Arón, es como he dicho, hijo del dueño del colegio en el que Carmen daba clase y su mejor amigo Francis, hijo del comisario de policía de la ciudad. Ambos son íntimos desde niños. Aunque se les podría considerar bastante inteligentes, pero malos estudiantes, por lo que sus aprobados solían ser raspados.
Gino acudía frecuentemente a buscar a su madre a la salida de clase. Aunque Arón y Francis intentaban entablar conversación con él, y a pesar de la frialdad del muchacho, los chicos consiguieron ganarse la amistad con el hijo de la profesora.
Un día, le ofrecieron acompañarlos. Tenían un poco de hierba, compraron bebida y se marcharon a las afueras de la ciudad a fumar unos porros y tomar unos litros de cerveza.. Allí, Gino se confió a ellos. Les dijo que su madre había cambiado de trabajo y de residencia por él, puesto que había tenido algún problema legal. Su padre no tenía posibilidad de pedir traslado, y además estaba ya cansado de sus andanzas, por lo que se se habían trasladado los dos solos. Eso fue todo lo que consiguieron sacarle
Les intrigaba los motivos por los que tenían que haber abandonado su ciudad, aunque eran conscientes que la causa, seguramente era algún problema de drogas o tal vez, un robo.
De vez en cuando, el padre de Francis trabajaba por las noches, y como sólo vivían los dos en la casa, se iba a dormir a su casa, lo que les permitía escaparse alguna madrugada, aunque tuvieran clase a la mañana siguiente.
En una de esas escapadas, habían salido a dar una vuelta, cuando los amigos vieron de lejos a Gino, que hablaba con dos hombres mayores que él. Era muy tarde, en torno a las cuatro de la mañana, y las calles estaban desiertas. Parecían discutir, y escondiéndonos entre los coches se acercaron a ellos. Arón tuvo la impresión de que tramaban algo, comenzó a sacar fotos compulsivamente con su móvil, sin saber muy bien para que le servirían. Al momento, Gino subió en un todo terreno, mientras que los otros dos hombres se dirigieron a otro coche que tenían aparcado justo detrás. Arón no dejaba de sacar fotos, en principio sin ningún fundamento.
Les siguieron con la moto de Francis, y la sorpresa fue mayúscula al pararse en frente de una joyería. Dio marcha atrás con el coche, y rompió los cristales. Se bajó del 4 x 4, con la cara enmascarada, y en pocos segundos salió de la joyería con una bolsa llena. Después se dirigieron al aparcamiento de un centro comercial, donde Gino entregó la bolsa a los otros hombres, y dejaron el vehículo en el que habían perpetrado el robo abandonado.
Al día siguiente, no se hablaba de otra cosa en aquella pequeña ciudad, un lugar donde nunca sucedía nada. Habían hecho un alunizaje en la joyería y según decían, el botín había sido abundante, el coche había sido robado unos días antes, y la opinión de la policía es que sería una banda procedente de otro lugar.
Arón pasó todas las fotografías al ordenador. Se le veía perfectamente como subía al coche, como se había encapuchado, como entraba y salía de la joyería, y como entregaba el botín a sus compañeros.
Francis dijo que le diera las fotos para decírselo a su padre, y que detuvieran al ladrón, al fin y al cabo tampoco tenían mucha relación con él. Pero Arón le convenció para que no dijese nada, sabía que estas pruebas serían mucho más valiosas en sus manos.
Los chicos ya habían chantajeado a una antigua profesora porque la habían visto besarse con un alumno, y aunque sólo tenían su palabra, ella les aprobó con muy buena nota. Ahora era aún mejor, tenían unas pruebas concluyentes, en las que su hijo, podría ir a la cárcel.
Arón, pasó todas las fotos al ordenador. Lo cierto, es que ni el mejor paparazzi habría hecho un trabajo de mejor calidad.
Un viernes por la mañana los acercamos a hablar con ella. Le pidieron que les diese una tutoría individual el viernes por la tarde. El padre de Arón, se iba a pasar el fin de semana fuera, por lo que , como hacía frecuentemente, le dejaría a él las llaves del colegio y sería quien se encargase de cerrarlo. Las normas del colegio era que no se podía tutear a los profesores, por lo que siempre los alumnos debían llamarlos de usted.
A Carmen le extrañó que aquellos chicos tuvieran interés en unas clases particulares. Tal vez no le apeteciese mucho, pero no se podía negar a dárselas al hijo de su jefe.
Cuando las clases habían terminado, los dos chicos se acercaron a ver a Carmen. No quedaba nadie en el colegio, por lo que ella los llevó a la sala de profesores.
La profesora sacó unos libros y varios cuadernos con notas. Por su parte, Arón encendió su portátil.
Los chicos se miraron.
Lo cierto es que la mujer no tenía ni idea del motivo de la espantada de su hijo, aunque estaba extrañada que estuviese con su padre, ya que su relación no era demasiado buena.
- A si? Y por qué se ha ido según vosotros? Preguntó con cierto aire de superioridad
Gino comenzó a enseñarle las fotos. La cara de Carmen palideció.
La mujer estaba desconcertada. Creía que los chicos le pedirían dinero. Ahora no estaban en su mejor momento, pero si era necesario pediría un crédito sin que su marido se enterase, ya que este estaba un poco harto de los problemas con su hijo Gino.
Los jóvenes prepararon la casa para recibir a Carmen. Si todo les salía como lo habían planeado, pasarían unas horas bastante entretenidas. Sólo había que ver el grado de implicación de la mujer hacia su hijo.
A la media hora, sonó el timbre de la puerta. El director tenía una enorme casa a la salida de la ciudad. La profesora pasó dentro y la invitaron a sentarse en el salón.
Dejó sobre la mesa mil euros. Ambos chicos rieron.
La mujer quedó desconcertada y sin saber lo que aquellos muchachos pretendían de ella.
Los chicos le explicaron que les apetecía pasar una noche casera, en la que ellos hicieran de profesores y ella de alumna, con el único límite que pusiera su imaginación. Podía aceptar y salvar a su hijo de una condena segura o marcharse y que su hijo terminase entre rejas.
Carmen se sintió indignada, cogió los mil euros y salió de la casa llorando. Llegó hasta el jardín de la casa, pero apesadumbrada, volvió a llamar a la puerta, donde sonriente, la recibió de nuevo Arón.
Sin decir nada, la mujer volvió a sentarse y a dejar de nuevo los mil euros sobre la mesa.
Arón sacó unas cervezas y algo de picar, mientras Carmen estaba sentada, pensativa y cabizbaja. Los muchachos sacaron dos paquetes de tarjetas que dejaron encima de la mesa y le explicaron el juego.
Los muchachos le dejaron claro de nuevo que podría marcharse si lo deseaba, pero si se quedaba, debía empezar a sacar tarjetas del primer montón. También le advirtieron que si dejaba de contestar serían ellos quien pararían el examen así que Carmen empezó a leer:
Siguieron las preguntas referidas a sus experiencias sexuales, pérdida de virginidad, sexo anal, veces por semana. Por las respuestas, Carmen parecía ser una persona con poca experiencia sexual.
El taco de las preguntas terminó, y temerosa de lo que le esperaba, esperó a que alguno de los chicos le pidiese que empezase a leer de nuevo. Fue Arón quien lo hizo
Carmen dudó, pero sabía que no podía hacer nada, así que ahora ya con cierta vergüenza, se quitó los pantalones. Sus ojos ahora estaban mojados. El vestido le subía un palmo por encima de las rodillas, lo justo para tapar sus bragas. Su aspecto era de una mujer de 42 años vestida como una de quince, con una minifalda extrema.
Arón enchufó una lámpara hacia el cuerpo de su profesora, mientras esta dejó su cuerpo tapado por un sujetador negro y un tanga rosa, tal y como había contestado en las preguntas. La profesora intentaba cubrir su cuerpo de las miradas indiscretas de los muchachos.
Uno de los muchachos se acercó a ella por detrás y se lo desabrochó, mientras que el otro lo sacó por delante. Inmediatamente procedió a taparse los pechos con sus manos. A los chicos pareció no importarles, era cuestión de pocos momentos que tuviera algo más importante que tapar.
La mujer se situó frente al espejo mientras que el muchacho alcanzaba su sexo con su mano. Francis estaba excitado, besaba la cara de Carmen que lloraba. Francis la miraba en el espejo, sus pechos, su pequeño tanga, sus botas altas. La abrazó por detrás y su mano se deslizó por debajo de su vientre, entrando en sus bragitas y disfrutando de su presa. Le pasaba la mano, acariciaba su clítolis, le introducía lentamente su dedo.
Francis se apartó y le pidió que volviera a sacar una nueva tarjeta
Su sexo quedó a la vista de los muchachos. Una mata de pelo negro, en forma rectangular, cubría su vagina. Los muchachos lo contemplaron y le ordenaron sacar otra tarjeta.
Arón le gritó a la vez que le decía que las piernas debían estar más abiertas, las separó bruscamente con sus manos. Los dos chicos, tomaron abundante aceite que extendieron por todo el cuerpo de su profesora. Las cuatro manos se alternaban por cuello, brazos, muslos, pero los lugares preferidos eran los pechos y entre las piernas. Los dedos de los muchachos se perdían en la cavidad sexual de su profesora.
Aún quedaban varias tarjetas, y Carmen, ya entregada, sacó la siguiente.
Los chicos se desnudaron, mientras que la mujer, sentada en la silla comenzó a chupar los miembros de sus alumnos. Los muchachos agarraban su cabeza y la llevaban de un pene a otro. No se llegaron a correr, aunque hilos de semen salían de la boca de la madre de Gino. No tenían prisa, y tenían aguante, pero antes de que sus pollas explotasen, la invitaron a sacar otra tarjeta.
Lamentos en voz baja, súplicas que caían en saco roto. Los chicos acompañaron Carmen a la mesa y empezaron a replicar la escena. Francis se quedó de pie y torció la cabeza de la profesora para meter su miembro entre sus labios, mientras que Arón, le abrió las piernas e introdujo bruscamente su miembro en el coño.
Jugaban, disfrutaban y evitaban correrse. Los chicos cambiaron sus papeles y Francis comenzó a penetrarla y Arón a disfrutar de su boca. Cuando llevaban unos minutos, Arón preguntó a su compañero.
Las embestidas de ambos aumentaron hasta hacerse ciertamente violentas. Casi a la vez, la boca de Carmen se llenó de semen y su coño recibió el chorro de Francis.
Los chicos quedaron relajados. Carmen estaba dolorida y hundida. Lloraba, apenas se movía, pero con las fuerzas que le quedaban, se acercó e intentó recomponer su ropa.
Se hundió de nuevo. Estos muchachos no tenían fin. Andando lentamente, sacó otra tarjeta.
Se sentó, abriendo las piernas como le habían indicado y empezó a tocarse. Los chicos la jaleaban para que abriese sus labios vaginales. Ella obedecía como una autómata. Poco a poco, los dos alumnos se fueron excitando de nuevo. Cuando sus penes volvieron a estar erectos le indicaron que leyese la siguiente.
No obtuvo respuesta. Tiró la moneda y salió cara. Arón la colocó de rodillas, con la cabeza apoyada en el sofá. Le dio un poco de aceite corporal que habían usado anteriormente y le introdujo su pene, desgarrando su ano, a la vez que ella daba muestras de dolor. La estrechez de su trasero hizo que el chaval se corriese rápidamente.
Carmen leyó la última tarjeta.
Dudó y al final preguntó que como sabría que no enseñaría esas fotos a alguien.
Ella estaba confundida y no sabía las consecuencias que traería eso en su vida. Arón sacó su cámara y le hizo la primera foto, totalmente desnuda, sólo con sus botas. En la segunda, le añadieron el tanga, la tercera el sujetador, cuarta el vestido. Carmen se quitó las botas para ponerse sus calcetines y leggins, y le hicieron una última foto
La profesora salió por la puerta. Los chicos automáticamente fueron buscar una cámara de video que estaba escondida, que había estado funcionando desde la entrada de ella en la casa y con la que habían filmado todo el encuentro completo.
Los muchachos cogieron los mil euros que les había dado Carmen, y salieron a vivir la noche.