Porno Galerias Gratis Foro Contactos Gratis Videos Porno Fotos Porno Juegos Relatos Eroticos Porno Gratis SexShop Webcam Porno
   






Edad &

Crea tu perfil y conoce gente cerca de ti

ZONA PRIVADA DE MACIZORRAS




 

Webcam Porno

Webcam Porno


2011-05-20 15:53:31
Y cuando rompimos el beso, te susurré entre sollozos: Te amo. Y yo a ti, me respondiste. Pero sabes que no te has portado bien. Y aunque en el pasado he sido demasiado permisivo contigo, esa etapa se acabó. Quiero poder mostrarte en público y sentirme orgulloso de ti, así que me temo que a partir de ahora, tendré que entrenarte en serio.

Sin poder evitarlo, sonreí excitada a pesar del dolor. Solo de imaginarme sometida a tu voluntad, casi alcancé un nuevo orgasmo. Pero lo cierto es que lo que más feliz me había hecho, fue la posibilidad de que te pudieras llegar a sentir orgulloso de mí. Miles de mariposas aletearon en mi estómago, y nuevamente mis ojos quisieron llenarse de lágrimas.

¿Pero sabes? dijiste negando con la cabeza disgustado. Por ahora perrita, por ahora no puedo hacerlo, porque eso no es cierto. No puedo sentirme orgulloso de ti sino estás dispuesta a seguir mis órdenes al pie de la letra. Y hasta el momento, siempre has hecho lo que te venía en gana. Lo sabes, ¿no?

Lo sie… intenté decir, sintiéndome completamente abatida, notando como mis lágrimas ahora sí escapaban sin control de mis ojos. Por fin me daba cuenta que tenías razón, siempre fui una tonta que no sabía lo que quería. Fantaseé mil veces con una situación así, pero estaba asustada y siempre me lo negué a mi misma, desobedeciéndote, yendo en contra de tus órdenes.

SSShhhh me dijiste, poniéndome un dedo sobre mis labios. Sí bonita, sé que lo sientes, pero lo vas a sentir aún más, créeme. Sonreíste maliciosamente, disfrutando con el terror que me habías provocado. Sí, créeme, ha llegado la hora del desquite, y a fe que me lo voy a tomar. Y sin decir nada más, te levantaste, me acariciaste la cabeza como si fuera una perra de verdad, y te fuiste a la ducha.

¿Miedo? ¿Vergüenza? ¿Excitación? Si te soy sincera, en aquel momento no sé lo que sentía, pero lo que sí tenía claro es que haría todo lo posible para que pudieras sentirte orgulloso de mí. Mis pezones me dolían como nunca antes lo habían hecho, y solo al imaginar el dolor que sentiría al quitarme las pinzas, me temblaban las piernas. Mi culito, virgen hasta aquella noche y que te había negado en repetidas ocasiones sentía un escozor inmenso, pero al mismo tiempo lo notaba vacío, como si necesitase algo para poder aliviarse, algo que me volviera a llenar por completo, y saciase una y otra vez el hambre atroz que habías despertado en él.

¿Quién me lo iba a decir? Ni yo misma lo podía entender. Siempre me había negado a hacerlo por detrás, pues en una ocasión hace varios años, había intentado introducirme uno de mis juguetes, pero el dolor me hizo desistir al poco de empezar. ¿Y ahora? Ahora te necesitaba dentro de mí, dentro de cualquiera de mis agujeros, pero especialmente, dentro de mis entrañas, para sentirme usada, y sentirme completamente tuya.

Dios, había fantaseado con ser usada y sentirme sometida en incontables ocasiones. Pero la realidad era infinitamente mejor de lo que jamás había soñado. Me sentía sucia, me sentía cerda, pero sobre todo, me sentía como una auténtica zorra, necesitada, o mejor dicho, esclavizada por tu polla. Y ¿sabes? Mi mayor deseo era que lo descubrieras.

Fantaseaba con todo tipo de vejaciones, humillaciones y castigos, excitándome cada vez más. El deseo se iba adueñando de mí nuevamente, y sin querer evitarlo empecé a masturbarme. Seguía a cuatro patas como me habías dejado, y manteniendo esa posición, llevé una mano a mi encharcado coño.

Jugueteé con dos dedos en mi interior, sintiendo como rápidamente quedaban empapados. Froté las paredes de mi coño, notando como poco a poco se iban dilatando y daban un cálido recibimiento a los invasores. Mi calentura iba aumentando por momentos, y entonces se me ocurrió como podría hacerlo aún más perverso.

Sin detenerme a pensar que ya te había desobedecido por moverme, fui aún más allá con mi osadía. Me senté en el suelo y abrí bien mis piernas. Con la mano derecha, llevé parte de mis jugos a mi trasero, volviendo a estimularlo, introduciendo de golpe mi dedo medio hasta el fondo. El latigazo de placer fue instantáneo, y necesitada de más, llevé mi otra mano a las pinzas y comencé a apretarlas suavemente.

La mezcla de dolor y excitación fue intensísima. Mis pezones me dolían más que nunca, y sin embargo, a pesar de sentir más placer del que había experimentado en toda mi vida, sentía que me faltaba algo.

Introduje un segundo dedo por mi trasero, y deseosa de más placer, llevé mi otra mano a mi clítoris, masajeándolo con fuerza.

Uffff, sííí. Intentaba gemir bajito, loca de calentura, sintiendo próximo el orgasmo. Necesitaba correrme pronto. Habías desatado en mí a la verdadera puta que llevo dentro, y deseaba, quería, tenía que correrme para aliviar el fuego que abrasaba mi interior.

¡Plaaash! Una hostia en toda la cara que no había visto venir hizo que perdiera el equilibrio y cayera de espaldas al suelo.

¡Plaaash! ¡Aaaahhhh! chillé cuando me diste una segunda en mi coño, cortándome de golpe mi excitación. ¡Plaaash! ¡Aaaahhhh! volví a chillar al recibir otra más en mi ya dolorido clítoris. ¡Plaaash! ¡Aaahhh! Quemaba, me quemaba de veras y sentía las punzadas de mil agujas sobre él. ¡Plaaash! ¡Aaahhh! El dolor era intensísimo, nunca había sentido nada igual. ¡Plaaash! ¡Aaahhh! Necesitaba apretarlo para intentar amortiguar mi agonía, pero ante la fuerza de tu mirada no me atreví a mover un solo músculo.

¡Bien, veo que no aprendes y que quieres seguir desobedeciéndome! Vale, pues ahora vas a ver.

En tan solo dos pasos me abandonaste. Escuché como ibas al armario de tus herramientas, y buscabas algo en él. Luego entraste en la habitación y al momento volvías a estar frente a mí.

Arrojaste al sofá lo que llevabas en las manos, sin darme tiempo a verlo. De un tirón fuerte de mi pelo, me exigiste volver a ponerme de rodillas, dándole la espalda al sofá, para que no pudiera saber lo que planeabas. Y en ese momento, ni se me pasó por la cabeza volverme. Te había desobedecido y deseaba que me castigaras nuevamente, pero a la vez, temblaba de pánico al imaginarme qué suerte me esperaba.

Nunca te había visto así, nunca el desobedecerte había tenido unas consecuencias serias para mí, y la verdad es que me excitaban tus pequeños castigos, pero siempre sentía que me faltaba algo. Y en aquel momento… estabas irreconocible. Excitada, deseaba que fuera verdad, y aterrada al mismo tiempo, rezaba para que todo acabara de una vez. Lo deseaba, tenía miedo… Mil pensamientos opuestos unos con los otros pasaron por mi mente en esos pocos segundos, y completamente ensimismada en ellos, sin haber llegado a decidir qué era lo que quería, sentí como intentabas meterme una mordaza en forma de bola en mi boca. ¿De dónde la habías sacado? ¿Cuándo la habías comprado? Nosotros no teníamos nada así, por eso la sorpresa fue mayúscula cuando a continuación, me esposaste las muñecas a una barra del sofá, haciendo que me fuera imposible escapar, o tan solo cubrir cualquier parte de mi cuerpo.

Las cosas empezaban a ponerse verdaderamente feas. No tenía forma de decirte que parases, que tenía miedo. Ni siquiera tenía forma de defenderme, pues habías elegido demasiado bien donde esposarme para que me fuera imposible moverme más que unos pocos centímetros. Estaba completamente a tu merced, y temblaba de miedo. Negué violentamente con la cabeza, tratando de que entendieras que esto estaba yendo demasiado lejos, que quería parar, pero no me hiciste caso. Y lo peor de todo, lo que más vergüenza me daba, era que mi coño tampoco quería que me lo hicieras.

Volviste a aproximarte a mi lado y observé lo que llevabas en las manos. Una cinta de embalar. ¿Para qué la querrías? No lograba imaginármelo. Ya estaba amordazada, así que no tenía sentido que la quisieras utilizar para sellarme la boca, y desde luego, jamás imaginé, ni siquiera había llegado a visualizar en mis más brutales fantasías el uso que le ibas a dar. Que ilusa fui. Aún no comprendía que había conseguido desatar a tu bestia, pero poco me quedaba para descubrirlo.

Sonriendo cruelmente, empezaste a desenrollar la cinta, y de un fuerte tirón, rasgaste un trozo bastante grande. Era demasiado grande para usarlo en mi cara, no entendía para qué lo habías contado, y sin duda, en aquel momento, no quería descubrirlo ni por todo el oro del mundo. De no haber sido por la mordaza, mis dientes estarían castañeteando, yendo al compás de los temblores de todo mi cuerpo.

Ahora verás. Vas a aprender por las buenas o por las malas a hacer lo que se te pide, y no lo que te venga en gana.

Te arrodillaste a mi lado, y sujetaste cuidadosamente las pinzas que me habías puesto en los pezones. Solo al rozarlas con tus dedos, el dolor se intensificó, pero todo lo que había sentido hasta aquel momento fue un juego de niños, con la agonía que sentí a continuación.

Bruscamente, y sin que la pinza soltara su presa, la pusiste completamente en vertical, llegando a hacer que la madera tocara mi teta, y allí la pegaste con la cinta adhesiva, provocándome un tormento superior a todo lo imaginable por mí hasta aquel momento.

¡MmmMmmmm! Si hubiera podido, mi grito se habría escuchado en la otra punta de la ciudad, pero a lo más que pude llegar fue a un gemido lastimero por culpa de la mordaza.

Quise decirte que ya había aprendido la lección, que te obedecería en todo, que sería una buena esclava. Quise rogarte que pararas,  pero no hiciste caso de mis lamentos ni de mis suplicantes miradas. Las lágrimas se escapaban sin que pudiera evitarlo de mis ojos, aunque no eran provocadas por el llanto. Simplemente el dolor era tan intenso, que brotaban sin que yo pudiera ejercer el más mínimo control para evitarlas.

A continuación, hiciste lo mismo con la otra pinza, utilizando el mismo trozo de cinta. Además, en un alarde de sadismo extremo, procuraste Cruelmente que la cinta quedase tensa para que al más mínimo movimiento, notase como ejercía más presión aún si cabe sobre las pinzas para intensificar mi agonía.

¡MmmMmmMmm! Me volví a quejar sin poder evitarlo. Jadeaba convulsamente por la nariz, intentando llevar el oxígeno necesario a mis pulmones para intentar sentir el calvario al que me estabas sometiendo. El sudor bañaba mi piel, la agonía era extrema, y el placer había sido olvidado ya hacía una eternidad.

Aún no hemos acabado con la cinta zorrita, me dijiste sonriendo, mientras que la calentura volvía a inundarme al escuchar el tono entre irónico y amenazador que ponías. Veo que tienes pelitos en tu coño, y recuerdo haberte dicho que quería vértelo completamente depilado. En fin, ya que no has querido hacerlo tú, tendré que tomarme la molestia de depilarte yo. Negaste con la cabeza fingiendo que sentías tener que hacerlo, y acariciándome la mejilla como si pretendieses consolarme, añadiste burlonamente: Es una pena que no puedas decirme como se hace. No sé donde guardas la cera, así que tendré que usar la cinta para garantizar que te dejo bien guapa. Ya verás como me lo acabas agradeciendo.

El dolor de mis pezones seguía siendo atroz, pero eso no impidió que pudiera ignorar el pánico que sentía ante la certeza de recibir más castigos. Volví a negar con la cabeza furiosamente, y traté de apartarme de ti, pues a fin de cuentas las piernas no las tenía atadas, y aunque poco, sí que me permitían una cierta libertad de movimientos. Pero cuando intenté moverme, la cinta tiró con fuerza de las pinzas, provocándome aún más dolor. Así que no me quedó más remedio que estarme quieta, aunque eso sí, manteniendo las piernas todo lo cerradas que pude.

¿A dónde ibas? Dijiste divertido. Ah, sí, la cinta. ¿Te duele? Pobrecita. Parece que la niñita no se va a poder mover mucho. Bueno, tranquilízate, ya te la quitaré luego… si te portas bien. Por ahora puedes ir abriendo las piernas un poco, para permitirme dejarte bien guapa.

Asustada, intenté recular, en la medida de mis posibilidades, y me negué a abrirlas. Sabía que me iba a doler, y no estaba segura de que pudiera seguir resistiendo más castigos. Sin embargo, cuando observé como tu sonrisa se ampliaba, comprendí que nuevamente había caído en tu trampa.

Bueno, gracias. Lo cierto es que me estás poniendo la situación muy divertida. Apoyaste tu antebrazo en el sofá, y palpando bajo un cojín observé aterrorizada como sacabas un látigo con varias colas. Te levantaste, te pusiste a mi lado, y apartándome suavemente el pelo de la espalda, me dijiste duramente: Bueno, pues vamos a contar hasta 20, luego te volveré a pedir que abras las piernas, ¿OK?

Al instante traté de hacerte señas para que entendieras que estaba dispuesta a abrirlas en ese mismo momento, gimoteando para llamar tu atención, pero ignoraste mis súplicas, y levantaste con firmeza tu brazo para descargar el primero de los latigazos.

¡Fiuuuummmm!

Cerré los ojos aterrada, y esperé que llegara el impacto del primer latigazo sobre mi piel.

¡Plaaash! Con un sonido aterrador el látigo se estrelló con fuerza contra el sofá, justo al lado de mi cara. Completamente atónita, emití un gemido patético, a la vez que sentía como mi corazón quería escapárseme del pecho. Toda la tensión acumulada se descargó por mi cuerpo, inundándome de un alivio tan inmenso, que por un momento, ni siquiera sentí la mordedura de las pinzas cuando choqué contra el sofá. Dios, ¡ni habiéndome montado en una montaña rusa podría haber sentido lo que sentí en aquel momento! Parecía como si por un instante el suelo hubiera desaparecido bajo mis rodillas, quedando sin ninguna sujeción sobre el abismo.

Incrédula, volví mi mirada hacia ti, sin tener palabras para expresar el alivio y agradecimiento que me inundaba. Chorros y chorros de adrenalina se vertían en mis venas, estremeciéndome de pies a cabeza. Las piernas, parecía que no querían sostenerme, y todo mi cuerpo temblaba sin cesar.

No creerías que te iba a pegar, ¿verdad? Me preguntaste dulcemente. No amor, no deseo hacerte daño. Solo quiero que entiendas de una vez quien manda aquí. Sino estás dispuesta a obedecerme a la primera, laceraré tu carne sin el más mínimo remordimiento. Tenlo claro. Tómatelo como un simple aviso de lo que puede ocurrirte. Porque la próxima vez…. Hiciste una pausa para arrodillarte a mi lado, acariciándome la cara con el látigo: la próxima vez no me detendré. ¿Entendido?

No recuerdo si asentí o no. El alivio era tan inmenso, que nada más ocupaba mi mente. Temblaba estremecida, sin poder creerme que por esta vez me había librado. Pero eso sí, me quedó perfectamente claro los extremos a los que estabas dispuesto a llegar para domarme, y eso, ahora que me había librado y el terror empezaba a esfumarse, hizo que me excitara más de lo que me había excitado en toda la tarde. Al fin me estaba quedando claro que era completamente tuya, que mi único anhelo era servirte, y que estaba deseando que me pusieras a prueba para poder demostrarte de lo que era capaz.

Bueno cariño, a pesar de ello, te tengo que castigar. Te dije que quería que tuvieras el coñito siempre depilado, y ¿qué me encuentro al llegar a casa? Que no te lo has depilado. Bien, aquí está el látigo, dijiste, posándolo al lado de mi cara. Te lo voy a pedir otra vez de buenas, pero será la última. ¿Abrirás las piernas?

Asentí, ya completamente entregada. Sabía que me lo merecía, y lo más extraño de todo, era que estaba deseando que me lo hicieras, a pesar del dolor que iba a sentir, para poder lavar con él mi sentimiento de culpabilidad. Así que nada más que pusiste tu mano sobre mis muslos, me dejé hacer, y me abrí de piernas, exponiéndome ante ti por completo.

El dolor atroz en mis pezones seguía martirizándome sin descanso, pero ahora lo veía como una expiación de mis desobediencias, como una forma de demostrarte mi sumisión, y lo aceptaba complacida, aunque no negaré que lo hacía resignadamente, consciente de que tú y solo tú tenías el poder de decidir que hacer con mi cuerpo.

Nuevamente te sentaste a mi lado, y con unas tijeras, cortaste un trocito de cinta que pusiste sobre mis ingles. A continuación hiciste lo mismo, pero colocándola en el lado contrario. Acariciaste suavemente la superficie, como comprobando que estuvieran bien pegadas, y cuando quedaste satisfecho, disten un fuerte tirón sobre una de ellas, y sin dejarme un instante de reposo, repetiste la operación sobre la otra.

Me quejé suavemente. El dolor había sido bastante soportable, pero solo con pensar en lo que aún me quedaba, hacía que se tambalease mi resolución de permanecer completamente expuesta. Sin embargo, cuando sentí como empezabas a colocar un nuevo trocito sobre mis labios, me agarré con fuerza al sofá, esperando, entre aterrada y deseosa, un nuevo tirón.

Deslizando con suavidad tu dedo sobre la cinta, te aseguraste de que estuviera bien pegado, y nuevamente, antes de quitármelo, pusiste otro trocito sobre el otro labio, acariciándome tiernamente. Mordisqueaste dulcemente mi oreja (sabes que me encanta) y cuando los escalofríos de placer recorrían mi espalda, tiraste con fuerza de la cinta, y arrancaste sin ninguna compasión los pelos de mi coño.

¡MmmMmmMmm!

¡Dolía! ¡Quemaba! Mi coño ardía, y no podía hacer nada para mitigar el dolor. Me retorcí por el tormento, pero en cuanto la cinta que me habías pegado en las tetas se tensó, vi nuevamente las estrellas, y sin poder hacer nada para distraer mi mente del dolor, tuve que permanecer quieta, sintiendo como todo mi cuerpo temblaba de agonía.

Acariciaste burlonamente mi cabeza, y sin poder contener esa sonrisa malévola que tanto me prende, me dijiste: Venga, tranquila, si ya estamos acabando. Solo nos queda…. ¡Anda, si aún nos queda la parte más divertida!

Como un niño pequeño con su juguete nuevo, procediste a colocar más cinta aislante sobre mi coño, en esta ocasión sobre el monte de Venus. Nuevamente me acariciaste sobre ella, comprobando que quedara bien pegada, y sin esperar un solo instante, tiraste con fuerza de la cinta, llevándote con ella todos los pelos que sabía, no debían haber estado ahí para recibirte.

Creo que no es preciso volver a contar los padecimientos que pasé. Gemía, lloraba, sufría, pero eso no te ablandó, y sinceramente, no esperaba que lo hiciera. Me había comportado mal a sabiendas, y tenía claro que me merecía este castigo.

Ya solo te quedaba por depilarme el perineo, la zona que siempre me había dolido más, y tú lo sabías bien. Por eso cuando llegó la hora de dar el tirón, no me sorprendió que cruelmente fueras tirando con suavidad, para prolongar mi sufrimiento.

Y así, al final, cuando mi coñito quedó por fin libre de pelos, me diste un beso en los labios, y sonreíste complacido.

¿Ves? Así me gusta que me recibas. Suavecita, limpita, y preparada para que juegue contigo.

Autor: Argonauta


RECIBELOS EN TU MAIL

Recibe nuevos relatos
en tu email cada dia:


All logos and trademarks in this site are property of their respective owner. - Condiciones de uso y Aviso Legal
The comments are property of their posters, all the rest Copyright 2004-07 by me.
Todos los derechos reservados - MaciZORRAS.CoM Copyright 2004-10. Porno Gratis