado frente a ella que estaba sedienta de sangre.
Morrigan lo observaba con dulzura, con su característica mirada, una paradójica mezcla de inocencia y picardía, de incongruente ingenuidad y malicia que resultaba muy fascinante y seductora; que no hacía más que encubrir tras un semblante casto, tierno y etéreo, una naturaleza de retorcida, perversa y maligna depravación. Morrigan alargó un pie y con la punta de la zapatilla comenzó a golpear suavemente los testículos de su prisionero, mientras pensaba en un castigo adecuado. Dio un puntapié que hizo estremecer al hombre, y luego sacó la afilada daga plateada que solía llevar con ella. Inclinada sobre el hombre apoyó una mano enguantada sobre el hombro de él, y sosteniendo la daga con la otra le acercó la punta al rostro. La hoja de metal brillaba con los reflejos del fuego en la chimenea, el bello rostro de Morrigan resplandecía sombrío e incitante a la luz de las llamas, lo que acentuaba su expresión, malvada y cruel. Bajó la punta de la daga y fue deslizando despacio, luego fue haciendo pequeños cortes alrededor de los pezones de él, al inicio parecían pequeños trazos blancos, después de un momento comenzaron a sangrar lentamente. Nada excitaba más a Morrigan, que el color rojo brillante de la sangre que comenzaba a fluir de las pequeñas incisiones. Pasó la lengua sobre las heridas lamiendo con placer, sintiendo el sabor mezclado de sangre y sudor. El prisionero gemía de dolor, no obstante una enorme erección delataba la viva excitación que le producía el contacto de la lengua de su captora sobre la piel. Ella bajó la mano libre para asirle los testículos y los apretó exprimiendo, él se sacudió forcejeando inútilmente contra las cadenas, apretó con mayor fuerza causando un dolor intorlerable. Dejó la daga en el suelo y lo golpeó en el rostro con una sonora bofetada. Morrigan tenía una terrible expresión de furia en su rostro, sus ojos habían adquirido una tonalidad gris metálica con un brillo siniestro en ellos. Recogió la daga del suelo y la deslizó cortando la mordaza que tenía puesta el hombre, se puso de pie y con la punta del zapato le propinó un golpe directo a los testículos. Él dejo escapar un alarido de dolor.
Excitada por los gritos de su víctima le descargó duras bofetadas en el rostro alternadas con dolorosos puntapiés en los genitales. El castigo duró largo rato. Para cuando ella paró el hombre estaba semiconsciente. Escupió una bocanada de sangre que cayó a los pies de ella, salpicando sus zapatillas blancas de tacón alto. Morrigan lo tomó por el mentón obligándolo a levantar el rostro. Él tenía una mirada suplicante. De un extremo de sus labios corría un hilo de sangre. Ella se inclinó para lamer la sangre en la boca de él. Después lo beso en los labios. Un beso apasionado, profundo y largo. Ella le mordió un labio, lentamente, hasta hacerlo sangrar. Él estaba muy exhausto, demasiado incluso para gritar o gemir.
Se apartó de él y fue junto a la mesa de madera que estaba a un lado del sillón negro. Tomó una botella de coñac y la destapó. Regresó con ella junto al prisionero y tomándolo del cabello tiró de su cabeza hacia atrás. Derramó un poco del líquido sobre el pecho de él, quien reaccionó de inmediato. Se sacudió y forcejeó, sollozando ante el ardor que causaba el alcohol sobre sus heridas. Ella sonrió, su sonrisa maligna, perversa y voluptuosa. Le lamió el pecho de nuevo, despacio, limpiándolo, saboreando el licor que se unía a la mezcla de sudor y sangre. Dejó la botella en el piso y se incorporó.
Él estaba de nuevo alerta con la mirada fija en los ojos grises de Morrigan, los cuales brillaban con maligna crueldad a la luz de la chimenea. Él empezó a suplicar, balbuceando con dificultad. Ella le dio la espalda ignorándolo y camino hasta la pared frente a ellos, tras el sillón de cuero. En la pared estaban empotrados una infinidad de ganchos de metal, de los cuales colgaba un sinnúmero de látigos y fustas, de los más variado estilos y formas. Mientras ella los examinaba detenidamente, él chillaba con denuedo suplicando, rogando y pidiendo auxilio. Ella elegía con cuidado y sin prisa, tomaba alguna fusta, la flexionaba con ambas manos para ver su elasticidad y la agitaba con fuerza en el aire haciéndola sisear. Se decidió por un látigo de cuero negro, muy largo y grueso, de algunas partes del arma sobresalían finas y cortas puntas de metal parecidas a espinas. Morrigan descargó un estruendoso golpe sobre el suelo, el cual hizo saltar astillas de madera del piso. Él observó atónito, horrorizado, ojos y boca abiertos de espanto. Morrigan caminó sensualmente hasta él con el cabello rojo vivo sacudiéndose en el aire. Se detuvo de pie, las piernas bien separadas y el látigo en las manos, frente a él. Arrojó el látigo al piso y se llevó las manos a la cintura, él observó de cerca el espantoso instrumento de tortura, las afiladas agujas de metal listas para desgarrarle la piel.
Ella comenzó a pasar las manos por su cuerpo con movimientos sensuales, acariciándose los pechos, erectos, grandes y redondos, bajando por la cintura estrecha, maullando de placer como una tierna gatita. Metió las manos enguantadas bajo su vestido, levantándolo un poco, deslizando sus manos entre las piernas. Cerró los ojos y se lamió los rojos labios, pasando su lengua despacio.
Él la observaba sin aliento con una erección gigantesca.
Morrigan se quitó los zapatos de tacón alto, sacándoselos con los pies. Los hizo a un lado y muy despacio con las manos, sin levantar mucho la falda, se despojó de la ropa interior, una diminuta tanga de seda, jugó con ella en sus manos enguantadas, observando al prisionero, luego sin soltarla se quitó las dos medias de encaje blanco, con el pie desnudo le frotó los testículos y el pene. El gimió de placer al contacto del suave pie de ella. Eran unos pies bellísimos. Bien formados, pequeños, de exquisita blancura, con pequeños dedos sonrosados. De improviso le descargó una patada en los genitales. Al tiempo que aullaba de dolor lo cogió de la boca con una mano y con la otra le introdujo la ropa interior dentro. La diminuta pieza de seda estaba empapada del líquido tibio de ella. El sintió el sabor de ella llenando su boca. Morrigan tomó las medias de encaje y las usó para amordazarlo de nuevo.
Fue hasta la mesa y agarró un extraño objeto negro, largo, grueso y liso, con un extremo redondeado, como un palo duro. Ella sonrió divertida acariciando el objeto. Tomó también una copa de cristal de la mesa. Fue de vuelta a donde estaba él, dejó en el piso, frente al prisionero, la copa de cristal, recogió el temible látigo del suelo y caminó poniéndose tras el hombre, lejos de su vista. Él intento ver sobre su hombro para averiguar lo que ella se proponía. El terror lo invadía, respiraba con agitación. Sintió que algo le penetraba por el ano, poco a poco y con movimientos circulares. Era el palo negro y largo que ella había tomado de encima de la mesa. Lo penetraba por el extremo redondeado abriéndose pasa lenta y dolorosamente. La malvada no había empleado nada para lubricar la inserción. Las lágrimas corrían por las mejillas de él. Podía oír la perversa risa de ella, que se deleitaba de placer con su sufrimiento. Lo introducía y lo sacaba y volvía a introducirlo de nuevo pero más profundamente. Lo saco del todo y entonces lo insertó hasta el fondo sin parar. Se detuvo justo cuando sentía que no podría entrar más.
Los gemidos eran ahogados por la mordaza, le dolía pero aún faltaba lo peor. Sintió un ardor terrible cuando el primer latigazo le cruzo las espaldas, parecía estar hecho de fuego. Las agujas se clavaron en su piel, arrancándola cuando ella retiro el látigo. Temblaba de dolor, la sangre corría por donde las agujas habían desgarrado la carne. El ardor era espantoso, intolerable, el golpe lo lastimó como si el látigo estuviera hecho de metal forrado de cuero. No creía poder resistir otro. Morrigan no tuvo piedad. Golpeó de nuevo más fuerte. El restallido del azote resonó ensordecedoramente por toda la habitación. Volvió a golpear una vez más y otra vez y otra. Los flagelazos continuaron sin parar. Le azotó las espaldas, los muslos, los brazos. La sangre del torturado corría por su cuerpo. Su dura mano no disminuía la intensidad de los latigazos, más bien parecía que con cada golpea crecía su ímpetu, al aumentar la excitación y el placer de ella.
Por fin se detuvo y lanzo el ensangrentado látigo al suelo.
Él colgaba inerte de las cadenas. Apenas respirando. Sabía que quedaría inconciente en cualquier momento, pero algún extraño poder maligno le impedía perder el conocimiento. Un chorro de alcohol cayéndole en la espalda lo hizo volver en sí. Sentía la respiración de Morrigan cerca, tras el cuello, tras una oreja. Las manos enguantadas de ella pasaron bajo sus brazos acariciándole el pecho. Podía sentir el contacto de su cuerpo pegado a su lastimada espalda. Ella estaba desnuda. Su vestido blanco yacía tirado en el suelo, y a no ser por los guantes, no llevaba absolutamente ninguna ropa. Percibía el suave contacto de los senos erguidos de ella apretando contra las heridas en su espalda, la piel de ella estaba tibia; ella le beso el cuello. Una mano descendió agarrándole el pene y comenzó a masajeárselo. Morrigan continuaba besando y lamiéndole el cuello, y dándole pequeños mordiscos. Otra mano le aferró los testículos. Los apretaba y los soltaba como si quisiera bombear fuera su contenido. El hombre temblaba de placer y dolor. Era insoportable. Ella le lamía el cuello cubriéndolo con saliva, lo masturba más rápido y le apretaba los testículos con mayor fuerza. Tomó la copa de cristal que había dejado cerca y sosteniéndola puso dentro de ella la cabeza del pene que continuaba masturbando cada vez más fuerte y rápido. Entonces ella le mordió el cuello con fuerza, sus colmillos le atravesaron la piel. Los colmillos de ella no eran muy largos, pero eran afiladísimos como agujas. Morrigan empezó a succionarle la sangre. Seguía a la vez masturbándolo, apretando y tirando de su pene como si fuera a arrancarlo. Hundió los colmillos más profundamente en la carne, mientras bebía a raudales el líquido tibio y rojo. El hombre eyaculó lanzando potentes y abundantes chorros de semen dentro de la copa, estallando en un orgasmo violento y doloroso. Morrigan soltó un alarido de placer luego de desenterrar los agudos colmillos de la carne de su prisionero. Permaneció un momento apretada a él, rozando los pezones erectos contra su espalda. Lo había dejado seco por completo, vaciándolo de todo su semen y sangre.
Caminó desnuda, manchada de la sangre de él. Tomó asiento en el sillón de cuero, subió las piernas estrechando las rodillas contra el pecho. En una mano sostenía la copa cristal rebosante de semen, todavía caliente. Apartó un largo mechón de cabello que le caía sobre el rostro, pasándoselo tras la oreja. Bebió despacio el contenido de la copa, los sabores en su boca se juntaban haciéndola sentir de maravilla, alcohol, sudor, sangre, semen. Mientras gozaba relamiendo el exótico cóctel contemplaba el cadáver, que colgaba frente a ella de las cadenas que pendían del techo. Disfrutaba viendo las marcas dejadas por su maldad en aquel desnudo cuerpo sin vida. Estaba feliz y satisfecha, por el momento.