Porno Galerias Gratis Foro Contactos Gratis Videos Porno Fotos Porno Juegos Relatos Eroticos Porno Gratis SexShop Webcam Porno
   






Edad &

Crea tu perfil y conoce gente cerca de ti

ZONA PRIVADA DE MACIZORRAS




 

Webcam Porno

Webcam Porno


2010-09-25 19:49:22
De nuevo estaba ahí, agazapado, acechando en la oscuridad, esperando el momento en el que ella aparecería por las enormes puertas de madera. Desde hace varios meses que vigilo la entrada del viejo edificio, desde hace varios meses espero, ingenuamente, que ella se dé cuenta de su error y lo enmiende.

Conocí a Cristina Mendoza cuando ella tenía 17 años y yo 20. Mi casa era uno de esos edificios antiguos que eclipsaba en magnificencia a las casas más modernas, era tan grande que vivíamos ocho personas en ella con comodidad. Cristina era novia de uno de mis primos por lo que su presencia era normal en nuestra residencia. Al principio mi actitud hacia ella era cordial con tintes de indiferencia, no era que sintiera alguna especie de aversión hacia ella solo que no tenía interés alguno en conocerla a fondo.

Una tarde las juegas con mis amigos acabaron temprano y regrese a casa antes de lo previsto. Una figurada encorvada destacaba en el jardín, Cristina rodeaba su cuerpo con sus propios brazos. Su ondulado cabello negro, que caía suelto por su espalda, creaba una impenetrable cortina encargada de ocultar rostro, pero nada ocultaba los temblores que sacudían su cuerpo.

Dudaba si debía de acercarme o si por el contrario tenía que irme y hacer como que no la había visto. Al final la curiosidad y la preocupación me arrastraron hacia el tronco donde estaba sentada, intente pisar con suavidad para no alertarla. Su cuerpo seguía sacudiéndose sin descanso, esperaba que alguna extraña enfermedad de la que nunca nos hubiera hablado creara los temblores. Sabía que mi esperanza era vana, pero aun así esperaba que alguna otra cosa le sucediera, definitivamente no deseaba encontrarla llorando.

Cuando estuve lo suficientemente cerca pude verla con claridad las salinas lágrimas corrían presurosas por su rostro, al instante me quede paralizado nunca me había imaginado que Cristina pudiese llorar con tal desolación, parecía una chiquilla. A pesar de que era joven tenía una madurez sorprendente, controlaba sus sentimientos de una manera admirable y, aunque estaba en casa ajena, se conducía con confianza y corrección ante cada uno de nosotros, cosa que yo jamás podría hacer. Me preguntaba qué era lo que había roto las murallas de la chica fuerte, ¿qué era lo que la tenía en ese estado de desesperación total?

Y ahí estaba yo, un ser insensible que buscaba la manera de consolar a su prima política que lloraba copiosamente por algún motivo desconocido. Mi poco tacto y mi falta de paciencia me obligaron a ir al grano:

−Cristina, ¿Estás bien? – ella se volvió con rapidez hacia mí. Se levanto y se arrojo sollozante a mis brazos.

Su reacción me tomo por sorpresa, mientras ella se pegaba a mí cuerpo yo pensaba, inútilmente, en algo que decirle; al ver que mis intentos eran vanos, me concentre en algo más tangible, algo más seductor que unas palabras de consuelo: el cuerpo de Cristina. La proximidad de su cuerpo, enfundado en un delgado vestido de algodón blanco, me perturbaba; la poca atención que le había prestado con anterioridad no me había permitido vislumbrar los matices eróticos de la novia de Lauro. Podía sentir cada centímetro de la hermosa piel que cubría el vestido, casi podía describir con exactitud la curva de sus pechos aplastados contra mí tórax. Lo prometedor de su cintura y el delicioso aroma que despedía su carne abrumaban mi cabeza; ese indefenso cuerpo pegado a mí despertaba mi libido.

Ahora era yo quien perdía el autocontrol, hubiera querido que mi problema fuera tan sencillo de resolver como unas simples lagrimitas, pero no era así. Controlar el fuego, detener ese cosquilleo que bajaba de mi estomago a mi entrepierna era complicado y el hecho de que ella y su voluptuosidad estuvieran tan cerca de mi no era una ayuda.

Intentando ser amable la aparte de mí. Rezaba para que no se fijara en la pequeña protuberancia que momentos antes no estaba bajo mis pantalones, por fortuna seguía tan entregada al llanto como en un principio. Su afilado rostro estaba desencajado en una mueca de dolor, pero aun así podía percatarme de lo que nunca antes había notado.

Su marmóreo rostro de afilados rasgos poseía una belleza desbordante, sus labios carnosos y femeninos, sus enormes ojos azules coronados por sendas pestañas negras y su nariz recta. Había algo intangible en su rostro que le daba cierto aire sensual. Era ridículo que no hubiera notado que la novia de Lauro, mi primo, era preciosa. A la par de ese descubrimiento un sentimiento de compasión broto en mi pecho: me enfurecía y me entristecía ver el dolor de Cristina.

Como si hubiera adivinado mis pensamientos levanto la cabeza, me sonrió levemente y comenzó a hablar.

−Lamento mucho que tuvieras que verme así Matías, quiero darte las gracias por haber soportado mis lloriqueos. – incluso su voz estaba llena de erotismo, sus ojos marítimos no se apartaban de los míos. Quizás fueran imaginaciones mías, pero Cristina poseía talentos dignos de una ninfa. La erección amenazaba con alcanzar dimensiones mayores, intentando distraer mi excitación le pregunte:

− Pues sí, me asusto mucho verte llorar. ¿Qué te paso?.. Si no quieres contármelo está bien, lo entiendo. – No es que me interesara saber mucho de los asuntos que solían acongojar a las mujeres, solo quería que me distrajera. Quería mantener, sea como sea, mi erección a raya.

−Pues creo que mereces saberlo y me ayudaría hablar de ello. – paso saliva con nerviosísimo, sus labios temblaban ligeramente. – Es tan vergonzoso… Ahora en la mañana Lauro me dijo que tenía unos asuntos pendientes que arreglar, pidiéndome disculpas me explico que no podría estar conmigo la mayor parte del día, pero que intentaría resolver sus problemas llegar a la hora de la cena. Se fue apenas termino de hablar, dejándome aquí en el jardín.

"Pase gran parte de la mañana ayudando a tu mamá con los deberes caseros, acabamos tan rápido que el aburrimiento se apodero de mí. Tu mamá salió a desayunar con unas amigas, la soledad de la casa me abrumo un poco y decidí salir a yo también, aunque no sabía muy bien a donde ir. Camine sin rumbo fijo durante una hora, pase sin motivo por el mercado y por el parque, exhausta decidí llegar a refrescarme un poco a mi casa. El lugar parecía estar en calma y vacío, lo cual era natural ya que mi hermana Mireya no está tan temprano.

"La cerradura no tenía puesta la llave, en ese momento no me sorprendió que el pomo de la puerta cediera con tanta facilidad. Un sueño agobiante pesaba sobre mis párpados, mi cuerpo pedía a gritos un pequeño reposo. Dado que Lauro no llegaría hasta al anochecer decidí subir a mi habitación y dormir un poco.

"Incluso ahora me resulta inexplicable que el sopor fuera suficientemente grande como para que yo no hubiera escuchado los gritos que provenían del segundo piso, porque eran grandes alaridos. – me sonrió con tristeza, una idea comenzaba a germinar en mi mente, pero aun así no quería sacar ideas erróneas. Cristina tomo aire y continuo: "Cuando abrí la puerta de mi cuarto el sueño desapareció de golpe. Sobre mi cama estaban, completamente desnudos, Mireya y Lauro.

"Mi hermana, a la que yo consideraba pura y casta, estaba montada sobre Lauro. Con los ojos cerrados su cuerpo se movía con rapidez, su cabello estaba pegado a su sudoroso rostro y de su boca abierta brotaban verdaderos alaridos de placer. Recostado y con los ojos también cerrados Lauro tanteaba con sus manos los senos de mi hermana. Parada desde el umbral de la puerta podía ver cómo le pellizcaba con desesperación los pezones, segundos después se sentó, era evidente que la sensación del tacto era insuficiente para él.

"Mireya seguía montada en el, los brincoteos de ella me permitían ver el duro miembro de Lauro entrando y saliendo de la vagina de ella. Ahora que el alcance de sus cuerpos era más favorable las caricias aumentaron, eran más desesperadas, más ardientes. La lengua de Lauro no se detenía: lamía el cuello de mi hermana, lamía con voracidad cada trozo de piel que estuviera a su alcance. Mi corazón se desboco cuando él metió uno de los pechos de ella en su boca, comenzó a succionar como si fuese un recién nacido, excitado abrió los ojos para contemplar su obra: el húmedo pezón de mi hermana estaba totalmente erecto y pasó de un ligero color carne a un intenso color rojo. Orgulloso de su obra Lauro se dispuso a pasar su lengua por el otro pecho, ahora no solo se limito al uso de su lengua, sino que también mordía con suavidad los excitados pezones. Los gemidos de Mireya aumentaron considerablemente, a su vez Lauro dejo escapar los primeros gemidos que escuchaba, el placer que ambos sentían era casi tangible. Entregados a su tarea no parecían notar que tenían audiencia.

"Lo sorprendente es que verlos me había excitado, deseaba que alguien me hiciera gemir como a Mireya, deseaba que alguien me tocara con la voracidad con la que mi hermana era tocada. Aterrada salí silenciosamente, pero no había acabado de bajar las escaleras cuando escuché el atronador gemido de placer de ambos.

"Corrí espantada de regreso aquí. Un sentimiento que nada tenía que ver con la traición de mi novio me invadió: no era deseada, por eso él se cogió a mi hermana. Así que aquí me tienes, llorando por el poco deseo que provoco y obviamente por la traición de Mireya y Lauro."

Desconsolada Cristina comenzó a llorar de nuevo, extendí una mano hacia su cara y la obligué a que me mirara.

−Es estúpido que llores por un idiota como mi primo. Además eres preciosa.− le dije con fervor. Ella se limito a negar con la cabeza.

−No es lo mismo Matías, ser preciosa y ser deseable. – me contestó.

Sin pensar mucho en lo que hacía tome firmemente su mano y la dirigí a mi rígido miembro. Se me quedo mirando con una expresión difícil de entender, luego súbitamente me beso. Su lengua se introdujo con violencia en mi boca, sus dientes mordían mis labios y sus manos recorrían deseosas mi cuerpo. Dejándonos llevar por nuestros ardorosos cuerpos la guié a mi habitación. Parecía que quería tomar la iniciativa en todo, pues apenas cerré la puerta comenzó a desnudarme. De igual manera me deshice del vestido que cubría su bien delineado cuerpo.

Sus pechos eran abundantes y los rosáceos pezones comenzaban a despertar de su letargo. Nos tumbamos en la cama y comencé a acariciarla: sus pezones se erigían al contacto de mi boca, mis labios se cerraban sobre ellos y succionaban. Comenzó a jadear, parecía como si quisiera contener las exhalaciones en su garganta, al instante comprendí que sentía vergüenza.

−Cris...Cristina, déjate llevar, no sientas pena conmigo…−le supliqué.

La transformación fue sorprendente, fue como si después de tanto tiempo de estar amordazada se liberara. Dirigí mi pene a su húmeda vagina, la había excitado con la esperanza de disminuir el impacto de la primera penetración; empuje con delicadeza mi miembro dentro de ella.

Nunca supe si yo había sido, en efecto, cuidadoso o si Cristina gracias a su excitación no había sentido dolor alguno. Nuestros cuerpos se amoldaron perfectamente y el ritmo de nuestros movimientos era pausado, aun así estábamos disfrutándolo. La calidez de su vagina me estaba volviendo loco, no era la primera vez que agradecía mi conocimiento sobre el sexo.

Minutos después las uñas de ella se incrustaban con fuerza en mi espalda, sus labios se pegaron a mi oído y me susurró:

−Hazlo más fuerte…más rápido….tócame.

Hice lo que me pidió, deje fluir en su totalidad esa ola de deseo que, por vergüenza, controlaba. Presione con más fuerza mi pene, moví con mayor velocidad mi cuerpo, mis manos estrujaban cada curva con la que se topaban y mi lengua hacía todo lo que ella deseaba: le lamía, a intervalos, ambos pechos.

Las uñas se hundían más en mi piel, un fuerte estremecimiento en mi vientre me indicó que estaba a punto de eyacular. Decidí que lo mejor era salirme y terminar fuera de ella, pero con un gesto de negación Cristina me lo impidió. Segundos después, con un ligero grito acompañado de una estruendosa risa, Cristina tenía un orgasmo a la vez que yo eyaculaba.

Tuvimos sexo una vez más, antes de que la prudencia nos advirtiera que mi familia podía llegar.

Tres días después de nuestro encuentro, ella desapareció. Se fue sin despedirse, sin dejar rastro. Mireya, su hermana, que nunca supo que había sido descubierta in fraganti, movió cielo, mar y tierra con tal de encontrarla. Tres años más tarde, cuando toda esperanza se había perdido y pensábamos que estaba muerta, Cristina le envió una carta a mi mamá.

En ella le explicaba lo que había hecho al "desaparecer, de igual forma le pedía a mi mamá que le avisara a Mireya que todo marchaba bien. Cristina Mendoza, la chica a la que más había deseado, se había metido en el Convento de Las Hermanas De la Caridad.

La notica me cayó como un balde de agua fría, no concebía ni lograba entender los motivos que tuvo para meterse en un convento. No entendía sus razones para abandonar una vida que habíamos descubierto juntos, una vida que con seguridad hubiera funcionado, una vida que ella rechazó sin tomarla siquiera en cuenta.

De la tristeza siguió la furia. Era una estupidez cambiar una vida de placer por una vida de sacrificios y privaciones. El cosquilleo inexistente de mi entrepierna me recordó que Cristina era la única mujer que yo deseaba, la única a la que había deseado así.

No sé en qué momento ni porque surgió, simplemente un día note que la idea ya estaba instalada en mi mente: ir a buscarla al convento y traerla de regreso. El Convento De Las Hermanas De la Caridad está ubicado fuera de la ciudad, la construcción rectangular abarca gran espacio y la única alegría que se puede percibir, radica en el enorme parque que se extiende a los costados del convento. La primera vez que entre me di cuenta de que no iba a ser tan simple como yo pensaba, los votos no se retiran tan fácilmente y las monjas ni siquiera me permitieron hablar con ella.

Pero no me di por vencido. Durante dos días, en la comodidad de mi automóvil, vigile las puertas del convento; en esas cuarenta y dos horas pude recrear la rutina de las monjas. A primera hora de la mañana salían a orfanatos, casas de asistencia, asilos y demás edificios de beneficencia social. Regresaban casi a las dos de la tarde, hora en que las puertas eran cerradas y nadie podía pasar, los cánticos provenientes del interior me hicieron sospechar de alguna clase de misa o servicio religioso.

El primer día después de esa hora no sucedió nada, nadie salió y por supuesto no pude distinguir a Cristina bajo los hábitos negros que ondeaban una libertad perdida. El segundo día fue lo mismo: visita a los huérfanos, a los ancianos y encierro. A las diez de la noche cuando estaba a punto de desfallecer, con el motor del auto encendido y esperando un pequeño pisotón en el pedal, una figura me llamo la atención.

Una esbelta figura, desproporcionada ahora por unos enormes ropajes, caminaba por el parque. Estaba segura de que esa figura era Cristina, como si se hubiera sentido observada se metió casi corriendo al convento, pero no importaba. Había descubierto la manera de llegar a ella. La manera en la que volvería a estar con ella.

De nuevo estaba ahí, agazapado, acechando en la oscuridad, esperando el momento en el que ella aparecería por las enormes puertas de madera. Desde hace varios meses que vigilo la entrada del viejo edificio, desde hace varios meses espero, ingenuamente, que ella se dé cuenta de su error y lo enmiende.

Tarde varios meses en conocer el patrón que seguía Cristina, solo faltaban cinco minutos para que saliera a su paseo nocturno. No quería esperar esos cinco minutos faltaban….y yo que ya había esperado tanto tiempo. Pero hoy era el día en el que ella se daría cuenta, el día en el que ella regresaría a mí.

Las puertas se abrieron. Ahí estaba ella, ajena a mí, caminando por el parque. Una caminata que yo me sabía de memoria: daría una vuelta al contorno, luego se adentraría mirando los árboles, para finalmente terminar en el pequeño estanque que estaba en la mitad del parque.

Detrás de un árbol me escondía, la oscuridad y la luna estaban de mi parte esta noche, Cristina no me vería. Diez minutos después ella se aproximaba, un cosquilleo familiar, pero que no había sentido desde hacía tres años, inundo mi entrepierna. Me sorprendía la necesidad que mi cuerpo parecía tener de ella.

Ahora estaba mirando el estanque de espaldas a mí. Me dirigí hacia ella con la suavidad con la que una vez, hace mucho tiempo, le había hablado. Me detuve justo detrás de ella, el cosquilleo aumentaba, mis manos la rodearon y fueron a caer sobre sus pechos.

Asustada se giro. El reconocimiento mezclado con el alivio y la ira se dibujaron en sus afilados rasgos.

−Matías ¿Qué haces aquí? – preguntó.

Le di la mejor respuesta que se me ocurría: la bese y deje que mis manos vagaran por su cuerpo. Ni el más pesado hábito de monja podía borrar la sensualidad que se desbordaban de ella, mi pene pedía casi a gritos unirse a ese mujer. Porque Cristina Mendoza era la mujer a la que más deseaba, pero al parecer ella no me deseaba mas.

−Basta Matías. Soy una monja e hice votos de castidad, así que márchate.

Su rechazo, por estúpido que parezca, encendió más mi deseo. La atraje hacia mí y la acaricie con esa voracidad que años antes ella anhelaba. Un fuerte golpe en mi mejilla me dejo atónito, aprovechando mi desconcierto Cristina corría al convento. La furia se apodero de mí. La había esperado tanto, había sufrido mucho, me había privado de otras mujeres para tenerle a ella, y ahora Cristina simplemente huía.

No tarde en darle alcance, mis manos rasgaron el hábito que cubría ese cuerpo tan deseable. Las lágrimas, que tanto me conmovían, comenzaron a rodar por su rostro; pero no me importa yo solo quería penetrarla una y otra vez.

Su cuerpo desnudo se veía mejor bajo la tenue luz lunar. Sus pechos me llaman a gritos y fue ahí a donde me dirigí primero. Mi ávida lengua los lamió, un gemido de placer brotaba de mi garganta, entonces ella comenzó a gritar. Pero no era el delicioso grito de placer que yo esperaba, era un grito de ayuda.

Asustado le puse una mano sobre la boca, intente que se callara pero más trataba ella de gritar. Mi mano seguía tapando su voz, Cristina era más fuerte de lo que yo pensaba, con un empujón se deshizo de mí. De nuevo la atrape, pero esta vez la tire al piso, mi mano seguía tapando su boca, esperaba que se callara.

Y aunque estaba concentrado en mantenerla en silencio, el deseo iba aumentando. Me puse a horcajadas sobre ella para retenerla, reteniéndola con las piernas me desvestí con desesperación. La erección de mi pene era épica, mi cuerpo temblaba al estar en contacto con la suave piel de ella. Con una mano aun en su boca, comencé a lamer su cuello, sus pechos, sus orejas, su vagina. Nunca le había hecho el cunnilingus a una mujer, pero sin duda era delicioso, mi lengua acariciaba la piel, se hundía en una familiar pero desconocida humedad.

A pesar de que Cristina se resistía el placer se extendía por su cara, enardecido hundí mi lengua en su vagina y comencé a hacer los movimientos que eran naturales para mi pene. Mi mano se aflojo y los gritos comenzaron a resonar de nuevo, otra vez esos gritos pidiendo ayuda.

Coloqué mi mano en su boca otra vez. Tome mi pene con una mano y lo introduje en su vagina, esta vez sin el cuidado que anteriormente había puesto. Casi eyaculo al penetrarla, pero pude controlarme.

Bajo de mi Cristina se seguía revolviendo, mi pene se hundía más y más en sus entrañas. Súbitamente la oposición dejo de sentirse, el cuerpo al que poseía estaba laxo. Asombrado levante la vista hacía su cara, los sensuales labios estaban azulados, los bellos ojos de mar estaban fijos y cristalinos. Mi mano había aferrado con demasiada fuerza las vías respiratorias de Cristina, accidentalmente la había estrangulado.

Aun así mi deseo no estaba del todo satisfecho, ahora que Cristina mostraba unas nuevas ganas de cooperar podíamos intentar nuevas cosas. Saque mi pene, abrí la boca muerta y metí mi miembro. La mano asesina servía ahora para dirigir el ritmo de su cabeza, su lengua pese a que estaba inmóvil me daba gran placer. Minutos después me vine en su boca.

Pero yo aun no estaba satisfecho. Arrastre el cuerpo hacia el grueso tronco de un árbol, me recargue sobre la áspera madera y monte a Cristina sobre mi pene. Mis manos le daban el soporte necesario para que el cuerpo no rodara por el pasto, ahora que ella ya no sentía dolor alguno me permití sacar mis deseos mas bestiales.

Mordí con tanta ferocidad su pecho que la carne se desprendió, la sangre todavía caliente se derramo por mi boca. Podía sentir el estremecimiento previo a una eyaculación, sin detenerme me dirigí al otro pecho; esta vez el desgarrón de mis caninos fue mayor, la sangre fluía como una pequeña hemorragia.

El salado sabor provoco una eyaculación como nunca antes la había tenido. Rendido y satisfecho como estaba me quede dormido con Cristina sobre mi pecho.

A la mañana siguiente un golpe sordo en mi cabeza me despertó. Varios puños caían sobre mí, antes de saber que era lo que pasaba perdí el conocimiento. Desperté horas después en una habitación de azulejos claros, una mirada severa se posaba sobre mí.

−Soy Carlos Barragán, Matías.− la mirada y el tono de voz del doctor no tenían nada de humanitario. No entendía que era lo que sucedía, no entendía porque mi pecho desnudo estaba manchado de sangre. Como si adivinara mis pensamientos el doctor me respondió. – Estarás interno en este hospital durante una temporada, solo mientras hacemos los estudios pertinentes.

Eso me impacto, que yo supiera no tenía alguna enfermedad como para que me analizaran. De pronto mis ojos se fijaron en el escudo que había en la bata del doctor: Hospital Psiquiátrico… el resto se desdibujo ante mis ojos. No era posible…. Yo no podía estar en un lugar así.

−Estas aquí para que analicemos tu mente. Ayer cometiste un asesinato. La víctima, Cristina Mendoza, tenía claros signos de violaciones. El semen que encontramos en su cuerpo posee la misma carga genética que el tuyo. Lo siento.

Dicho esto salió y me dejo solo. Era imposible que yo hubiera cogido con un cadáver, es repugnante. Como una cascada los recuerdos se apoderaron de mí: el cuerpo inmóvil, la sangre manando…. Aunque haber pecado de necrofilia con Cristina no era tan malo.

Ellos no entendían que Cristina era la mujer a la que más había deseado.

Autor: nadish


RECIBELOS EN TU MAIL

Recibe nuevos relatos
en tu email cada dia:


All logos and trademarks in this site are property of their respective owner. - Condiciones de uso y Aviso Legal
The comments are property of their posters, all the rest Copyright 2004-07 by me.
Todos los derechos reservados - MaciZORRAS.CoM Copyright 2004-10. Porno Gratis