Soy Profesor de Historia Argentina y algo mayor para andar haciendo pendejadas, pero esto que me paso marco un quiebre en cuanto a la forma de juzgar imparcialmente el desempeño de un alumno frente a una mesa examinadora. No conozco a todo el alumnado de los distintos colegios en donde ejerzo mi profesorado, son adolescentes que varían entre los 14 y 18 años de ambos sexo. Solo recuerdo a los más aplicados y a quienes por el contrario nunca estudian.
Soy Profesor de Historia Argentina y algo mayor para andar haciendo pendejadas, pero esto que me paso marco un quiebre en cuanto a la forma de juzgar imparcialmente el desempeño de un alumno frente a una mesa examinadora. No conozco a todo el alumnado de los distintos colegios en donde ejerzo mi profesorado, son adolescentes que varían entre los 14 y 18 años de ambos sexo. Solo recuerdo a los más aplicados y a quienes por el contrario nunca estudian.
Una calurosa tarde de diciembre y en proximidades de exámenes finales, fui literalmente perseguido en la calle, por una chica muy linda y que el pasar delante de mí, lo hizo en no menos de cinco oportunidades, meneaba provocativamente su muy bien formado culo, e insinuantemente me miraba como diciendo “comeme toda papito”. Trate de restarle importancia por tratarse de una menor, pero la “nena” aprovecho que ingrese a una confitería a tomar un café para entrar también ella, sentarse en mi mesa y decirme que al verme la estaba haciendo chorrear toda. Trate de desoír sus palabras, ya que su cara angelical y muy bonita delataba que se trataba de una menor de edad, pero ella, Marianela, ni miras de salir de mi vista y seguir acosándome. Tanta insistencia que olvide por completo que estaba a punto de cometer un delito de estupro y la invite a mi departamento. Tomo la dirección y me prometió que en un par de horas estaría allí.
Estando en la soledad de mi casa, repare en el error cometido y deseaba fervientemente que solo fuera un jueguito y que no vendría, pero estaba equivocado, al rato sonó el portero eléctrico y con voz seductora y de gata en celo me anunciaba su llegada. Cuando llegó casi se me detiene el corazón de un paro cardiaco, que curvas por favor, se había cambiado de ropas y lucía una diminuta minifalda, una remerita muy ceñida a su cuerpo y sin sostén, por lo que sus pechos eran un desafío para mis manos. Y sin muchos prolegómenos a los pocos minutos, una a una sus prendas fueron cayendo para ver su escultural cuerpo, estatura de 1.68, tetas que no cabrían en un sostén de al menos 98, cintura de avispa, y un culo impresionantemente bien formado. En cuanto metí mano, los dedos parecían tocar roca pura, mármol de carrara por la blancura de su piel, pechos firmes y coronados por pezones apenas rozados y dos timbres que al tocarlos se erigían amenazantes. Apresuradamente por el ímpetu de su juventud, mientras yo me iba quitando la ropa, ella aprovecho para bajarme el cierre del pantalón y llevarse mi pija a su boca, y hacía maravillas con su lengua y tragársela toda, por momentos sentía su garganta cuando mi glande entraba hasta el fondo. En cuanto ambos estuvimos en igualdad de condiciones, la alce en mis brazos y la lleve directo al dormitorio. Tendida en la cama era una víbora por la forma de deslizarse sobre mi cuerpo. Me refregaba sus tetazas sobre el pecho y luego bajaba y con ellas envolvía mi poronga en un juego que me tenía al borde del colapso. Sin perdidas de tiempo se monto sobre mi tranca y comenzó a jugar a un ritmo infernal, una cabalgata en la que yo solo podía aportar mi erección, ya que con sus brazos impedía que me movilizara. Esa casi lampiña argollita, parecía ser el estuche justo para lo que es mi dotación, y en un intento por acabar, apretándome fuertemente los huevos me hizo una advertencia que sonó bien fuerte “Guardate para el plato principal”. Y si ese era la entrada, el plato principal llegó ni bien ella pudo lograr su segundo orgasmo consecutivo con un chorreo de jugos vaginales que empapaban hasta mi pelvis. Sin perdida de tiempo y aprovechando que en el dormitorio tengo un sofá de un cuerpo, apoyo su torso sobre el respaldo de él, abriéndose el culo con ambas manos y sin dejar de menearlo como una prostituta me mostraba su morado agujero y me decía provocativamente, tal como era ella, “Es todo tuyo”. Pensé “Joder, si es todo mío de seguro me voy a empachar”, y para allí me dirigí con mi poronga a punto de estallar de tanta calentura que me representaba el culo más impresionante que halla visto en mi vida. Le pregunte si necesitaba lubricante para recibirme, pero socarronamente me respondió que no lo necesitaba. Como un misil teledirigido apunte al centro y le apoye mi cabeza a punto de reventar, cuando ella de un empujón hacía mí, hizo que esta se perdiera en ese pozo de placer. Empuje un poco, y toda adentro, y si yo me movía, Marianela lo hacia a un ritmo mucho más acelerado, pero controlando la situación, se la metí y saque no menos de cinco veces y en cada nueva penetración aullaba como una loba. Finalmente no pude más y con sus bruscos movimientos lance una catarata de esperma, gritando más yo que ella. Que maravilla, nunca había hecho sexo anal de esa manera, sin suplicas de mi parte, sin lubricante, sin que me dijeran que la tengo grande para hacerlo analmente y encima a pedido de la interesada. Hubo más sexo y más penetraciones en su monumental culo, la última vez haciéndome sentar y ella deslizándose sobre mi pija. Luego de dos extenuantes horas, se cambió y se fue, solo sabiendo de ella su nombre.
A la semana venían los exámenes finales de uno de los tantos colegios donde dicto mis clases, y debía examinar a alumnos de tres cursos diferentes. Uno a uno iban pasando con disímiles suertes, la nota más alta que había puesto había sido un cinco con lo que aprobaban, pero en cuanto una de las celadoras llama a un nuevo alumno, allí desafiante como siempre se presentó Marianela con su uniforme escolar y un par de colitas para darle un aire mas aniñada y sexy a la vez. Quede boquiabierto al ver que la alumna a la que examinaría sería la niña que tanto me había hecho gozar y en quien nunca había reparado en ese establecimiento. Su nivel de conocimiento era pobrísimo, pero me miraba desafiantemente ante cada pegunta y la fui llevando a un tema en el que pudiese al menos aprobar. Cuando concluí con ella, dudaba que nota ponerle, pero repentinamente me vino a la mente el momento que me había hecho pasar y sin dudarlo le puse un siete, su ojete, en Argentina sinónimo de siete, no merecía otra nota. Cuando me retiraba del colegio un tanto avergonzado por la trampa que me había tendido Marianela, desafiantemente se hallaba parada frente a mi automóvil para agradecerme la nota, y desfachatada y provocativa como era, me dijo que tenía otras dos horas para volver a su casa, y ver si podía hacer algo para que la próxima vez que la examinara – al año siguiente- pudiera ponerle un diez. Y en ese tiempo que volvimos a estar juntos lo logró, hacia magistral uso del culo con que la naturaleza la había dotado. Ah olvide decirles, Marianela tiene 15 años y un futuro impresionante, con su forma de ser y hacer el amor como lo hace, no habrá profesor, patrón ni nadie que le niegue algo.