Porno Galerias Gratis Foro Contactos Gratis Videos Porno Fotos Porno Juegos Relatos Eroticos Porno Gratis SexShop Webcam Porno
   






Edad &

Crea tu perfil y conoce gente cerca de ti

ZONA PRIVADA DE MACIZORRAS




 

Webcam Porno

Webcam Porno


2010-05-11 04:50:41
Es una tarde de sábado rutinaria. Estoy sentado en un sillón en el cuarto de costura donde trabajaba incansablemente Eva, la madre de mi novia. Estoy esperando que Davinia termine de bañarse para salir. La espera será larga porque ella se toma mucho tiempo para bañarse, secar el largo y ensortijado pelo y maquillar sus verde ojazos. Eva tiene cerrada las cortinas para que el fuerte sol del verano no vuelva insoportable el pequeño cuarto. Igual hace mucho calor. La luz azulada de la pequeña y potente lámpara de la máquina de coser ilumina solo el pequeño espacio por donde una gran pieza de género para cortinas corre por debajo de la veloz aguja de la máquina. El ronroneo de la máquina, el calor, y el sopor del abundante almuerzo, me adormecen.

Eva ha enviudado hace tres años. La muerte del esposo ha dejado a la familia sin recursos económicos. El dinero de un pequeño seguro de vida que él tenía se ha esfumado con las cuentas pendientes del sanatorio privado en donde trataron de detener el fulminante cáncer. Eva, sin experiencia de trabajo, y con solo la educación de un conservador colegio de monjas católicas, se había visto en la obligación de trabajar como costurera para mantener a sus dos hijos. Yo le tengo mucho cariño. Es una mujer aún joven y enfrenta valerosamente la difícil situación. Miro su rostro prematuramente envejecido y me prometo, que apenas se concrete mi primer trabajo como ingeniero recién recibido, trataré de ayudarla en todo lo que el estricto marco de su discreción me lo permita.

La modorra ha tironeado de mi cuerpo tendido en el sillón hasta quedar casi tendido. Me doy cuenta que desde mi posición puedo contemplar, por entre el género de las cortinas que Eva está cosiendo, el acompasado movimiento de sus piernas. Por el calor de la soporífera tarde y buscando la posición más cómoda para trabajar, Eva ha apoyado sus piernas separadas sobre la plataforma que mueve la máquina y dejado que su falda se arrolle por encima de sus rodillas. El reflejo de la luz azulada resalta inquietantemente la blancura de su piel. Ella es de una constitución menuda y armoniosa y sus piernas son el rasgo físico más destacado por su proporción y perfección.

Se continúan en unas caderas de fuertes nalgas separadas por un hondo surco y una estrecha cintura. Sus pechos son pequeños y muy puntiagudos y pasan casi desapercibidos por el encorvamiento de la espalda que las largas horas ante la máquina de coser le hacen adoptar. Solo resaltan en momentos como el de ahora en que se distiende, buscando un descanso, masajeando con sus manos la cintura y estirando la cabeza hacía atrás. Mis ojos entrecerrados ocultan la excitación que me ha producido la contemplación del movimiento de sus muslos desnudos, impulsando la máquina, hasta casi poder vislumbrar el abultado rectángulo blanco de su prenda interior. La contemplación ahora de sus pequeños pechos tensando la delgada blusa, hace que mi miembro experimente un súbito e involuntario estertor. No debo hacer ningún movimiento que me delate y me prive de mi privilegiada posición. Espero que Eva no se percate del abultamiento de mi pantalón.

Extrañamente siento que el disfrute de las circunstancias accidentales de este placer de espiar la intimidad de su cuerpo, se acrecienta por el conocimiento de la profunda religiosidad de Eva. Ella siempre fue una devota católica. Devoción que se acrecentó, para mí casi desmesuradamente, desde la muerte de su esposo. Ella volcó todas sus expectativas de salir adelante en la fe y el respaldo confiado en sus creencias y prácticas religiosas que cumple escrupulosamente. Misas, rosarios, etc. jalonan todas las actividades de su ajetreado día y, sumándole los detalles de la vida de santos injustamente olvidados por la iglesia, son unos de los temas favoritos de su conversación.

Mi espíritu materialista iconoclasta se solaza extrañamente, con un leve sentimiento de culpa, que exacerba el placer de violentar secretamente con mi mirada concupiscente la carne in mancillada de esta santa mujer Pero hay un hecho que me sorprende y desconcierta. Eva retrocede con su cuerpo la silla y mueve el foco de la lámpara para que ilumine ahora plenamente sus piernas distendidas. Casi no puedo evitar sobresaltarme al tener ahora, para el pleno disfrute de mi golosa mirada, la imagen del bulto de su pubis cuya rojiza y abundante pelambrera se trasluce a través del delicado tejido blanco del calzón. Eva, con sus pálidas mejillas sonrosadas, se levanta y abre las cortinas cuando Davinia entra fragante y maquillada tras su largo baño.

Domingo de noche. Davinia ha tenido que salir por un llamado de urgencia del hospital donde hace su práctica de último año de medicina. Se ha desatado una inusualmente violenta tormenta de verano. La pequeña casa de dos plantas de madera cruje azotada por el fuerte viento y la lluvia. He cenado con Eva y estamos ahora mirando un insulso programa de un concurso de preguntas y respuestas por la televisión. No logro concentrarme en lo que miramos. La chillona voz del animador y el desplazamiento en la pantalla de las modelos, vestidas apenas de cortos pantaloncillos que resaltan sus siliconadas ancas, no logran hacerme olvidar el inquietante episodio de ayer en el cuarto de costura. Eva parece no guardar memoria de ello. Sentada sobre sus pies en el otro sillón, hilvana un vestido con los lentes en la punta de su pronunciada nariz. De vez en cuando levanta la cabeza y cómicamente trata de enfocar la pantalla levantando mucho la cabeza mientras acompasa las puntadas de sus ágiles manos a insustanciales comentarios que solo requieren de mí alguna señal de asentimiento.

Arrecia la tormenta y se produce un corte en le energía eléctrica. El apagón cubre una extensa zona de la ciudad y tras deliberar con Eva, acordamos que es muy peligroso que intente regresar a mi casa esta noche en estas circunstancias.

Estamos en la escalera que lleva a los dormitorios en el piso superior. Eva se detiene en la abundante galería de cuadros y fotografías que decoran la pared de la escalera y me cuenta la historia de cada personaje de su familia, y la de la familia de su marido, que hablan de un pasado esplendor de clase media acomodada que ya no existe más. La tormenta, el suave calor de la noche de verano, la luz de la vela, el vino que hemos bebido en la cena, hacen que nos resulte natural y consentida la cercanía de nuestros cuerpos. Está erguida levantando el candelabro, su turgente cadera casi roza mi estómago, frente a mis ojos está su pecho sin sujetador dibujado al trasluz de la blusa por la luz de la vela que sostiene en lo alto. Un tenue perfume fresco de lavanda emana de su casto cuerpo y registro que su respiración está levemente agitada y que hace esfuerzos para que su voz no tiemble.

Cambiamos las sábanas del cuarto de Julián que está ausente por el fin de semana. Siento que la situación me ha sobrepasado y que me he inclinado por perder la posibilidad de tomar una iniciativa que condense tantos mensajes implícitos que han circulado entre Eva y yo desde ayer. Realmente, el acontecimiento de ayer no ha hecho más que iluminar con otra luz y reinterpretar muchas pequeñas situaciones. Esta decisión razonable se ha impuesto por la pequeña inclinación de la balanza que ha provocado en mí el temor de que mi fantasía me haya hecho una mala jugada y que pueda cometer un irreparable error avanzando en un terreno tan delicado como es el de darle demasiada credibilidad a mi miembro que tiene grabado con fuego el monte de venus rojizo de Eva.

Prefiero, ante la duda, acostarme desnudo entre la fresca sábanas y dejar que mis ensoñaciones libidinales se internen en el recuerdo del turgente cuerpo de Davinia convulsionado por la pasión de nuestro amor. Con mis pies, buscando un poco de aire fresco, retiro la sábana que me cubre y trato de no acariciarme hasta el punto que no pueda detenerme esperando que Davinia regrese y pueda sepultar entre sus jugosos labios mi ardoroso miembro que me tiene tenso y con la piel electrificada.

Un ligero golpe en la puerta y apenas tengo tiempo para cubrirme cuando Eva ingresa al cuarto con el candelabro que ilumina con temblorosos reflejos su cuerpo vestido con un largo y translucido camisón. Deja el candelabro sobre la meza de luz. Dice que quiere dejar a mi alcance una manta por si la noche refresca. La saca del placard y la deja a los pies de la cama.

No he querido hablar por que no controlaría mi voz. Mi excitado miembro literalmente ha pegado un brinco cuando mis ojos se dilataron contemplando las maravillosas nalgas turgentes cuando empinaba su cuerpo para sacar la manta del placard. El deseo nubla mi razón y mando al santo carajo mis escrúpulos y temores. Dejo deliberadamente sin ocultar la pronunciada carpa que mi miembro hace con la sábana. Se inclina sobre mí para darme un beso de buenas noches. Instintivamente levanto los brazos y apoyo mis manos sobre sus casi desnudas espaldas cuya suavidad mullida me sorprende gratamente. Cuando se inclinaba sobre mí, atisbé por el escote de su camisón con admirativa expectativa que incrementaron mi deseo, las inesperadamente grandes aureolas marrón claro que circundaban casi todo el volumen de sus agudos senos pequeños.

Sus labios finos y frescos están posados y detenidos casi sobre la comisura de mis labios, un pequeño movimiento de mi cabeza y los tomo con toda mi boca. Mis manos detienen el movimiento reflejo casi involuntario que hace su cuerpo para separarse, inserto mis dedos entre su corto pelo rojizo a contengo su cabeza hasta que su boca, con un ronco gemido, se abre a mi lengua. Sin despegar mis labios de los suyos, desnudo mi cuerpo sacudiendo con mis pies nuevamente la sábana e incorporo mi torso recostando su cuerpo en la cama.

La tormenta, como un contrapunto de la pasión que ha estallado con un sordo trueno en el dormitorio, redobla su furia. Eva susurra un ¡no por favor Andre!, tan apasionado, que desmienten todas sus negativas. Cubro todo su pequeño cuerpo con el mío. Mis manos aprisionan las suyas que me clavan sus uñas. Mi miembro casi agarrotado de dureza, palpita sobre el camisón que cubre su vientre. Giro mi cuerpo unido al suyo que queda ahorcajado en mis caderas. Me ayuda a desprenderla del camisón por sobre su cabeza. Sus endurecidos pezones marrones llaman a mi boca. Chupo, lamo, las gordas agujas de sus senos erizados. Mis manos con dificultad intentan abarcar todo el esplendor de la masa tensa de sus nalgas.

Me tiendo en la cama y las empujo hasta tener la mata de sus pelos vaginales en mi boca. Compruebo que es verdad que las pelirrojas tienen un fuerte aroma peculiar. El mucílago de su vulva me embriaga con su bálsamo. Todo el tiempo y la calma del mundo me acompañan cuando exploro sus gruesos labios y aprisiono entre mis labios su clítoris enhiesto. Sus caderas retoman y recuerdan el olvidado ritmo milenario de la pasión que se impone a las interminables negativas que aún balbucea. Se acompasa con fuerza rítmica buscando que mi lengua se alterne en el contacto acariciante evitando el choque violento de mis dientes con su pubis. Mis dientes que tratan de morder, mis labios y mi lengua que tratan de beber como sedientos. Su placer se va incrementando como una marea que busca desbordar los límites de todas las playas.

Ahora saboreamos juntos los néctares de su sexo en nuestras bocas mientras mi miembro ha encontrado el vértice de sus chorreantes labios. Juego prolongadamente introduciendo solamente el glande, chapoteando en el vestíbulo de su maravillosa concha empapada hasta que, en el compartido límite, se sienta sobre él incrustándolo de golpe en toda su longitud. Me cabalga como poseída por todas las huestes infernales al tiempo que grita insólitamente.

- ¡Verga, verga. ¡Que me partas en dos te pido! Su mejilla ardiente está sobre mi pecho, gime y solloza mientras los espasmos de su orgasmo interminable recorren con contracciones intermitentes mi verga aún agarrotada.

- Perdóname. ¡Qué horror!, ¡Qué vergüenza! – No Eva, ha sido mí culpa y Él en su infinita sabiduría, sabrá comprenderlo y nos perdonará.

Me siento como un cínico hijo de puta diciendo esto con tono consolador y con estas y otras hipócritas palabras que voy hilvanando convincentemente con el arrullo del tono más grave de mi voz. Palabras todas más propias de un cura pueblerino, que creo son las más adecuadas para mitigar la conciencia culpable de una beata como Eva. La falsedad de mis palabras casi me entristecen por que lo que verdaderamente deseo es no dejar sin descargar mi leche cuya contención amenaza con hacerme estallar la verga.

Por lo que no puedo abandonarme ahora a la conmiseración y tampoco dejar tiempo a que la culpa le gane a la pasión en el corazón de Eva. Mantengo la ondulación de mis caderas esperando que el deseo se despierte en el ahora laxo sexo de Eva. Este por fin salta como una leona al ataque cuando mi dedo mayor, que ha estado jugando, como subrayando mis palabras, con el humedecido botoncito de su culo, logra penetrarlo hasta hundir en el dos falanges. Las contracciones de sus fuertes músculos circulares van pautando la verdadera erupción caliente con que mi verga se descarga. Un rugido sordo brota de mi pecho mientras mi cuerpo se arquea levantando en el aire iluminado de relámpagos el cuerpo convulsionado de Eva.

Mi conciencia emerge como nadando en una piscina llena de algodón en cuyo fondo me ha lanzado la violencia del orgasmo. Me extraña la claridad que atraviesa mis cerrados párpados. Abro mis soñolientos ojos y me deslumbra la luz de la lámpara del techo. La energía eléctrica se ha restablecido.

A pesar del tiempo transcurrido, no se ha mitigado la imagen del brillo cegador de la luz reflejada en los dilatados ojos verdes, acristalado de lágrimas, de Davinia. Erguida en la puerta del dormitorio, caído en el piso el bolso con sus libros, su puño cerrado se incrustaba en su boca impidiendo el grito de horror que palpitaba en su garganta. Su otra mano oprimía el mojado impermeable entre sus pechos como tratando de aplacar el dolor de su corazón.

Eva había adivinado, sin girarse, la presencia de Davinia a su espalda y el trauma violento de la situación le había contraído su esfínter y me fue imposible retirar mi dedo de su culo tetanizado como una roca del que Davinia no podía apartar la incrédula fascinación espantada de su mirada.

Tiempo después supe que Eva había caído en un discreto alcoholismo del que no pudo sacarla su fe religiosa y que Davinia debió pasar años recurriendo a la ayuda de psicofármacos y analistas.

P.D.

Es mi primer relato asi que espero que les guste bueno si desean conversar les dejo mi correo

Autor: Depredador


RECIBELOS EN TU MAIL

Recibe nuevos relatos
en tu email cada dia:


All logos and trademarks in this site are property of their respective owner. - Condiciones de uso y Aviso Legal
The comments are property of their posters, all the rest Copyright 2004-07 by me.
Todos los derechos reservados - MaciZORRAS.CoM Copyright 2004-10. Macizorras Porno