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2009-02-13 13:06:39
Los padres se esfuerzan en que sus hijos salgan adelante. Luego crecen y abandonan el nido sin dar las gracias. De vez en cuando hacen alguna visita, por Navidad preferentemente, y finalmente regresan cuando ven llegar la herencia.

Los padres se esfuerzan en que sus hijos salgan adelante. Luego crecen y abandonan el nido sin dar las gracias. De vez en cuando hacen alguna visita, por Navidad preferentemente, y finalmente regresan cuando ven llegar la herencia.

Desde que Antonio había quedado viudo, hacía ya unos seis años, su hijo y sus dos hijas apenas habían querido saber nada de él. Ahora que había estado a muy poco de morir por un infarto, volvían a interesarse por él. Todo era preocupación por su salud y amabilidad. Antonio se sentía asqueado de tanto cinismo e hipocresía, y respondía con aspereza a tantas atenciones. No era tan viejo, sólo tenía unos cincuenta y siete años, pero había llevado una vida de excesos desde que había quedado viudo. El alcohol le había ayudado a superar su depresión mientras el tabaco le acompañaba en sus horas de soledad. Él se sentía físicamente bien y afirmaba a sus amigos estar como un chaval, pero lo cierto es que en su interior su corazón no estaba tan bien.

Su hija Manuela era la más cercana, ya que residía también en Madrid y no demasiado lejos. Cuando le había visitado para preguntarle qué tal estaba, el desorden y descuido en que vivía su padre la habían sorprendido, y pensó que adecentando la casa podría agradarle y ganar puntos así. Se puso manos a la obra con la ayuda de Ana, su hija mayor. Ésta puso una cara muy larga pero acabó ayudando a su madre. A sus dieciséis años, Ana era una adolescente bastante guapa. Lo cierto es que había cambiado mucho y su abuelo apenas había podido seguir ese cambio por las pocas veces que la familia de su hija le había visitado. Ahora el cuerpo de aquella chiquilla había cambiado por el de una futura mujer seguramente muy atractiva, con el pelo largo y oscuro, y agradables formas. Su abuelo la observaba disimuladamente cuando su madre la enviaba acompañada de su hermano, por si el abuelo necesitaba algo. Le gustaba cada vez más y llegaba a parecer incluso un poco amable con ella.

Lo cierto es que Ana no podía imaginarse nada de esto hasta que una vez, agachándose para barrer mejor por debajo de las camas, se dio cuenta que su abuelo la estaba mirando. Mejor dicho, estaba mirando su culo, que le ofrecía en esa posición. La sorpresa había sido tan agradable para el abuelo que la observó con suficiente atención para que ella pudiera darse cuenta.

Quedó muy asqueada y poco tiempo después se lo comentó a una amiga.

- ¡Vaya con el viejo! – dijo ésta y se echó a reír.

- No te rías tanto, que no tiene ninguna gracia.

- No te lo tomes así. Toda tu familia haciéndole gracias al abuelete y al final te quedarás tú con la herencia.

Ana la fulminó con la mirada y la amiga entendió que se había pasado. Cambiaron de tema pero el estúpido comentario la hizo pensar más tarde...

A la semana siguiente, Ana se presentó en casa de su abuelo sin decir nada a su madre. Era la primera vez que le visitaba por iniciativa propia y Antonio se sorprendió de que llegase sin aviso, pero le agradó mucho porque, además, era también la primera vez que iba sola, sin la compañía de su madre o de su hermano menor. Antonio estaba encantado porque así podría observarla mejor. Sin embargo, el ordenamiento y la limpieza no duraron mucho. Antes de irse preguntó:

- Uff, quiero salir ahora y estoy sudando. ¿Puedo darme una ducha, Antonio?

El deseo era un poco atípico y más que no le llamase abuelo sino por su nombre. Era mucho más sugerente porque dejaba a un lado el lazo familiar, era un hombre como cualquier otro y no sólo su abuelo...

- Sí, claro.

Él fue al salón y se sentó pensando en su nieta. Oyó el sonido del agua cayendo por la ducha y no pudo resistir la tentación de acercarse. Más sorpresas: había dejado la puerta abierta. Pensó que quizás se le hubiera olvidado cerrarla. Ahora quería mirar para ver su figura a través de la cortina de plástico de la ducha... pero tampoco había puesto la cortina y podía verla sin problemas. Estaba completamente desnuda y de espaldas. El agua de la ducha fluía por su oscura melena, hasta que resbalaba por su culo y goteaba finalmente al suelo. Antonio acabó de ponerse a tono con esto. Ella presentía que estaba siendo observada como quería. Cogió algo de gel con la mano para aplicarlo por sus nalgas.. Luego se giró un poco para que él pudiera ver el perfil de sus pechos. Lo cierto es que le excitaba la situación, saber que había unos ojos pendientes totalmente de ella. Se giró un poco más y, echándose un poco de gel en sus manos, lo extendió por su sexo para luego frotarlo con sus dedos y aclararlo después con la ducha. Antonio no había visto nada parecido ni en sus más tórridas fantasías. Lo mejor era la cara que ella ponía de placer, porque nunca había disfrutando tanto masturbándose como ahora, sabiéndose observada. Se sintió muy húmeda en sus intimidades y no sólo por el agua... No pudo evitar un gemido demasiado alto que casi hizo correrse a su abuelo.

Era el momento de pasar a la acción y ella miró directamente a la puerta, sorprendiéndole. Él se sintió algo confuso pero estaba muy excitado y la actitud de su nieta era muy directa. Entró en el servicio.

- Creí que nunca entrarías. – le dijo ella.

Él ni se desnudó. Entró en la ducha, sin importarle que se empapara vestido, y comenzó a tocar el cuerpo de su nieta. Con sus manos recorría sus pechos, su espalda, su culo... Cogió algo de gel y él mismo acabó de enjabornarla. Ella se reía y estaba más que excitada. Aunque había pensado que sería desagradable y le costaría mucho disimular su asco, no era así en absoluto. Disfrutó mucho cuando él la masturbó con sus manos y gimió de placer por segunda vez.

Antonio cerró el grifo. Quería poseerla y ya no le importaba que fuera su nieta. Era sencillamente una joven muy atractiva y hacía demasiado tiempo que no había tenido sexo. Ahora sí se desnudó. No era un jovencito y tenía su tripita de maduro, pero sus atributos eran buenos... Además a ella le excitaba hacerlo con un hombre mayor, nunca lo había hecho, y no uno de sus amigos adolescentes.

Cuando ya en la cama y él acariciándola antes de tomarla...

- Abuelo, antes de que sigas: ¿quién es tu nieta preferida? Espero que lo tengas en cuenta en la herencia...

A él le desagradó bastante el comentario pero era de esperar. Todos querían su herencia y ella también. Pero eso sí: al menos su nieta sí había sabido agradarle, ¡qué diablos!.

No te preocupes: tendrás tu regalo si eres buena.

Ella le sonrió. Abrió sus piernas y sus brazos y dejó que la montase. Cuando él empezó a empujar para penetrarla comprobó que era mucho mejor que con sus novios. Se estaba esforzando por ella. No dejaba de empujar para demostrarle que todavía podía dar mucha guerra. Además experiencia no le faltaba.

- Sí, sí... Sigue así.

Antonio disfrutaba como no lo había hecho en años, o quizá nunca. Se creía en el cielo, y cuando por fin se corrió dentro de ella se quedó muy satisfecho.

Para ella también había sido una experiencia increíble, en absoluto desagradable como esperaba. Quedó un momento quieta abrazándole y le dijo:

- Ha sido estupendo... Desde luego tienes experiencia. ¿ Abuelo?

El abuelo no reaccionaba. Se incorporó y notó que el abuelo parecía dormido. Tocó su pecho y sintió que apenas latía se corazón. Había tenido otro infarto. Aquello había sido demasiado fuerte para él. Era una pesadilla y Ana chilló. Luego se vistió como pudo y se marchó corriendo, casi tropezando por las escaleras.

No fue desde luego lo mejor que podía haber hecho porque la policía no tardó nada en saber la verdad: los vecinos habían notado primero los gemidos y luego la marcha a toda prisa. Por no hablar de los restos de líquidos vaginales, del semen, y demás pistas. Desde luego se comprobó que no era un asesinato y no hubo ningún castigo para Ana pero sí el escándalo. Sus padres estaban horrorizados con ella, pero lo estuvieron aun más cuando se averiguó que apenas tres días antes de lo ocurrido, su abuelo la había hecho heredera universal de sus bienes...

FIN

Autor: Arraquis


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