Dije a Arturo, mi marido y a Carlos, mi hijo que no me encontraba muy bien, por lo que me fui a la cama enseguida. Estuve llorando largo rato y cuando se acostó mi marido, fingí estar dormida, aunque no pude pegar ojo esa noche.
A la mañana siguiente, todo fue normal. Estaba segura que Luis estaba al corriente de todo lo que había pasado en casa de Marcos, pero no hizo ningún comentario, y se limitó a darme el trabajo habitual y a llevarle su agenda como solía hacer diariamente.
Los días transcurrieron de forma rutinaria. Vi en un par de ocasiones a José Ángel, el padre de Marcos, aunque ya no me avergonzaba tanto encontrarme con ellos, imagino, que el motivo era que mis problemas ahora eran mayores, aunque no hubiera vuelto a tener noticias del niñato.
Una mañana, al llegar a la oficina, me llamó Luis a su despacho.
Acepté sin dudarlo, al principio no tenía en cuenta el aumento considerable de sueldo que iba a tener en un puesto similar, sólo pensaba en huir de aquella situación.
Según pasaban los días, antes de mi incorporación al nuevo puesto, pensaba que me habían dado este cargo por los servicios prestados, porque me habían disfrutado, y pensé que al menos mi hijo disfrutaría de la mejor situación económica en casa, ya que el negocio de Arturo, iba de mal en peor.
Por fin llegó el día de mi incorporación al nuevo trabajo. Me acompañó Luis, que amablemente, me presentó al resto de mis subordinados. Una chica joven, Ana, como recepcionista y secretaria, Gabriel e Iñaki, ambos en torno a los treinta años, que tenían sus despachos propios como directores de departamento de la empresa.
Los días transcurrían mientras poco a poco me hacía con las riendas de mi puesto. Hacía todos los empleados me llamasen de usted, igual que yo a ellos, con el objeto de ganarme su respeto lo antes posible.
Una tarde, cuando le indicaba a Ana un trabajo que debía hacer, vino un mensajero con un par de paquetes, uno para cada director. No le di importancia, pero pronto me di cuenta que la tendría, y grande.
A la semana siguiente, como un día más, llegué a mi oficina. Mi sorpresa fue mayúscula al ver varios correos de Marcos. Había vuelto a incluir algunas fotos del primer día, y unos cortes de los videos que me hizo en su casa. No había ningún mensaje en ellos, pero sabría que recibiría noticias suyas. Me puse muy nerviosa. Mi cara cambió por completo. En ese momento, Ana llamó a mi despacho y cerré rápidamente la página de correo.
Me dio una documentación y volvió a cerrar al puerta. Afortunadamente, ese día no recibí ninguna llamada, como temía, así que pensé que sólo pretendía asustarme.
Dos días después, Ana me llamó por el teléfono interno diciéndome que tenía una visita.
Mi corazón dio un vuelco. La sangre subió por mi cabeza quedándome totalmente colorada. No podía esquivarle, y pensé que habiendo gente en la oficina no podría hacerme nada, así que decidí atenderle.
Temí que les fuera a enseñar las fotos o los videos, o que se le ocurriera alguna otra idea maquiavélica.
Los dos jóvenes se sentaron en la pequeña mesa de reuniones que tenía en mi despacho.
Un silencio se hizo en la sala, mientras que yo me derrumbaba, poniendo las manos sobre mi cara, y comenzando a llorar.
Me levanté de la silla y me fuí al baño. No pensaba volver a sentarme con ellos. Me quedé encerrada en el lavabo, pero Marcos vino y me habló a través de la puerta.
Las palabras mágicas, las que todo lo podían, las que se referían a que pudieran enseñar a Carlos, a su madre en situaciones delicadas.
Me senté de nuevo con ellos.
Comencé a llorar, a suplicarle.
Marcos se levantó y llegó a salir del despacho en dirección a la salida. Oí como se cerraba la puerta de la calle. Tardé unos segundos en reaacionar.
A los pocos instantes regresaron los dos. El joven se apoyó en la puerta, y me preguntó
En una media hora llegamos al lugar. Marcos le dijo que aparcarse en el garaje que se comunicaba con la casa y entramos directamente al salón. Todo me resultaba ya familiar para mi desgracia.
Mis dos compañeros no hablaban nada y se limitaban a obedecer las órdenes del chaval..
Hice caso y me senté, pero estaba muy tensa. Sabía que en breve comenzarían a jugar, y que yo sería su juguete.
Puso música y me indicó que empezara a bailar. Es cierto que iba abrigada, un jersey negro de cuello alto, una falda verde de lana hasta la altura de las rodillas y mis piernas forradas por unas medias negras.
Marcos me agarró por el hombro, me acompañó y me subió encima de la mesa para que comenzara a bailar.
Me movía lentamente, sin ganas y tampoco hacía nada con mi ropa, por lo que me volvió a llamar la atención y me quité el jersey.
Llevaba un sujetador negro, pero mis tetas se marcaban perfectamente. Los dos muchachos asintieron con la cabeza aunque seguían sin hablar, sin duda porque tenían menos confianza con Marcos, pensé.
Lo hice, la movía hasta un palmo por encima de mis rodillas, pero quería terminar pronto. Quité los botones y cayó al suelo. Mis bragas quedaban tapadas por los pantis.
Lo hice de forma rápida, quedándome sólo con el tanga y el sujetador, ambos negros, como solía usar.
Recordaba el último día, en el que además, tuve que hacer de criada.
Marcos pidió a los otros dos hombres que le ayudasen a poner la mesa, y servir la comida. Cuando hubieron terminado se dirigió a mi.
Se acercó a mi, y metió su lengua en mi boca. Mientras, con sus manos buscó la parte de atrás de mi sostén. Tiró de las gomas y lo sacó hacia él. Mis pechos al descubierto.
Mis dos compañeros no me quitaban los ojos de encima, estaba muy nerviosa, por lo que los pezones se pusieron de punta. Los odiaba, estaba dispuesta a despedirlos según volviesemos a la oficina, pero Marcos pareció leerme el pensamiento.
Ante la maldad de chico, volví a llorar de nuevo.
Me entregó una bata negra, de gasa totalmente transparente, abierta, que sólo tenía un pequeño broche a la altura de mis pechos.
Ahora fueron los tres los que sonrieron. Me puse la prenda. Nos sentamos, y comenzaron a comer. Yo no podía probar bocado sabiendo lo que me esperaba tras la comida.
Los tres dieron buena cuenta de los manjares que estaban en la mesa. Cuando estaban a punto de terminar, me dio un ataque de pánico y comencé de nuevo a llorar.
Todos rieron, y yo me sentí ligeramente aliviada de que no me utilizasen a mi para ello.
Cuando terminaron, ellos recogieron la mesa y se sentaron en el sofá. Yo no me moví de mi silla. Mantenía los brazos cruzados, intentado cubrir mis pechos.
Marcos se dirigió a mi, y me situó en el centro del salón, muy cerca de donde estaban ellos. Yo seguí con los brazos cruzados, intentando ocultar mi cuerpo, principalmente a mis compañeros.
Con lágrimas en los ojos, la desabroché y me la quité cayendo al suelo. Rápidamente, volví a taparme los pechos con las manos.
No tenía ni idea lo que éste malnacido me tenía preparado, pero me sentí muy nerviosa, puesto que no sería nada bueno para mi.
Mis piernas estaban muy juntas. Me quedé llorando en silencio. No sabía que decir.
Miré a mis dos compañeros. Sólo en pensar en uno de ellos, me daba una vergüenza terrible. Miré a Gabriel, y..............
Respiré hondo, suspiré y pronuncié sus palabras.
Mi compañero se levantó, se acercó a mi, y agachándose, desplazó mi tanga por mis caderas, muslos, rodillas, hasta terminar en los pies. Con delicadeza, lo cogió en sus manos.
Los otros dos aplaudieron.Yo intenté taparlo, pero de un salto Marcos se levantó y colocó mis manos sobre mis caderas. Mi sexo ahora estaba como la primera vez, con una fina comisura de pelo en continuación a mis labios. A mi marido le gustaba más así y me depilé de esa forma.
Sé que has dicho que era una grosería tomar el postre sobre ella, pero me encantaría tomar nata en su coño y en sus tetas.
Gritando no, no, no me dirigí hacia la mesa. Iba llorando. Marcos venía detrás de mi, y me subió encima. Se dirigió a la cocina y trajo un bote de nata.
Separé las piernas, hasta dejar a la vista mi clítolis y estiré los brazos, como me había ordenado. Vertió nata, cubriendo mis tetas e introdujo dentro de mi útero la salida del bote, brotando hacia el exterior.
Ni tan siquiera se dignaron a contestar y marcos dio vía libre.
Como sino hubieran comido uno se acercó su lengua a mi coño, mientras que el otro comenzó a chupar mis tetas, hasta que se hartaron, dando buena cuenta de la nata que había sobre mi. Cuando terminaron, vi que ambos tenían la cara blanca.
Me lavaron bien, lógicamente tocándome por todos sitios. Me proponía no hundirme, para no darle ese gusto al niñato, y no lo hice, pero mis agujeros y mis pechos quedaron muy limpios por las pasadas de las manos y dedos más que por el agua.. Después volvimos al salón de la casa.
Fingía no escucharme. Puso una silla en el medio y se sentó. Gabriel, que también se sentía muy cómodo ahora, me dio un cachete y me dijo que me pusiera encima de Iñaki. No tenía alternativa, todos los hombres son unos hijos de puta, pensé, bueno, todos menos mi hijo Carlos, él era un cielo.
Obedecí y me coloqué encima de él que se había quitado los pantalones. Tenía un pene enorme, mucho mayor que mi marido, y de todos los que me había utilizado en los últimos meses.
Me hizo un poco de daño, y eso que estaba mojada por la ducha. Me la metió y con sus manos en mi cintura me levantaba, lo que hacía que mis tetas bailasen. Su lengua acariciaba mis pezones, y aunque no sentía ningún placer, se iban poniendo duros. Cuando iba a correrse, me apretó hacia abajo, disparando su semen a mi útero.
No se movió del sofá, y yo me acerqué, deseando terminar lo antes posible con ellos para poder marcharnos y olvidarme de todo esto. Ahora estaba consiguiendo no llorar, al menos, no les daría ese placer.
Cogí su miembro, y le di dos chupadas. Gabriel empezó a chillar. Sabía que no duraría demasiado, así que me esmeré, y en menos de 15 segundos, mi cara se manchó de blanco, para mi alegría y para su desesperación.
Estuve a punto de gritar, y suplicar que no lo hiciera, pero quería mantenerme digna, y me limité a decirle
Me dolió mucho, y mordiéndome los labios conseguí no gritar. Marcos sabía como aguantar sin correrse y lo estaba haciendo. Después de las primeras embestidas ya no me hacía daño y terminó corriéndose. Por fin, había terminado mi calvario. Me había sentido humillada ante mis compañeros y por supuesto ante el niñato, una vez más, pero mucho menos que en las otras dos ocasiones, y por fin todo había terminado, pensé.
Me dirigí hacia mi ropa.
Le obedecí, no tenía otro remedio, pero me extrañó, y pensé que tal vez estaban esperando para recuperarse y volver a tomarme. Entonces sonó el timbre de la puerta. Me asusté mucho, temí que pudiera ser el padre de Marcos, o que hubiese ............
Marcos salió a abrir la puerta, y dijo a los dos directores de mi empresa que se fueran al garaje. A los pocos instantes, volvió a entrar él solo.
Era una máscara de cuero como las que se usan en las sesiones de bondage. Sólo tenía aberturas en los ojos, en la nariz y en la boca, con unos orificios de metal, lo que hacía irreconocible la cara.
Me derrumbé y comencé a llorar. Ahora ya no podía contener las lágrimas, eso si, lo hacía en silencio para que mi hijo no me oyese desde fuera.
No podía pensar. Sólo quería que Carlos no supiera nada de esto. No podía permitir que viese a su madre en esta situación.
Hice todo lo que me dijo, estaba aterrada y muy nerviosa.
Pensé al menos la braga me permitiría tapar mi sexo. Me daba una vergüenza terrible que me viese así. Sólo podía esperar que no me reconociese. No llevaba nada que me pudiese identificar, que él hubiera visto antes.
Marcos me colocó la máscara, metiendo todo mi pelo hacia dentro, para que no quedase ninguna constancia de mi identidad.
Iba vestida con una máscara, una bata transparente y un pequeño tanga negro. Y mi hijo iba a entrar a ver a una mujer que le ponía a mil y que no sabía que era su propia madre. Comencé a llorar mucho. Quería irme, la máscara me ahogaba. Sólo esperaba que se conformase con verme y se marchase.
Mi mente sólo lloraba, pedía que me viese y se marchase. Me puse de pie y los esperé en medio de la sala. Puse mis manos sobre mis pechos para que no los pudiera ver y empecé a rezar en silencio
Carlos entró acompañado de Marcos y se acercó a darme dos besos. Noté sus labios en la máscara.
Según iba hablando, recordaba al niño que di a luz hacía ya 18 años. Se había convertido en un hombre.
Que le complacería en todo? Cómo podía decirle semejante burrada?. Era un cabrón, pensé.
Mis lágrimas caían por mis mejillas. Lloraba tanto que no podía ver.
Aunque mis tetas se transparentaban, los segundos que pasaron hasta que mis manos llegaron al botón, fueron eternos, y aún más, cuando me la saqué y la tiré al suelo. Mi hijo jamás me había visto sin la parte alta del biquini. Jamás hacía top less en la playa. De inmediato, de forma instintiva, coloqué mis manos para taparlos.
Marcos se dio cuenta, se acercó a mi, y me estiró los brazos dejando mis senos desnudos.
Carlos me tocó los pechos. Jugaba con mis pezones. Se los llevaba a la boca.
De vez en cuando, hacía algún ruído con mi nariz y boca, puesto que no paraba de llorar. Temía que se diera cuenta, por lo que procuraba hacerlo en silencio. Mi hijo me estaba tocando, al igual que lo hacía su padre.
Mi hijo era virgen. Sólo suplicaba que no se estrenase conmigo. Me iba a bajar el tanga? Se iba a quedar con mis bragas? Joder, se lo iba a hacer a su madre.
Estuve a punto de pegar una voz, pero aguanté. Él se dirigió a mi tanga, como lo habían hecho otros. Lentamente, una vez más bajaron mis bragas hasta llegar al suelo. Las sacó por mis tobillos y las guardó en uno de sus bolsillos.
Mis manos se acercaron a tapar mi vagina. Era algo instintivo por estar en frente de mi hijo.
Qué hijo de puta, pensé. Era retorcido y mala persona. Pedía a dios que no me lo pidiera. No quería seguir con esto. Ni tan siquiera cuando abusaron de mi sus compañeros de clase me había sentido tan humillada.
Lo hice, despacio me coloqué en posición de firmes, moviendo la cara de vergüenza. Lo de menos era que Marcos me viese ya. En realidad lo había hecho muchas veces. No tenía importancia que lo siguiese haciendo. Pero mi hijo.......
Las palabras de Marcos autorizando a mi hijo a hacer conmigo lo que quisiera me abatían, y que mi hijo estuviese viéndome y utilizándome, me humillaban como jamás me había sentido, en ninguno de los momentos en que todos esos cabrones me habían follado.
Mi corazón volvió a sobresaltarse. Quería unas fotos eróticas.. Mi hijo quería unas fotos eróticas mías. Por dios, esto era de locos.
Este cabrón me había vuelto a chantajear allí mismo. Había estado a punto de pronunciar mi nombre.
Temiendo que pudiera cometer alguna estupidez, fui al sofá.
- Señora X, dijo Carlos. Quiero que se abra de piernas, como las fotos que le hizo Carlos.
Mis lágrimas caían a borbotones. Temía que en algún momento traspasasen la máscara de cuero y notasen que lloraba. Me abrí de piernas mucho, y mi hijo empezó a tomar fotografías, algunas de cuerpo entero, otras a mis pecho, mi máscara, pero sobre todo, dirigidas a mi coño.
Me levanté a coger la bata, y me la puse como mi hijo me lo estaba pidiendo. Hizo muchas, me pedía que me colocase en distintas posiciones y siguió fotografiandome.
Marcos se acercó a mi cuando estaba de espaldas, tiró de mi cabeza hacia abajo y con sus manos, abrió mis nalgas y mi coño para que pudiera seguir fotografiando.
Con unas tijeras rompió prácticamente todo el triángulo delantero, dejando las gomas que lo cubrían.
De nuevo volví a abrirme de piernas, esta vez con un tanga que no tapaba nada. Él volvió a fotografiarme. Sin duda intentaba emular a su amigo Marcos. Cuando terminó, Marcos le preguntó.
Su compañero trajo un colchón autohinchable. En pocos segundos estaba preparado.
Me daba vergüenza que me fotografiase pero mi temor era aún mayor, sabiendo lo que iba a pasar.No podía dar crédito. Mi hijo me iba a hacer el amor. No podía soportarlo, iba a volverme loca. Tenía que haber destapado todo el primer día y haber parado todo.. Ahora ya era tarde, obedecí y le abrí las piernas para que hicera más fotografías.
Carlos sacó un preservativo de su cartera. Sabía a lo que venía.
Yo tomaba la píldora, y la verdad es que todos me habían follado sin goma, aunque con mi hijo, prefería cualquier distancia, aunque fuese una simple goma de latex.
Volví a insultar mentalmente a Marcos.
Mi hijo se desnudó y se colocó encima mío. Estaba muy empalmado, por culpa de su madre, pensé. Noté su pene dentro de mi. Giré mi cabeza. No quería verle la cara mientras lo hacía.
Era muy torpe, y daba fuertes embestidas.y en una de ellas noté como un chorro caliente se deslizaba por mi útero.
Antes de irse, se acercó a mi, y me dio dos besos.
Iñaki y Gabriel salieron del garaje. Marcos me trajo la ropa y me quitó la máscara. Pegué un grito y comencé a llorar en voz muy alta.
Me dejaron unos minutos hasta que me tranquilicé y me vestí.
Nos fuímos a la oficina. Cuando nos bajamos, Iñaki me dijo que sentía todo lo que había pasado, pero que Marcos les había amenazado con despedirlos sino hacían lo que él quería.
No contestaron. Tengo la palabra de Marcos que no volverá a repetirse algo similar. Espero tener también las vuestars.
- Ambos asintieron con la cabeza.