
- Concierto de Antonio Soleras. Ah, mi padre ha venido. Milana, estás invitada.
- Gracias, Mónica.
- ¿Qué pasa? ¿Tienes calor?
- Sí, hace bochorno.
- ¡Qué sensible! Se nota que no eres de aquí.
No pude evitarlo. Mis mejillas ardían como un par de gambas fritas en una sartén de emociones. La memoria empezó una cuenta atrás. Me vi en Belgrad, mi ciudad natal, esperando ansiosa la aparición del cantante. Me vi sumida en la magia de su voz que pulsaba las cuerdas del aire y atravesaba los núcleos más ocultos de mi ser. Una voz trémula, cristalina, impregnada de fuerza vital, capaz de subirte hacia la cumbre de alegría y bajar en una fosa de amargura. Su físico también me dejaba sin aliento pese a que distaba de los baremos tradicionales de belleza. No en vano había ganado la fama de un amante fabuloso. Mi imaginación acariciaba sus rizos castaños, besaba su piel morena, bebía la mirada de sus ojos oscuros. Aquella noche me atacó el primer sueño erótico. La acción se desarrollaba en mi escuela. Antonio formaba parte del profesorado. Me dijo: “Este uniforme te queda pequeño, no lo necesitas, ya estás hecha toda una mujer”. Acto seguido se puso a sobar mis pechos adolescentes por encima de la tela. Sus manos varoniles recorrían mi cuerpo haciendo presión sobre la cintura y las caderas. “No, por favor” – me zafé de su abrazo y me alejé corriendo. De pronto una pandilla de criminales asaltó la escuela. Todos cayeron prisioneros. El líder era el mismo Diablo, y Antonio pertenecía a su comitiva de demonios. El Príncipe del Mal se burló de mí y me obligó a sentarme sobre las rodillas del “profesor”. “Tómala, es tu presa, tu propiedad, disfruta de ella toda la noche”. Temía al Diablo y me aferraba a Antonio sin dejar de temblar como una hoja. Él se rió y me estrechó en sus brazos de una manera sumamente protectora y autoritaria. Sentí que su boca se apoderaba de la mía y su dedo se abría paso en mi interior. Por supuesto, me desperté sudando, rezumando jugos. No había otro remedio que restablecer el equilibrio mediante una masturbación torpe, pero eficaz. La vergüenza me perseguía muchos días después.
Tenía 15 años a la sazón y ahora cumplo 22. En aquel entonces era una niña de una familia humilde, sin futuro ni perspectivas. Actualmente estoy estudiando en España gracias a mi perseverancia y mi deseo de escapar del régimen totalitario que azota mi país. Mónica, una de las hijas de Antonio, estudia la misma carrera y no sé por qué se ha convertido en mi mejor amiga. De hecho ella busca mi compañía mucho más que yo la suya. Quizá le parezca original. Lo importante es que ha llegado el momento que me daba tanto miedo. Muy pronto conoceré personalmente a su padre y deberé pasar por la humillación de provocar un intercambio de banalidades sin sentido. Sin embargo, no puedo prohibirme soñar con su sonrisa. ¡Qué idiota!
*
- ¿Belgrad? Estuve allí una vez. Bonito. Aunque un poco gris para mi gusto.
- Genial para un pintor que pretende crear un ciclo de cuadros “Ruina existencial”.
- ¿Sufres por tu patria?
- Naturalmente.
- ¿Has tenido alguna pesadilla característica sobre la dictadura? Perdona por una pregunta tan personal, es que el tema me interesa mucho.
- Una vez soñé que estaba paseando por un parque hermoso, europeo, civilizado. Y de repente me encontré en un territorio fronterizo, rodeada de militares, perros alemanes y alambres espinosas. Me dirigí a un oficial aparentando amabilidad. Le expliqué que me había perdido y pregunté dónde estaba la estación de trenes para volver a Europa. “Voy a enseñarte el camino” – dijo. Al final me engañó. En la “estación” no había trenes, ni railes, ni salas de espera, ni nada. Sólo pasadizos subterráneos. Allí descubrí un aula, tuve que entrar y sentarme en la fila central. El profesor era la Muerte en persona, disfrazada de un enfermero negro. La lección consistía en repartir frasquitos con veneno. Los alumnos aceptaban sin rechistar y caían desfallecidos. En aquel instante reconocí al hombre con quien compartía la mesa. Mi amado pese a que le había visto por primera vez. Confesé lo mucho que le quería disparando las palabras de una manera atropellada, ya que la Muerte se estaba acercando inminentemente y, según las reglas, no teníamos derecho a rechazar su “regalo”. Por fortuna sonó el timbre. Disponíamos de una sola oportunidad de escaparnos durante el recreo.
- ¿Y? ¿Lo habéis conseguido?
- No sé, me desperté.
- ¡Dios mío! Milana… qué dolor… me conmueves… Ahora vuelvo, - Mónica se apresuró a salir. Asombrada, noté que unas lágrimas afloraban a sus ojos.
- Lo siento.
- ¿Por qué? La influyes positivamente. Por cierto, tienes un nombre encantador.
Me ofreció una copa de vino con un guiño de complicidad. Su trato cálido y sencillo quitaba la tensión. Hasta yo, una chica más que retraída, olvidaba mis complejos y me sinceraba con él. Quería derretirme en su seguridad relajante. Quería besar sus manos morenas, las manos de mis sueños. No pensaba en conquistarle ni nada por el estilo. Antonio había conocido a un sinfín de mujeres guapísimas. ¿Qué podía darle? Bastaba con verle tan cerca.
- Mañana nos vamos al campo. Unas pequeñas vacaciones. Estaré encantado si vienes también. Tu presencia facilita mi comunicación con Mónica.
Hice un gesto afirmativo. La dicha me desbordaba. A solas… en el campo… con Antonio y su hija. Demasiado bueno para ser verdad.
- Espero que no te arrepientas.
- ¡No se arrepentirá! ¡Para nada! ¡Gracias, papá! Milana merece un descanso. Mira qué pálida. Habrá que tostarla.
- Sí, una estatuilla de marfil.
Me miró de lleno esbozando una leve sonrisa, la misma con la que había soñado.
*
- No, no me pongo eso. En Belgrad me tacharían de puta.
- No estás en Belgrad, tía. ¿Quieres un bronceado atractivo o no? Mi padre se ha ido. Olvídate de tus complejos. Además, ningún tipo de ropa oculta tus curvas. Resígnate.
Ya me había resignado. El deporte no hizo mella a las caderas de guitarra ni a los muslos rotundos aunque tenía un vientre plano y bonitas piernas sin grasa. Mis pechos me avergonzaban también. No por ser excesivamente grandes, sino por redondos y erguidos – una forma que llamaba la atención. Y a mí me gustaría pasar desapercibida y soñar tranquila en mi rincón. Así es la gente de mi país, obsesionada con la protección de su espacio personal.
- Venga, Milana, prueba el bikini. Te va a sentar de maravilla. Fíjate en el color. ¡Melocotón puro! Ideal para realzar tu piel nórdica.
Al fin y al cabo me convenció. Las copas apenas contenían dos esferas pesadas marcando los pezones, el diminuto triángulo de tanga mostraba mi trasero generoso en todo su esplendor como si lo ofreciera en una bandeja. Daba igual. Discutir con Mónica – misión imposible. Gracias a Dios, Antonio se encontraba fuera. Me suicidaría si me viera.
- Mi padre tiene razón. Pareces una estatua con este cuerpazo tallado a perfección. En otras circunstancias me preocuparía por ti. Ya sabes a qué me refiero… a sus mañas de conquistador. Lo que pasa es que ahora se ha hartado de mujeres y prefiere la compañía de sus boleros. Estás a salvo. Tal vez el viejo sufra de impotencia.
¡Viejo! Rondaba unos 45 y se conservaba muy bien. En cuanto a la impotencia… lo dudaba bastante. Sin embargo, no valía la pena disuadirla. Obviamente se deleitaba con humillar a su famoso progenitor.
Una hora de chapoteo en la piscina me llenó de optimismo. Nos acomodamos en las tumbonas, ansiosas por entrar en pleno contacto con el sol. Mónica iba a echarme crema para prevenir las quemaduras, pero el sonido de una llamada la distrajo.
- ¿Te importa esperarme un rato? Debo subir a casa.
- Ven, contesta. A lo mejor es algo urgente.
Mientras esperaba caí en una especie de sopor, adormilada por los soplos de viento. No la oí volver. Sólo sentí sus manos que untaban la crema y me masajeaban a conciencia recorriendo cada centímetro de mi piel. Qué experta. Unos roces ligeros se combinaban con golpecitos fuertes que me hacían estremecer de pies a cabeza. Tuve que morderme los labios en un vano intento de reprimir un gemido. El viaje por mi espalda desnuda me puso húmeda y más aún cuando empezó a dibujar círculos sobre mis glúteos. Literalmente me fundía por más que ordenara a mí misma “tranquila, no pasa nada, no puedes disfrutar tanto con una mujer, no tienes inclinaciones lésbicas”. De pronto una sospecha clavó una astilla en mis músculos relajados. ¿Mujer? ¡Qué va! ¡Las manos eran masculinas pese a su tacto suave y la delicadeza de movimientos! Lo confirmó un beso en mi nuca, rebosante de pasión. Di la vuelta de un salto y me vi cara a cara con Antonio. Me miraba serio, incluso huraño, y sólo un brillo fluorescente en el fondo de sus pupilas delataba una excitación sin límites. Y yo, roja, confundida, con el pelo revuelto y los ojos como platos, sin saber dónde meterme. Para el colmo, una de las copas del bikini se hizo a un lado dejando al descubierto todo el pecho. No tuve tiempo de repararlo. Mi pezón quedó aprisionado entre el índice y el pulgar del cantante. Lo pellizcaba y estimulaba a su antojo mientras me besaba en la boca con locura de un fauno travieso. Otra mano libre me acariciaba el pubis, más que dispuesta a arrancar la fina tela que separaba mi sexo palpitante de las yemas de sus dedos. “¡Milana! ¡Ya vuelvo!” – el grito de Mónica firmó la sentencia a sus instintos desatados. Desapareció tan sigilosamente como había irrumpido en el escenario. Me arreglé como pude, al borde de lágrimas. No lograba desenredar la maraña de mis propias reacciones.
- ¿Qué ocurre?
- Me mareo… he dormido mal…
- Un zumo de naranja y una buena película te ayudarán. Perdona por haber tardado tanto, mi madre es toda una cotilla. ¡Vamos!
Después de la cena Antonio nos regaló un concierto exclusivo. El espacio se llenó de secretos nocturnos e inconfesables. Mi alma volaba en este hechizo plateado disfrutando de ingravidez total, sin avión ni paracaídas. De vez en cuando el cantante volteaba la cabeza y me fulminaba con la mirada. Y yo recordaba la ternura de sus ágiles manos que abrasaban mi cuerpo transmitiendo la fiebre hasta los huesos. Sólo hace unas horas tocaban mis teclas sensibles y ahora lo repetían con el piano. El instrumento y yo parecían igualmente receptivos a las caricias.
Oye la confesión de mi secreto
Que sale del corazón desierto.
Tres palabras son:
¡Cómo me gustas!
Un delicioso cosquilleo nacía en mi interior. Una alusión amorosa expresada mediante una canción. ¡Y de quién! Estaba viviendo un cuento de Cenicienta. Los prejuicios y tabués impuestos por mi entorno se reducían a nada.
Contigo aprendí que existen nuevas y mejores emociones;
Contigo aprendí a conocer un mundo nuevo de ilusiones,
Y aprendí que la semana tiene más de siete días,
A hacer mayores mis contadas alegrías
Y a ser dichoso yo contigo lo aprendí.
Contigo aprendí a ver la luz del otro lado de la Luna,
Contigo aprendí que tu presencia no la cambio por ninguna.
Y con él aprendí a subir mi autoestima. Aprendí a escuchar la llamada de mi cuerpo. Aprendí a romper las rejas que me separaban del mundo de alegría. Aprendí a ver el reflejo del Universo en una pequeña flor. Todavía quedaban muchas cosas por aprender.
Qué distintos los dos, tu vida empieza
Y yo voy ya por la mitad del día;
Tú ni siquiera vives todavía
Y yo ya de vivir tengo pereza.
Sin embargo, cual busca la tibieza del sol,
La planta que en flor ansía,
Persisto con afán tu compañía
Para que des calor a mi tristeza.
Qué cerca y qué lejanos,
Yo soy el viejo Soñador,
Tú la niña apasionada
Que cantando en la luz vas como un ave.
Un gesto atrevido tiende un puente sobre cualquier abismo. Ahora lo entendía como nunca. Y fue él quien dio calor a mi mundo congelado. Fue él quien me invitó a una fiesta de fuegos artificiales.
No es de extrañar que las ganas de dormir brillaban por su ausencia. Además, me atormentaba la sed. Me deslicé a la cocina, bebí un vaso de agua y… me topé con Antonio en el umbral. ¿Acaso me acechaba?
- Milana, hay que hablar.
- ¿De qué?
- Te gustó mi masaje, ¿verdad? Sé que te sientes muy atraída por mí.
- No he venido para provocarte. No quiero ser un espécimen en tu colección de bichos raros.
- ¿Y si me siento igualmente atraído?
- Perdón, tengo sueño.
- Te voy a reanimar.
Me empujó suavemente hacia la mesa y se lanzó a besarme con tal desesperación como si fuera nuestro último instante ante un pelotón de verdugos. Su garrote encendido palpitaba debajo del pijama. Sí, estaba muy bien dotado, los rumores no mentían. Me aparté asustada por un vendaval de sensaciones que amenazaba con borrar mi personalidad por completo.
- ¿Eres virgen?
- Sí y no.
- Eso significa: fisiológicamente no y psicológicamente sí. O al contrario.
- Lo primero.
- Cuéntame.
- No hay nada que contar. Ocurrió en la fiesta del fin de curso. Tenía 17 años. Lo más típico.
- Estabas bailando con él toda la noche, pegada a su torso caliente. Los vahos de alcohol surtieron efecto. No te disgustaban sus buceos por tu escote. Ni el manoseo de tu cola. Ni las obscenidades que te susurraba al oído. ¿He acertado?
Un enjambre de besos envolvió mi frente, mis párpados, mis mejillas antes de que me premió con un boca a boca vertiginoso que me dejó jadeante y muda durante un rato.
- Los dos no sabíamos bailar. Tampoco me atraía sexualmente. Lo hice para matar la imagen de niña buena. Me acosté con el gamberro más vago e irresponsable precisamente porque no debía. Su físico no importaba al igual que su arte de amar.
- ¡Vaya rebeldía! Apuesto que te la metió sin previo aviso y por poco te partió en dos.
- Sí, en el asiento trasero de su coche. Lo clásico, ya te he dicho.
- Y con una eyaculación precoz, sin duda. Ni siquiera te enteraste de cómo te rompió el himen.
- Ni de cómo entró ni de cómo salió. Todo muy confuso. Sólo una mancha de sangre y un dolor agudo confirmaban que no era un sueño.
- Ahora estarás despierta, te prometo.
Me apoyó contra las tablas de madera, de espaldas a él, subiendo el camisón hasta la cintura. La dureza de su miembro restregado entre mis nalgas expuestas era impresionante. Estrujaba mis pechos como tomates a la vez que ordenaba “Mueve las caderas”. Obedecí sin vacilar. Un balanceo en la luz tenue ponía de relieve mi cintura de junco y mis carnosas posaderas. “Dios mío, menuda grupa, qué lozana y jugosa eres, mi niña” – repetía enrtre suspiros entrecortados. El contraste entre lo sublime de sus boleros y lo directo de sus acciones me convertía en jalea. “Antonio, no podemos” – atiné a decir un tópico mientras un dedo se introducía despacio en mi interior, me exploraba y me estimulaba con maestría recorriendo todo el sendero estrecho. “No digas “no”, estás inundada, pidiendo guerra a gritos”. Cierto, mi sexo encharcado sabía mejor cómo proceder a diferencia de mi mente terca. Contra mis propias súplicas, me abría más y más para que navegara en mí con mayor libertad. No protesté cuando me colocó en una posición cómoda para la invasión. Nuestros genitales estaban prácticamente en contacto, una fricción excitante avisaba que empezaba a acoplarse a mí. Un poco más y me penetraría irremediablemente. No haría nada para evitarlo. Y… nuestra querida Mónica que podría trabajar de aguafiestas volvió a meter la pata. “¡Milana! ¿Te estás duchando?” “¡No! Estoy en la cocina, tengo sed” Antonio se apartó, molesto por la brusca interrupción de nuestra sesión amatoria. Debía soltarme de su abrazo de cerrojo y quedarse a solas con su erección. Me dio un beso furtivo susurrando a modo de despedida: Hasta mañana, amorcito, dulce amor, hasta mañana. Hasta mañana, en que esté la luz del sol por tu ventana. Hasta mañana, que me dé tu corazón nueva esperanza. Hasta mañana, que con ansia esperaré hasta mañana.
El insomnio no me abandonaba durante el resto de la noche. Me empeñé en hacer confluir dos imágenes: la de mi ideal que cantaba en las nubes y la de un macho fogoso que no me montó por pura casualidad. Concluí que podían coexistir. Se trataba de un solo hombre. Un hombre a quien amaba pese a las barreras que ponía a mí misma. Concilié el sueño a las primeras horas de madrugada. Soñé con mi madre que me reprochaba con cara de pocos amigos: “Milana, te portas mal. ¡Qué indecencia! No tienes reparos en entregarte a un seductor descarado que se alimenta de corazones rotos y gozar de sus caricias lascivas como una puerca en el lodo”. Le contesté: “Mamá, precisamente tus sermones me incitan a luchar. ¡Odio la dictadura en todas las manifestaciones! No hay nada malo en una entrega así. No soy capaz de rechazarle ni resistir, mis sentimientos me lo impiden”.
Cual fue mi sorpresa cuando me despertaron unos besos babosos. Unas manos torpes intentaban sobar mi entrepierna, un pecho femenino se apretaba contra el mío. ¡Mónica! Me libré de sus dedos insistentes y encendí la luz.
- ¿Qué te pasa?
- ¿No te das cuenta de que te quiero? Estoy cansada de reprimir mis instintos. Te pido que seas mi amante, mi novia.
- No pareces lesbiana en absoluto. Se trata de autosugestión o algo semejante.
- Los hombres son los seres más asquerosos en el mundo animal. El ejemplo de mi padre lo confirma. Una estrella con megalomanía + mujeriego + machista. Le odio con toda mi alma desde hace mucho tiempo.
- No debes juzgarle con tanta severidad. Ni a él ni a otros. Todavía no has encontrado a tu hombre.
- ¡Al carajo con los hombres! ¡Las mujeres me enloquecen! Especialmente tú. Tan bella, vulnerable, herida por un pasado traumático. Hoy, en la piscina, te veías espectacular con tu largo pelo trigueño flotando detrás. ¡Una sirenita! Podría escribir miles de poemas a tus ojos celestes que reflejan la angustia más profunda e iluminan con su bondad…
- No hace falta idealizarme. Perdona, eres buena amiga, una de las mejores, pero las relaciones lésbicas no me atraen aunque respeto la libertad de expresión sexual.
- ¡Experimenta! ¡Dame una noche de amor y verás!
- Imposible, - detuve el siguiente asalto rumbo a mis pezones que traslucían debajo de la tela blanca.
Mónica emprendió una tentativa de meter la cabeza entre mis muslos para llegar a mi sexo. Asqueada, lo rehuí sin problemas.
- ¿Por qué no me dejas complacerte? Necesito una oportunidad.
- Es mejor que te vayas y lo olvides todo.
Se puso histérica, me maldijo, dio un portazo y se marchó cabreada. Cerré la puerta con llave, reflexioné un poco sobre lo absurdo de situación y después volví a caer en un embudo de sueños confusos.
*
Al mediodía bajé al comedor con firme resolución de aclarar las cosas con Mónica y ayudarle como terapeuta. Mis buenas intenciones se volvieron ceniza, ya que el objeto de la práctica psicoanalítica no estaba. Sólo se oían lejanos sonidos del piano y la divina voz de su padre: “Somos dos seres en uno que amándose mueren para ocultar del mundo lo mucho que se quieren”. Mi cuerpo reaccionó de inmediato. Un hormigueo en el centro no me dejaba estar sentada debidamente. Una oleada de calor subió a la cara y las manos se pusieron frías. A duras penas me preparé un café y lo tomé con calma, embelesada por la canción.
- Hola, primor.
- Hola, Antonio. ¿Has visto a Mónica? – me atragantaba con mis propias palabras.
- Se fue en coche. Supongo que volverá tarde. Y la verdad que me alegro. Por fin estamos solos.
Se produjo un silencio cargado de electricidad. No me atrevía a levantar la vista. Escudriñaba los cuadritos sobre el mantel en la búsqueda de una respuesta al enigma más importante del mundo. Verle a luz de día despúes de lo de ayer… demasiado fuerte. Un solo movimiento imperceptible y Antonio enlazó mi cintura guisándome a fuego de su pecho, semioculto por una camisa holgada. Su aroma casi me provocaba un desmayo de placer: fragancias de piel limpia mezcladas con olores salvajes de un caballo desbocado. Ya no hacía falta hablar. Nos dirigimos a su dormitorio sin más preámbulos.
Desde entonces todo fue un revuelo de manos, lenguas, deseos. Un banquete de carne, una droga para el espíritu. Nervios desnudos, sentimientos a flor de piel. Recuerdo cada minúsculo detalle como si acabara de suceder conmigo.
El resplandor de sus dientes que arrancaban los botones de mi camisa almidonada.
El chisporroteo de champán que virtió en mi ombligo y sorbía sin prisa.
La excursión por arenas movedizas de mi cuerpo rendido.
La brisa de su aliento en el canalillo de mis pechos que ardían de caricias, cachetes y mordiscos.
Las cosquillas de su barba incipiente durante el paseo por el valle de mi vientre terso.
Su cabeza rizada perdida entre mis piernas, hurgando en mi tesoro, bebiendo de la fuente de la vida.
El vaivén de mis caderas que pretendían rechazarle y a la vez retener lo más adentro posible.
El grito de éxtasis que se escapó de mi garganta cuando me hizo suya y tuvimos la misma asociación: un cuchillo partiendo una fruta tropical.
Golpes de sangre por nuestras venas, más tensas que las maromas de un barco.
El ritmo de péndulo que obligó al tiempo a correr en el sentido contrario.
El ascenso lento por la escalera del orgasmo y la caída descontrolada en picado cuando no fuimos más que una pluma a merced de una cascada, más loca que una montaña rusa sin mando.
Después… el silencio de los silencios, la quietud de un náufrago descansando en una isla desierta, la perfección blanca de un sueño realizado. Luciérnagas de ternura en su mirada aterciopelada. Y un susurro dulce invadiendo la habitación: “Eres mi canción de cisne, mi último amor, la explosión final de mi alma cansada”.
*
- ¿Ya habéis tenido sexo? No contestes. Lo veo por su cara radiante. Una cara de cabrón lascivo que acaba de satisfacer su verga y su ego. ¿Y tú? Pensaba que eras especial, distinta de la legión. Le noté encandilado durante aquel “concierto”, pero no pensaba que cederías. Y resulta que bastó un chasquido de dedos para que pillaras el anzuelo. ¿Por eso te hiciste mi amiga?
- ¡No! No sabía que eras su hija cuando te conocí.
- Qué más da. Siempre me arrebata las cosas que deseo.
- ¿Cosas? ¡No soy objeto!
- Para él lo eres. Yo podría ofrecerte un amor sincero, leal, verdadero. El problema es que no lo necesitas. Necesitas su lujuria campesina, su miembro sucio dentro de tu precioso cuerpo.
- No existirías sin este miembro sucio.
- ¡Mejor! Bueno, tortolitos, me voy. Puedes revolcarte con él a tus anchas, no me apetece espiarte. ¡Suerte!
Así fue mi despedida con Mónica. Dolía mucho perderla como amiga. Sin embargo, no hubo manera de reparar un cántaro roto. Según los últimos rumores, vive en Viena con una mujer madura, derrochando el dinero y criticando a su padre.
Estuve con Antonio un poco más de un año. Su alumna abnegada, su amante secreta y su administradora oficial que le acompañaba durante las giras. Me quedé embarazada y desgraciadamente aborté. Aparte de eso, nuestra relación funcionaba de maravilla, todo iba sobre ruedas. El deseo sexual seguía devorándonos con furia. Los orgasmos se hacían cada vez más intensos, más salvajes y más inesperados, como el ataque de un ladrón que entraba en la casa por la ventana y asestaba una puñalada a su dueño dormido. Entonces… ¿qué pasó? ¿Por qué nos separamos? Por su iniciativa. “Te amaré durante la eternidad. Siempre serás la niña de mis ojos. Pero no voy a permitir que malgastes tu vida a mi lado. Estás empezando tu trayecto y yo…” No pude convencerle de que la vida carecía de sentido sin su presencia, que la diferencia de edad no era tan grande, que los recuerdos me matarían. Al final me marché. Yo no era yo, sino una estatua insensible con el corazón hecho un nudo de impulsos contenidos.
*
El día de mi último examen impresionaba con densos nubarrones que engendraron una lluvia torrencial. Tomé en un taxi y ya me disponía a decir la dirección cuando un hombre simpático nos pidió refugio. Vivía en la calle vecina. Un tipo atractivo, atlético que deslumbraba con la sinceridad de su sonrisa. Nos pusimos a charlar animadamente y de pronto… una voz metálica de radio anunció sobre el concierto de Antonio Soleras – “Canción de cisne”. Acto seguido empezaron una transmisión en directo. Los chorros de lluvia azotaban los cristales. Los mismos chorros azotaban mis mejillas mientras escuchaba la voz de mi amado:
Esta tarde ví llover,
Ví gente correr,
Y no estabas tú.
La otra noche ví brillar
Un lucero azul,
Y no estabas tú.
La otra tarde ví que un ave enamorada
Daba besos a su amor ilusionada,
Y no estabas tú.
El otoño ví llegar,
Al mar oí cantar,
Y no estabas tú.
Le imaginaba en el escenario anegado de luces, con sus ojos de avellana, empañados de lágrimas, con una expresión enigmática en su rostro, con su olor de tigre recién bañado. Tan moreno, tan apasionado, tan seguro de sí mismo… “Tranquila, todo pasará, tranquila” – repetía mi interlocutor. Apenas le hice caso. “¿Por qué, Antonio? ¿Por qué me has abandonado si me echas de menos al igual que yo?” – gemía para mis adentros. Y entendí la causa. Se alejó de mí para interpretar mejor su “canción de cisne”, para alimentar a su arte con verdadero dolor y transmitirlo a espectadores. Mi imagen le servía de materia prima, nada más. Mi personalidad real no importaba. Sólo importaba el tragismo desgarrador de sus boleros. Los ríos de mi llanto se iban secando. Aquella envoltura dulce encubría un engaño, una incapacidad de amar. Y el sufrimiento resultaba falso, artificial, como una mueca en un espejo curvo. Estaba contento de alcanzar su “soledad productiva” en el hechizo plateado disfrutando de ingravidez total sin avión ni paracaídas.
Hoy mi playa se viste de amargura
porque tu barca tiene que partir
a cruzar otros mares de locura,
cuida que no naufrague tu vivir.
Cuando la luz del sol se esté apagando
y te sientas cansada de vagar,
piensa que yo por tí estaré esperando
hasta que tu decidas regresar.
Claro. Listo para esperar bajo la condición de que mi “barca” nunca vendría. Pese a todo le estaba infinitamente agradecida por aquellas experiencias calientes, por tantas horas de delirio, cuando, traspasada por su lanza incansable, me sentía un buñuelo en la masa hirviendo de instintos. Curioso. Yo, representante de dictadura y represión, encontré mi libertad personal. Y él, un artista libre, vivía prisionero porque imponía a sí mismo la dictadura de deseos no realizados. Bueno, si Antonio prefería el vacío era su elección. Yo no iba a suicidarme ni destrozar mi destino. Iba a salir adelante. Por ello pedí al taxista que apagara la radio y respondí al guiño de mi desconocido.