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2007-12-16 21:16:18
RECLUSAS Entrar en aquel reclusorio, exclusivo para mujeres, era entrar al infierno. Ahí no se conoce la compasión, y las palabras piedad y lástima no son más que vagos conceptos inexistentes. Tras sus paredes de piedra desnuda, y sus gruesas puertas recubiertas de planchas metálicas, solo reina el dolor y el sufrimiento. Mujeres, solo mujeres. Cualquier desierto del norte puede esconder entre sus ardientes arenas el edificio lúgubre y oscuro de ese reclusorio. Lejos de la civilización, y más lejos todavía de cualquier ley humana, su mismo aislamiento permite el afloramiento de los más oscuros instintos.
RECLUSAS

Entrar en aquel reclusorio, exclusivo para mujeres, era entrar al infierno. Ahí no se conoce la compasión, y las palabras piedad y lástima no son más que vagos conceptos inexistentes. Tras sus paredes de piedra desnuda, y sus gruesas puertas recubiertas de planchas metálicas, solo reina el dolor y el sufrimiento.

Mujeres, solo mujeres. Cualquier desierto del norte puede esconder entre sus ardientes arenas el edificio lúgubre y oscuro de ese reclusorio. Lejos de la civilización, y más lejos todavía de cualquier ley humana, su mismo aislamiento permite el afloramiento de los más oscuros instintos.

A quién puede importar lo que sucede dentro. Quienes pasan por encima, disfrutando de la eterna libertad de un cielo azul rara vez cubierto de nubes, ven una cárcel como tantas otras. Un gran patio rectangular rodeado de celdas por dos lados, y más allá en una esquina los edificios administrativos. Casi siempre el patio está desierto. El calor adormece, desmaya.

No cualquiera llega a "disfrutar" de sus encantos. Asesinas, ladronas recalcitrantes, drogadictas que no tienen ya cuenta de los delitos cometidos, la escoria de la escoria, son las únicas que tienen ese privilegio. Porque todas prefieren la muerte antes que la noticia de un próximo traslado. Y es que ser recluido en aquel edificio es morir un poco cada día, pero entre los más terribles sufrimientos.

Ahí no hay inspecciones. Rara vez escapan noticias de lo que pasa dentro. Nadie sale si no es muerto. Y no es la única. Hay muchas cárceles, escondidas en los rincones más hostiles del país, que son así. Todas las encargadas, desde la misma directora hasta la más humilde de las vigilantes, tienen algo en común. Disfrutan con el dolor ajeno. Por eso están aquí. Porque, lo que es para otros un infierno, para ellas es el paraíso. Muchos cuerpos para torturar de manera impune. Qué mas podrían pedir.

No hay un momento del día en que una reclusa pueda estar a salvo. Las veinticuatro horas del día reina el peligro. En un instante cualquiera pueden irrumpir en una celda, y martirizar a la ocupante por pura diversión. Las "revienta culos" se hacen llamar. Son las guardianas que noche tras noche, día tras día, atemorizan a todas con su presencia.

No hay encargadas de la cocina ni de la limpieza. Las mismas internas se encargan, por cuadrillas, de trapear desde las oficinas hasta el gran patio, y de cocinar para ellas las escasas provisiones. Las guardianas hacen lo mismo. Reciben su despensa particular y por turno cocinan dentro de los mismos edificios administrativos. Así se ahorran gastos, y el salario que se ocuparía en servicios de cocina e intendencia se utiliza en más vigilancia. Qué vaya que hace falta.

No pasa un día sin que alguna se rebele. Y sea calmada por las gruesas y pesadas macanas que enarbolan todas las guardianas. Solo el terror más intenso es capaz de mantenerlas quietas. Por eso las humillaciones y los tormentos.

Los retretes están en la esquina del patio más alejada de la administración. Al aire libre. Sin una mísera cortina que los cubra. No hay más remedio que ir así, tragándose la vergüenza, ante las burlas y golpes de las uniformadas. Hacer en el cubo que hay en las celdas es igual porque todas las rejas dan al patio. Por eso la mayoría se acostumbró a la oscuridad para satisfacer sus necesidades.

Pero lo peor son las noches. Por que siempre se escuchan gritos, aullidos que solo puede producir el más fuerte de los dolores. Hay dos o tres reclusas que tienen algunos conocimientos de enfermería, y son las que se ocupan de curar las heridas ajenas, o las propias. Aunque a veces ya no tienen remedio, y un nuevo ataúd de madera simple y sin pintar, sale de aquel infierno.

Todas han experimentado el mismo miedo, cuando escuchan el sonido de las botas sobre el áspero pavimento acercándose a la puerta de la celda. Instintivamente se encogen sobre el duro cemento que forma las "camas", y se tapan hasta la cabeza con la desgarrada cobija. Aunque saben que cuando la puerta se abre ya no hay salvación.

No hay donde esconderse. Instintivamente se cubren los genitales con las manos, aunque bien saben que todo es inútil. Si tienen suerte solo son algunas guardianas que buscan satisfacción y se conforman con morderles los pechos, o con dedearles adelante o atrás hasta correrse. Pero si están de malas llegan en busca de emociones fuertes, y entonces las torturas son inhumanas.

Lo más común son los enemas. Llegan en grupos de cinco o seis, y caen de improviso sobre el cuerpo que tiembla baja la manta. Dos la arrastran de los pies haciéndola caer al suelo, la voltean, entre todas le arrancan el pantalón corto o la pantaleta, y la ponen de cuatro patas. De nada sirve gritar. La resistencia es doblegada a fuerza de puntapiés en las costillas o en el vientre. Manos inmisericordes separan las nalgas hasta dejar el agujero del culo expuesto. La gruesa y dura manguera del aparato aplicador, de fabricación casera, es hundida en el recto a dos manos, en seco, sin lástima, y el agua helada, de la cisterna, inunda las tripas. Por lo general son dos litros, suficientes para sentirse a punto de estallar. Cuando ha desaparecido hasta la última gota en el interior del cuerpo arrancan la manguera de un solo tirón, le dan dos o tres golpes más, y se alejan entre maltratos y carcajadas dejando a la infeliz arrastrándose, con el culo desgarrado, y vaciándose como cañería.

Pero algunas veces prefieren la "cogida". Una salvaje violación con las mismas macanas que las deja sacando la lengua. Pueden ser puestas como si fuera para enema, o simplemente tiradas boca arriba y con las piernas alzadas y abiertas. Lo que realmente interesa es que los genitales queden a la vista. Y entonces una, con las mismas manos, abre la hendidura jalando los labios hacia los lados, rasguñando, enterrando las uñas, mientras otra hunde la macana en la vagina con toda su fuerza. Los palos son gruesos, y causan un intenso dolor al forzar la entrada. Pero lo peor es lo que sigue. Una vez encajada la macana empieza la "cogida" propiamente. La sacan hasta que solo quedan dentro uno o dos centímetros y vuelven a sumirla de golpe. Una y otra vez. De manera salvaje repiten este bombeo hasta que la vagina revienta. Hasta que las mucosas inflamadas no resisten y se abren entre regueros de sangre. Solo entonces arrancan completamente el palo y se van.

De un enema pueden levantarse al día siguiente, aunque caminando despacito por el dolor del culo. Pero la "cogida" casi siempre las tira en cama varios días. Las heridas tardan en cicatrizar, y las infecciones son frecuentes. Solo los baños de asiento varias veces al día, en agua de sal, sirven de medicina. Pero todo les queda hinchado por los inclementes tirones. Y el dolor y la inflamación del vientre tardan semanas. O ya no se quitan nunca. En ocasiones la punta del palo hiere el cuello uterino, y las molestias quedan de por vida.

Sin embargo, es peor cuando les dan por atrás. Cuando la macana es metida en el culo hasta la más valiente tiembla. Casi siempre esto castiga una indisciplina. Cuando alguna se rebela, o insulta, o se niega a cumplir con su tarea diaria, es muy probable que, además de la brutal paliza que en el momento le propinan, una noche cualquiera, apenas se reponga, reciba una "cogida" por el trasero. Empinada y sujetada por todos lados, siente la muerte cuando sus nalgas son separadas, y la madera rompe el esfínter anal penetrando en el recto. El palo entra y sale repetidas veces. El recto pronto se despedaza. La punta de la macana entra hasta el inicio del colon, empujada con ambas manos. Cada bombeo retumba en el vientre, y el dolor las hace vomitar. Rara es la que no se desmaya.

La recuperación se eterniza. Una diarrea constante, a fuerza de laxantes, permite que poco a poco se recuperen las mucosas del recto, entre fiebres y recaídas. Pero el hoyo del culo las más de las veces ya no queda bien. Durmiendo boca abajo, entre desvaríos, solo piensan en vengarse. Solo que todo son ilusiones porque no queda más que aguantar, y esperar que la muerte llegue pronto.

A la directora le encantan los espectáculos lésbicos. Y cuando está de humor hace traer a dos de las más atractivas, y las obliga a hacerse el amor mientras ella se masturba. Por lo menos eso no duele, y una vez superada la repulsión inicial no hay gran problema. Son concientes que una negativa equivale a una tortura segura, y prefieren cerrar los ojos y besarse y lamerse todo hasta que la madura mujer, exhausta por tantos orgasmos, las regresa a sus celdas. La imaginación de la directora es muy fértil, y deben besarse los senos, lamerse las rajas, introducir la lengua en los ojetes, o ponerse unos grandes consoladores y penetrarse desenfrenadamente. Pero como casi siempre son las mismas, seis o siete de las mas jóvenes y guapas, terminaron acostumbrándose.

La directora se conforma con ver. Algunas guardianas prefieren algo más. Y no faltan internas que son obligadas a satisfacerlas sexualmente. Se da el caso en que dos entren a una celda, y a fuerza de amenazas hagan que la presa les bese el culo. Nada más aborrecible que ver a la mujer con la macana en la mano y el pantalón del uniforme hasta los tobillos, abriendo las piernas, mientras la interna hunde la cara entre sus muslos, y otra uniformada, con los pantalones abiertos, se masturba mientras espera turno. Y debe esmerarse por satisfacerlas porque las macanas están prestas para caer sobre las desnudas espaldas a la menor seña de falta de entusiasmo. A pesar de todo el asco que les ocasionan aquellas vulvas empapadas, deben introducir las lenguas, y hacer hasta lo imposible por llevarlas al orgasmo. Si todo sale bien solo recibirá unos puntapiés de despedida, o acaso unos jalones de pelo, y nada más.

Pero si se niega, o le hace el feo al "trabajo" es seguro que terminará haciéndolo a la mala. La sujetan, la arrojan al suelo, le abren las piernas y le jalonean hasta que suplica piedad a gritos. Le estiran los labios, le pellizcan y le retuercen de manera tremenda el clítoris, e incluso hacen cuña con la mano y la meten completa en la vagina revolviéndola en su interior. Con eso basta para que les de con la lengua en el ojete con el mayor de los gustos.

Las palizas son brutales. Siempre se dan sobre el cuerpo desnudo. La ropa es rasgada hasta que nada cubre a la infeliz que se revuelca en el suelo. Y las macanas y las puntas de las botas se estrellan con precisión matemática en los puntos mas sensibles. Las costillas, el estomago, el cóccix, son preferidos para los terribles puntapiés. Las macanas se estrellan en la espalda, en la zanja de las nalgas, en los senos. A veces entre dos la abren, y la bota se hunde entre las piernas repetidas veces. O le dan pisotones en el bajo vientre hasta que la hacen cagar. Casi nunca vuelven por si solas a sus celdas después de una paliza. Son llevadas en peso por otras internas, totalmente inconcientes.

Ahí no hay intimidad, ni dignidad, ni nada. En ocasiones las obligan a salir desnudas al patio. Completamente desnudas. Bajo el sol o el frío deben pararse en posición de firmes mientras la directora pasa revista pellizcando aquí un seno o metiendo los dedos en una raja más allá. Las guardianas gustan de tirar de los vellos púbicos, por eso la mayoría procura recortárselos.

No hay bienes particulares, no hay visitas ni correspondencia. No hay nada. Solo sufrimiento. Y odio. Todas las noches, mientras el aire se puebla de alaridos, el pensamiento de cada una de ellas vuela, no añorando una libertad que ya consideran perdida, sino discurriendo atroces venganzas. Pensando, una y otra ves, en las cosas que harían con sus verdugos si llegara la ocasión.

Pronto amanece, y mientras inician un nuevo día de rutina, continúan revolviendo en sus calenturientos cerebros esas sangrientas fantasías de guardianas descuartizadas suplicando piedad. Es lo único que las mantiene vivas. Aunque todo parece indicar que solo quedarán en simples ilusiones. ¿O no? Continuará.

Autor: Elio


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