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2009-08-04 07:22:51
Ale se dirigió como todas las tardes de jueves a la Universidad. Habría charla impartida por un externo reconocido en la materia de su profesor preferido. Asistir a las charlas no tiene reconocimiento académico, y solo algunas pocas son interesantes, por el perfil del ponente. Más que por el perfil del tema, por lo que algunos les cuentan del mundo exterior al que habrán de enfrentarse. La verdad cierta, para que engañarse, es que iba por sentarse cerca de su sueño. Su deseo soñado: enrollarse con el madurito profesor.

Guille, así se llama el profesor, le saca 11 años, tiene 33, pero para ella es un maduro hecho y derecho, con figura atlética y reconocida soltería. Vamos que aun no ha asentado la cabeza. Aunque ha intentado provocarlo no consigue avanzar con él.

Hoy como de costumbre en estas charlas, y sin mucha ilusión en que Guille se fije en ella más allá de lo habitual, se ha vestido con sandalias de tacón bajo, falda tableteada corta y un suéter ajustado. El tiempo acompaña pues la primavera ya está mediada.

Va sumida en sus pensamientos cuando a la salida de un paso de peatones un coche se detiene junto a ella. Un tipo vestido de traje, la hace indicaciones para preguntarle algo.

--"Hola, perdona..Busco la facultad de medicina…"..

--"Hola, … medicina…si es todo derecho y el quinto edificio a la derecha."

--"Ah…gracias…es que tengo una charla en media hora….¿se puede aparcar?"

--"Si….los profesores y personas invitadas tienen aparcamiento propio. Pregunte al vigilante que hay en la entrada."

--"Vale…muchas gracias."

Ale continúo su camino, mirando hacia la trasera del auto que se alejaba. Ella volvió a sus pensamientos. Caminando ensimismada llegó a la Facultad y entró en terreno dominado saludando a los distintos conocidos que iba encontrando en su camino.

Llego a la sala de charlas. No era muy grande, con una mesa pequeña elevada y un atril en tarima para el ponente. La sala estaba a medias de personal. Como siempre, buscó una segunda fila lo más enfrentada a la mesa de presentación. Allí estaría sentado Guille.

A medida que iba bajando por las escaleras, su mirada buscó a Guille. Estaba hablando más que amistosamente con un tipo vestido de traje, delgado y maduro,…muy maduro para ella, de unos 40 años. Por su comportamiento parecían conocerse bien.

Por suerte, su sitio de siempre estaba libre. Avanzó por la fila entre las butacas, y justo cuando estaba para sentarse, Guille la dirigió la mirada, y sonriendo se saludaron con un ademán. "Vaya, se ha fijado…¿buena señal?".

Ya sentada, se fijó más en el tipo de la charla. Le sonaba su cara y no sabía de qué. Estaba intentando hacer memoria, cuando se percató de que el acto comenzaba. Guille presentó al ponente como antiguo jefe suyo cuando fue becario en los laboratorios FANGON. "vaya…por eso se llevaban también."

El ponente se dirigió al atril y comenzó su exposición. Su tono de voz era agradable, y se notaba que dominaba el medio. Se le veía como pez en el agua. Lo interesante, de venir, vendría al final en el turno de preguntas, en el coloquio.

Aunque Ale estaba intentando atraer la mirada de Guille, Ale no conseguía fijarle en su punto de mira. Guille esta bastante concentrado en el ponente. Apenas consiguió un par de cruces de mirada, genéricas, sin intención.

De lo que Ale si fue consciente era de que el ponente la miraba más de lo habitual. Como si hubiera decidido darle la charla a ella y a tres más. ¿o había algo más?. Más de una vez sus miradas se entrecruzaron y se quedaron fijas. Pero unas veces era ella quien la retiraba por timidez, y otras era él, quién, tras una sonrisa y un cambio de tema, cambiaba de persona de atención. Aquello la turbó.

La charla continúo monótona, aunque el cruce miradas continúo durante todo el rato, manteniéndola alerta y despistada a un tiempo. El coloquio fue insulso en cuanto a tema. Ale ya solo quería que aquello terminase.

Al terminar la charla Guille recordó a todos que por la tarde-noche habría una copa-coctel en el salón del rectorado, para rendir una especie de homenaje algo más distendido a todos los ponentes de este año. Y Guille lo dijo terminando el anuncio mirando a Ale. A Ale se le sofocaron hasta las cejas.

Tras muchas dudas Ale había decidido ir un poco más formal de lo habitual al evento. Un poco más…como el evento pedía. Había escogido unas sandalias con un tacón un poco más alto, una falda lisa de tela de color verde justo por encima de la rodilla y un body color pistacho con tirantes que dejaba ver el principio de sus pechos y de su canalillo. No estaba para matar pero estaba insinuante, un interesante termino medio.

Quedó con otras dos amigas del curso y se acercaron en el auto de una de ellas. Sus amigas Susana y Raquel, eran…un poco…como decirlo…más desinhibidas. Ya se habían estrenado con muchachotes de la universidad mayores que ellas, y se lo restregaban por la cara siempre que podían. No la molestaba, pero… no le gustaba.

En el rectorado el coctel estaba abarrotado. Entraron juntas, pero en cuanto se descuidó, la habían dejado sola. Recorrió la sala y acabó frente a la mesa de camareros sin haber visto a Guille.

El camarero la preguntó por su consumición, y se decidió por un vino tinto. Cuando alargaba la mano para recogerlo oyó claramente como Guille a su espalda se dirigía a ella con un:

--"¡Hola Alejandra!. Vaya, no sabía que bebías vino…eres una caja de sorpresas."

Ale se volvió, y se encontró de frente a Guille sin saber muy bien que contestarle.

--"¡Hola Guillermo!...Ya ves, hoy me apetecía… algo distinto."

--"¿No vas a presentarme?", dijo una voz a su derecha.

Ale giró la cabeza para mirar. Era el ponente de la tarde. Vestía vaquero de tela, polo deportivo escotado de hilo y una americana de lino por encima.

--"Perdona Juan, claro. Alejandra, una de mis mejores alumnas,…Juan un buen amigo y director técnico de laboratorios FANGON…."

--"Espero que lo de mejor alumna no se refiera solo a su físico…."; y clavo su mirada en los ojos de Ale, que sintió como si buceasen en su mas profundo interior…

--"Ya nos conocemos…me ayudo a encontrar la facultad, y su aparcamiento". Continuó Juan.

Ahora Ale era consciente del recuerdo en la charla. Efectivamente, era el conductor que la había preguntado en la avenida.

Guille se ladeó un poco, acercándose a la barra para pedir un par de copas de vino. Juan aprovechó para lanzar un nuevo comentario.

--"Pero creo recordar que ibas vestida de otro modo…más…juvenil….menos formal."

--"Tienes buena memoria. Perdona que no te recordase a la primera, cuando me paraste iba un poco despistada."

--"Las mujeres guapas tenéis ese privilegio. No tienes que disculparte."

Ale, vio claramente que le estaban tirando los perros, eso confirmaba el tema de las miradas en la charla. Y pensándolo mejor, era un tipo elegante de trato, y que no aparentaba la edad que decía tener. No le desagradaba.

Guille se reincorporó, pero fué no más que para disculparse, pues tenía más invitados que atender. Allí quedaron Ale y Juan, a solas, y con una conversación que apenas había comenzado.

Juan estaba imantado por esa chica, como una polilla en la luz, Le estaba sucediendo lo mismo que la charla: no podía dejar de mirarla. Revoloteaba a su alrededor, intentaba hipnotizarla o algo parecido. Miraba al fondo de sus ojos, unos ojos luminosos que únicamente esperaban, esperaban, sin más doblez.

Juan de modo cortes, preguntaba a Ale por sus orígenes, por sus estudios, por sus inquietudes…todo eso sin dejar de mirarla a los ojos. Habían estado casi 30 minutos hablando, el tiempo había pasado rápido.

Juan, de repente, y mirando en derredor, soltó una pregunta en modo alguno inocente.

--"¿y tu galán…? ¿Por dónde anda?".

--"No tengo galán reconocido o formal…."

Juan se la quedó mirando fijamente.

--"no puedo creer eso…así que…una de dos: o no te interesan estos chicos lo suficiente o tienes algo más en mente. Eres una mujer demasiado atractiva para pasar desapercibida."

Ale tuvo que mentir acerca de su concentración en los estudios. De repente pusieron algo de música lenta y Juan la invitó a bailar. No era el tipo de música que a ella le excitase, un tipo de swing lento, pero por primera vez se pregunto un ¿Por qué no?.

Avanzaron hacia la improvisada pista, abarrotada de bailarines, en el centro del salón. Juan puso su mano izquierda en el lateral de la cadera de Ale, y tomó con su mano derecha la mano izquierda de Ale. Los cuerpos no estaban juntos pero si las miradas. Ale se dejaba llevar lentamente, como hipnotizada. Juan ya no hablaba, solo sonreía. Ale se dejaba hacer, y en algún que otro giro, mano en alto, le devolvía la sonrisa. Ale tenía que reconocer que le estaba gustando eso.

Juan continuaba prendado de lago magnético que le impulsaba hacia delante. Era una sensación extraña, extraña y olvidada. Tras uno de los giros Juan soltó las manos y acerco a Ale contra él, pasando a un baile achuchado mucho más lento. Los brazos de Juan en su cadera, por detrás, la mantenían pegada a él. Ella no tuvo más remedio que colgarse a su cuello.

Ale sintió claramente como el sexo de Juan crecía de golpe, al contacto con su cuerpo, y se sonrojó apartando la mirada. Pero también se quedó eléctricamente inmóvil pegada a él. Eso hizo que Juan aprovechará más el momento, para pegarla literalmente a él, incluso por un breve tiempo, una de sus manos apretó su culo contra él. Ale continuaba inmóvil, a la espera, y eso aumentaba los anhelos de Juan. La presa agazapada a la espera, o era al revés.

Ale estaba desconcertada pues no conseguía reaccionar. Simplemente se dejaba hacer, llegando a reposar su cabeza en el hombro de Juan. Comenzaba a sentir calores en la cara, y a sentirse ligeramente excitada sensualmente.

De repente, la música de ese primer y único baile, cesó. Juan fué un poco más allá, y poniendo sus manos sobre sus hombros y mirándola a los ojos, comentó…

--"¿no tienes hambre? Yo no he cenado aún, ¿quieres venir conmigo a cenar? Te invito al Perro Verde."

--"Pero…tu eres uno de los invitados…"

--"No me echaran de menos."

Ale no tenía motivos para desconfiar de Juan. Le agradaba su compañía y Guille había desaparecido. Por segunda vez se preguntó un ¿Por qué no?.

Juan la tomó por la cintura para caminar hacia la salida, esquivando a la numerosa gente que se amontonaba. Caminaba excitado, asegurando el momento, no quería que la magia del hechizo se rompiera de súbito.

Ya en el coche, la conversación fue insustancial y arropada por la música que sonaba. Ale fue consciente de que Juan no cesaba de mirar de reojo sus piernas. El viaje no fue largo.

Llegaron al Perro Verde, un restaurante con terraza en el centro de la ciudad. Y cenaron, una cena ligera, entretenida y apetecible. Juan no había callado. Era él quién le había contado de su vida, de sus gustos, de su amistad con Guille, de su trabajo,…todo ello con continuos toques de manos por parte de Juan. Ale estaba encantada de ser la reina.

Tras los postres Juan se animó con un tequila, ella le siguió. Juan proseguía los acercamientos y comenzó a realizar maniobras bajo la mesa tocando su pierna de vez en cuando con comentarios insustanciales en su oído. Sentía su mano caliente en su muslo fresco. Alguna vez llego incluso a apretar el mismo en una especie de gesto galante de confianza.

Al llegar al tercer tequila, el resto de mesas estaban casi todas vacías. La noche era espléndida. Ale estaba desinhibida, receptiva y abierta, y Juan no dejaba de sacar nuevos temas de conversación, ninguno sexual, ninguno romántico. Habían pasado mas de dos horas de cena…eran ya las 3 de la mañana. A Ale las horas se le habían ido sin sentir.

Juan sintió que había que avanzar o el hechizo se rompería. Las dudas lo asaltaban por la decisión a tomar: avanzar o rodear. Atacar o esperar. No, más bien era Ale la que continuaba a la espera.

Juan comenzó a hablar de su pequeño barco de vela, y su mano derecha se posó de nuevo sobre el muslo de Ale, pero esta vez no la retiró. Ella quedó a la expectativa, no hizo ademán alguno de retirarla.

Juan seguía hablando de las sensaciones que tenía estando en su barco, y su mano comenzó a acariciarla por debajo del muslo, cerca del interior de la rodilla. La acariciaba esa parte de piel fina con movimientos suaves y cortos.

Juan se acercó un poco más a ella, hablando del bamboleo con las olas. Su mano comenzó a subir por el interior del muslo. Ale sintió como una corriente eléctrica la sacudía por la proximidad en esa zona tan sensible. Estiró su brazo derecho sobre la mesa, y la mano se agarró al borde presintiendo el contacto en su parte más intima. Comenzaba a perder la consciencia de lo que sucedía alrededor.

Juan hablaba del ruido del chapoteo del mar contra el casco, del contacto presentido y siempre presente del agua. Y su mano, llegó a tocar con su borde su vagina, y su dedo gordo comenzó a jugar con el borde de la braguita y por debajo de la goma. Ale se sorprendió húmeda, y sus ojos comenzaban a abrirse más de lo habitual poniendo el resto del cuerpo en tensión. Su mano aferraba con fuerza el borde la mesa, pero se dejaba hacer.

Juan hablaba ahora de los olores, del salitre, del viento en la cara. Su mano se giró y enfrentándola contra el pubis y la vagina, comenzó a jugar con los dedos por encima de la braguita. Sus dedos presionaban su clítoris y recorrían los labios de la vagina. Ale sintió como su humedad era patente y él tenía que notarlo. Ale continuaba como hipnotizada, parada, dejándose hacer.

Juan le hablaba del color del cielo y del color del mar en distintas horas y días de año. Sus dedos mientras, y a la vez, habían maniobrado apartando la braguita y dejado el camino libre. Ahora sus dedos recorrían arriba y abajo sus húmedos labios vaginales. Jugaban con su clítoris.

Ale notó como su respiración se aceleraba. Ya no oía a Juan, solo era consciente de esa mano que jugaba bajo su falda, haciendo que sus jugos continuaran fluyendo cada vez con más fuerza.

Y de repente, sintió como Juan introducía uno de sus dedos dentro de ella. Se electrizó de modo automático, arqueando ligeramente su columna, aferrando con más fuerza la mesa.

El dedo de Juan entraba y salía. Ale ya no era consciente de si misma, ni de los movimientos de sus labios, ni de su respiración, ni de que estaba entornando los ojos.

Y de repente se noto ir. Apretó los labios, y cerró de golpe sus muslos aprisionando la mano de Juan. Se había corrido. Y tras un breve momento, se relajó y Juan pudo recuperar su mano.

Juan, se calló un instante, y mirándola a los ojos la preguntó:

--"¿has visto amanecer en el mar en una barco de vela?. Si quieres te invito, estamos a media hora del embarcadero. Amanecerá en unas dos horas. Y además te invito a desayunar."

Ale, quedo pensativa. Y de nuevo en su cabeza, la pregunta se mostró en su cabeza…y ¿Por qué no? Si ya había llegado hasta aquí, podría aún ir más lejos. Total, él ya creería que era una chica fácil y no tenía que preocuparse de su moral con él.

Juan pagó la cena, y marcharon en el coche camino del embarcadero. En todo el trayecto no dejaba de jugar con sus muslos, y ella le dejaba hacer, relajada en el asiento y sintiendo como el trayecto pasaba por las ventanillas del viaje como en un sopor.

Cuando llegaron, Ale comprobó que Juan no había mentido. Era un pequeño velero de 7 metros, de un solo mástil. La tranquilidad lo invadía todo…y el frescor de la brisa la sacó de su sopor de golpe. Todo olía salitre.

Caminaron por el pantalón camino del barco. Juan la llevaba de la mano. Al ir a subir a bordo Juan la pidió que se descalzara de sus sandalias de tacón. Podía subir descalza o le podía dar unas zapatillas de suela de goma.

Ale prefirió descalzarse, y con las sandalias en la mano, subió a bordo. De repente, como un fogonazo en su cabeza un pensamiento brilló. ¿Qué estaba haciendo allí? Sólo tenía 22 años y él, él tenía unos 40, podría ser su padre, y realmente NO lo conocía de nada.

En cuanto puso sus pies a bordo, Ale supo como acabaría aquel día, y se sintió excitada y nerviosa, se sentía seducida y conquistada. Seducida y conquistada por una vida en la que todo lo que veía le gustaba. Por un montón de sensaciones placenteras y por sentirse el centro de un hombre hecho y derecho. Y de nuevo en su cabeza, una pregunta, una pregunta que esta vez estalló como un permiso para todo…¿Por qué no?

Ale se acomodó, siguiendo indicaciones de Juan, en la bañera del velero, junto a la caña. Se extraño al ver que Juan comenzaba a realizar las maniobras de desamarre. Siempre había pensado que un velero no podría navegar de noche.

Juan la había tranquilizado en la normalidad de salir a la bahía durante la noche, además ya estaban casi en la alborada. La prometió un bonito amanecer y lo tendría. Nada hay más bonito que el amanecer desde la costa y ver como una ciudad costera se despereza con las primeras luces del día, como naciendo al día. Surgiendo desde la oscuridad con sus diminutas lucecitas nocturnas.

Ale se fue sosegando con la rutina de las maniobras de Juan. Y se concentró en las sensaciones acumuladas hasta ahora desde la tarde. Fue consciente del tacto del casco de poliéster en la plantas de sus pies.

Juan desarrolló las maniobras habituales, repetidas cientos de veces. Tan interiorizadas que le permitían ir pensando a la vez en otras cosas. Lo que no le gustaba a Juan, era ese dejar hacer de Ale. Se estaba dando como en una inmolación, dejándose llevar si, pero sin pasión. Estaba como paralizada por un shock, y eso a Juan no le gustaba.

Juan tomó la caña junto a Ale, y puso el pequeño velero en marcha. El barco dejó el pantalán,… el muelle deportivo,… dobló el malecón… y se adentró en la oscuridad de la bahía enfilando hacia la boya de salida.

De la noche, solo se oía el ronroneo del motor del barco que le hacia avanzar lentamente. Juan jugueteaba con la entrepierna de Ale y con su muslo. En su fuero interno dudaba que Ale fuera más allá, aunque no tenía la más mínima duda que le dejaría hacer. Sopesaba seriamente si darle una lección no sería lo mejor. Una lección que en su mente se hizo forma a través de una sodomización atada a la balaustrada de la bañera del velero, o quizás algo peor aún, una brutal violación en toda regla.

La erección se hizo patente ante la idea de poseer un joven culo, casi seguro virgen. Pero Juan quiso esperar acontecimientos, a un hombre no le compensa tomar a una mujer inerte. Es más, lo odia.

Sentada a su lado, Ale reposaba ensimismada con la mano de Juan en su muslo interior. Juan, de modo natural, llevó la mano izquierda de Ale sobre su miembro, tenso bajo el pantalón.

Ale salió de su letargo, y entendió su intención. Bajo la cremallera y liberó el miembro de Juan, que apareció brillante y oloroso. Realmente era la primera vez que lo veía, y hasta hoy no había visto uno tan robusto de cerca.

Lo cogió con la mano, e inexpertamente comenzó a masajearlo, pues no se podría hablar propiamente de pajearlo. Eran movimientos torpes, entre sorprendidos y ansiosos. Ella le miró a los ojos y se acercó para besarlo en la boca. Juan aprovechó para besarla dulcemente con toda la lengua dentro de ella. Saboreando el dulce sabor de una saliva joven y de unos labios prietos y carnosos.

Tras algunos instantes de tanteo, Juan quiso averiguar hasta donde estaría dispuesta a llegar ella. Con su mano llevo la cabeza de Ale hasta las proximidades de su polla. Esa sola indicación debería mostrarle el interés con que Ale afrontaría la batalla final.

Ale bajo la cabeza, dejándola a escasos centímetros del glande de Juan. Su olor era superior al del salitre. Estaba terso, reluciente, caliente. Ale nunca había chupado una. Miro a los ojos de Juan y empuñando su polla con la mano derecha, la tragó casi de un golpe todo lo que pudo.

Juan comprobó su inexperiencia. Ale era demasiado rápida en sus movimientos. Juan tuvo que darla instrucciones, en susurros, para que fuera mas despacio, para que recorriera todo el tronco, para que se detuviese en el frenillo, para que le masajeara los huevos, para que lamiese con un helado, para que la entrase hasta dentro jugando con su lengua y su paladar,…

Podría haberla follado por la boca, obligándola a tragar su esperma, pero no era lo que quería. Juan quería que ella se diese, se humedeciera de nuevo, y si fuera posible, gimiese en el placer. Aunque solo fuese una vez, aunque solo fuese esa noche.

Ale era tan inexperta que Juan era plenamente consciente de su entorno. Reconoció el lugar al que quería llegar para ver amanecer, en el medio de la bahía, y frente a la ciudad. Suavemente la incorporó con una sonrisa. Y en ese instante fue consciente de la que poseería con toda la dulzura que el primer amante puede dar.

Pocas palabras había habido hasta ahora, desde que montaron en el barco. Juan, subiéndose la cremallera y guardando a su desconcertado animal, la dijo en voz baja:

--"¡Es aquí!. Fondearé aquí. Desde aquí veremos bien amanecer y que el alba apague las luces de la ciudad….déjame maniobrar…. Si te colocas apoyada sobre el lateral de la cabina podrás reclinarte y ver como va clareando….".

Ale se incorporó, ya con los ojos abiertos por la expectación. El alba comenzaba a clarear el horizonte. Se recostó de frente, sobre la cabina, con la cabeza acodalada sobre sus manos. Juan mientras soltaba ancla, vio claramente la silueta de la espalda de Ale y sus piernas desnudas.

Juan terminó su maniobra de modo totalmente invisible para Ale, que no le prestaba la menor atención. Juan acercándose por la borda se coloco tras de ella. Al solo contacto de su culo contra su miembro, este estalló en una dureza inusitada. El la besuqueaba el cuello, empapándose de sus olores.

Juan se separó ligeramente de Ale y liberó de nuevo su miembro, presto de nuevo a la pelea. Remangó su falda por detrás y coloco su polla entre sus piernas. Sintió su frescor y el tacto de la braguita en su punta. Realizó un par de movimientos recorriendo con la punta la longitud de la vagina, ayudado por el movimiento del mar.

Ale se enderezó, y agarró con sus manos el rail de madera que remataba el lateral donde se apoyaba. Juan lo agarró también con sus brazos al costado de ella, como aprisionándola y abrazándola a un tiempo.

Con su mano derecha, Juan, buceando por el interior de la falda, y peleando por separar el cuerpo de Ale del casco del barco, consiguió ladear lateralmente la braguita en la vagina. Lo suficiente como para que su punta recorriese los labios vaginales en toda su longitud en contacto directo con ellos.

Sentía que la respiración de ella se aceleraba. Y para gran satisfacción suya sintió como la humedad de la vagina facilitaba sus movimientos. Él, tan pronto recorría con una mano sus piernas por detrás desde el interior de la rodilla hasta el glúteo, lentamente; como la apretaba contra el casco con sus dos manos en su culo intentando separar los glúteos.

--"¡mira Ale! Amanece…mira que colores…". Dijo Juan mientras su mano derecha consiguió liberar el clítoris de ella de la presión contra el barco.

Ale a duras penas podía mantener los ojos abiertos. Juan masajeaba su clítoris y movía su pene adelante y atrás, al mismo tiempo. La humedad de Ale era ya más que manifiesta para los dos.

Y justo en el momento en el que el Sol apuntó en el horizonte, Juan ayudo a la punta de su polla, haciendo tope, y está entró hasta el fondo ensartando a Ale de un golpe.

Ale pillada en sorpresa, lanzó un gemido, y se dejó caer sobre el casco, levantando sin querer aun mas su culo hacía Juan. Juan se arqueó hacia atrás. Agarro con las manos los tensores de la vela, y dejo que su polla reposará en el interior de Ale.

Al haber realizado este movimiento, la cabeza de la polla de Juan estaba en contacto con el lateral del interior de la vagina de Ale. Sintió su humedad, su calidez, su estrechez,…quería disfrutar de ese momento.

Sentía también los movimientos de cadera de Ale, masajeándolo, buscándolo,…pero él continua inmóvil, dejándola hacer. Y de repente…sintió como ella se derrumbaba sin fuerzas contra el casco, con un ligerísimo temblor en su cuerpo y en sus piernas. Un suspiro, más bien una exhalación de aire retenido, salió veloz de la boca de Ale.

Juan permaneció un breve instante detenido, esperando acontecimientos. Tiempo que le pareció eterno pues ansiaba comenzar los movimientos pélvicos hacia delante y hacia atrás, aprisionando el culo de Ale contra si.

Pero también quería durar. El Sol tenía más de medio disco ya fuera del horizonte. Juan quería sentir el culo de Ale contra su cadera, su dureza, su textura. Con ambas manos y por uno de los laterales de la cadera de Ale rompió la braga. Ale sintió el rasgado de la braga como un reconocimiento de deseo incontrolado.

Juan repitió la maniobra por el otro lado de la cadera, y de nuevo Ale suspiró por el deseo desatado de Juan. La braga calló entre las piernas de Ale, a sus pies.

Juan enderezó a Ale, y sus manos buscaban ahora, de modo lento, subiendo desde su estomago, los pechos de Ale, que aun estaban en el interior de su sostén. Mientras Juan había comenzado los movimientos de entrada y salida, lentos, lentos,…

Sus manos llegaron a la parte delantera baja del sostén. Jugaron acariciando sus costuras. Con un solo dedo recorría el tirante inferior en contacto con el cuerpo de Ale. Luego subía y recorría el canalillo de los pechos, recorriendo los tirantes allí.

Luego, bajó palpando con un dedo por fuera de la copa los pezones de los dos pechos a la vez,…Ale sentía el contacto del dedo sobre su piel. Sentía como la respiración se le entrecortaba de vez en cuando, con cada nueva maniobra.

Y de un golpe certero, las manos de Juan penetraron por debajo del sostén, aprisionando los pechos de Ale, uno con cada mano, y haciendo que el sostén quedara primero aprisionando sus manos contra los pechos de ella, y con un giro de muñeca los desencajo, liberando los pechos de la prisión del sostén.

Ale se arqueó, sintiendo la presión de las manos sobre sus pechos. Su cabeza reposó contra el hombro de Juan. Y Juan comenzó a masajearlos, y a jugar con los pezones entre sus dedos. Su textura prieta, sus pliegues firmes, sus pezones erectos.

Ale apretaba su cadera hacia atrás, quería más, quería más rapidez, quería más profundidad…. El Sol ya se mostraba en todo su disco sobre el horizonte. Juan la beso en el cuello largamente y se salió de su interior, recuperando su polla. Ale se volvió hacia él con mirada interrogante.

Juan la cogió de la mano y la condujo al interior de la cabina bajando las escaleras delante de ella. Ale bajaba sofocada, con las mejillas encarnadas, sonrojadas. Ale estaba encendida como nunca lo había estado…

Al llegar al interior, Juan saco el body de ella por su cabeza. Se besaron. Ale presentó sus pechos desnudos con el sostén colgando fuera de su sitio. Juan con manos expertas lo desabrocho y se lo retiró. Se besaron de nuevo con las lenguas en plena batalla.

Ale tomo la iniciativa y sacó el polo de Juan por su cabeza. Recorrió con sus manos un pecho ligeramente peludo, robusto, fornido. Cuando las palmas de sus manos pasaron por encima de sus pezones, sintió como las puntas de los pezones de Juan se erizaban.

Se besaron de nuevo, lento y rápido, mordiéndose los labios. Juan buscó la cremallera del trasero de la falda y la bajó, liberando la falda que calló a los pies de Ale. Ale estaba radiante y caliente, en todo su cuerpo.

Juan la abrazó de nuevo, sintiendo toda la espalda desnuda de Ale en la palma de sus manos. Sus pechos contra su pecho. Sin querer su polla se encajo de nuevo entre los muslos de ella, y en un movimiento instintivo aprisionó sus glúteos con sus manos, apretándola contra él.

Juan se separó de ella, y comenzó a aflojarse el cinturón sin dejar de mirarse a los ojos. Sintió las manos de Ale sobre las suyas, y para sorpresa suya, Ale fue quién comenzó a desabrocharle el pantalón. Sus manos, así liberadas, pudieron recorrer de nuevo los pechos de Ale. Jugando con el dorso de la mano contra sus pezones.

Ale prosiguió, y le retiró también el boxer que le aprisionaba los huevos desde hacia tanto tiempo ya. Besándose nuevamente, el boxer cayó, ayudado por las manos de Ale, hasta el suelo.

Ale, empujando con las dos manos sobre el pecho de Juan, hizo que este retrocediese hasta estar sentado sobre la litera de la cabina. Y ella, ágil en su juventud, se subió sobre él, arrodillada sobre la litera, enfrentada a él, sentándose en sus muslos. Alzándose ligeramente y ayudándose ligeramente con una mano, se introdujo de un golpe la polla de Juan en su interior. Un interior más húmedo y más caliente que nunca.

Ale comenzó a subir y bajar elevando las caderas. Sus pechos bailaban frente a la cara de Juan. Los cogía, los amasaba, los pellizcaba, los apretaba,…los mordía, los chupaba. Y Ale subía y bajaba, cabalgando…sonriendo…

Él comenzaba a estar fatigado. Se tumbó, recostándose. Ella colocó sus manos en su pecho y continuó cabalgando, dejándose caer de golpe…hasta que ya no pudo continuar y sin salir, se recostó sobre él. Con su cabeza sobre su pecho.

Juan había revivido, y ahora era él quien quería guerra. Sin moverla comenzó a levantar, en movimientos rápidos y repetidos, la cadera para ensartarla desde atrás hacia delante. Ale gemía con cada golpe en él que él subía y ella bajaba, entrechocándose.

Juan presentía el final. Sacó fuerzas de dónde pudo y se giró, sin saber como, para ponerla a ella tumbada de espaldas en la litera, con la cadera al borde de la misma, y los tobillos en sus manos, piernas en alto.

La abrió ligeramente las piernas, que deposito en sus hombros, y agarrándola por la cadera, comenzó el mete saca final, con furia, con fuerza, con ansia, gruñendo,…sus pechos giraban locos al compás.

Tras 3 o 4 golpes sintió como explotaba dentro de ella. Ale gimió en largo quejido, desarmándose y dejándose ir con los ojos cerrados. Juan cayó sobre ella, se derrumbó sin fuerzas.

Los dos quedaron abrazados entre arrumacos y caricias. Tumbados uno junto al otro. Sudando y con una sonrisa estúpida en sus rostros.

Juan la había dejado dormir, desnuda bajo una manta en la litera. Había desandado el camino del puerto, mirándola desde la caña del barco a través de la puerta de la cabina. Pensaba y pensaba, con la suave brisa de la mañana en su rostro.

Pensaba que había disfrutado de un regalo no merecido, de un premio no ganado. Sentía que Ale nunca sería suya del todo. Demasiada juventud, demasiada inquietud, demasiada vida por vivir.

No es que se sintiera mayor, no era eso. Y además se avergonzaba de haber tenido pensamientos viles con ella. Pero con otro si podía haberla pasado, incluso algo peor.

Llego al pantalán y amarró el barco. Ale seguía dormida. Pensó que tenía que hacer algo. Rebuscó en la cabina sin hacer ruido. Cogió una bengala de la caja, un bolígrafo y un papel. Y también saco del escondite del barco un billete de 500$, del monedero que tenía en metálico para ocasiones especiales.

Sobre la caja de bengalas apoyó el papel y escribió una nota, larga, más carta que nota. Luego, colocó el billete en su interior, y lo arrolló todo junto sobre la bengala.

Esperó pacientemente a que la falta del ronroneo del motor la despertase. Y mientras tanto disfrutó mirándola dormir de modo inocente.

Cuando Ale comenzó a desperezarse. Remoloneando en la litera. Estirándose. Ale fue consciente de donde estaba, y le sonrió abiertamente. No había habido casi palabras desde que salieron del restaurante.

El bajó a la cabina, y la despertó del todo con un cariñoso abrazo, un beso largo, profundo, melancólico.

--"¡buenos días mi diosa!".

--"hmmm…buenos días amo!".

--"No digas eso, los dos sabemos que nunca seré tu señor".

--"¡vaya! ¿no tienes buenos despertares?".

--"no es eso, mi vida, no es eso…olvídalo…¡Vamos vístete! Nuestro desayuno espera."

--"¿dónde? Yo no huelo nada…"

--"En la cafetería del puerto dan unos desayunos fabulosos".

Él la miró vestirse, sin pudor. Los hombres disfrutamos viendo vestirse a la mujer deseada. Terminó de vestirse, y salieron pantalán arriba. Llegaron a la cafetería, en donde desayunaron alegremente como dos verdaderos enamorados, sentados a la barra.

--"¿Sabes Ale? Me has hecho muy feliz hoy…¿Nos veremos mañana?

--"¡No se!". Dijo sonriendo ella.

--"¿y otro día?".

--"¡No se!". Repitió sonriendo ella.

--"Mira que eres bicho…anda que se hace tarde…ya haremos planes…te llamo un taxi…¿vale?".

--"¡Vale!".

Juan, cogiendo su móvil, llamó al servicio de taxis. No tardó demasiado en llegar, por lo que la conversación aún pudo continuar insustancial y relajada, sin demasiados largos silencios. Es lo malo y lo bueno, de las relaciones que sólo tienen sexo: que nada más existe.

Salieron de la cafetería al ver llegar el taxi. Juan la abrió la puerta del taxi, y Ale entró y se sentó. Juan la dio un beso y dejo un paquete en su regazo.

--"Ábrelo cuando estés de camino. Es un regalo". Y cerró la puerta. A través de la ventanilla del taxista, le extendió la mano y le dio un billete de 50$, diciéndole:

--"A la facultad de medicina…".

El taxi salió a la carrera. Juan quedó atrás mirándolo marcharse. Ale se volvió un instante y con la mano se despidió con un beso.

El taxi continuaba su marcha. Ale poco a poco iba siendo consciente de la noche que había tenido. Ni tan siquiera estaba preocupada por no llevar bragas bajo la falda, solo ella lo sabía. Estaba aún perdida en sus recientes recuerdos cuando sintió el paquete en sus manos.

Lo miró, y lo abrió lentamente. Enrollado en una bengala había una larga nota y un billete de 500$. Estaba sorprendida…pasado un rato, por fin pudo concentrarse, tomo la nota y leyó:

Querida Ale.

Gracias por una noche que nunca olvidaré. El dinero es el detalle más tonto que puedo darte. La repetiría tantas veces como tu quisieras. Mi corazón y mi deseo, son desde hoy tuyos. Si así lo quieres sabrás como encontrarme.

Esta noche has estado a punto de salir muy mal parada. De hecho puede ocurrirte en cualquier otra ocasión si no comienzas a ser un poco más precavida. No todos los hombres son buenos, y menos con mujeres tan atractivas como tú.

La vida es extraña a veces, y no podemos esperar que nos regalen siempre lo que queremos y deseamos. A veces no queda más remedio que dar un paso adelante, pedirlo o cogerlo.

Muchos trenes pasan por delante de nosotros, pero al menos hay que hacer por cogerlos. Si no, partirán y nos dejaran en el andén. Es mejor que sea un recuerdo de lo vivido que un sueño de lo que pudo ser. Quien no te desee es que no te merece. Corre y haz realidad tus deseos.

Tu eterno amante en la espera, Juan.

Ale quedó aún más confundida que antes, pero extrañamente tranquila. No entendía el enigmático mensaje, aunque notaba que el corazón se le llenaba de lágrimas y de ilusión.

El taxi continuó su carrera, y Ale estaba como ausente. De repente sintió un paisaje conocido: la Facultad. El taxi se detuvo justo enfrente de la escalinata de entrada. Ella reaccionó al instante, retomando el control.

Abrió la puerta, se volvió y la cerró. Quedó de pie viendo marchar al taxi. Pero de repente Ale sabía lo que hacer. Algo se había despertado en su interior. Se había liberado. Ya no dependía de nadie. Su mente ya no se preguntó: ¿Por qué no?...si no que se iluminó con la palabra: HAZLO.

Esta noche había estado con el maestro del juego, con su mago particular, y la había enseñado las verdaderas reglas del juego. Las leyes eternas que hacen que la mujer siempre domine la situación, siempre camine por delante. Y lo probaría.

Subió las escaleras y entró en la facultad. Sonreía de imaginar lo que pensarían sus compañeros de saber que no llevaba bragas bajo la falda. Sin saludar a nadie, pero sin correr, con total resolución recorrió el camino hasta la segunda planta. Enfiló el pasillo de despachos, con paso seguro.

Localizó la puerta. La abrió. Le vio sentado tras la mesa. Entró dentro. Se volvió, y cerró la puerta,… y… la aseguró con pestillo por dentro. Ale sonrió para sí.

--"¡Ale!¿Que haces?¿Por que cierras?".

Ale continúo sonriendo, segura de su locura, y se dirigió lentamente hacia la mesa. Guille no salía de su asombro, salió tras de la mesa, y salió a su encuentro. Y cuando ya estaba frente a ella, de pie, sintió una mano sobre su polla y sus huevos, que apretaba ligeramente, y que provocaba una instantánea erección que…

pero esa… es otra historia...

Autor: tiempoperdido


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