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2008-10-21 13:21:11
Subí al ascensor y apreté el botón para subir al octavo piso, donde viven mis abuelos. Mientras subía, mi respiración se hizo cada vez más lenta y profunda, quería borrar de mi rostro el enfado que me causaba tener que ir a verles, en lugar de irme con mis amigas de fiesta. Me alisé la corta falda con las manos y observé mi aspecto en el espejo hasta que el ascensor se detuvo.

Subí al ascensor y apreté el botón para subir al octavo piso, donde viven mis abuelos. Mientras subía, mi respiración se hizo cada vez más lenta y profunda, quería borrar de mi rostro el enfado que me causaba tener que ir a verles, en lugar de irme con mis amigas de fiesta. Me alisé la corta falda con las manos y observé mi aspecto en el espejo hasta que el ascensor se detuvo.

Abrí la puerta de la casa con cuidado y entré en silencio. En la oscuridad de la madrugada, confirmé que la luz del cuarto de matrimonio estaba apagada. Iba a irme de vuelta, donde había quedado, cuando descubrí una luz parpadeante bajo la puerta del comedor. Me acerqué de puntillas y la abrí lo justo para atisbar en su interior.

Allí estaba mi abuelo, sentado en el sillón, mirando con atención una película erótica. Yo era consciente del insomnio de mi abuelo, pero en ningún caso sabía de sus gustos por unas películas que yo estaba acostumbrada a descubrir a mis hermanos mayores. Permanecí en el sitio, mirando un rato a mi abuelo, y otro rato la película, hasta que una mezcla de curiosidad y excitación me obligó a entrar.

¿Qué haces? -le dije.

Inmediatamente, cruzó las piernas en un vano intento por ocultar el bulto de su entrepierna y me miró con gesto culpable, tartamudeando una excusa mientras el temblor de sus manos le evitaban cambiar de canal con el mando a distancia.

No se lo digas a nadie -me rogó, comprendiendo que era inútil ocultar la evidencia.

No podía apartar mis ojos del bulto de su pantalón. Era evidente que los años no habían mermado el tamaño de su miembro... y si lo había hecho, no lo suficiente como para que dejara de resultar de lo más excitante.

Yo no digo nada si me dejas que vea lo que tienes ahí escondido

De acuerdo –dijo tras una pausa eterna durante la cual pensé que se iba a negar.

Se levantó, momento que aproveché para sentarme frente a él. Se desabrochó el cinturón, el botón y se bajó la cremallera, para extraer su pene. El vello había desaparecido casi por completo, y las venas se clavaban en su piel bajo el reflejo de la televisión. Le toqué el glande con los dedos, y su humedad hizo que dirigiera la otra mano hacia mis bragas. Paseé la mano por toda la superficie carnosa, con reservas al principio para ganar firmeza, y acabé masturbándole con torpeza, tal y como estaba viendo en la pelicula a sus espaldas.

Levantó su manaza y acarició mis nacientes senos sobre la camiseta. Luego, me la levantó con dulzura y palpó mis pezones. Le miré a los ojos, y comprobé que estaba disfrutando tanto como yo.

¿Por qué no te bajas las bragas? –me susurró-. Así estarás más agusto.

Miré estúpidamente hacia mi sexo y descubrí que no había parado de acariciarlo y que tenía las bragas chopadas, así que con una sonrisa de disculpa, obedecí y empecé a meterme los dedos hacia mi clítoris.

Chúpamela –me pidió.

La miré con cierto reparo. Nunca había tenido novio, y era la primera vez que veía una verga fuera de las películas, y mucho menos había tocado una. Entonces, se agachó y empezó a lamerme los pezones mientras me apartaba la mano y me acariciaba la vagina. Cuando sus gruesos dedos quedaron empapados en el flujo vaginal, los introdujo con cuidado en mi ano. Rodeé su cabeza entre mis brazos y le supliqué que me los introdujera con más rudeza. En lugar de ello, hizo que me recostara y, mientras me aguantaba la cabeza con una mano, introdujo su verga en mi boca con la otra.

Se la agarré por la base, aguantándome con el codo, para controlar la cantidad de carne que me metía y evitar atragantarme. Con delicadeza, mi abuelo dejó que manejara su pene a mi antojo y empezó a acariciar la parte interior de mis muslos, para ir acercándose lentamente a mi culo, donde introdujo un dedo.

Con el paso de los minutos, fui cogiendo confianza y comenzé a usar la lengua para acariciar su glande y recorrer toda su verga y testículos, acariciando con la mano y los labios, succionando, apretando y mordiendo. Sin previo aviso, dejó a un lado su dulzura y me atravesó el ano con varios dedos, introduciéndolos cada vez más deprisa y más profundamente, provocándome gemidos de dolor que acalló apretando mi cabeza contra sus huevos. Notaba la boca llena de polla, y mi nariz estaba estrellada contra su barriga. Me costaba respirar, pero me gustaba la sensación de poder sobre mi abuelo, el poder descontrolar de aquella manera sus impulsos sexuales que creía dormidos.

Tan repentinamente como había introducido sus dedos en mi culo, los extrajo y comenzó a masturbarse delante de mi cara. Yo le observaba con la boca abierta, acariciando su glande con la punta de la lengua hasta que me obsequió con todo su caldo, que recogí de mi mentón para no desperdiciar una gota, y seguí chupando, lamiendo y bebiendo hasta que no quedó nada más que una picha flácida y completamente limpia.

Como recompensa, me obsequió con 6 euros y me pidió que lo repitiéramos de nuevo después de mi 16 cumpleaños, que íbamos a celebrar unos días después. Extasiada, y con el dulce sabor de su semen en mi garganta, acepté agradecida.

Autor: Anónimo


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