Antes de terminar la semana, mi marido estaba ya trabajando. Sentíamos un enorme alivio y sobre todo le vi volver a sonreír. Lo único que no me gustaba es que ahora David se había hecho mucho más amigo de Jesús. No tenía motivos para impedirle que se juntase con él, salvo haber aceptado participar en una orgía con su madre.
Pasaron unos cuantos días y las cosas fueron mejorando. David invitó a Jesús a pasar unos días en una casa que Gerardo tenía en la Costa Brava. No quería que fuese, pero no disponía de ningún argumento. Así que tuve que aceptar, rezando porque ninguno de los hijos de Gerardo contase todo a Jesús.
Salieron de viaje un lunes. Estábamos a principios de julio y estarían allí dos semanas. Domingo, también viajaba frecuentemente, solía estar de lunes a viernes fuera de la ciudad, por lo que sólo nos veíamos los fines de semana.
El martes por la mañana recibí la llamada de Gerardo, algo que me sorprendió. Me dijo que me pasara por su oficina para tratar un tema importante para mí.
Me convenció para que fuera, sin darme mucho tiempo a ponerle alguna excusa. En cualquier caso tenía mi contrato firmado, por el que nos cedía el alquiler, así que si me proponía otro "trabajito", le diría que no, puesto que ya tenía empleo mi marido, y nuestra necesidad económica había desaparecido. No obstante, lo peor de todo era verle de nuevo, después del festín que se habían dado conmigo unos días atrás.
Fui caminando hacia el lugar en el que me habían citado. No sabía el tema a tratar, pero no me apetecía verle de nuevo, además ya no necesitaba nada de él. Me recibió él mismo y me invitó a acompañarle a su despacho donde me senté. Era el mes de julio y no había nadie por la tarde en la oficina.
Me molestaba la conversación, así que directamente le pregunté el motivo de haberme hecho ir a su oficina.
Me levanté y fui hacia la puerta con intención de marcharme.
Encendió el televisor que tenía en su enorme despacho y apareció mi imagen entrando al bar de su casa, por delante de ellos. Hizo un avance rápido de la película, donde se veía con detalle todo lo que había pasado aquella tarde.
Me dejó desarmada. Toda la seguridad que había tenido al entrar allí se acababa de esfumar. No tenía salida y volví a llorar.
Gerardo se levantó para acompañarme a la puerta y me dio una bolsa con la ropa.
Salí de la oficina y me fui caminando hacia un parque cercano. El calor del día comenzaba a apagarse y las madres salían con sus niños pequeños a la calle como yo había hecho con Jesús pocos años antes.. Me senté en un banco. Miré el contenido de la bolsa. Era una falda corta vaquera, sin ser muy extremada, una camisa abotonada por delante también de color azul oscuro. Había una pequeña bolsita que contenía una braga brasileña de corte bajo y un sujetador, ambos negros, muy finos de una prestigiosa marca de ropa interior.
Apenas pude conciliar el sueño aquella noche. La primera vez fue por necesidad, pero ahora era víctima de un chantaje. Gerardo había planeado todo, llevándose a mi hijo fuera y ofreciendo un trabajo a Domingo en el que tenía que viajar frecuentemente.
Al día siguiente no quise salir de casa. Estuve tumbada en la cama, llorando la mayor parte del tiempo y tumbada en la cama. Disimulé, diciendo que no me encontraba muy bien, ante las llamadas rutinarias de mi marido y mi hijo.
En torno a las once me vestí. Lo hice con esmero por el miedo que sentía a no ser del agrado de Gerardo. Me miré al espejo, y vi que estaba muy guapa. Qué pena que no pudiera verme Domingo ahora y que ambos nos fuésemos a bailar. Estaba muy enamorada de mi marido, pensé. Empecé a llorar, pero enseguida retoqué mi maquillaje para que no se estropease.
El taxi llegó puntual y en pocos minutos me dejó en casa de Gerardo. Llamé a la puerta, y él mismo me abrió acompañándome a su bar donde aún estaba la mesa donde habían cenado, ahora con tan sólo unas bebidas. Los dos hombres tendrían la misma edad que el anfitrión, en torno a 45 años, con aspecto atlético. Todos llevaban ropa informal, camiseta y pantalón corto de tenista.
Me presentó a Balbino y Nicolás. Ambos me dieron un beso, sorprendidos de que Gerardo hubiera invitado a una mujer, y más aún, cuando explicó que era la esposa de su nuevo empleado.
Habían apagado el televisor, aunque el DVD continuaba funcionando. Vi que había varias carátulas de cine porno sobre el mueble por lo que imaginé que estarían viendo alguna película antes de llegar yo.
Los dos socios me ofrecieron beber algo, pero no podía tragar nada. Estaba muy tensa. Sabía lo que iba a suceder, pero lo que más me sorprendía, era que ellos no parecían estar al corriente de nada, tal y como me había dicho su anfitrión.
Gerardo encendió el televisor y cambió el DVD que estaba dentro. La pantalla quedó en negro hasta que se inició la película. La primera imagen era yo bajando las escaleras. El video estaba recortado, no duró más de quince minutos. No se veía a sus hijos, sólo a él y sobre todo a mi, desnuda y entregada. Los dos hombres se quedaron callados y atónitos. Yo me senté en uno de los sofás y comencé a llorar.
Negando con la cabeza, gimoteando. Obedecí. Tenía miedo de no hacer bien lo que me pedían y que todo se fuese al traste. Comencé por el botón de arriba, después el siguiente, el otro, hasta llegar al último. Sólo había cinco botones, no tardó mucho en quedar la camisa abierta ante la mirada lasciva sobre todo de Nicolás y Balbino.
Gerardo empezó a explicarles con los argumentos que tenía. Me agarró del brazo y me colocó en el centro de la sala mientras me tocaba descaradamente el culo.
Hice un último intento por rebatir los argumentos de Gerardo con mis súplicas, pero no obtuve respuesta.
Comencé a bailar. Lloraba. Había estado a punto de evitar que esto pasara, pero ahora los tres hombres estaban de acuerdo.
Mis ojos estaban húmedos. No dejé dejaba de bailar. Estaba tensa.
Volví a obedecer. Subía la falda hasta el inicio de mis bragas.
Con vergüenza le hice caso. La subía hasta donde me decía, quedando mis bragas a la vista.
Paré un instante de bailar para detenerme en el botón y desabrocharlo. Tiré de la cremallera hacia abajo y la falda se deslizó entre mis piernas cayendo al suelo. Me sentí muy avergonzada. El día anterior salvo mi blusa, el resto habían sido ellos quienes me lo habían quitado. Hoy se me exigía un strep tease.
Seguía bailando. Mis pechos se movían ahora al ritmo de la música. Las bragas cubrían por delante mi sexo, tan sólo hasta el final de mi vello púbico.
Quitó el enganche del sujetador y sostuve los cazos entre mis manos. No quería quitármelo, aunque era la orden que tenía. Dudé durante algunos segundos que parecieron horas, pero una nueva amenaza de Gerardo hizo que desnudase mis pechos ante sus atentas miradas.
De inmediato procedí a taparlos de nuevo colocando mis manos sobre ellos.
Todos rieron. Para mi era un suplicio tener que hacer todo lo que me iban pidiendo. Si la primera vez había sido duro, ahora, cuando pensaba que me chantajeaban, que eran los superiores de mi marido, todo ello me hacía sentir mal..
Mis pechos se movían al ritmo que marcaba mi cuerpo. Notaba la excitación de todos los hombres, aunque salvo algún azote del anfitrión, aún no me habían tocado.
Cada uno agarró su copa. Gerardo me abrazó del hombro mientras yo intentaba cubrir mis pechos y subimos las escaleras hacia su habitación. Gerardo iba justo detrás de mi, y aprovechaba la subida de las escaleras para darme pequeñas palmadas en mis nalgas.
Cuando llegamos allí vi su poderío económico reflejado en una habitación de más de treinta metros y una cama enorme justo en el centro.
Retiraron la colcha y me tumbé siguiendo sus indicaciones encima de las sábanas y con las manos de nuevo detrás de la cabeza. Fue el momento en el que comenzaron a tocarme de forma descarada. La sangre subía a mi cabeza. Debía estar sofocada. No hacía ruído, pero mis lágrimas rodaban por mis mejillas.
Me acariciaban los pechos, sus lenguas pasaban por mis pezones. Se turnaban para que siempre hubiera uno a cada lado mío. Al final fue Gerardo quien dijo lo que temía escuchar y no quería oír.
No reaccioné. Pensé en el último día. Fue algo que hicieron ellos. Ahora lo habría preferido también. Hacerlo yo, era algo mucho más humillante.
Los tres hombres estaban de pie, cada uno en un lado de la cama, esperando que me despojase de mis bragas, pero no podía. Mis manos no se movían, estaban paralizadas, para no hacer lo que me pedían.
Le miré fijamente y continuó hablando……….
Giré mi cabeza. Lloraba de nuevo. Comencé a insultarlos fruto de mi frustración y vergüenza.
Tardé aún varios segundos. Esperé. No decían nada. Al final, agarré mis bragas con las dos manos y las fui bajando hasta dejarlas a la altura de mis rodillas,
Todos sonrieron. Ahora estaba totalmente desnuda en la cama delante de tres cuarentones totalmente salidos. Hablaban sobre como me la iban a meter, quien sería el primero y todos los comentarios obscenos que se les podía ocurrir hasta que Gerardo puso orden.
Me callé y ahora mi llanto era silencioso. Gerardo me colocó una sábana sobre mi cuerpo, dejando tapados desde mis pechos al inicio de los muslos.
Lloraba desconsoladamente. Estuve a punto de volver a soltar improperios por mi boca, pero era algo que no volvería a hacer esa noche. Tuve que esperar unos segundos para calmarme y decirlo.
Retiraron con cuidado la sábana y las cuatro manos acariciaban mi cuerpo. Ahora iban dirigidas hacia mis pechos y después a mis muslos. Con un ritmo simétrico, se iban turnando los dedos de los dos jefes de Domingo dentro de mi vagina. Estaba entregada a sus caprichos.
Me cuidé mucho de hacerle caso. Volví a tocarme, esta vez sin decir nada. Contra mi voluntad, intentaba excitarlos. Me tocaba los pechos. Fui bajando mis manos hasta llegar a mi coño. Comencé a pasar el dedo, recorriendo mi rajita.
Lo hice. Tenía los ojos cerrados, no quería ver su cara de satisfacción ante mis actos. Las lágrimas caían con abundancia, y oí que se abría un cajón de un mueble de la habitación y a continuación la voz de Gerardo
Abrí los ojos y le vi con un vibrador en una mano, y un juego de bolas chinas en el otro.
Yo tampoco había visto nunca aquellos juguetes eróticos, tan sólo en alguna revista. Gerardo me dio el vibrador ya en marcha. Era enorme, al menos 25 centímetros.
De nuevo mis llantos se hicieron más evidentes. Dirigí el aparato, que no paraba de moverse y agarrándolo por la punta, lo introduje primero unos centímetros. Lo agarraba del final, me vibraba también la mano.
Puse la palma de mi mano en el soporte y apreté hasta el fondo. Todo mi cuerpo temblaba. Yo no gozaba pero sentía una sensación extraña que hacía que mi respiración fuese agitada.
De nuevo los comentarios obscenos, decían auténticas burradas sobre mi. Todo mi maquillaje debía estar destrozado por mis lloros. Yo no miraba, aunque mi mente sólo imaginaba la cara de los tres hombres.
Gerardo me retiró el vibrador, lo que me originó cierto alivio. Me dio unas palmaditas en el coño, volviendo a reír. A cambio me entregó unas bolas chinas. Eran seis, de un tamaño en torno a 2 centímetros de diámetro.
No me movía, de nuevo estaba paralizada.
Bastó la nueva amenaza para que una a una introdujese en mi vagina las seis bolas de color marrón dejando sólo el pequeño cordoncito fuera.
Todos rieron y obedeciendo de nuevo, comencé a tirar del cordón hasta que salió la primera bola. Mi cuerpo se estremecía cada vez que sacaba una.
Un guau¡¡¡ de los hombres y una sensación física extraña que se repitió en la segunda bola, en la tercera y así hasta que saqué la sexta y dejé el juguetito en la cama.
Los tres hombres se desnudaron. Todos mostraban sus penes empalmados. De nuevo el anfitrión empezó a darme órdenes.
Obedecí sin decir nada. Me levanté y me puse en frente del primero, que era Gerardo. Tuve que abrir mi boca y dejar que su lengua la recorriese. Él me abrazaba, acariciaba mi espalda hasta llegar a mi culo. Me dio dos cachetadas antes de cederme a Nico.
Éste hizo lo mismo, sólo que además me acarició los pechos, pellizcando mis pezones. Intentó bajar su mano por debajo de mi culo y alcanzar mi rajita, pero conseguí mantener las piernas cerradas. Sin hacer comentario, me empujó a las manos de Bino quien me hizo ponerme girada, mirando a sus dos compañeros mientras nuestras bocas se unían y él con una mano acariciaba mis senos y con la otra llegaba hasta mi sexo.
Con sus manos, me dirigió la cabeza hacia él. Estaba tan hinchada que la sentí hasta dentro de la garganta. Me dieron dos arcadas y estuve a punto de vomitar. Afortunadamente no lo hice, puesto que habría traído consecuencias negativas para mí.
Manejaba mi cabeza a su antojo. Hubo un momento en que aceleró mucho el movimiento y pensé que se correría en breve, pero curiosamente paró y dio turno a Nico.
Jugó con su pene en mis mejillas, dando golpecitos, antes de meterlo en mi boca. Su miembro era enorme, sin duda, el más grande de los tres. Me la metió hasta dentro. Apenas podía respirar. También era él quien movía mi nuca. Me decía obscenidades tipo "chupa zorra" o "cómetela toda" Sus insultos se transformaron en jadeos y sus embestidas en un chorro de semen dirigido a mi paladar. Esto produjo las risas de Gerardo que le recriminó el que tal vez no pudiera tener otro orgasmo conmigo.
Nico se apartó para dejar el lugar a su socio. Al igual que sus dos amigos metió su polla en mi boca sin contemplaciones. Comenzó a moverla. Apenas hizo varios movimientos me mandó parar.
De nuevo me tumbé en la cama. Sabía que ahora tocaba follar y no me equivoqué, aunque introdujeron un nuevo incrediente.
Estaba a cuatro patas. Me penetró mientras el otro llevó su flácido pene hasta mi boca de nuevo. Me agarraba de la cintura mientras me movía.
Estuvo jugando, metía su polla en mi vagina, se jactaba ante sus amigos de poseer a una auténtica hembra. Por su parte, mi boca había hecho aumentar considerablemente el tamaño del miembro del otro hombre.
En ese momento comencé a llorar de nuevo. Gerardo tenía la facultad de humillarme más con sus palabras que con el martirio sexual al que estaba siendo sometida. Bino le hizo caso y con fuerza me la metió hasta el fondo. Empezó a gritar. Pensaba que se pararía y se reservaría para disfrutar de mi culo, del que tanto presumía el anfitrión de la fiesta.
No se paró, cada vez estaba más excitado y se movía con más fuerza. Intentaba besarme, llegar a mi boca, que ahora intentaba mantener cerrada. Me mordía los pechos. Noté como mi coño se mojaba fruto de la enorme cantidad de semen que había depositado dentro de mi.
De nuevo recordé la escena del primer día. Miré mi anillo de casada y pensé en Domingo, en lo que le quería y lo que estaba haciendo para evitar su sufrimiento. Otra vez, untó mi ano con un aceite lubricante y metió su pene dentro.
Me volvió a doler mucho, pero infinitamente menos que el dolor moral que sentía. Sus juegos, sus cachetes, sus comentarios hacían desaparecer el sufrimiento físico para aumentar mi vergüenza.
Supe que había llegado al orgasmo al tirarse encima mío, y hacer que mis rodillas se aflojasen y cayesen al suelo.
No hubo que repetírselo. No tuve que moverme. Me agarró de la misma forma y me introdujo su pene. Ahora si chillé de dolor. El diámetro de su pene partía mi estrecho ano. Intenté desviar mis pensamientos para sufrir menos, y en vino a mi cabeza algo en lo que no había caído. Lloraba, lloraba mucho, y ahora tenía que ver bastante el daño físico.
De nuevo volví a la realidad. Deseaba que terminase ya, y salir de dudas con respecto a las cámaras. Se me hizo interminable aunque mi culo debía ser de lo más apetecible, dada la rapidez con la que Nico finalizó su turno.
Me quedé tumbada en la cama, afligida, sollozando..... Gerardo me dio una toalla y me invitó a ir a la ducha.
Me llevé la ropa al baño y salí vestida. Eran más de las cinco de la mañana. Me dijeron que un taxi me esperaba en la puerta. Salí corriendo. Necesitaba de forma urgente la seguridad de mi hogar.