Según cuentan los paleontólogos y los paleoclimatólogos –si el hombre del tiempo de la tele da en el clavo en dos de cada tres predicciones, yo no me fiaría un pelo de lo que digan los que estudian el clima prehistórico-, hace quince mil años hacía un frío de cojones. Tanto, que el título del escrito, aún pendiente de confirmación oficial, está más que justificado.
Una duda que tengo, es desde cuándo empiezan a contar los dichosos quince mil años. Cuando estos mismos chicos hablan de millones de años, me callo la boca; porque dos mil arriba o abajo, cuando hablas de millones, son los céntimos que dejas de propina en la caja del supermercado. Ahora que, cuando se trata de quince mil, dos mil son una buena propina. ¿O no? Pues lo dicho: lo mismo pueden ser trece, quince o diecisiete mil, dependiendo de que lleve o no el A.C. Por lo visto, significa antes de Cristo, y no "A contar desde", como pensaba…hasta que me documenté como es debido para abordar el relato.
Algún listillo se rasgará las vestiduras cuando vea los nombres de los personajes (Sofi, Pepe, etc), pero ¿qué quieren que les diga? Entre Sofidburgis y Sofi, Josechutundrix y Pepe, y algún trabalenguas más por el estilo, prefiero no complicarme la vida.
Finalmente, y con esto acabo el rollito académico de presentación y comienzo con la acción, tengo la sospecha de que siempre nos han contado milongas sobre nuestros remotos antepasados. Que si eran caníbales –todo por unos huesos que, dicen, tienen marcas de haber sido mondados de carne…eso me suena haberlo visto en un capítulo de C.S.I. Las Vegas-; salvajes –¿más que los chicos del botellón de Pozuelo?...lo dudo-; analfabetos –claro, aún no habían inventado TR- y demás flores por el estilo. Me temo que todo eso son prejuicios y opiniones malintencionadas que, en último extremo, nos llevan a pensar lo guapos, listos y educados que somos, comparados con ellos.
* * * * * * * * *
Hace quince mil años –más o menos-, en algún punto de la costa cantábrica.
-¡Joder, tío, estoy hasta los mismísimos! Llevamos dos días persiguiendo al puto bisonte y el cabrón nos está tomando el pelo. Se acabó, yo me vuelvo a la cueva y que le den.
Juan se para en seco, mira de hito en hito a su compañero, se quita el gorro de piel y se rasca la cabeza, en un gesto que no pretende expresar perplejidad, y sí el montón de piojos que se lo están comiendo vivo.
-Vamos a ver, Pepito…
-Nada de discursos ecologistas, que te conozco. Me importa una mierda que el cupo de bisontes que debemos cazar este año esté por la mitad. ¿Qué hay muchos y pueden provocar un desastre en la flora autóctona? ¡Pues mejor! No pienso perder el culo detrás de un cabronazo que nos está mareando de mala manera. ¡Pero, coño, míralo ahí, encima de aquella peña! ¿No te parece que se está descojonando de nosotros?
-Yo diría que así es. Es más, añadiría que lo hace con chulería, como queriendo decirnos que es una pena que nos rajemos tan pronto y lo dejemos sin diversión- concluye Juan, el experto en conducta animal de la tribu.
-Venga, tío, media vuelta. Le quitamos un cacho de carne al mamut que vimos muerto ayer, y así no volvemos de vacío. Si el jefe pregunta, le decimos que es de bisonte. Verás lo contentas que se ponen las parientas de vernos- resume Pepe la situación.
En una tribu en la que se fomenta la división del trabajo, la especialización y el desarrollo de la tecnología de vanguardia –no hay más que ver el primor con el que están talladas las puntas de sílex de las lanzas de ambos cazadores, así como el primoroso bordado del dobladillo de sus parkas-, Pepe es una desgracia para la colectividad y un mal ejemplo para cualquiera. La única habilidad especial que se le conoce es escaquearse de cualquier trabajo…y también un pollón que es la comidilla de las mozas en el Festival de la Canción de Primavera. Por algo su nombre significa punta de pedernal.
* * * * * * * * *
Hace quince mil años –más o menos-, en algún punto de la cordillera cantábrica, a tres días de camino de la anterior localización.
-¡Ja, me río yo de la revolución tecnológica que tanto pregonan por ahí! Desde que se inventó la aguja de coser, nosotras estamos igual o peor que antes. En tiempos de mi bisabuela, cuando aún no se había puesto de moda el reciclaje, nadie perdía el tiempo lavando pieles. Se cazaba un oso y listo- rezonga Tere, hasta las narices de frotar la dichosa piel de oso contra las piedras del río.
-Y que lo digas, chica. Mira los sabañones que tengo yo. ¡Se acabó! Hoy mismo convocamos una reunión de Amas de Caverna y nos declaramos en huelga hasta que no nos canalicen el agua y monten un lavadero como es debido. ¡Y al lado de la cueva!- estalla Sofi, conocida activista feminista.
-Espera un poco y analicemos con calma la situación. Estoy de acuerdo conque cocinen, barran y laven ellos, así se enteran de lo que vale un peine; pero hay que concretar la lista de reivindicaciones. A ver, se me ocurre, por ejemplo…
Un rato después, las dos amigas ya tienen clara la tabla de medidas reivindicativas:
* * * * * * * * *
Hace quince mil años –más o menos-, en algún punto de la cordillera cantábrica, en las profundidades de una cueva.
-¡Me cago en todos los glaciares! ¿Cuántas veces tengo que decirte que el rojo-ocre se mezcla con más grasa de mamut, chaval?
-Perdone, maestro, pero las tendencias vanguardistas del arte paleolítico apuntan lo contrario. Creo que…
-¿Qué? Tú has estado hablando con los mingafrías de los "titobustillanos, ¿eh?" ¡Qué no me entere yo, o te deslomo! Nosotros somos "altamiranos" y no se hable más. Como sigamos así, cualquier día dejaremos de pintar bichos en las paredes y nos dedicaremos a retratar tías en pelota.
* * * * * * * * *
Hace quince mil años –más o menos-, en algún punto de la cordillera cantábrica, en la cueva de al lado, tres días después.
-¡Joder, churri, no me hagas esto! Anda, cosa linda, ven p´acá y déjate de leches de huelgas y milongas por el estilo. Con el hambre atrasada que tengo, vas a flipar en colores cuando te enchufe el cuerno.
-De eso nada, Pepe. El asunto de la huelga es muy serio, y hemos quedado en que nada de revolcones hasta que se acepten nuestras justas reivindicaciones. ¡Cavernícolas, unidas, jamás serán vencidas!
El pobre Pepe, que se las prometía muy felices antes de llegar a la cueva, sobándose la polla…perdón, el cuerno –hay cosas que no cambian, y de todos es sabido que el cuerno de rinoceronte no baja de los treinta centímetros- pensando en el polvazo con el que le iba a recibir Tere, está de un humor de perros y planea hacerle una visita de cortesía a Puri. La última vez, la tarifa era un cuarto trasero de bisonte…pero con la inflación, nunca se sabe. Desgraciadamente, la mitad de los pichabravas de la tribu han tenido la misma idea, y la cola de clientes es como para desanimar a cualquiera.
-¡Tú me estás tirando los tejos, desgraciado! Sí, no disimules, que menudo empalme traes- se indigna Sofi.
Alguien debería explicarle a la moza que, si Pepe le tiene puesta una mano en el culo y la otra en una teta, hay que ser muy inocentona como para considerarlo una indirecta. Por otra parte, aunque Sofi sea la cabecilla del grupo radical pro-derechos humanos, hace tiempo que su amiga Tere la pone de los nervios, contándole las proezas amatorias de Pepe. El par de merluzos con los que ha compartido revolcón –triste currículum-, eran de los Pim-pam-fuego…y a roncar. ¡No es justo, coño!
Pepe, que en estos asuntos es un lince, enseguida se da cuenta del dilema moral que se le plantea a Sofi: se muere de ganas, eso está claro –o ya le habría pateado los huevos-; no le disgusta la idea de bajarle los humos a su amiga Tere –eso es de manual de principiantes-; pero le preocupa el qué dirán, si las compañeras de huelga se enteran del desliz. Así que Pepe improvisa sobre la marcha.
-Verás, bonita, todo se puede negociar. Exactamente, ¿cuáles son los términos del acuerdo que habéis suscrito las huelguistas?- se interesa Pepe.
-Nada de revolcones hasta que se atiendan nuestras justas reivindicaciones. Demandas históricas que reclamamos por vía pacífica, pero con firmeza. Y…
-Déjate de mítines y al grano. O sea, que nada de ñaca-ñaca. Pero…¿de qué tipo de ñaca-ñaca estamos hablando?- Pepe entrevé una posibilidad y tiende el lazo.
-Hombre, pues está muy claro…de cornear el conejito- responde Sofi con aplomo, como si la cosa estuviera meridianamente clara. Pepe, en cambio, ve más posibilidades.
Media hora después, Sofi ya es una experta en sacar brillo al cuerno –a dos manos…y sobra cuerno-, y se sobresalta cuando Pepe le insinúa que, sólo si ella quiere, también él le puede sacar brillo al cuernillo de ella.
-¿Sin cuerno?- se interesa Sofi.
-Sólo con éste- responde Pepe, sacando la punta de la lengua y haciendo un gracioso movimiento circular con ella.
Al primer lametón, se le escapa un "Uy"; al segundo, se le erizan los pelos de la nuca; cuando Pepe atrapa la pepitilla con los labios, los dedos de los pies se le disparan uno para lado; al poco, su culo parece que no puede estarse quieto encima de la piel de mamut; le tiemblan las piernas cuando la lengua le roza el clítoris, y la vista se le nubla con ascuas de colores poco después.
-¡Joder, esto es tan rico que deberían prohibirlo!- (Andando el tiempo, en ciertos estados de yanquilandia, las palabras de Sofi resultarían proféticas)
Una vez demostradas las cualidades orgásmicas del sexo oral, Pepe apenas tiene que recordarle que es de buena educación ser agradecidos; insistiendo, eso sí, en que no se emocione pensando que tiene un trozo de solomillo en la boca…sólo faltaría que ¡ñaca!
-Venga, ahora ponte a cuatro patas y levanta bien el pandero, que te voy a enseñar otro truquito- sugiere Pepe, que ya siente en los cojones el cosquilleo de una inminente corrida.
-¡De eso nada, salao! Una tiene sus principios, y hemos quedado en que nada de cornadas al conejito- se enfurece Sofi, por tener que recordarle el acuerdo. Una puede pasar por puta delante de las amigas, pero nunca por una despreciable esquirol.
-El conejito, ni tocarlo. Por eso no te preocupes- la tranquiliza Paco.
Instantes después, el chillido que surgió de la cueva señaló el hito histórico en el que se perpetró la primera enculada. Posteriores intentos demostrarían que la grasa de mamut no sólo servía para dar consistencia y brillo a las pinturas rupestres.