Luis y Paco compartían un piso de alquiler en las afueras de la gran ciudad. En verano abrían una piscina en la urbanización, y Luis mitigaba el calor de las tardes de verano pasando la tarde allí, dándose algún baño fresquito y trabajando con el portátil, para aprovechar el tiempo.
Había bastantes chicas guapas que distraían su atención, y se le iban los ojos de un lado a otro, pero después de unos días, ya las iba conociendo y no se distraía tanto. Luis solía colocarse siempre en el mismo lugar, le gustaba la sombra de un árbol que había al lado de la piscina.
A los pocos días se percató de la presencia de una mujer, que se colocaba cerca de donde él estaba y que, al igual que él, siempre estaba en el mismo lugar. A ella también parecía gustarle ponerse siempre en el mismo sitio.
Al principio la mujer no despertó su interés, pero poco a poco fue dándose cuenta de que la miraba bastante. Empezaba a gustarle. Era una mujer madura, mayor que él, medianamente atractiva, silenciosa, tranquila. Tomaba mucho el sol, leía, tomaba un batido, se daba un baño breve de vez en cuando, y volvía a su toalla. ¿Cómo se llamaría esa mujer?
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No sabía su nombre, pero le encantaría saberlo. Aquella mujer madura, que no llamaba la atención, empezó a gustarle cada vez más. Al principio pasaba desapercibida, pero poco a poco fue fijándose en ella, y desde luego le gustaba cada vez más.
¿Cómo se llamaba? Su rostro no era la típica belleza clásica, pero le gustaba, de rasgos duros, ojos pequeños y marrones, labios finos. El pelo muy rizado, en una corta melena que caía ensortijada sobre la nuca. El cuerpo era delgado, fuerte, sin llegar a ser atlético. Los hombros estrechos, los brazos finos y fibrosos. Los pechos pequeños pero prominentes, en absoluto caídos para su edad. El vientre planísimo, con cierta musculatura. ¿Habría sido deportista? Las caderas anchas, fuertes, el culo amplio, levantado, redondo, para Luis espectacular. Sus piernas eran bastante destacables. Unos muslos generosos, potentes, fuertes, con algunas venas pero de piel lisa y bronceada, muslos que la hacían extremadamente apetitosa. Sus pantorrillas estaban perfectamente torneadas, y sus andares no eran tremendamente femeninos, pero sí tranquilos, y a Luis le gustaba contemplarla.
Cuando ella tomaba el sol, tumbada en su toalla, Luis miraba disimuladamente por encima del portátil. La imagen de esa mujer lo hechizaba. Tumbada, cómoda, su anatomía espectacular desparramada en la toalla. Un muslo recogido y el otro estirado. Las carnes de sus caderas desbordándose ligeramente, su piel morena, deliciosa, brillando al sol. Miradas soterradas por encima del portátil. Ahora las jóvenes despampanantes pasaban desapercibidas a los ojos de Luis.
De vez en cuando, ella se levantaba despacito, para refrescarse tomando un baño en la piscina. Se desperezaba, erguía su cuerpo y andaba cadenciosamente hacia la escalera. El bamboleo de su culo y sus caderas al andar volvía loco a Luis. Sus pies se posaban con elegancia sobre la hierba, paso a paso. Se aproximaba a la escalera, bajaba despacito, subía los hombros al notar el agua fría. Entonces se zambullía lentamente en el agua y nadaba un poco, a braza, despacito. La manera de tomarse todo con calma de esa mujer era algo encantador. Después de refrescarse, salía despacio de la piscina. Deshacía sus pasos hacia la toalla, caminando con elegancia, deslumbrante a la luz del sol. Por el bikini se deslizaban gotas brillantes de agua, que resbalaban lentamente por su piel deliciosa. A Luis entonces le gustaría ser gota.
La miraba contínuamente, tumabada en su toalla. Tumbada boca arriba o boca abajo. Con una pierna estirada y otra recogida, las dos estiradas, con una pierna cruzada sobre la otra, sentada mientras comía algo, levantada mientras bebía de su botella de agua, Luis no podía apartar la mirada de aquella mujer madura que lo tenía hipnotizado.
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Después de varios días sin poder dejar de observarla, Luis decidió que tenía que hablar con ella, como fuera. Se inventaría cualquier tontería. Sí, ¿pero cual?
Sucedió espontáneamente. Mientras Luis salía del agua, ella se levantó de su toalla para mirar la hora en el reloj que debía estar en su mochila. Luis sintió que tenía que lanzarse. Necesitaba un punto inicial de contacto. Pero, era ridículo, ¿luego qué diría? No importaba. Se acercó a ella con decisión.
- Perdona, ¿tienes hora? - dijo con tranquilidad, intentando ser simpático y disimulando apenas sus nervios.
Lo más difícil ya lo había hecho, romper el hielo. Ella levantó la vista de su reloj, y le sonrió dulcemente. ¡Qué linda mujer!
- Sí, lo estaba mirando justo ahora. Mira, son las cinco y media.
- Gracias - Luis sonrió espontáneamente de oreja a oreja, a pesar de lo nervioso que estaba. Había tomado contacto, y quería prolongar el momento - Qué calor hace, ¿verdad?
- Sí, mucho. Aquí en la piscina se está muy bien, ¿verdad?
- Se está fantástico - y pensaba sólamente en lo fantástico que era venir a la piscina para verla a ella.
- ¡Ay, sí! - su mirada no se apartaba de la de Luis, y por su calidez parecía que le estaba leyendo el pensamiento.
- Sí - la conversación no decaía, las miradas cálidas aumentaban de temperatura.
- Me llamo Marga.
- Yo me llamo Luis.
- Encantada - se acercó a él para besarlo con suavidad en las mejillas, mientras que sus manos se posaron voluptuosamente en la cintura de Luis. A éste le latía el corazón.
Entonces sucedió lo más inesperado. Ella no dejaba de sonreírle, y le dijo:
- ¿Quieres venir a cenar a mi casa esta noche?
La sorpresa de Luis fue tal que enmudeció, no le salían las palabras. Lo siguiente fue definitivo. Marga, guiñándole un ojo, dijo:
- Venga, Luis...
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Llamó al timbre, los nervios lo obligaban a concentrarse en lo que hacía para no equivocarse. Vestía veraniego, suelto. Marga abrió la puerta, espléndida. Un vestido también veraniego, informal, corto, la hacía enormemente atractiva. Sin ser muy ceñido, resaltaba su busto lo suficiente para atraer la mirada. Sus muslos portentosos asomaban, espectaculares, bronceados, apetecibles. Esos muslos terminaban en unas rodillas bonitas, y el festival continuaba en unas pantorrillas fuertes y preciosas. Marga estaba espléndida, con unos pendientes de aro, el pelo húmedo y ensortijado, con una sonrisa radiante.
- Pasa Luis.
- Hola.
- ¿Qué tal?
No pudieron esperar. Se fundieron en un beso ardiente, un abrazo lujurioso, un juego de manos y pieles acariciándose... Marga cerró la puerta, lo cogió de la mano y lo llevó a su dormitorio. Se lanzó sobre la cama, acostándose boca arriba, con las manos entrelazadas tras la nuca, con una rodilla levantada y la otra pierna estirada. En esa postura incitante, su piel deliciosa brillando, su mirada irresistiblemente seductora, Marga dijo a Luis:
- Ven.