La silla de ruedas de movilidad manual, franqueó la última rampa que daba al amplio parque de la clínica residencial.
Una mujer elegante, de mediana edad, alta, delgada y de un atractivo aún presente, acariciaba constantemente el cabello suave, rubio y recién peinado de la otra mujer más joven, sentada en la silla.
-Te dije hace un año, hija, cuando entraste aquí, que nunca iba a separarme de ti. Ya no. Bastante hemos sufrido las dos los años atrás para que nadie nos aparte ahora. Pasearemos por este lugar todo el tiempo que quede de tu ingreso, luego, al regresar a casa, programaremos algunos viajes que sean factibles para tu estado. Ya verás, mi niña querida, vamos a gozar de la vida como nunca hemos podido hacer –La dama estaba ahora sentada en un banco de piedra del parque, frente a su hija –Estás muy guapa, bueno, nunca has dejado de ser muy guapa, ya lo sabes.
A quien hablaba la mujer era a una joven de expresión indefinida. Dos pequeños hilos de saliva recorrían las comisuras de una boca bien formada, abierta y con un rictus grotesco que no podía evitar. Su madre, solícita, limpiaba constantemente el manantial con un amor infinito. La mirada de la joven estaba perdida en el infinito. Se encontraba atada a la silla de ruedas por unas correas delgadas que le recorría la cintura y por encima del pecho; los brazos caídos a los costados y con sus manos reposando en la falda de un amplio traje veraniego que le tapaba totalmente las piernas
-Mira, Elena ¡Qué bien! Ahí viene tu médico.
Éste era un hombre tan alto como la dama y de la misma edad; calvo, encorbatado y vistiendo una chaquetilla blanca de galeno. Llevaba bajo el brazo una tablilla con folios escritos y llenos de gráficos enganchados a ella.
-Buenos días, mis bellas damas ¿Cómo os encontráis las dos? Qué linda está hoy, Elena. Vamos a ver ese pulso –Se paraba frente a la joven, tomaba la muñeca inerte de ésta y se mantenía un momento a la espera de contar las pulsaciones –Si, bien, lo que esperaba, todo estupendo.
-¿Cuándo nos dará el alta, doctor? –La señora miraba al médico con inquietud, hablando con miedo, un miedo adquirido con la convivencia marital –Ambas tenemos tantos proyectos...
-Pronto, señora Puig, pronto. Aunque, la verdad, no sé por qué tiene usted esa prisa. Aquí están bien las dos ¿No?... –El doctor la miraba de una forma diferente. Los ojos se le iluminaban cuando la veía -¿De verdad quiere irse ya?
Hablaba en singular.
La señora Puig sabía de los sentimientos ocultos del médico por ella. Se lo agradecía de corazón, pero ya no tenía tiempo de volver a rehacer su vida. Ahora estaba su hija que la necesitaría toda la vida.
-Si, doctor, deseamos de marchar. Ahí afuera está el mundo y hay mucho que ver –Seca, cortante, casi despiadada. No quería hacerlo pero algo la impulsaba a ello.
La joven sentada en la silla, a la que nadie prestaba atención en ese momento, desvía lentamente los ojos hasta el hombre. Estaba serio y cortado. Los ojos tristes de ella se iluminaron queriendo mostrar una sonrisa, era lo más que podía llegar con sus emociones. Miles de recuerdos le vinieron al cerebro, un cerebro que todos, inclusive su madre, creían muerto.
-La enfermedad cerebral de su hija, señora Puig, se encuentra estable, yo diría que progresando de día en día por los encefalogramas. Ya nada más se puede hacer por el momento aunque, no pierda las esperanza, la ciencia está avanzando en este campo que es una barbaridad, como dice la zarzuela. Si lo desea –Con resignación -hablaremos de ello esta tarde ¿Vale?
-Si, claro que sí, doctor –Esperanzada, mirando a su hija y guiñándole un ojo –Nos veremos en su despacho, ya lo creo ¿Verdad, cariño mío?
El médico se retiró tres paso hacia atrás, inclinó la cabeza en señal de saludo y, sin decir nada más, marchó realizando unos apuntes en la tablilla. Cuando estuvo más retirado, la señora Puig le comentó a Elena.
-Sé que me porto groseramente con él, hija, es un hombre bueno y muy guapo. Me gusta, qué quieres que diga, pero no deseo atarme nunca más a nadie. Con tu padre ya tuve bastante. Lo sabes ¿Verdad, cariño mío?
La joven, con su vista perdida al frente, la oía como de costumbre, sin embargo, no expresó nada ni movió los ojos hacia su madre. Los recuerdos que le llegaban en ese momento iban más allá, un año más atrás.
¿Vuelves a las andadas, Elena?
Elena, mujer alta, de cabello rubio natural que le llegaba a los hombros, bien formada pero sin ser bella, se desabrochaba la blusa lentamente frente al hombre al que tenía delante. Éste la miraba sin creerse todavía con quien estaba y qué hacía allí. Se encontraba muy nervioso ¡quería irse, quedarse a la vez!... Deseaba sobre todas las cosas tocarla, palpar su carne jóvenes y prietas, deslizar los dedos por la piel brillante que la hacía ante sus ojos radiantes como una diosa. Pero no se atrevía, la inexperiencia con mujeres como aquella y su maldita naturaleza tímida, lo superaba con creces.
Se vieron por primera vez en la reunión de Delegados que había convocado el presidente y dueño del importante holding europeo "MARIO PUIG, S.A." y que recordara no hizo nada para llegar hasta ella, tan solo la miró porque la falda estrecha y corta, abierta hasta el nacimiento de las nalgas, dejaba ver unas piernas largas y bien formadas. Los glúteos quedaban señalados en la prenda con un salvajismo indecoroso. La mujer encendió un cigarrillo y fumaba indolentemente apoyada en la barra, había dejado caer su zapato azul de salón sobre el reposapiés de la barra dejándole a la vista toda la pierna izquierda, entera. No había dejado de posar sus dorados ojos en él, tomando sorbos de su bebida, dejando escapar a ratos gran cantidad de humo por los huecos de su nariz, luego, apartó la vista. El no dejó de observarla de reojos.
Como era costumbre Elena sacó de su bolso las gafas de sol Sun Planet de montura metálica, cristales de espejo semi montado al aire y se las colocó despacio, sin prisa. No le hacía falta dentro del salón de actos pero si quería irse a la cama con aquel hombrecillo tenia que analizarlo con detenimiento y ver, a simple vista, si reunía las condiciones básicas que siempre exigía de un macho o algo parecido. Ella no iba con borrachos ni guarros en el vestir, enclenques, desagradables o babosos, tampoco con pendencieros como costumbres. Y eso hizo. El examen fue favorable a sus propósitos: Más bajo que ella, panzudo sin llegar a la exageración, aproximadamente cincuenta y cinco años, calvo y con cara de buena persona; fuerte y con deseos irreprimibles de estar con una mujer como ella. En realidad no le importaba que el macho de turno fuera alto o bajo, guapo o feo, gordo o flaco, sólo que fuera un hombre maduro, sano y con ganas de poseerla.
Miró el reloj de pulsera y comprobó que tenía tiempo suficiente para un polvo, aquel tío gordinflón no daba para más. Se fue acercando lentamente hasta él al tiempo que desabrochaba la chaquetilla torera de su traje azul luminoso dejando ver, a través de la camisa blanca de seda transparente, su bien formado pecho desnudo del sujetador, con vida propia al caminar. El tac tac característico de los zapatos de tacones altos, hizo temblar al hombre cuando comprobó que se acercaba a él ¡Cómo le gustaba intimidarlos!
-Vamos a la habitación de tu hotel y echamos un buen polvo –Le comentó inclinándose sobre el delegado y acercándose al oído -Decide pronto si quieres, tío, el tiempo es oro. A las cuatro y media he de volver a mi trabajo.
Éste la miró sorprendido. En principio no comprendió lo que le estaba diciendo, luego, no podía creer que aquella muchacha bien plantada estuviera proponiéndole acostarse con él.
-No… no la entiendo…, señorita... -La miraba asombrado, perplejo.
-¿Te alojas en el Astoria ¿No? Seguro, como todos.
-Si… pero…
-¿Nos vamos? –Se giró sin más, caminando delante, moviendo las caderas con descaro.
Sus pechos se movieron como la gelatina cuando las manos femeninas los rozaron al quitarse bruscamente la camisa de seda. Elena, con el cigarrillo medio consumido en sus labios, no apartaba la vista de él, lo observaba con un rictus indefinido que quería indicar un gesto amable, pero sus ojos tristes sí pretendía sonreír por sí solos. Él estaba muy nervioso, pero nervioso de verdad. La joven comprendió que nunca había tenido una aventura extramarital desde el momento mismo que se casó
-¿Cuántos años de eso, amor?- Le preguntó, con su mirada profunda.
-Señorita… ¿qué decía? Yo… yo no…
-No has tenido aventuras extramarital desde que te casaste ¿No es así, tío?
-¡Síííí, ya lo creo una barb…! –La mujer lo dominó con sus ojos y lo apabulló- No…, es verdad. Me da vergüenza decirle esto porque… no sé si podría estar a la altura que usted…
-¡No digas chorradas, hombre! Déjate llevar y no te preocupes. No tienes porqué sentir vergüenza de nada. Ya quisiera otro que yo me sé tener la lealtad y la sinceridad que tú en su puta existencia.
Elena, después de apagar la colilla, había desabrochado la cremallera de la falda que estaba en la parte de atrás, esta cayó rápidamente al suelo quedando sólo con una especie de tanga insignificante. Se trataba de unos cordones finos y de color enganchados a un minúsculo trozo de licra con forma de un triángulo isósceles, apenas si cubría toda una vulva rasurada, bien cuidada y algo más grande de lo normal. A juicio del hombre, aquellos labios carnosos daban la sensación que de un momento a otro iban a tragarse el triangulito de marras.
La joven mostraba un cuerpo bonito, bien delineado: caderas anchas, redondas; piernas largas; glúteos altos y amanzanados; cintura perdiendo algo de su estrechez; pechos más bien grandes, erguidos y anchos, con unas areolas rosadas que contenían unos pezones puntiagudos, gruesos y húmedos también rosados. De sus hombros rectos y tersos colgaban unos brazos largos y cálidos que se dirigieron a él.
-Ven, ven, hombre, tócame sin miedo –Le había cogido la mano y, suavemente, la llevaba a su sexo, restregándola por todo el órgano mientras levantaba la pierna y la abría obligándolo a meter los dedos masculinos entre los labios para que él gozara de su feminidad.
- Toca, aprieta, amasa mi coño con violencia, sin temor de hacer daño. Méteme todos los dedos, la mano, si quieres ¡Haz lo que te dé la gana! Descubre la hembra y puta que soy; goza de este momento único para ti ¿Te has dado cuenta ya que mi chochito no muerde?
El hombre maduro se estremecía de placer y su mano temblorosa se había crispada en el sexo de la mujer con una pasión inaudita.
De pronto la soltó, se retiró de ella echándose hacia atrás
-¡Perdone, perdone! Yo… señorita… no… pu... puedo –El hombrecillo estaba acojonado, aterrorizado -Nunca he engañado a mi mujer y, aunque usted me gusta mucho, ahora… siento, no sé…
Elena no se había retirado ni un centímetro de él. Lo miraba con pena y admiración a la vez. Sin dilación, tomó la otra mano masculina pasándola por los senos, forzando al hombre para que palpara la grandeza de sus mamas, las redondeces de éstas y la rigidez de los pezones. Hablaba bajo, al oído, susurrante, acariciando con los pechos el rostro masculino.
-¿No te gustaría tenerlas en la boca y entre tus manos a la vez? Chúpalas, apriétalas todo el tiempo que quieras, disfruta de estas buenas tetas y correrte, si quieres, poniendo entre ellas ese nabo que ha de ser un portento follando, y yo, amor, frotaría ese nabo así –Tomaba las dos mamas por los pezones estirándolas de tal manera que parecía que no sintiera dolor, juntándolas, restregándolas la una contra la otra y luego ocultando el rostro con ellas- Estas tetazas te harán correr como nunca lo has hecho en tu vida, estoy segura de eso. No sé… deja fluir la imaginación de ejecutivo inteligente y, de lo que salga de ahí... ¡Uuuh, Dios mío! –Y apuntaba directamente a la frente con el dedo índice enhiesto- Obtendrías un éxito tremendo. Hazlo tal cual te lo digo, para mí, por favor. Estoy abierta a tus fantasías, a todas, sean las que sean ¿Qué dices, amooor? –Le dio un beso rápido en la boca.
-¡Déjelo, señorita, déjelo! Me voy a arrepentir toda mi vida de estropear esta oportunidad única pero… no me encuentro bien. Me voy, disculpe este mal momento para usted pero yo quiero a mi…
Elena, resignada, sabedora de la cobardía a última hora de algunos, se había agachado ante aquel desgraciado ramplón que clamaba respeto a su mujer cuando en realidad moría por quererla follar ¡Hijo de puta! Se puso de rodillas y comenzó a besar una bragueta de pantalón alterada, tanteando el paquete a través del tejido. El Delegado volvió a hacerse para atrás pero Elena era mucha Elena y lo mantuvo a su lado cogiéndolo por las nalgas flácidas, con fuerza, mordiendo suavemente el pene que se mostraba ya duro queriendo subir con dificultad por dentro del pantalón.
Con toda la tranquilidad del mundo, la muchacha, a la vez que restregaba su boca por el bulto, iba desabrochando la cremallera y metiendo la mano derecha dentro de ésta. El hombre se ponía a cien por segundos y, cuando la chica alcanzó a bajarle los pantalones y los calzoncillos, el pene, ya erecto, saltó de abajo para arriba de tal forma que le dio con el prepucio de lleno en la barbilla. Sin pérdida de tiempo, Elena pasó la lengua por todo el contorno del cilindro, bajando, subiendo ahora despacio, midiendo cada momento milimétricamente, observándolo desde su posición, sonriéndole cuando se la sacaba de la boca para volverla a meter, cerrando los ojos y mostrando de verdad el placer que estaba sintiendo. Luego, empujándolo hacia ella, fue introduciendo todo el falo en la boca poco a poco, sin dejarlo desaparecer del todo, permitiendo que el hombre conociera su poder de mujer poderosa, joven y viva, saboreando la mucosidad dulzona que le salía por la uretra.
Sus ojos, siempre tristes, no dejaban de mirarlo sin casi pestañear.
Éste, indefenso ya, había echado la cabeza hacia atrás, emitía una especie de alaridos de lobo al tiempo que se empinaba sobre los dedos de los pies y se agarraba de la cabeza femenina para no caer, hundiendo su pene con violencia en la boca de ella.
Elena gozaba de su triunfo mientras permitía que él creyera que le llenaba su oquedad con su falo de mierda hasta hacerlo desaparecer por la fuerza viril. Lo sacaba nuevamente para respirar profundamente e introducirlo mucho más hasta tocar el vello púbico de aquel atolondro imbécil. La actuación estaba siendo magistral. Esa "encantadora" esposa nunca debió haberle chupado la polla porque no hacía más que bufar constantemente, cogerle los cabellos estirándolos con fuerza, intentando retirarla al tiempo que le aplastaba el rostro contra su pubis. Elena se burlaba de él al revés y al derecho ¡lo estaba pasando fantásticamente! Ahora masacraba con deleite la bolsa escrotal mientras miraba con disimulo el reloj. Comprobó que solo tenía cuarenta y cinco minutos para terminar con aquel simplón. Pensó rápidamente si dejarlo que se corriera en la boca, en su cara o follarlo hasta que eyaculara su pobreza masculina.
Desde su posición, clavó los ojos en los de él, sacó el pene con mucha lentitud de la boca, paladeándolo exageradamente y haciendo ruido exagerado. Preguntó compungida.
-¿Deseas correrte en mi boca o follarme, amor? Es que sabe tan bien tu… -Mimosa, obediente, sintiéndose puta, gozando con serlo en ese momento -...tu polla
-¡Nunca…, nunca me la han…! ¡Señorita... señorita...!
Y el hombre se lo pedía con los ojos desmesuradamente abiertos y en blanco. Elena, que apoyaba el prepucio sobre los labios, jugaba con este dándose golpecitos en ellos, esperando la decisión. Sabía que le iba a pedir que siguiera y tuvo que contener la risa chupando más ruidosamente el prepucio, ocultando sus ojos tristes que ahora eran risibles.
-¡¡Aaaahhhhhh, seño… señori…ta!! ¡Siga, por los clavos de Cristo, siga! ¡Ja…más me ha trata…do una mu…jer as… así…! ¡Haaayyyyyyy…!
Las piernas blancas y peludas del Delegado se estremecían, brincaban en el suelo y apenas se mantenían sobre los dedos. Las manos fuertes de él agarraron sin piedad la cabeza de la joven y tanto era lo que estaba sintiendo y gozando que, al igual que un pipiolo inexperto quinceañero, el pobre hombre se corrió como nunca lo hubiera hecho en la cara de una mujer.
-¡Coño! ¡Eso se avisa, hombre! –Exclamó muy sorprendida Elena. Jamás imaginó tanto caudal en un hombre como aquel.
Elena recibió en el rostro y en el pelo aquel primer frenesí del hombre que llegó con abundancia juvenil. Rápidamente, dándose cuenta de ello, se introdujo el pene en la boca engulléndolo hasta la laringe mientras notaba como la segunda descarga se hacía más bestial. Le entró ganas de vomitar porque la ahogaba pero también de besarlo, abrazarlo al darse cuenta de aquella gran humanidad y sencillez. Nunca o casi nunca gozaba de sus polvos con otros, pero éste... Aquella corrida la obligó a tragar en varias ocasiones dándole la sensación que el macho estaba derritiéndose sin remisión en su boca.
Los gritos de placer del hombre se oyeron más allá de la puerta de entrada a la habitación, y dieron a entender a la joven que estaba acabando. Continuó chupando la polla golosa hasta que éste, desfallecido, flaqueándole las piernas, sacó el falo violentamente de su boca cayendo sin fuerza en las piernas, de culo sobre la moqueta, siendo el único que logró, (no lo supo nunca) que Elena soltara una gran carcajada.
-¡Tío, segura que si te hubiera dejado follar mi coño hubiera quedado preñada de inmediato! ¡Qué tremenda corrida, hombre! –Y reía alegremente sin poderse contener, dirigiéndose, con espasmos de la alegría, al baño.
Ya en la puerta, sin poder dejar la risa, se volvió más calmada, contemplando cómo el amante seguía sentado ridículamente en la moqueta del suelo, con la cabeza hacia atrás, jadeando estrepitosamente, el falo medio erecto y recuperándose de semejante corrida, creyendo, seguramente, que la juerga iba a continuar
-¡Pobre iluso! –Comentó para sí, sin miramiento alguno -Hasta aquí llegamos.
Entró y cerró la puerta. Quince minutos después salía una Elena desnuda, diferente distante, seria y limpia. Su pelo rubio, mojado, estaba echado hacia atrás y movía alegremente el hermoso pecho caminando hasta la cama.
Tomó el bolso y extrajo una pequeña cámara fotográfica digital. Buscó un plano bueno a través del gran espejo de cuerpo entero del ropero en el que se viera ella desnuda, con el tanga de fantasía y aquel hombre sentado en el suelo, desnudo de cintura para abajo y con los pantalones descansando en los tobillos. Cliqueó dos instantáneas.
El delegado provincial seguía descansando en la moqueta, apoyado sobre sus manos, esperando una segunda oportunidad, respirando con esfuerzo, recuperándose lentamente de la mamada que le proporcionó la muchacha.
Elena, con su tranquilidad habitual, guardó la cámara y comenzó a vestirse.
-¿Se marcha, señorita? ¿... pero no vamos a seguir? –El delegado provincial se incorporó con cierta dificultad al comprobar como la chica empezaba a abrocharse la cremallera de la falda –¡Por favor...!
-¡Mira, esto no da para más! Ya te has corrido a gusto ¿Qué esperas?
Ahora abrochaba y metía la blusa de seda por dentro de la falda. La alisó con cierto morbo no intencionado, pasando sus manos por delante, ajustando bien los pechos, gesto muy femenino y, por último, estiró el cuello de la camisa. Por último, tomó la torerilla y se la puso. Volvió a mirar al amante que esta derrotado, atónito, desconsolado, mirándola en silencio y sin atreverse a decir nada más. Tomó el bolso, lo echó al hombro y se dispuso a salir sin tan siquiera mirarlo y sin un adiós como despedida.
-Al menos, tenga la humanidad suficiente de decirme tu nombre, mujer –Preguntó el hombre en una aptitud más digna, luego afirmó -Nunca la podré olvidar.
-¿Te he preguntado por el tuyo, tío? ¿Acaso me has interesado tanto como para saberlo? ¡Anda ya! Pero, bueno, sí. Has de saber tan sólo que quien te ha hecho la mamada de tu vida ha sido la hija del hombre para quien trabajas. En cuanto si me olvidarás o no, es cosa tuya.
-"¡Dios mío…!" –Exclamó para sí en el colmo del desconcierto.
La joven, elegante y deseable a sus ojos, abrió la puerta de la habitación y marchó de allí sin responder a más.
… … …
Elena entró en su despacho como una tromba. Venía sofocada, sonriendo, disculpándose ante su secretaria por el retraso.
-¡Uuuf, chica! Vengo tarde de la Reunión de Delegados. ¡Pide disculpa al Consejo en mi nombre, Maribel!
-¿Estás volviendo otra vez a las andadas, Elena? –Dijo la empleada mirándola acusatoriamente
-No te entiendo, Maribel –Comentó Elena quitándose la chaqueta, colocándola en el respaldo del sillón de cuero, comenzando a sentarse detrás de la mesa de un despacho coquetón, pasando las manos por las nalgas y alisándose la falda abierta por el lado izquierdo mientras observaba a la secretaria inquisidoramente.
-Demasiado bien lo sabes, Elena. Ha empezado otra concentración de Delegados y te estás entregando a ellos nuevamente ¿Cuántos hay con la edad de tu padre?
-¡¡Vasta ya, Maribel!! ¡Sea cierto o no en lo que dices no te interesa para nada mi vida privada! ¡Cállate, por favor!
-Estás destruyendo tu honor, Elena, destruyendo el de tu padre y el de este gran Holding que es "MARIO PUIG, S.A.". Algún día será tuyo. No sigas por ahí, amiga mía –La joven se sentó frente a Elena, ésta bajó el rostro y hundiendo el rostro en los muchos papeles que había en la mesa.
Cuanta verdad encerraba el reproche. Pero era superior a ella misma, no quería hacerlo pero su mente enferma y su entrepierna ninfómana la llevaban hacia los hombres maduros entregándose, sin remedio, a la lujuria.
Llevaba actuando así desde hacía cuatro años y en los cinco días que duraban todas las concentraciones era rara la tarde que no se llevaba uno o dos, siempre en las tardes. En el último día de las Delegaciones, hasta tres pasaban por ella. Algunos representantes habían tenido la suerte de repetir, por su propio despiste, pero no era su estilo. Nunca llevaba una agenda actualizada con ella, sólo fotos de todos los amantes ocasionales. Siempre tenía la esperanza de gozar de ellos, todos maduros, pero luego, decepcionada, los tiraba como clinex sucios. ¿Por qué lo hacía si al final de cada acto sentía rabia y asco de ellos y de sí misma? En varias ocasiones, después del acto, cuando se disponía a marchar, éstos se ponían "machotes". Entonces se presentaba como quien era y los abofeteaba despiadadamente, castigándolos ¿pero, castigando a quien? Nunca se paró a buscar respuesta. Encogió los hombros y comenzó a preparar su intervención.
El servicio del hotel Astoria ya la conocía y el Encargado de Personal la invitó en varias ocasiones para que realizara "algunos trabajos" a clientes maduros que pedían servicios sexuales. No todos eran aceptados por ella pero a la larga, cuando las Convecciones se hacían desear, se convertía en algo necesario. Su generosidad económica con el personal del hotel apagó las murmuraciones. Pero siempre se sabía y a ella le daba igual.
Anastasio Placeres
Era alto, delgado y de tórax desarrollado. Con cincuenta y cinco años y medio se mantenía en plena forma física por los ejercicios gimnásticos que realizaba. Para ser un hombre maduro tenía una tez tersa y carecía de arrugas. Gustaba mucho a las mujeres de cualquier edad y encontrándose orgulloso de su palmito. Jamás alardeó de ello ante los amigos pero gustaba de saberse un seductor.
Anastasio Placeres tenía un secreto oculto que nadie, ni la sufrida esposa, conocían, sólo los más allegados y aquellos que compartían con él su afición y entretenimiento. Anastasio había creado años atrás un pequeño club al que llamaba "La Mazmorra" y a ese local, muy bien montado y decorado, acudía gente del mundo de la noche, de los placeres duros. Hombres y mujeres amantes del placer a través de la contemplación del dolor y el sufrimiento consensuado. El club se convirtió con el tiempo en un lugar emblemático del Sado y el bondage. A éste acudía diariamente un nutrido grupo de personajes con vestimenta negra de cuero y de estilo gótico.
Anastasio había hecho de su club una sociedad sectaria, algo parecido a una Orden o Logia con organización piramidal. Se convirtió en Hermano Mayor, máximo exponente en la cúspide de los Dominantes que formaban las distintas categorías. Los esclavos, sumisos e iniciados eran la plebe, sin derechos, que rendía obediencia y pleitesía al estrato social creado por el dueño del club. Los hermanos Amos y las hermanas Dominas (despreciaba a las féminas olímpicamente), por sus roles privilegiados, tenían sus niveles dependiendo de lo económico, el tiempo que llevaran en el club, el sexo o de la confianza obtenida del Hermano Mayor, el que, a petición de los otros Amos y Dóminas, nombraba o destituía a los miembros con clase o, en su defecto, expulsaba sin piedad a los miembros de base. Las esclavas o esclavos reconocidos oficialmente, gozaban de unas ciertas consideraciones siempre a petición de sus Amos; las sumisas o sumisos, así como los iniciados, no tenían derechos alguno, solo obligaciones, entrega total y absoluta por los acuerdos de sus correspondientes tutores Dominantes o basándose en los estatutos privados del club
Así quedó creada en los años siguientes la organización de Anastasio Pláceres donde todos, que no fuera él, mostraban fidelidad de esa forma tan tremendamente, antidemocrática y fascista. De pronto se encontró rodeado de servidumbre del club que lo vitoreaban, fuera de éste y en su propia morada era temido. La organización y las reglas del club lo invistieron en un falso dios de todo y de todos.
Placeres se convirtió, por méritos propios, en Delegado General y director de dos de las varias empresas nacionales del holding "MARIO PUIG, S.A." situadas en su Comunidad Autónoma de origen. Estar convocado a la reunión semestral no le hizo mucha gracia. No supo el porqué tuvo un mal presentimiento nada más recibir la invitación y aquella noche, en la intimidad y el silencio de su lecho matrimonial, soñó que se veía suspendido y meciéndose en el aire, muerto en un recinto de hotel, bañado en sangre y al Presidente de la Compañía riendo tétricamente su trágico fin desde la mesa de su despacho, allá, al fondo de aquel recinto o fuera de éste, no lo pudo precisar bien. En otro extremo, pero desde la calle, una mujer joven y atractiva, conocida sin saber de qué, quería llegar hasta él corriendo, gritando su nombre con desesperación. Pero que no avanzaba nunca del sitio en que se encontraba y ella estiraba sus brazos queriéndolo proteger, Era un sueño pesado y terrible que lo puso sentado en el lecho, sudando un terror que no tenía límites. Este mismo sueño se repitió dos veces más y fue lo que le dio pie al temor en las horas siguientes.
Sin embargo, con la certeza plena de que se cumpliría el presentimiento, dijo a su secretaria que sacara un pasaje para Barcelona. No cayó en el simple detalle de que lo pidió sólo de ida.
El día antes de su partida, Anastasio Placeres convocó, a los Hermanos Dominantes y a la plebe, como solía llamar a esclavos, sumisos e iniciados.
-Hermanos Amos y Dominas. Escuchad atentos, esclavos, sumisos e iniciados, tengo que partir para Barcelona por asuntos de las Empresas que dirijo y que duran cinco días. Estoy orgulloso de este club y de vosotros, Dominantes. Seguid siendo quienes sois y defended vuestras naturalezas de Amos. A vosotros, sumisos, seguid con vuestra entrega incondicional a los Señores Hermanos, otra forma sería el castigo y luego la expulsión inmediata de esta sagrada organización. Os doy mis parabienes salud y hasta la vista.