La sala era redonda, amplia y llena de modernas bombas de luz extendidas alegremente por toda ella. Una pequeña orquesta, compuesta por diez músicos, ambientaba recinto que estaba radiante, lleno de vida y color en toda su expresión. Las damas lucían hermosos trajes de fiesta de todos los modelos y hechuras adquiridos ex profeso para el evento. Muchas podían lucir su palmito de mujeres jóvenes o maduras con figuras atractivas, en cambio, otras eran más fondonas pero igualmente bellas, moviéndose de sí mismas. En general, todas estaban fascinadas por la brillantez, y la glamour que desprendía la firma "MARIO PUIG, S.A."
El propio socio principal, Mario Puig, con su esposa al lado, recibía a los Delegados y demás invitados en la gran puerta de entrada. Un jefe de Ceremonias, perfectamente vestido de oscuro, anunciaba los nombres y apellido de todos, así como por el nombre de las Comunidades Autónomas a la que pertenecían. El Presidente principal, dueño absoluto del holding, era un hombre alto, elegante, faltándole dos años para los sesenta después de haber trabajado mucho hasta conseguir el holding. Estaba muy bien conservado, dinámico, jovial y, sobre todo, poseído de sí mismo. Tenía amistades de todo tipo: financieros y políticos, la propia realeza.
En cambio, la señora Puig, también alta, elegante y con una belleza marchita, mostraba su mejor sonrisa, pero en ella había un rictus de amargura, hastío y cansancio. Era muchos años de repetir siempre las mismas fiestas dos veces al año y su marido, autoritario, despreciativo y dominante con ella, la obligaba a asistir aunque luego, durante el evento no le hiciera el menor caso, ni siquiera para abrir el primer baile.
-Señores, la Señorita Elena Puig –Anunció con énfasis el Jefe de Protocolo.
En ese momento, la alegre faz de Mario Puig cambió a una expresión sombría y desagradable. Una de sus secretarias no le había anunció que su hija acudiría a la fiesta, entonces ¿Qué coño hacía esa puta en la recepción? Le daba una patada en los huevos pensar en ella. Dejó de quererla en el mismo momento de nacer, no nació un varón como él deseaba. Durante aquellos años la evitó, la apartó de su vida radical. Seguía sin quer…
-¡Hola, papá! –La joven, vestida de blanco, entró como una tromba y se colgó del cuello de su padre -Si no son por estas fiestorras tuyas jamás quieres saber de mí. No me llamas, nunca acudes a los Consejos a los que acudo, tampoco me invitas a almorzar junto con mamá y, por supuesto, no te has dignado conoces el apartamento donde vivo ¡Eres un desastre como padre! ¡Papá, papá…!
Vestía un traje enterizo de falda normal y ajustada a las amanzanadas caderas. Un gran corte lateral izquierdo hasta más arriba de los muslos permitía a la joven caminar con soltura mostrando unas perfectas piernas embutidas en un par de medias transparente y color carne, brillantes, llegándole casi a las ingles. El escote, en pico, se mostraba generoso y los senos, sueltos, bailaban al compás del taconeo de agujas puntiagudas de sus zapatos blancos. Su cabello rubio, peinado a lo punk y fijado con gomina, le daba un aspecto muy juvenil y simpático
-¿Qué haces aquí, Elena? ¡Basta! Compórtate como es debido –Se desprendía de la hija con desdén mal disimulado. Mario Puig había logrado coger las muñecas de su única hija enlazadas a su cuello retirándolas con fiereza. Sin importarle los invitados, dijo molesto- Elena, has sido un incordio en mi vida por ser hembra, lo has seguido siendo y ahora más con tu presencia aquí.
Un jarro de agua fría en ese momento no le hubiera hecho tanto efecto como aquellas palabras de su padre ante un nutrido grupo de presentes, deseosos, muchos de ellos, de conocer y saludar al presidente general. Los ojos tristes de la joven, segundos antes expresivos, quedaron totalmente brillantes por un río de lágrimas y sin poder apartar la mirada de su padre. Se encontraba totalmente humillada, derrotada.
A la señora de Puig se le subieron los colores, entornó los párpados y sintió, en ese momento, una rabia infinita y auténtica vergüenza de tenerlo como marido. Algo tremendo invadió su columna vertebral llegándole hasta el mismísimo cerebro que la cegó impulsándola a girarse violentamente para increpar, con voz chillona, el insulto vertido a la única hija que tenían.
-¡Eres un miserable mal nacido, Mario Puig! ¡Nunca has querido a tu hija, no té basta mostrárselo en privado sino que encima te jacta hacerlo en público! –Señaló a los presentes- ¡Maldito, Mario, maldito mil veces! ¡Algún día, no muy lejano, pagarás este agravio que le haces al único hijo que tienes! ¡Ya no puedo aguantarte más, me voy! ¡Quédate solo en esta inmunda fiestecita que ha sido abominable siempre por considerarla falsa! ¡Falsa tan sólo porque estás tú en ella!
La dama se aproximó a Elena y la invitó a marchar con ella. Ésta se negó en silencio, con la cabeza, el rostro bajo. Tomó la cara de su hija apretando suavemente sus mejillas. Quiso abrazarla y besarla pero se contuvo cuando miró a los aturdidos asistentes. Empezó a retroceder con cara de asco, indicando con aquel gesto el poco entendimiento familiar que había. Acto seguido dio media vuelta y salió de la sala con la cabeza alta, altiva, sin despedirse de nadie, muy seria y con toda la prisa que pudo.
-¡Hijo de puta! ¡Mal nacido! –Fue todo lo que dijo Elena a su padre alzando la voz, escupiéndole las palabras a la cara, dándole la espalda y desapareciendo entre la gente.
El presidente de la Compañía, pálido de muerte, no se movió de su sitio ni miró a nadie.
Una Información al oído
Media hora después del incidente, entraban dos hombres bien vestidos, hablando, riendo. Se situaron en el otro extremo de donde estaba sentada una muchacha con traje blanco, ajustado y abierto por el lado izquierdo. Uno de ellos, el más joven, se había fijado en ella y en sus labios se dibujó una sonrisa maliciosa. Con disimulo se acercó al otro dándole unos golpecitos quedo en el brazo.
-¿Conoces a esa que está ahí, frente a nosotros?
-No ¿Quién es? Cuando entramos antes me fijé en ella. Es una mujer guapa y enseña unas piernas hermosas.
-La hija del gran jefe, una putona consumada. Se ha tirado a todos los compañeros Delegados que hay aquí. Jamás la han visto con hombres más jóvenes pero ¡Es puta, puta como la Messalina esa de los romanos! Tengo entendido, por el jefe de Recepción del hotel donde nos quedamos, que ella hace trabajitos a los clientes de ciertas edades previo pago, seguro.
-Tú y ese recepcionista de marras sí que sois putas, pero de lengua ¿Es que cuando estáis juntos no habláis de otra cosa que criticar al prójimo? Eres un alcahuete. Te advierto que hay much…
-¡Tío, no es alcahuetería lo que te comento! ¡Es un auténtico putón verbenero!
-¿Lo sabes por propia experiencia, Sampietro? ¿Ha follado contigo? –Anastasio Placeres bebía despacio, fijándose en la mujer de marras. No le gustaba las habladurías malsanas.
-¡No, no! Ya quisiera. Te digo que ella sólo le gusta estar con hombres maduros, como tú, por ejemplo, y más viejos todavía. No me encuentro en la lista de sus preferencias, tú, posiblemente sí –Rió mirándolo de reojo con sorna
-¡Vete a la mierda! La chica parece inteligente. Sabe catar la esencia de lo verdadero con esa mirada tan triste que tiene ¡Déjalo ya, Samprieto, no me interesa! Además ¿No dices que es la hija del jefe? Eso crearía problemas serios para todos.
Pero Anastasio Placeres observaba con admiración a la mujer de la que hablaba su compañero de copas.
Elena, con un gesto de la mano, pidió un segundo güisqui. Tenía ganas de lloras, de pegarle a alguien, descargar su rabia y dar riendas sueltas a la amargura que siempre la acompañó ¿Qué le había hecho ella a su padre durante toda su vida para que la tratara de aquella forma? ¿No haber nacido varón como dijo? Siempre quiso acercarse a él y nunca la dejó, demostrarle que valía tanto como un hombre, pero su desprecio la mantuvo a ralla y, a pesar de todo, lo seguía queriendo como a nadie había querido jamás, ni tan siquiera a su madre que siempre estuvo en todo momento a su lado.
Se levantó de la alta butaca y comenzó a pasear lentamente. No quería llorar y menos estando donde estaba. Miró hacia la izquierda, huyendo de que no la vieran llorando, caminando en círculos y en espacios cortos para que la angustia que la atenazaba se disipara con el movimiento. Y fue cuando lo vio. Bebía de un vaso y la observaba sin disimulos. Alto, delgado, guapo, con aquellas sienes totalmente blancas y el abundante pelo de la cabeza lleno de hilos de plata con chispas de luz.
No se encontraba en condiciones de ligarse a un hombre como las tardes de su jodida existencia. La angustia se volvía machacona. Pidió otro y bebió el contenido de una sola vez, sin respirar.
-Otro más, por favor –Apoyó su mano izquierda bien cuidada sobre el mostrador tamborileando la madera con los dedos. Fijó la vista al frente y se encontró nuevamente con aquella mirada, ahora penetrante, dominadora, amable a la vez.
Apoyó el bolso sobre la barra, metió su mano en él y extrajo las gafas con montura metálica y los cristales espejados montados al aire.
Anastasio contempló fijamente a la joven que se ponía las gafas de sol y sonrió. Ella le mantuvo la mirada con valentía. Durante un buen rato lo estuvo contemplando sin moverse de donde estaba, amparada por las lentes oscuras, luego, la mujer se levantó y se dirigió con lentitud, contoneando las caderas, hasta donde se encontraban los dos hombres.
Ernesto Sampietro, sorprendido, se retiró discretamente, envidiando en su interior al compañero.
-¡Hola! ¿Nos conocemos, tío? –Sacando un paquetillo de cigarrillos, cogiendo uno y solicitando fuego -Parece que tú a mí si, pero no recuerdo haberme acostado contigo y, tratándose de ti... eso es difícil. Lo siento, no soy fisonomista ¿Qué tal? ¿Me invitas a tomar algo?
-No soy tu tío y tú eres una golfa que juegas a ser puta, pero el papel ese lo haces muy mal con esa aptitud sobre actuada de actriz de cine porno –Comentó Anastasio serio, dándole fuego y llamando al camarero -Mejor que pidas lo que quieras y hablamos de cualquier cosa menos de querer ligar como una putilla de tres al cuarto. En ti no lo soportaría. Me he fijado que eres hermosa e inteligente y eso, conmigo, te perjudicaría. Soy mucho para ti, para todas las mujeres, diría yo. Cambia ese disco que debe estar rallado. No eres una marrana del montón, tienes categoría. Creo que follas por rabia, para castigarte, pero también por placer ¿No es así, tía?
Elena no contestó, se había escorado en la barra, exhalando con deleite mientras lo escuchaba con atención. Cogió de la mano del empleado el tercer vaso y extendió el brazo para tocar la tarjeta acreditativa de invitado. El escote del traje se abrió dejando ver con generosidad los senos desnudos y rectos. Anastasio no cayó en la trampa.
-No cabe duda de que te has informado bien sobre mí, te haces el duro conmigo y demuestras que la sabes toda. No está mal. Creo que he tenido suerte esta vez. Efectivamente, me gustaría follar contigo, más tarde, ahora empecemos a conocernos mejor. Esta fiesta que es igual a las otras anteriores, lo mejor vendrá después si nos marchamos ¿No crees... ehhh, Anastasio? ¿Te ha hablado de mí ese compañero que se ha marchado?
En ningún momento del diálogo Elena se había quitado las gafas.
-¡Vaya! Yo, en cambio, me encuentro en desventaja. Tú no tienes insignia acreditativa ¿Y eso? –El hombre se llevaba la bebida a los labios. Hablaba sin mirarla.
-"No es un hombre cualquiera, tampoco un capullo, ni un salido reprimido y enterado como los otros" –Pensó Elena quitándose las gafas, clavándole los ojos al guardarlas en el bolso- "Me gusta este pureta", sí señor. Es hermoso y está muy bien plantado. Veremos si hace honor también con la entrepierna ¡Quien sabe!"
-¡Vamos, hombre, no te hagas el tonto conmigo. Sabes quien soy. Además, yo tengo dispensa papal, soy de la casa y me puedo mover como quiera por aquí, sin acreditación alguna ¿Contesto a tu pregunta?
-Dispensa papal o de papá Mario Puig –Anastasio le entregaba un nuevo vaso de la misma bebida
Elena lo tomó y se arrimó mucho a él. Tomando el primer sorbo, acercando sus labios a los de Anastasio, rozándolo sin llegar al beso.
-¿Vas a negarme ahora que no has hecho bien tus deberes? Puedes ser cualquier cosa menos el capullo que creí al principio. Vas de muy macho, eso sí, y la verdad, no sé si me va a gustar o no pero ya veremos.
-¿Bailamos? –Anastasio no esperó la respuesta, la tomó de la mano arrastrándola hasta el mismísimo centro del lugar de baile -Ahora, aquí, me cuentas con detalle el análisis que has hecho de mí.
Bailaron mucho. En principio se tocaban pero guardando un mínimo de distancias, poco a poco, Anastasio, de fuerte naturaleza, la apretaba contra él y ella, femenina, cogida con ambos brazos al cuello masculino, notaba las manos de él recorrerle la espalda, parándose más debajo de la cintura. No volvieron a hablar, se transmitían sus sentimientos a través de la danza, en las caricias atrevidas. Las manos grandes del varón, expresivas y fuertes, llegaban hasta el nacimiento de sus nalgas crispándose en ellas sin miramientos. De una pieza saltaban a la otra y en cada baile sus cuerpos quedaban más unidos.
De pronto, Anastasio la soltó en medio de una pieza sin dar más explicaciones. La dejó en medio de la pista dándole la espalda, dirigiéndose a la barra. Lo vio tomar el vaso que había dejado a media y llevarlo a la boca. No se preocupó de ella, la ignoró por completo, escorándose en la barra, de espalda a la pista dedicándose a contemplar a los asistentes mientras seguía bebiendo.
Durante un buen rato no se movió del sitio, contemplándolo sin rencor, sentía vergüenza ser plantada. Como si nada hubiera pasado, Elena dirigió sus pasos hasta donde estaba el Delegado. Al igual que él tomó su bebida disponiéndose a terminarla. Al tercer sorbo comentó.
-¿Tratas así a las mujeres que van a estar contigo en la cama? ¡Uf! No está mal la táctica ¿Te gusta hacerte el gran macho con las chicas? Pues que bien, veremos si te da resultado ¿Quieres castigarme con la indiferencia esa tan estudiada? ¡Joder! Tienes huevos, si señor ¿Eres tan macho que te puedes permitir ese lujo con mujeres mucho más jóvenes tú, vejete? Eso sí que es interesante.
"Escucha, infantiloide. Te informaré que los tíos prepotentes de mierda, esos que se dicen tan machos, no me hacen ni pizca de gracia. Soy partidaria de la igualdad entre los sexos: un polvito a gusto de los dos, unas mamadas, al estilo sesenta y nueve, si tienes fuerza o si eres suficientemente potente, hasta permitiría seguir jugando un rato largo en buscar otros placeres que nos permita pasar unas horas más excitantes. Pero esa superioridad que has demostrado ahí, en medio de la pista, presumir del semental que eres ante una mujer experimentada y mucho más joven que tú, eso, querido mío, me repatea el coño. Yo soy normalita, no exijo nada que no puedan hacer otras mujeres inteligentes y liberales en la cama, solo que me demuestren respeto, consideración. Entonces, chulo de mierda, es cuando podría ser toda tuya ¿Están claras mis normas, tío?
Anastasio siguió tomando su bebida. Oía a la mujer mientras se reconcomía por dentro, no por la hembra que era y lo bien que olía, sino porque no estaba acostumbrado que una mujer, y menos una puta atrevida como la que tenía al lado, le hablara de esa forma. Estaba calibrando qué necesitaba hacer para bajarle los humos. Una buena doma, eso es; humillarla de tal forma que pidiera perdón arrodillada delante de él, besando su mano, bajándose de los tacos y hablándole con el respeto debido de una insignificante sumisa a Su Amo.
-Mira, golfa, a mí también estás repateándome los huevos con tus memeses ¿Porqué no terminas con la quinta bebida y nos vamos de aquí? Podemos hacer una cosa, cenar en el hotel y hablar en un buen ambiente, con menos ruidos ¡Vámonos!
Apuró lo que le quedaba de güisqui y, de pronto, tomando nuevamente a Elena por la mano, la arrastró consigo. La muchacha empezó a protestar gritando, quería zafarse de él, detenerlo cuando se paraba en seco haciendo presión –"¡Imbécil e ignorante la perra esta!" –Pensó Anastasio mientras, sin alterar su paso ligero, siguió arrastrándola hasta la salida.
Elena comprendió que no tenía más remedio que seguirlo allá donde fuera. Lo miró con rabia y odio, pero notaba que le gustaba cada vez más. Su ego machista lo tenía muy desarrollado y a ella le apetecía que la dominara alguien por una vez en la vida. Pensó que podría ser peligroso seguirle a la fuerza, no lo conocía, pero lo mismo tampoco ocurría nada pasando unas horas de amor diferente, algo desconocido, fantástico por lo novedoso. También deseaba marcharse de la puñetera fiesta. Total, se dijo, no iba a pasar de un polvo, como con los otros. Una tarde más con visos de querer ser distinta. No, follaría con él y, después, lo tiraría como un pañuelo sucio.
Y dejó que Anastasio la arrastrara y saliera con ella cogida de la mano ante el asombro de otros.
La joven no supo que aquella decisión suya, encandilada por la personalidad arrolladora del Delegado regional, iba a traerle consecuencias en los días siguientes.
El hotel
Cenaron en el comedor del Astoria y hablaron y rieron con ganas. Elena se sentía a gusto con aquel hombre, empezaba a admirarlo por la forma de hablar, su desenvoltura tan varonil. Poco a poco se dejo llevar por el hechizo de Anastasio. Ella misma pidió a bailar en la discoteca del hotel.
Si encantada quedó oírlo hablar, extasiada se sintió de los conocimientos que poseía de los temas que trataron, rebozaba paz y tranquilidad estando en sus mientras bailaban y notar que se derretía por la pasión. El hombre poseía un control asombroso de sí mismo y esta observación la dejó aún más admirada. En ningún momento sintió la dureza masculina clavarse en su entrepierna. En los cuatro años que llevaba entregándose a los hombres maduros, jamás encontró a uno que se le igualara.
Ya en la habitación, Elena dejó el bolso de salir sobre el tocador y Anastasio se dispuso a preparar dos vasos de güisquis, sacándolos del mueble bar. Todavía le dolían las nalgas por los sobos de esas manos. Sin alterarse ni una vez, buscaba, cuando acariciaba su espalda, el principio del pecho izquierdo y dejando pasar su barba rasurada pero brava por la mejilla, rozando más que besando el cuello delicado, mordiéndole las orejas. Estando abrazada se sentía segura, le gustaba encontrarse acariciada de esa forma, dirigida siempre sin la pasión juvenil y tímida de los otros amantes que mostraban sus deseos egoístas, desenfrenados de hombres faltos de experiencia en aventuras extramaritales. Ella era siempre la que dirigía las aspiraciones de los otros, le gustaba hacerlo todo: dominarlos, amarlos, sentirlos dentro de ella pero sin conseguir casi nunca un orgasmo. Al final de todo, los despreciaba por no haberla hecho feliz. Ellos sí la gozaban poniendo el frenesí necesario para llegar al orgasmo final, seguros de que la juerga continuaría indefinidamente, pero jamas repararon en sus frustraciones, en sus necesidades ¡Imbéciles!
No, éste ejemplar de hombre era diferente: tranquilo, ecuánime, muy experimentado y de naturaleza bravía. Sin embargo, permitió que fuera ella la que iniciara el contacto Ella se acercó despacio, contoneando las caderas deliciosas bajo el traje blanco y ajustado, dejando ver entera la pierna derecha enfundada en la media color carne. Anastasio estaba de espalda y le puso sus manos sobre los hombros anchos y musculosos. Se plegó a él dejándole sentir sus pechos erectos y suaves, un poco más abajo de los omóplatos, acariciando con besos la nuca. Abrió la boca y mordió aquella zona del cuello hasta trincar fuerte un trozo de la dura piel. Su mano derecha fue bajando por la espalda lentamente pasando por la cintura y llegando a la base de la chaqueta del traje sastre, adentrándola para abarcar, con toda ella abierta, el glúteo derecho del hombre. Apretó con fuerza y la mantuvo ahí un rato, amasándole la nalga. Poco a poco, sabedora de lo que hacía, fue deslizándola hacia delante y llegando a la bragueta del pantalón que empezaba a alterarse sensiblemente.
El pene se encontraba en tensión, electrizante, pero no erecto ¡Increíble!, Pensó, pero no dejó de acariciarlo porque se sabía tenaz. Elena, desabrochando la cremallera de la bragueta, buscó el falo por encima del calzoncillo y sus dedos fueron recorriendo el bajo vientre y tocando el falo, bajando ahora hasta los escrotos que casi no los pudo notar duros y engrandecidos por la prenda que ponía impedimentos.
Anastasio se giró y quedó a dos centímetro de su cara con los vasos de bebidas en el aire. Elena, sin parar, presentó su boca medio abierta para que él mismo vertiera el líquido, su mano seguía auscultando el sexo de hombre que parecía no inmutarse. De pronto, Anastasio bajó el rostro pegándolo al de ella, fundiéndose sus bocas que se abrían solas a la demanda del beso y, otra vez, quedó atónita por la ligereza y brusquedad como él había actuado, saliendo al encuentro de su lengua y arrollándola con la suya. Los brazos tersos de la joven dejaron de masajear el sexo masculino para quedar anudados al cuello masculino, sabiéndose perdida, entregada a lo que él dispusiera de su cuerpo.
Anastasio empezaba a arder. El simpático rostro de la chica, muy cerca del suyo, hizo que él no pudiera contenerse ya más y, dejando los vasos donde pudo, la enlazó por la cintura besándola con fuerza, bajando la cremallera del ajustado traje.
De pronto, Anastasio tiró de los cabellos hacia atrás, su rostro triste queda totalmente expuesto, por debajo del masculino. La besó en los labios, la nariz y los ojos uno a uno, húmedos por el tremendo dolor que recibía. Los labios varoniles resbalan ahora por la frente despejada ensalivándola, el cabello seguía siendo maltratado, estirado al máximo, haciéndole daño y queriendo intimidarla. Le dolía las raíces pero no le importaba porque también sentía la otra mano estrujarle el seno derecho sobre la tela del traje que, poco a poco, iba cayendo al suelo. El hombre había tomado el pezón y lo estiraba despiadadamente, jugando con él y dirigiéndolo en cualquier dirección; amasaba otra vez la teta hasta obligarla a tomar aire poniéndole los ojos vueltos hacia atrás. La cara masculina tenía un rictus fiero y feo que le causó miedo. ¿Qué le estaba pasando?, Los demás solían ser tiernos y ella la fiera de todos, ahora… ahora estaba siendo sometida hasta lo inimaginable, empujada hacia abajo, su rostro era arrastrado por el torso masculino, el estómago, dejándola frente a la bragueta de un pantalón alteradísimo.
-¡Sácala, zorra, mámala como buena puta! –Anastasio estira más del pelo estampándola varias veces contra la polla relevante.
Elena quería protestar ante la violencia recibida, deseaba desprenderse de las manos fuertes que atenazaban, cruzarle la para el hijo de cerda que la trataba como a una perra.
Pero sube sus manos con rapidez, busca la pletina del calzoncillo y tira de él hacia abajo.
-"¿Qué se ha creído la mierda gilipollas quien soy yo?" –Alterada, frenética, con la boca abierta y jadeante -"¡Va a saber este John Wayne de novelas baratas del oeste como me las gasto!"
No pudo, la sorpresa fue para ella.
-"¡Dios mío, menuda tranca que tiene este cabrón!" –Sus ojos crecieron como platos, mirando anonadada la polla de Anastasio que no era larga pero destacaba en la anchura de los escrotos y el grosor del pene- "Yo, que siempre he sido la Señora, la que ha manejado el cotarro como he querido … ¡Dios, qué suerte!"
Se olvidó de todo, hasta de su rabia. Elena acaricia embobada la cabeza del prepucio que iba tomando proporciones mayores, ahora libre de ataduras. Sin darse cuenta comenzó a rozar con sus labios el contorno del glande, degustando la uretra con la punta de la lengua, bajando poco a poco por el cilindro hasta los escrotos hinchados bastante cubiertos de vello enredado y gris. Sus labios se abrían lo suficiente para dar albergue a la mitad de la bolsa hinchada introduciéndola en su boca y arropándola, acariciando y amasando con la lengua, aquella parte del escroto que se volvía apergaminado.
Ahora había cambiado de posición y seguía degustando la bolsa seminal. Sacó los escrotos mojados de los jugos salivares llevando la mano que los acariciaba a la boca, sacando, con coquetería, vellos de él, enseñándolos y tirándolos al suelo para continuar. Su lengua se arrastró a través del pene tremendamente duro hasta llegar a la cabeza del prepucio nuevamente. Escupió y, con la punta de su lengua, comenzó a esparcir la saliva por el perímetro, ansiosa de gozar en lo que tenía delante, introduciéndola de un empujón hasta donde su garganta se lo permitió, apretando el falo grueso entre la lengua y el cielo del paladar, moviendo el rostro de arriba abajo para sacar todo el sabor exquisito de la polla.
Elevó los ojos y comprobó que el rostro de él estaba impávido, serio, observando la manera como ella estaba sacando partido a la felación.
-"¡Impresionante! ¡Qué forma de dominar sus emociones tiene este tío!" –Pensaba mientras se tragaba el pene una y otra vez con deleite, conociendo el sabor del macho, acelerando el coito bucal y acariciando los escrotos como nunca lo había hecho.
Anastasio la apartó de un empellón dejándola sentada en el suelo. Bajó los pantalones hasta los tobillos con la misma brusquedad, sin preocuparle la mujer. Con la misma aptitud violenta la tomo nuevamente por los pelos, destrozándole su peinado punk, arrastrándola por el suelo hasta el lecho y alzándola con fuerza hasta lanzarla sobre la cama boca abajo. Tiró del traje y la despojó de éste. Elena no llevaba bragas ni sujetador quedando desnuda total. El Delegado le abrió las piernas, la levantó al cojerla por la pelvis dejándola expuesta. Acercando el pene brillante de su propia saliva y el presemen que salía, lo insertó en una vagina mojada, ansiosa y viva, que destilaba jugos siguiendo siempre la tónica del arrebato.
Elena, atónita de lo que le estaba ocurriendo, se dejó hacer muda, invadiéndole el coraje, con ganas de relevarse, de gritar, de levantarse y darle un buen puñetazo a la bestia que la trataba de aquel modo, pero estaba poseída por un pene duro, ancho y extraordinariamente diestro que dominaba todas sus emociones. Sólo acertó a mirar hacia atrás, alucinada, babeante de excitación.
La tenía bien cogida y las manos de Anastasio recorrían la espalda apoderándose de sus nalgas apretándolas, descargando azotes fuertes muy seguidos. La muchacha estaba en éxtasis, poseída, desquiciada de como estaba disfrutando aquella tarde, hipnotizada y embrujada por el dominio que estaba ejerciendo sobre su persona. Cerrando los ojos dejó que terminara a su manera. Ella –pensó para sí- ya diría la última palabra a este encuentro tan truculento.
No supo nunca los minutos en los que se encontró transportada al séptimo cielo mientras sentía la gruesa polla del hombre en toda su cavidad vaginal, cubriéndola, sacándole los orgasmos casi seguidos. Las manos fuertes apretaban sus nalgas y las enrojecía con azotes del revés y del derecho, y seguía hacia su espalda, a los costados, por debajo de sus axilas, sobre los nacientes de los senos. Elena reconocía que estaba gozando como nunca y que los azotes bien dados la estaban haciendo conocer una forma diferente de gozar el amor. No se daba cuenta que emitía gruñidos y bufidos de inmenso placer a la vez que trincaba la ropa de la cama atrayéndola para sí, mordiéndola, rompiéndola con las uñas, pidiendo más y más con voz entrecortada por los estremecimientos del desenfreno. Aquel pene se comportaba como una bestia grandiosa y maligna en su interior, produciéndole daño con sus entradas y salidas agresivas y seguía sin importarle. Estaba totalmente encharcada y los ojos en blanco, casi inconsciente, pero supo que el hombre empezaba a vaciarse en ella.
Anastasio no podía más. La zorra que tenía debajo era una potranca liberal que estaba gozando sin que le diera permiso. Hacía años que una mujer no se corría junto a él. Estaba acostumbrado gozar en solitario de la ramera a la que follaba. La mujer era objeto de placer para el hombre y no para ella misma, carecía del sentido amatorio, ese don maravilloso del sentimiento sexual, sólo poseía el materno. Ya lo decía la Biblia. A la perra había que enseñarla a ser obediente, sumisa cuando estuviera con un hombre como él. Expresaba su tesis en voz alta, sin perder la inmensa sensación de gozo que le daba la hembra. Sus movimientos pélvicos comenzaron a acelerarse con más rapidez cuando sintió en la bolsa seminal como corría el esperma por los conductos de los escrotos al pene saliendo a raudales. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás gritando insultos obscenos -¡¡Puta, putaaa, putaaaaa!!- Mientras, amartillaba con su polla salvaje la dolorida entrada vaginal que se retorcía también de puro placer bajo las incesantes nalgadas y apretones impresionantes en los glúteos.
Fueron segundos que parecieron minutos, horas o siglos. Anastasio creyó que derretía todo y cayó rendido sobre la espalda femenina que se convulsionaba como una posesa. La cabeza de ella se movía bruscamente de atrás hacia delante con gran velocidad y con peligro de que le rompiera la boca si lo alcanzaba. Poco a poco, los cuerpos fueron calmándose, relajándose hasta sentir solamente los jadeos estrepitosos de un orgasmo común y formidable.
Elena fue recuperándose lentamente a la vez que todavía sentía el pene soberbio del amante dentro de ella perdido en su intensidad. Notaba el dolor en la entrada de su feminidad pero aguantó. Cerró los ojos y se mordió el labio inferior. Hacía recuento de los años que llevaba tirándose a hombres maduros y no halló en su base de datos mental otro que se pareciera a éste. Admitiéndolo, sonrió feliz, satisfecha y deseó, por un momento tan solo, que volviera otra vez a martirizarla como lo había hecho momentos antes.
La joven fue, poco a poco, deslizándose de debajo del cuerpo de Anastasio cuando aquel hermoso pene quedó fuera, tocando tan solo la entrada de su vagina. Se puso en pie y lo miró. Estaba boca abajo, con los ojos cerrados, respirando agotadamente y con la boca abierta. De su vulva salían unos hilos de sangre mezclados con flujos, empezando a correr teñidos de rojo y por ambos muslos. Estaba agotada y quería un baño. No, no iba a darle otra oportunidad, tampoco quería verse sometida nuevamente.
Tomó su cartera con cuidado y sacó la pequeña máquina fotográfica digital. Buscó en el espejo de grandes lunas un ángulo perfecto que le mostrara su figura desnuda y herida, la de él tumbado en la cama, prestó atención al visor y dio dos clics que no se oyeron. El hombre seguía en la misma posición. Guardó la cámara rápidamente, tomó el traje dirigiéndose al baño con dificultad. Al rato salía vestida, tal como había entrado. Con pasos cortos y en silencio pasó a su lado y salió de la habitación sin despedirse.